
Tras el anuncio del presidente Trump de que nuevos vientos de prosperidad soplarán en su país, millares de venezolanos emprendieron el retorno a su tierra, como caracoles, con sus pocas pertenencias a cuestas. Solo les acompañan las ilusiones y largas jornadas hasta llegar a su destino.
La noticia del secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, sorprendió a muchos venezolanos residentes en Colombia, muchos de ellos en tránsito hacia Suramérica. No daban crédito a las noticias y algunos especulaban que se trata de una “inocentada”, muy propia de los colombianos a las puertas de cerrar el mes de diciembre.
Lo comentaban una y otra vez y de tanto repetir la versión, comenzó a adquirir las características de un relato de Gabriel García Márquez, con todo y los ingredientes del realismo mágico.
—Venezuela volverá a sus viejos tiempos—decían unos.
—Gracias a Trump… –replicaba una doña que se rebusca vendiendo dulces en los buses del transporte masivo en Cali.
—No sea bruta, Caridad. Los norteamericanos van por el petróleo y de ese pastel grande, no nos quedarán sino las migajas.
Silencio. Tanto que se podía percibir un suspiro, por pequeño que fuera, con una estridencia ensordecedora.
Y fueron llegando a Sameco, en el norte de Cali. Uno, o dos o familias enteras.
Venían de Siloé, de algún barrio del Distrito de Aguablanca, de las inmediaciones de la terminal de transportes donde arman sus cambuches. De todas partes.
Un enjambre humano, con acento costeño propio de algunos caraqueños o de quienes habitan los Estados de Zulia y Falcon.
EN LA DISYUNTIVA
Para algunos es como estar en un cruce de caminos. Una disyuntiva. En alguna de las ciudades de Colombia y, particularmente en Cali, donde han establecido sus reales, es decir, emprendieron una nueva vida.
Se agencian ingresos vendiendo chucherías, ayudando en el servicio doméstico y los hombres—al menos una buena cantidad—en la construcción. Son muy buenos, particularmente en la obra blanca. Son pulidos.
Otros sobreviven de la caridad.
Doloroso decirlo, pero es verdad.
“Cada día me gano entre treinta y cincuenta mil pesos. Me alcanza para sobrevivir con mi mujer y dos hijos. Incluso, pagamos una pequeña habitación en el barrio El Piloto”, nos dijo Arnoldo.
Lleva doce años por estas tierras. Y está contento.
Primero llegó él. Luego se trajo a Lucía, su esposa y, por último, a los dos niños que se habían quedado con la abuela.
Regresar a Venezuela es tanto como tirar por la borda lo que han conseguido en Colombia.

OPINIONES ENCONTRADAS
En las afueras de la iglesia La Ermita se hicieron decenas de migrantes y en el Bulevar del Río, enfrente del lote donde otrora funcionaban los Cinemas.
Unos oran a Dios, agradecidos por que sacaron a Maduro de su patria. Otros, por el contrario, más sosegados, saben que el asunto puede complicarse.
Incluso, alguien se aventuró a decir, con sobradas razones, que una agudización en el proceso intervencionista en su país, podría desembocar en una guerra civil.
—Unos y otros terminaremos enfrentados. Temprano o tarde, así será la cosa—sentenció.
—La suerte está echada. Me voy para Sameco, donde está la otra gente.
—Y yo me les uno, sin mente mi hermano. Venezuela es Venezuela, es nuestra tierra–acotó otro que, dijo, iba para el barrio 20 de julio a sacar unas mudas de ropa y empacarlas en un maletín.–Lo peor que nos puede ocurrir es que debamos volver. Y lo haremos. Ya conocemos la plaza–argumentó.

LOS CARACOLES EN LA AUTOPISTA
Sobre las nueve de la noche del domingo 4 de enero del 2o26, estaban más de treinta venezolanos reunidos. Fueron llegando desde los diferentes puntos cardinales de la Sultana del Valle.
Los acompañé, hasta las 10:40 pm, que tomaron la autopista hacia Yumbo.
Mientras los veía partir sentí esa extraña sensación que amalgama la nostalgia, el dolor y la tristeza. «Quien se preña de ilusiones, termina pariendo desengaños«, me enseñó alguna vez el filósofo de Vijes.
Con toda razón. Probablemente al regresar, encuentren un país en confrontación interna y decidan, como caracoles con su casa al hombro, emprender el retorno a Colombia.
Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna «Crónicas de Macondo» en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo
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