Leila Guerriero es una de las voces narrativas más sofisticadas del continente. Comparte secretos de su ejercicio de escribir.
Por Pablo de Llano Neira – Periodista Revista Bocas
Leila Guerriero es una de las voces periodísticas más potentes y sofisticadas de la literatura en habla hispana. Sus libros La llamada, Opus Gelber, Frutos extraños y Una historia sencilla son nuevos clásicos del periodismo narrativo.
Son títulos que tranquilamente pueden estar al lado de Operación masacre, de Rodolfo Walsh; Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez; Honrarás a tu padre, de Gay Talese, o Música para camaleones, de Truman Capote. Leila es narración en estado puro; no quiere el título de escritora porque le gusta más el de periodista y su marca es la No ficción. Esta es la vida de una mujer que sabe contar historias de forma magistral.
LA SENCILLEZ, SU DISTINTIVO
Terminada la entrevista, mientras el fotógrafo la retrata, ella de sobria camiseta negra, jeans, como suele vestir, más cómoda ofreciéndole a la cámara un tono grave que otro ligero, pregunta: “¿Ya han visto Sirât?”, una película que acababa de salir en los cines y había sido premiada en Cannes.
Ella aún no la había visto, pero en los días siguientes hizo un hueco en su agenda, dura y enjuta como su cuerpo, para poder verla y hacer lo que hace con todo lo que ve, o mejor dicho con todo aquello que desea, necesita, decide ver: escribir sobre ello, que es otra manera de decir comérselo, devorarlo, fagocitarlo y devolverlo en forma de texto; de texto tallado, calibrado: su peso neto.
Así se alimenta esta persona que es una mujer argentina llamada Leila Guerriero, pero que más bien, en realidad, es un ejemplar especial de una familia de animal depredador: el cronista, ese tipo de periodista que se especializa en captar realidades con cierto esmero y contarlas por escrito a través de su mirada, su estilo, si bien en el caso de ella no es cierto esmero sino una rapacidad loca.
Es la voluntad de conocer, chupar algo hasta agotarlo, ni gota de sangre, y no es estilo sino un aullido que saja y serena, y que debe de tener algo que ver con esta frase de la estadounidense Louise Erdrich que precisamente cita ella cuando sale en el diario El País su columna sobre esa película: “Escribiendo puedo vivir de formas en las que no podría sobrevivir”.
De formas como Silvia Labayru, protagonista de La llamada (año 2024), militante izquierdista que sobrevivió a su secuestro, tortura y violación por parte de la Junta Militar argentina.
Hasta la fecha este retrato de 430 páginas ha sido su obra de mayor éxito, y es un perfil como una catedral, se diría que sobria, románica, pero no por su impacto es más, por ejemplo, que el otro enorme perfil que lo antecedió, Opus Gelber. Retrato de un pianista (2019), una delicia barroca a la altura del personaje, Bruno Gelber, que cuando contrajo polio a los siete años ordenó a sus padres que le encajaran el piano en la cama; ni tampoco que su primer libro-perfil.
Una historia sencilla (2013), en el que se adosó a Rodolfo González Alcántara, un gaucho que siempre soñó y lo dio todo por ganar un festival provinciano de baile folclórico, tan de culto como de nicho, pero que jamás hubiera podido imaginarse que se llegase una reportera de Buenos Aires a seguirlo como a Mick Jagger.
Esta pieza simple y local con el tiempo acabará siendo como esa primitiva y tosca capilla a la que los fieles acuden con especial devoción; a fe que lo será cuando Guerriero, ya en plenitud y sobradamente reconocida a sus 58 años, vaya recogiendo las altas distinciones que ahí cerca la aguardan por una trayectoria que naturalmente ha de seguir creciendo pero ya mismo es canónica, y cuyo eje son estos tres libros en los que borda el género del perfil, pero que cuenta con mucho más trabajo.
¿La razón? Variado, como compilaciones de su magnífico columnismo, ensayística sobre su oficio, infinidad de artículos de prensa, su publicación más reciente, La dificultad del fantasma.
Truman Capote en la Costa Brava o, por supuesto, Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005), crónica sobre la oleada de suicidios que hubo en un pueblo patagónico: su escritura mayor no despertó con la voz del que sobrevive, sino con lo otro, con el murmullo, casi inaudible, que nadie desea oír, del que no pudo vivir.
