
La réplica de año viejo que más se vendió en Colombia, fue la de Uribe. Tenía un vistoso uniforme a rayas. Le prendieron totes, culebras y tumbarranchos.
Sobra decir que Otilio Tumbeleque estaba furioso cuando, en la cuadra, sacamos el año viejo para prenderle fuego.
Unos cuantos totes, velitas estrellita y cosas inofensivas.
Lo colocamos en una banquita de madera. A las afueras.
Otilio repetía: “No a la pólvora” Claro, si el año viejo hubiese sido una réplica de Petro, saca hasta dinamita para celebrar. Pero como era Uribe, se oponía fuertemente.
“Hay niños. No se puede promover la violencia”, decía.
Pero la imagen del Ubérrimo despertó entusiasmo.
Alguien apareció con un tumbarranchos y doña Marina Ruíz se trajo una culebra, de esas que suenan duro.
Los minutos corrieron con rapidez y, cuando menos pensamos, la canción de “Faltan cinco para las doce” de Néstor Zarvace.
Los abrazos, los buenos deseos para el año entrante.
Y alguien por allá: “Hay que quemar a Uribe… perdón, al año viejo”
Doña María Zárate, la vecina de enfrente que tiene una clínica de reparación de ropa, le cosió un uniforme vistoso a rayas. Era su regalo para Uribe… es decir, para el año viejo.
Volaban trapos por todo lado. Pum, pum, la pólvora. El letrero de Uribe quedó al lado del chiquero, donde los Peláez crían chanchos. Dicen que salpicado de bosta.

Entretanto, el llanto. La buenona de Carmencita con sus cucos amarillos, aunque las malas lenguas del barrio dicen que es lo que menos usa. Lenguas viperinas, por supuesto. Decir que Carmencita, en lo que menos gasta plata es en calzones. Misóginos infames.
Y doña Matilde con sus doce uvas, para la buena suerte.
Ah, y allá en la distancia, don Juan Carlos. Tiene casi setenta años, pero cada año da una vuelta a la manzana con una maleta grande, de cuero, color café.
Dizque para permanecer viajando todo el año.
¿Y el año viejo de Uribe? Quedó reducido a cenizas.
A mi lado, el filósofo Iván, el que es y al que apoyo, me preguntó con esa sonrisa picarona:
—¿Cómo evitar que Uribe siga reinando?
Mi respuesta contundente:
—Hay que seguir apoyando el Cambio.
En la distancia, en la cochera donde los chanchos se revolvían asustados por la pólvora, uno de los más regordetes se poposió con ganas en un letrero… que decía Uribe.
En una pieza, llorando a grito herido, Otilio Tumbeleque repetía con insistencia: “Llegó el apocalipsis, el final de los tiempos…”
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