
Los padres tenemos una enorme responsabilidad en la formación de nuestros hijos. No podemos eludir ese compromiso.
A tío Rico no lo conocí es Disneylandia, sino en Floralia, una ciudadela del nororiente de Cali, de callecitas estrechas, casas uniformes, negocios a diestra y siniestra como si estuviéramos invadidos por una feria de turcos y el bullicio de niños que corrían de aquí para allá, llenándolo todo de alegría.
Terminaba la década de los ochenta y tío Rico evidenciaba, a sus ocho años, un liderazgo admirable, pero no los aires de matón de barrio que llevaron a muchos a tenerle miedo.
Personalmente no le tenía miedo, porque lo conocí desde su niñez, cuando su madre lo dejaba a la deriva en el antejardín, ella que era dicharachera y enamoradiza y, su padre, un nómada que trabajaba con el Estado, pero que no perdía fin de semana sin que se tomara sus guarilaques.
Óscar y Diego, su hermano menor, se criaron en la soledad de una casa grande, con ciertos lujos, ocupados en qué matar el tiempo y, una de esas aficiones, los caramelos de tío Rico, de ahí el sobrenombre del muchacho.
Siempre he pesado que ese fue el origen de sus andanzas en la delincuencia, como ladrón de cuadra, apartamentero y sicario, hasta que terminó en un patio abarrotado en la cárcel de Villahermosa.

Salió e incurrió de nuevo en lo mismo. Incluso, una vez impidió que sus compinches me atracaran. “Déjenlo sano que es mi vecino” y cosa irónica, le di las gracias. Me libró de un robo con puñalada incluida.
Y como si se tratara del zurdo Cruz Medina, protagonista de “Sangre maleva”, el tango que musicalizó de Alfredo De Angelis y que popularizó Oscar Larroca en 1955, tío Rico se enfrentaba al que fuera y en donde fuera, hasta que lo dejaron tuerto en una riña callejera.
Idas y venidas a la prisión hasta la noche aciaga cuando un enemigo lo sorprendió durmiendo en la calle, con un costal de almohada, y lo mató. Pero pienso en él con nostalgia porque, pienso, somos los padres responsables del destino de los hijos.
@CrónicasdeMacondo

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