EL PERIODISMO ES UNA PASIÓN
Leila Guerriero nació en Junín, una ciudad de la provincia de Buenos Aires, y para el periodismo la hizo nacer, siendo veinteañera, el célebre periodista y editor Jorge Lanata (1960-2024), que al vuelo vio en ella lo que ve quien tiene la capacidad de ver.
La entrevista tiene lugar una bochornosa tarde de verano en el ático donde se hospeda la autora, con base en Buenos Aires, en sus periódicas visitas a Madrid.
Cuando al acabar caen unas gotas gordas sobre la ventana del techo, ella mira y no dice “está empezando a llover”, dice “esta lluvia insólita”, y se despedirá con brevedad, gratitud y dulzura, pues además de un animal depredador realmente ocupado, es una figura afable y profesional.
Al día siguiente esperaba poder volver a salir a correr tras varios días de gripa: “Desde el domingo que no corro, y ya es suficiente. Más que suficiente”.
Sentada en una esquina, la melena negra y riza, siempre su melena abundante, cruzadas las delgadas piernas roqueras, las piernas con las que corre porque para ella correr es necesario, o más que necesario, la cara fuerte y angulosa con un yo qué sé oriental como de pitonisa, toda ella que en función de ataque pudiera ser rápida y letal como la mamba negra, se acomoda, sonríe con calidez y dice: “Dale, dale”.
Pregunté a varias amigas argentinas por tu lugar de origen y una de ellas me escribió: “Vida tranquila. Asado y empanadas. Detenido en el tiempo”. ¡Nada de esto se me parece a usted!
Lo de detenido en el tiempo lo pondría entre comillas. Cuando yo era pequeña era un pueblo chico, pero ahora es una ciudad rica, fértil y dinámica.
Ahora bien, es verdad que ninguna de esas ideas remite a lo que yo soy. Mi familia no era una familia calma, era una familia que contravenía las convenciones del pueblo. No de una manera radical y revolucionaria, pero eran unos padres distintos al común de los padres.
Nos estimulaban mucho, cuando nos íbamos de vacaciones era una aventura, y eran tipos con inquietudes culturales fuertes. Entonces, mi ecosistema familiar era un ecosistema que no tenía nada que ver con la calma chicha de un pueblo de provincia ni con el aplastamiento vital.
¿Le chocaba el contraste familia-contexto?
No sé si me chocaba. Supongo que era difícil encontrar interlocutores para algún tipo de inquietud que sí había en mi casa, pero no me afectaba en términos de decir “¡¡ay, qué sola me siento…!!”, sino que comprendía que tenía dos mundos, el mundo de la familia y de lo que se podía hablar allí, y el mundo de mis amigas, que era el mundo del juego.
Después, en la adolescencia, ese divorcio sí fue más marcado, porque ahí ya estaba muy en plan de “yo quiero escribir y quiero vivir de eso”, y en mi entorno de amigas no había nadie que se fuera a dedicar a nada que tuviera que ver ya no con la escritura, sino con lo creativo.
¿Es hija única?
No, tengo dos hermanos más. Yo soy la mayor. Es raro, porque es toda una saga de varones. Todos. Todos mis primos son varones, mis hermanos son varones.
Yo soy la única nieta mujer, la única prima mujer, la única hermana mujer. Fue una vida rodeada de chicos. Tenía amigas mujeres, pero mi vida era bastante varonera.
¿La nutrió lo varonero?
Muchísimo. Yo admiraba la capacidad que tenían los chicos de ser duros, de no demostrar cariño, de ser como más distantes. Jugaba con mi hermano inmediatamente menor y éramos unos salvajes.
Jugábamos cuerpo a cuerpo, de manera brusca, y sí, creo que a mí me acomodaba mejor esa especie de “qué me importa” de los varones que esa búsqueda de cierta protección que veía en las chicas. ¡Digo!, ¡estoy hablando en completo cliché!, desde el punto de vista que tenía yo cuando era una niña…
No sé, veía en el universo de los niños como una libertad, una independencia que me resultaba muy apetecible. Y yo igual era una niña que sabía cosas de niña, me encantaba aprender a cocinar con mi abuela y con mi mamá; mi abuela era modista, cosíamos ropa para las muñecas… Pero después yo jugaba más con los autitos que con las muñecas.
He leído que de niña fantaseaba con ser un cowboy. En cierto modo, ¿no es un cowboy del periodismo?
