
Dos conductores terminaron mal heridos en un hospital. Un accidente que se pudo evitar y consecuencias que se pudieron dialogar. Pero no, primó la intolerancia.
¿Por qué comenzó el problema? Ninguno de los dos protagonistas lo recuerda. Raúl y Gilberto no se conocían. Jamás se habían visto. Ni un tinto, ni un refrigerio, ni un intercambio de palabras, nada. Pero terminaron enfrascados en una pelea de la que salieron mal heridos.
En el suelo, los dos, sangrando y sin poder levantarse.
Pasaron una semana en el hospital. Uno de ellos en cuidados intensivos. Su contendor le dio varios garrotazos. Literalmente. Con un palo que encontró en la calle, en medio de la riña.
Ocurrió hace dos semanas, en la antesala de la nochebuena. Raúl conducía una motocicleta modesta. Incluso, la parrilla amarrada con alambre. Le ponía la trampa al centavo repartiendo alimentos de un restaurante.
Gilberto conducía un taxi pequeño, modelo 2016. En tres horas de trabajo se había varado cuatro veces. Madreó, sintió frustración, pensó que ese día ganaría muy poco y no podría cumplir con la entrega diaria. En la última avería recordaba haber dado puntapiés a uno de los neumáticos delanteros. ¡Definitivamente no era su día!

Iba tan ensimismado en sus problemas, que frenó en una intersección de la avenida circunvalar, en el occidente de la ciudad. Lo hizo por instinto, sin medir las consecuencias. Los neumáticos chirriaron al frenar. Dejaron la marca sobre el asfalto.
Raúl no alcanzó a detenerse. El contenedor de alimentos salió disparado y sobre la avenida, un reguero de alimentos: sancocho, arroz, ensalada y presas de pollo.
Se levantó con el rostro sangrando y se fue lanza en ristre, adolorido, contra el taxista.
Las palabras iban y venían. El tono de la discusión se hizo ofensivo. Un cuchillo que sale a relucir. El otro busca cómo defenderse y coge un garrote que estaba por ahí.
Se golpearon muy duro.
Con rabia, con sevicia.
¿Y los espectadores? Grabando con su celular.
Cuando los dos hombres quedaron en el suelo heridos, los curiosos se fueron alejando. Había terminado el espectáculo. Indiferentes frente al dolor, la falta de diálogo de los contendores, las reacciones violentas producto de la intolerancia.
¿Es esta la sociedad que legaremos a nuestros hijos y nietos? Por cierto, que no. Urge detener esta locura de la intolerancia para que no terminemos matándonos unos a otros…
@CrónicasdeMacondo
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