
Parece el escenario de un cuento de Gabriel García Márquez y, si no fuera porque su nombre es distinto, muchos podrían asociar su historia y vericuetos con el Macondo de “Cien años de soledad”.

Si San José del palmar, en el Chocó, no ha sido borrada del mapa, es por la terquedad de sus habitantes, todos con ascendencia antiqueña, vallecaucana y caldense. Tercos por naturaleza, como dicen los viejos.
En ese poblado encaramado en una montaña de la cordillera Occidental, la tierra no es firme; es una hamaca mecida por un gigante invisible.
Incrustado entre la humedad asfixiante del Chocó biogeográfico y la frialdad de las alturas andinas, este municipio vive sumido en una paradoja atroz: está geográficamente atrapado en el cruce de la placa tectónica de Nazca y la formación del Istmo de Panamá, pero administrativamente perdido en el olvido del Estado.
Aquí, la memoria no se mide por años ni por mandatos presidenciales; se mide por el grado de vibración bajo los pies y por la profundidad de las grietas en el suelo de madera.
La señal de internet llega difícilmente y, si lo hace, es con intermitencia, con el cansancio de tener que subir la montaña. Y las conversaciones telefónicas se interrumpen con frecuencia, quizá por tanta curva que tiene la carretera de acceso.
LA TIERRA RUGIÓ COMO NUNCA ANTES
El pasado lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, la fricción de la Placa de Nazca acumulada durante años decidió liberarse bajo las entrañas de este poblado.
Con una magnitud de 7.4 grados y un epicentro clavado en sus suelos a poco más de 100 kilómetros de profundidad, el terremoto se convirtió en el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.

Casi dos minutos de un traqueteo seco y demoledor que sacudió a medio país, pero que en El Palmar fue percibido como el fin de la historia.
Antonio Arenas, un agricultor de la vereda Corcovado, estaba recolectando chontaduros con su sobrino en el instante en que las crestas de las montañas empezaron a crujir:
“Me quedé debajo de las palmas porque ¿para dónde más echábamos? Fue una cosa aterradora. De todas maneras, el poder de Dios es muy grande”, dijo.
Antonio no volvió a probar bocado en todo el día.
Su casa quedó fracturada en el aire.
Mientras tanto, en la zona urbana, el anciano comerciante Hoved Osorio, de 70 años, buscaba desesperadamente de qué agarrarse mientras veía convulsionar la estructura del pueblo:
“Me prendí de un poste y sentí que ese coliseo se iba a venir abajo, casi me toca irme para el hospital”, anota con desolación.
Recuerda las últimas fotografías que tomaron en sus tiempos de juventud, con una máquina Kodak, de las que tenían flash. Se veía, entonces, una sucesión de casas prósperas.
LA GEOGRAFÍA DEL AISLAMIENTO
El verdadero drama de San José del Palmar no culmina cuando los sismógrafos vuelven a la calma. La geografía es una trampa.
Tras el terremoto de 7.4 y sus más de 18 réplicas inmediatas, la única arteria vital que conecta al municipio con el resto de Colombia —la carretera hacia Cartago, Valle— quedó deshecha por más de 18 puntos de derrumbes.
Sin salida al mar, sin ríos navegables, los palmareños quedaron atrapados en su propia tierra, sin luz, sin agua potable y con la señal de telefonía flotando en la intermitencia.

Sara, una joven de 21 años que tuvo que sortear derrumbes durante horas para llevar el clamor de su pueblo hasta el Valle del Cauca, lo sintetiza con frialdad desgarradora:
“La Tierra se sentía que se iba a abrir, la verdad… Y podríamos asegurar que nos sentimos olvidados. Es que esta no es la primera vez que presentamos crisis de estas magnitudes”.
Ella teme que se enfoquen en el saldo que dejó la tragedia en Cali, Pereira y Manizales y, como suele ocurrir siempre, se olviden de ellos pese a que son el epicentro del movimiento telúrico.
UNA CONDENA HISTÓRICA
San José del Palmar no es novato en este sufrimiento. Su ubicación es una de las esquinas tectónicas más complejas del planeta, donde converge el bloque tectónico de Panamá con la placa Sudamericana y la subducción de Nazca.
A lo largo de los últimos 60 años, la región ha sentido el golpe directo o indirecto de al menos cuatro grandes cataclismos sísmicos que marcaron a generaciones en 1962, 1979, 1979 y el 2026. La magnitud estuvo entre los 6.7 grados y 8.1, como ocurrió en 1979.
El más severo con epicentro propio; dejó a la población incomunicada y con graves pérdidas materiales.
A esto se le suman docenas de temblores intermedios superiores a los 5.0 grados que, si bien no destruyen la cabecera municipal, aflojan la masa de tierra de las montañas, garantizando que con cada lluvia posterior vengan las avalanchas.
LA COSTUMBRE DE RESISTIR SOBRE RUINAS
Tras el temblor, el sonido seco de las bolas de billar o la música de despecho retumban de nuevo en los bares locales, intentando tapar el eco del crujido de la montaña.

–¿Por qué seguir bebiendo? –,les preguntó una mujer evangélica que, advierte, ese mensaje para estar alerta no se puede desestimar.
–¿Qué más hacemos? —les respondió el sexagenario que consiguió, como un trofeo, una cerveza. No importa que esté al clima, como dicen.
Adriana Polo, empleada de un almacén de ropa, confiesa haber pasado dos días con dolor de cabeza y en el pecho por el pánico acumulado.
Beatriz Soto, entre lágrimas que intenta esconder detrás del mostrador, lo dice con la dignidad campesina que caracteriza al Chocó:
“Me toca seguir con pena y todo, con dolor también. Es mi sustento y el de mis hijos”.
San José del Palmar sigue ahí, suspendido sobre las fallas de la tierra y las fallas del olvido. Sus pobladores saben que las placas tectónicas no pedirán tregua. Solo esperan que, antes del próximo remezón, la mirada del país no vuelva a borrar su nombre del mapa.
Y si sobreviven después de tantos movimientos de tierra, es por pura terquedad…
Fernando Alexis Jiménez es periodista profesional. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo
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