Sí, hace ya bastantes años que no estoy en una redacción de un diario, y aún cuando estaba en una redacción, siempre trabajaba yo sola, desde el punto cero del reportaje hasta la escritura, nunca delegué nada en nadie. Siempre fui un jinete solitario, me gusta trabajar sola, disfruto estar sola.
Necesito periodos de soledad, si tengo demasiada vida social me empiezo a sentir drenada. Donde vaya yo me arreglo sola y evito las situaciones de manada, siempre estoy escapándome de esas situaciones. En ese sentido soy bastante arisca.
Había dos imágenes de las películas de cowboys que me encantaban. Una era cuando llegaba la noche y se hacían sus frijoles en la fogata, en una olla espantosa, se los comían y se quedaban a dormir a la intemperie. La otra, cuando iban sobre el caballo con las alforjas, el agua, el rifle, la bandolera, solos. Todo lo que tenían en el mundo lo llevaban encima.
Un tipo que conocí en la adolescencia tenía como lema “necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco”; y si bien con el paso de los años uno se transforma en una persona que necesita muchas cosas, que acumula libros, ropa, recuerdos, papelitos, servilletas de bares y qué sé yo, la verdad es que sí trato de no necesitar tanta cosa material.
De lo que no puede prescindir es de la escritura.
Para nada.
Leila Guerriero. Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
¿Es lo único imprescindible?
No, el afecto también. Lo que yo más soy es una persona que escribe, pero si hay alguna preocupación en relación a un afecto, a una persona que yo quiera mucho, me desequilibra y afecta a la escritura.
Quiso ser escritora desde niña, pero a los 17 años se fue a Buenos Aires y estudió Turismo. ¿Por qué?
Yo quería ser escritora desde chica. Desde que aprendí a escribir, escribo, y lo lógico era que hubiera seguido la carrera de Filosofía y Letras, pero me moría si me imaginaba una vida dedicada a la investigación o a la docencia.
Era una mirada bastante ignorante, porque no todo el mundo que estudia eso se dedica a la investigación o a la docencia, pero en mi cabeza adolescente y pueblerina era un poco así, y dije, “no, esto yo no lo voy a estudiar porque va a ser la forma más rápida de terminar detestando la escritura”.
Mi familia, que es una familia de puro ingeniero, técnicos, aunque gente ilustrada, con cultura, me apoyaba mucho y me decían “hacé lo que quieras, estudiá Antropología, Historia del arte, o no sé, Estudios orientales. Te vamos a ayudar en lo que sea”.
¿Estudios orientales?
No me preguntes qué era, pero me acuerdo de que era el nombre de la carrera. Imagino que tendría que ver con culturas chinas e indias y todo eso, era una carrera como más artística. Pero yo cuando veía la salida laboral que tenía todo esto me decía “¡yo quiero viajar, una vida aventurera!”, y me imaginaba metida entre vasijas del periodo Ming y pensaba “¡horror!”.
Mi padre, pobre, un santo, me llevó durante todo el último año de secundaria, dos veces por mes, a Buenos Aires a visitar universidades, a ver planes de estudio, y también fui a hacer una especie de consulta con una psicoanalista, como un test vocacional.
La tipa fue como al hueso, al hueso, y me dijo que se estaba abriendo en la Universidad de Buenos Aires el primer año de la carrera de Comunicación Social, y que podría ser interesante para mí.
Pero lo rechacé, porque pensé que sería una carrera que todavía se estaría armando, aparte de que tenía tres años en común con Publicidad y yo con Publicidad nada que ver.
Yo quería escribir, no ser ingeniosa, yo quería trabajar con el lenguaje de otra manera. Y en medio de todo eso apareció Turismo como una carrera que tenía una cantidad de materias que eran muy humanistas: antropología, etnología, folclore, geografía, inglés, portugués, geopolítica, relaciones internacionales, qué sé yo.
Y después había las materias de pura cosa turística, que para mí era como estudiar química o física, ¡imposible!, o sea, ¡cómo emitir un pasaje aéreo, cosas por el estilo! Por suerte tenía compañeras que me ayudaban muchísimo y me permitían que les copiara todos los exámenes.
¿Qué pasó cuando la terminó?
Pues que un día me fui al periódico Página 12 con un cuento titulado Kilómetro cero, lo dejé en la recepción, Jorge Lanata publicó el cuento y me dio el primer trabajo en periodismo. Eso pasó.
