
Es urgente que se legisle para terminar las corralejas. No es cultura, es barbarie animal.
El fallecimiento de Yovanis Márquez, en Fundación (Magdalena), pasó desapercibido en medio de la cascada de noticias que daban cuenta de la muerte de Miguel Uribe. El primero era un jornalero, el segundo un senador. Y en Colombia, para muchos medios “gaseosa mata tinto”.
El hombre participaba de las corralejas y había comentado que, justo ese día, envalentonado por varios “buchados” de ron, iba a intentar saltar sobre un toro. “Estás loco”, le dijo uno de sus condiscípulos de la muy lejana época de la secundaria en el colegio Jesús de Nazaret. “Ese toro es muy grande, mirá que nadie se le arrima”, le advirtió.
Pero esos comentarios sensatos no hicieron más que azuzar a Yovanis quien emprendió veloz carrera y, prendido del lomo del bovino, quiso salvar la distancia y caer al otro lado, en la arena.
Nadie sabe si fue el dolor que le produjo al animal que se afianzaran en su joroba herida con rústicas banderillas o que estaba prevenido. Lo cierto y que pudieron apreciar más de doscientos asistentes al tablado, es que la bestia lo lanzó por el aire y, sin que nadie pudiera impedirlo, lo corneó una y otra y otra vez.
Pareciera que, en cada punzada, el toro estuviera vengando el historial de barbarie de las corralejas en las que se hiere y mata a los de su especie. Incluso, en marzo del año pasado, les prendieron fuego a dos astados.
No era la primera vez que Yovanis Márquez participaba de esos espectáculos con ribetes de circo romano antes que disciplina taurina. Terminados los dos o tres días de feria, salía con buenos billetes, arrugados y a veces ensangrentados, que se gastaba bebiendo con sus amigos. Parte de una cultura que se ha ido perpetuando.
Su esposa Lucely debió recoger plata en el pueblo para el entierro. Los dos hijos pequeños quedaron huérfanos y Colombia clama que terminen de una vez y para siempre las corralejas.