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NOSOTROSCONTACTO 12 Jul, 2026

Un alto en el camino para detener la violencia

El extranjero de Albert Camus
Colombia necesita con urgencia avanzar hacia un gran acuerdo nacional como paso para salir al paso de la polarización política que vive el país actualmente. El diálogo, por encima de todo.

Por Fernando Alexis Jiménez – @CrónicasdeMacondo


Hay una escena en El extranjero, de Albert Camus, que no deja de perseguir a quien la lee: un disparo bajo el sol de Argelia, casi sin motivo, casi sin ira, y sin embargo irreversible.

Meursault no mata por odio ni por venganza; mata porque el calor, el deslumbramiento y una cadena de indiferencias lo empujan hacia un gatillo que después no puede explicar del todo.

Camus no escribió una apología de la violencia: escribió una advertencia sobre lo fácil que resulta cruzar esa línea cuando dejamos de mirar al otro como un ser humano y empezamos a verlo como un obstáculo, una amenaza o una posesión.

Esa es, quizás, la lección más incómoda del libro: la violencia rara vez llega anunciada por un monstruo; llega de la mano de alguien común, en un día cualquiera, cuando ya nadie se detiene a pensar.

Esa misma indiferencia, disfrazada de amor, aparece en tantas casas colombianas.

VIOLENCIA DISFRAZADA

Pensemos en un hombre que ama —o cree amar— a una mujer más joven que él, y que convierte esa relación en un territorio de sospecha permanente. Cada llamada que ella recibe, cada amistad, cada tarde fuera de casa se transforma en una acusación.

Él la agrede, primero con palabras que buscan doblegarla, después con gestos que buscan someterla, siempre bajo la excusa de un engaño que existe únicamente en su cabeza.

Ella aprende a caminar con cuidado, a medir sus silencios, a desaparecer un poco cada día para no despertar la ira de quien dice quererla.

Nadie llama a esto lo que es —violencia— hasta que ya es demasiado tarde, hasta que el cuerpo o el alma de esa mujer llevan marcas que ninguna disculpa borra.

¿AMAR Y DAÑAR?

En otra esquina de la misma ciudad, un anciano vive solo con su perro, ya viejo y enfermo.

El animal se mueve despacio, ensucia donde no debe, gime de noche. Y el hombre, cansado y quizás también asustado por su propia vejez, responde con gritos, con un golpe que cree merecido, con el desprecio de quien ha perdido la paciencia con lo que ama.

El perro no entiende por qué el castigo sustituyó a la caricia; solo sabe obedecer y encogerse.

Hasta que un día el animal ya no está.

Y entonces, en la casa vacía, el anciano descubre que toda esa rabia no era más que el miedo a perderlo, mal traducido en violencia.

La tristeza llega tarde, cuando ya no hay a quién pedirle perdón.

NUESTRA COTIDIANIDAD

Estas dos historias, tan distintas, comparten una misma raíz: la creencia de que el control, el golpe o el grito son formas legítimas de resolver el miedo, los celos o la impotencia.

Es la misma raíz que sostiene buena parte de la violencia colombiana, esa que hemos normalizado hasta el punto de dejar de nombrarla.

La violencia doméstica, la violencia contra los animales, la violencia política, la violencia armada: todas comparten el gesto de deshumanizar al otro antes de hacerle daño.

Y todas, como en Camus, terminan por convertir a quien agrede en un extraño de sí mismo.

SUPERAR LA VIOLENCIA

Colombia no puede seguir validando la violencia como atajo. Décadas de conflicto nos han enseñado que la fuerza nunca resuelve lo que solo el diálogo puede sanar: la desconfianza, la pobreza, el resentimiento acumulado entre quienes deberían ser compatriotas y terminan siendo enemigos. Necesitamos, con urgencia, un alto en el camino.

Una pausa colectiva que nos permita mirar de frente lo que hemos naturalizado: los feminicidios que ya no sorprenden, el maltrato animal que se ve como asunto privado, los discursos de odio que se replican en cada esquina de la conversación pública.

En medio de la polarización política que vive el país, esta pausa es todavía más urgente.

Cuando el adversario político se convierte en enemigo a destruir, cuando cada diferencia ideológica se traduce en insultos y descalificaciones, estamos alimentando la misma lógica que golpea a la mujer acusada sin pruebas o al perro que ya no puede defenderse.

Por eso resulta indispensable impulsar un gran Acuerdo Nacional: un espacio donde las distintas orillas políticas, sociales y regionales del país se sienten a reconocer que la violencia —la física, la verbal, la simbólica— no puede seguir siendo el lenguaje con el que resolvemos nuestras diferencias.

Alberto Camus terminó su novela con un juicio que condena a Meursault no tanto por el disparo como por su incapacidad de sentir y de conectar con los demás.

Tal vez ese sea el verdadero desafío para Colombia: recuperar la capacidad de sentir al otro, de reconocerlo como semejante y no como amenaza. Solo así, dialogando en lugar de golpeando, escuchando en lugar de acusando, podremos empezar a construir el país que tantas veces hemos prometido y tan pocas veces hemos logrado.


Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales.


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About Author

Fernando Alexis Jiménez

Fernando Alexis Jiménez - Ejerce el periodismo desde hace más de 40 años. Ha trabajado para radio y prensa. En esta última etapa escribe para medios digitales. Cursó una licenciatura en ciencias religiosas en la fundación universitaria Bautista. Tiene columnas permanentes en portales internacionales como KaosEnLaRed, AméricaXXI, Alainet, Rebelión y Prensa Bolivariana, entre otras. Se identifica como un seguidor de la teología de la liberación promovida por el padre Camilo Torres, Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Elder Cámara y Frey Beto. Actualmente es dirigente sindical del SUGOV.


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