
La historia parece tomada de un argumento de Macondo, con todo y el realismo mágico. Pero ocurrió y vive en la memoria de muchos pobladores de Ginebra.
Para comenzar, diré que ocurrió en Ginebra, Valle del Cauca, un pueblo idílico en el que uno corre el riesgo de encontrarse con algún símbolo del pentagrama flotando en el ambiente, en una tierra donde la música vernácula se lleva en las venas.
Tierra de gente buena, que aún saluda con un alegre “Buenos días” y si atraviesa la acera, le ceden el paso.
¿Cuándo ocurrió? Unos dicen que hace más de veinte años. Otros, que en mitad del siglo pasado. No se ponen de acuerdo, pero en lo que sí coinciden es que Margoth sigue esperando a su prometido, como una Penélope de la modernidad, mirando en la distancia a través de la ventana.
Cuando escuché la historia, en una mesa larga de la plaza de mercado donde se disfruta el mejor sancocho de gallina o atollado de la región, unos decían una cosa y otros otra. Pero cada uno le añadía un nuevo ingrediente al relato.

Lo cierto es que el hombre llegó en un bus intermunicipal, un viernes hacia el mediodía, preguntó por una buena pensión para hospedarse, aunque fuera costosa y, a partir de entonces, comenzó a cultivar a su alrededor un halo de misterio y el mito de que era un ricachón en busca de oportunidades de negocio.
Pronto todos sabían del forastero, joven, buen mozo y acaudalado, al que le gustaba lo mejor de lo mejor. Por eso nadie sospechó cuando comenzó a preguntar por las jóvenes casamenteras, averiguado sutilmente por su dote económica. Eran muchas, pero sus ojos se posaron en Margoth.

Ella fue la elegida o la víctima, todo depende del cristal con el que se mire. El forastero no ahorró esfuerzos para conquistarla, con flores, serenatas y chocolates traídos de Buga, del negocio de las hermanitas Miranda.
Y ella se enamoró perdidamente. No de otra manera se explica que le haya aceptado al extraño, no solo casarse con él, sino transferirle parte de sus propiedades y acordar con él, mudarse a Pereira.

Y un día, cualquiera, el forastero cargó en un camión rumbo a la capital del Risaralda, con todo lo que tenía la mujer de valor, incluso sus joyas. “Es mejor que vivamos allá para evitarnos las murmuraciones de la gente lenguaraz”, le dijo.
El vehículo jamás llegó a Pereira, pero Margoth sí. Lo sigue esperando, en un hotelito modesto. Lleva muchos años aguardándolo, sin desesperarse, porque confía que su amado aparecerá cualquier día al atardecer y le explicará que se extravió y que lleva todo este tiempo buscándola…

“No pierdo la esperanza, aquí lo espero”, les responde a quiénes le preguntan qué sigue haciendo detrás de esa ventana, mirando al horizonte sin parpadear.
Fernando Alexis Jiménez – @CrónicasdeMacondo
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