Leila Guerriero. Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
¿Y de qué iba el cuento?
Era el relato en primera persona de una mujer que huye en auto de un robo con su pareja. Estaba escrito con un lenguaje muy escueto, muy seco, muy descarnado; parecía escrito por una persona que tenía 55 años y toda la experiencia amorosa del mundo.
Así que Lanata se deslumbra y la contrata.
Bueno, sí, primero me contacta y me dice “¡de dónde saliste!, ¡quién sos!, ¡dónde estás!”. Le dije: “Soy de Junín y quiero escribir”. Me pidió que fuera al periódico para conocerme y, cuando nos encontramos, lo primero que me dijo fue: “Si querés escribir no te puedes quedar en Junín”. Yo, insolente, le respondí: “Bueno, si tenés un trabajo para mí, avisame”.
¿Y?
Seis meses más tarde me contactó. Al parecer, estuvo preguntando por mí y alguien le comentó que yo era una tipa que tenía empuje, que tenía potencia, ganas de comerme el mundo. Me preguntó si tenía algo más escrito. Yo le dije que tenía una novela. ¡¡Ja!! Mentira, no tenía un cuerno… Pero me fui a Junín y a toda prisa me puse a escribir una novela que sería una porquería, pero le mandé de inmediato por correo 60 páginas. Imagino que Lanata al recibir eso debió de pensar: “Pero esta tipa en cuanto le abra la puerta va a entrar como un misil…”.
Lo convenció.
Me convocó a Buenos Aires y me dijo que tenía un trabajo para mí en la revista del domingo de Página 12, que tenía las mejores firmas. Yo le dije: “Pero vos sabés que no soy periodista”. Lanata respondió: “Sos periodista pero no te diste cuenta, así que andá; y las puertas que no se abran bajalas a patadas, eso es lo único que te voy a decir”.
¿De dónde proviene su fuerza? En su escritura se nota, entre otras cosas, quizás sobre todas las cosas, fuerza. Una gran fuerza natural.
Y creo que es la única manera de tener fuerza, porque si es una fuerza impostada te derrumbás, ¿no? Tampoco es que sea invulnerable, me dañan las mismas cosas que nos dañan a todos, la pérdida, los desencuentros. Pero nunca me sentí una persona vulnerable, nunca estuve buscando cobijo. Para mí una relación de protección es una relación que no me interesa. Ni con una amiga ni con una pareja. Para nada.
Leila Guerriero. Foto:Camilo Rozo / Revista BOCAS
Siempre se sintió fuerte, con energía.
Sí, sí, y bueno, supongo que se fue asentando con los años, tuvo que ver con mi educación. Yo siento que estoy muy equipada por mis padres, por los dos, por la sensibilidad de mi madre y por la fuerza de mi papá.
Una pareja equilibrada.
Sí, muy cómplice. No era algo idílico, también había conflictos y eso, pero hasta que en 2009 falleció mi mamá, fueron una pareja. Mi mamá era más mujer ama de casa y más convencional, digamos; y creo que si mi papá hubiera sido así muy otra hubiera sido la cosa, igual que si ella hubiera sido como mi papá capaz hubiéramos salido completamente locos, digamos, porque papá sí realmente era un sacado.
Una bestia.
Sí, una bestia.
Como usted.
No, bueno, qué sé yo… A mí la verdad me da mucho, mucho placer haber tenido estos padres. La figura de mi padre fue y es la de un tipo que no te cobija, que te empuja. No era de esos padres horribles que para que no tengas miedo a nadar se le ocurre, no sé, tomarte en brazos y arrojarte a la pileta, pero sí una persona que te llevaba a situaciones que podían parecer peligrosas y te hacía encontrar la forma de no tener miedo.
Él la arrojó a la bravura. ¿Y ella?
Me enseñó a disfrutar de cosas más chiquitas, a no necesitar la adrenalina todo el rato, a no confundir aburrimiento con abulia.
Contrapesó.
Sí, mamá era una mujer sumamente femenina, cuidadosa, con esa prolijidad que uno percibe más femenina. Papá no es nada prolijo.
La bestia nunca es prolija.
¡No!, y yo sí soy prolija.
Dígame una cosa chiquita que le guste.
No sé si tan chiquita…, pero cocinar, por ejemplo.
Otra.
No, no hay mucho más.
