
A un estadounidense no le permitieron entrar en Colombia. Lo devolvieron. Tremendo escándalo, por el contenido de su maleta. “Si me meten preso, no me dejen sin el contenido de la valija”, pidió.
Rigoberto llegó al aeropuerto de Rionegro, Antioquia, proveniente de Estados Unidos. Sonriente. Feliz. Venía, como dice el disco de Borinquen, de Daniel Santos: “Loco de contento con su cargamento para la ciudad…”
Recogió su maleta y rumbo a migración.
La funcionaria amable.
El pasaporte y demás, en regla.
“Ponga su equipaje aquí, por favor”, le pidieron.
Y arranca el escaneo.
Dos funcionarios se miraron con sorpresa. Luego al pasajero. Luego se escandalizaron. Quienes venían detrás pensaron que, el parroquiano, era un iraní disfrazado y que traía peligroso contenido.
Explosivos, quizá.
O tal vez un peligroso virus, contagioso, peor que el Covid-19.
“Por favor, espera allí”, le dijo un agente. Tome su maleta y nos acompaña, le advirtió.
El ambiente se puso tenso. Nerviosismo alrededor.
El hombre, robusto, sin pelo, ojos vivaces y una sonrisa que no podía quitarse del rostro, como si estuviera tatuada.
Ya en la salita, pequeña, modesta y discreta, varios agentes y funcionarios de Migración lo rodearon mientras abría la valija.
Unas camisetas, pantalones, bóxeres, medias de colores y con figuras de Disney. Y, oh sorpresa.

A la vista el contenido peligroso: Dildos amorosos de todos los tamaños y colores. Una docena.
La nota de prensa lo explica todo:
“En el transcurso de la entrevista, el ciudadano estadounidense manifestó que se dedicaba a la producción de contenido para adultos y que su intención era grabar este tipo de material audiovisual en Medellín.”
El hombre no paraba de sonreír. Le preguntaron de todo, incluso si era homosexual, bisexual o voyeur.
—Ya les dije, vengo a hacer una película.
–¿Y esos instrumentos? —preguntó una agente, horrorizada, porque jamás en su vida había visto semejantes adminículos.
Solo pensar que estuvieran en el interior de un organismo, en el orificio que fuera, la hacía erizar.
Revisaron la constitución.
Consultaron la jurisprudencia internacional.
¿Qué hacer?, se preguntaban.
Finalmente, coincidieron en deportarlo.
El hombre no se enfureció, ni respondió como si estuviera endemoniado.
Simplemente hizo un reclamo: “Por favor, ya que no me dejaron entrar a Colombia, al menos devuélvanme los juguetes”
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