¿Y su gusto por correr?
Pero esa no es una cosa chiquita, es una cosa intensa, como el cine a lo bestia, como la lectura a lo bestia. El otro día mi profesor de idiomas me pidió que le preparara una presentación acerca de un hobby mío. ¡Si yo no tengo ningún hobby! Para mí un hobby es una cosa completamente light que haces en un momento de estupidez mental.
Hablemos de sus tres grandes perfiles: Rodolfo Alcántara, Bruno Gelber, Silvia Labayru. ¿Qué tienen en común un bailarín, un pianista y una superviviente de la dictadura militar? ¿Qué línea los une?
Que son personas periféricas. O sea, el concurso de Laborde es un festival de folclore, de malambo, que es un baile muy argentino, pero no es el festival más conocido de Argentina. Bruno Gelber es un gran pianista, pero no es Martha Argerich, que sí está bajo los focos de todo el mundo. Y Silvia Labayru es una víctima periférica de la dictadura, una víctima que fue acusada, dejada de lado, y su testimonio no era el testimonio que estaba en primer plano. De modo que puede haber en mí cierto gusto por las historias que no están debajo del foco. Pero tampoco es del todo así, porque por ejemplo los perfiles que publico en El País Semanal son de figuras como Fito Páez, Ricardo Darín…
Pero hay otra característica que une a esos tres personajes: una formidable determinación personal. Una fuerza.
Es verdad. Yo creo que Bruno es una de las personas más fuertes que he conocido en mi vida, y sin duda Rodolfo fue tras su sueño a pesar de que todo indicaba que era una locura; también Silvia, ella es una bestia de la supervivencia, una persona que se prometió a sí misma tener una vida plena después del horror que había pasado.
Veo en ellos un reflejo de su propia determinación.
Sí, digamos, una especie de confianza en la potencia, ¿no?
¿En la potencia?
Sí, más que en el poder. En la potencia, en la potencia propia.
¿Hubo momentos de crisis en su intenso trabajo con ellos?
No, crisis graves no, aunque siempre hay momentos complejos. Con Rodolfo lo que me pasó es que era una bestia sobre el escenario, pero luego, fuera, era muy poco interesante la manera en que hablaba de sí mismo y de su vida, y qué sé yo, un día volví a casa enfurecida, o no enfurecida pero sí preocupada después de una entrevista con él.
Estaba el hombre con quien vivo y yo me agarraba la cabeza y decía “nada, nada, no tengo nada, ¡todo lo que dice es plano!”. Tuvo que venir este sujeto a decirme algo que yo llevaba 25 años repitiendo y él oyendo; yo creo que él ya podría dar perfectamente mis talleres, de haberme escuchado una y otra vez todo lo que tenía que escuchar del periodismo…
Pobre.
¡Claro, pobre hombre! Pero me miró y me dijo: “Amor, lo que importa no es qué vas a escribir, sino cómo vas a escribir, y lo vas a escribir vos”, y eso me abrió el mundo del libro, fue como esa voz de afuera que te autoriza y te dice: “Puedes hacerlo”.
Y luego con Silvia solo hubo un momento que pasó varios días sin responderme los mensajes y pensé que se había arrepentido, pero después apareció y no pasaba nada.
Y Bruno era una persona lábil, muy cambiante, era caprichoso, me retaba, pero nunca se puso en riesgo el trabajo. Con ninguno de los tres.
Hábleme, por favor, de autores de no ficción que le hayan influido.
Bueno, te diría que una influencia muy fuerte es la de Martín Caparrós, a quien leí mucho antes de conocerlo en persona y quedé deslumbrada por el manejo de la mirada, por el manejo del lenguaje, por su capacidad de observación, por la forma que tiene de unir cosas que parecen desconectadas, por su enorme equipamiento intelectual.
Otro autor de no ficción muy relevante para mí es Rodolfo Walsh, con su libro Operación masacre y con otros libros suyos de no ficción; no sé, esa prosa elegante, distante, dura, su capacidad de reporteo, su olfato de sabueso.
Y después nombraría dos más, los dos norteamericanos: Joan Didion, cuyo libro Los que sueñan el sueño dorado me resultó tremendamente impactante, cuando no había leído nada de ella, por el refinamiento, por su mirada entre aguda y desasida; y otro autor fundamental es David Foster Wallace y toda su obra de no ficción.
Él no era periodista y siempre dijo que hacía no ficción por el dinero, digamos, pero realmente lo suyo era de otra dimensión; creo que inventó algo muy novedoso, un sorprendente malabar con el lenguaje, con la mirada, que hacía que por ejemplo en una crónica como Hablemos de langostas lo enviaran a cubrir una feria de langostas en Maine y el hombre volviera con un texto increíble, alejado digamos del contar la feria en sí, aunque también la contaba.
Pero era una investigación profunda sobre si las langostas sufrían cuando las cocían con este método que parece tan cruel de meterlas vivas en agua hirviendo; o esa crónica fabulosa que tiene sobre el crucero por el Caribe que se llama Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, que partiendo de la historia de contar un viaje en un crucero termina siendo una reflexión casi oscurísima sobre el viaje de todo el mundo hacia el final, ¿no?
Permítame hacerle una pregunta que habrá respondido infinidad de veces pero que, si es tan amable, quisiera que aquí respondiera otra vez. ¿Cuál es su definición del trabajo de periodista? ¿Qué es un periodista?
No sé si la he dado infinidad de veces, pero básicamente, hablando de periodismo escrito, un periodista es una persona que investiga, hace trabajo de campo, hace entrevistas, hace una tarea de observación, de lectura, trabaja con materiales bibliográficos, audiovisuales, entrevistas presenciales, etcétera, y con todo ese material luego escribe un texto, y escribe un texto no basándose en ese material sino utilizando ese material como materia prima para contar una historia.
Lo que creo que se produce en el imaginario cuando uno dice que es escritor es que la gente piensa automáticamente en una persona que escribe ficción —novelas o cuentos—, y un periodista no trabaja con cosas inventadas, trabaja con hechos que ve, que observa, trabaja con hechos que reconstruye a través de distintas fuentes.
Siempre está esa definición de aquel emblemático director de La Repubblica, Eugenio Scalfari, que dice que “el periodista es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente”.
¿Por qué será que tantos periodistas se presentan como periodista y escritor en vez de simplemente periodista?
No lo sé, para mí es un misterio. En todo caso, yo siempre que me preguntan pido que pongan periodista.
Esto es algo importante, ¿no?
Para mí sí, y no es que el oficio de escritor no sea un oficio importantísimo. Pero yo creo que el que pone escritor y periodista como que quiere hacer un upgrade a algo que no es un upgrade, que es otro oficio, como carpintero y ebanista.
No es lo mismo.
Esto es una cosa que viene de hace tiempo, de una tradición en la que parece que ser escritor tiene más valor que ser periodista. En los sesenta y setenta ser periodista también era algo medio vergonzante, o no sé si vergonzante, me refiero a que no era un oficio de prestigio.
Fijate todos los escritores del boom, incluido Walsh, que no era del boom. Todos esos escritores hacían periodismo y luego escribían novelas por su cuenta.
En cuanto tuvieron éxito con las novelas dejaron de hacer periodismo. Muy pocos, salvo Vargas Llosa y García Márquez, permanecieron haciéndolo. Recién en mi generación y las que vienen encontrás periodistas que no tienen ningún tipo de ambición de hacer literatura de ficción y que no sienten que tengan que hacerla para ser validados en alguna especie de canon.
A usted le basta y le sobra con el periodismo.
Es que no es que me baste ni me sobre, es lo que yo hago y no tengo vocación de escribir ficción. No se me ocurriría una historia que valiera la pena contar desde la ficción. No tengo esa capacidad. La tuve en algún momento, cuando era chica obviamente escribía ficción, no periodismo, pero desde que empecé a hacer periodismo, ya, chau.
¿El periodismo es hoy un oficio despreciado?
No, yo no podría decir eso. Creo que es un oficio puesto en cuestión, creo que es un oficio que está muy precarizado en este momento desde todo punto de vista, desde la gran cantidad de tareas que un periodista en una redacción tiene que hacer, desde el punto de vista económico, y cuestionado por figuras del poder con un discurso que impregna en parte de la sociedad, pero la palabra despreciado no me parece que defina este momento del oficio.
El Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca-Diverso pero Unitario, es una Organización Sindical de Industria y/o rama de actividad económica de primer grado y mixta, que tiene en su seno a Servidores Públicos adscritos en los Niveles Central-Descentralizado, EICES-ESES-de Nivel Dptal. y Funcionaros de Educación planta FODE .