
No es un gesto de superioridad moral, sino una pequeña forma de coherencia personal. Porque incluso desde la aparente pasividad del espectador existe un poder: el de la atención, el consumo y la legitimación simbólica.
Por Jhon Silvio Bohórquez C. | Afiliado al SUGOV
La historia contemporánea también puede leerse a través del fútbol. No porque el balón explique el mundo, sino porque el mundo —con sus jerarquías, guerras e impunidades— termina filtrándose en la cancha.
La FIFA, que suele presentarse como guardiana neutral del juego, ha demostrado más de una vez que su ética es selectiva y su indignación, geopolíticamente administrada.
Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, la reacción fue inmediata: suspensión de competiciones, exclusión de torneos y sanciones ejemplarizantes.
En cuestión de días, la maquinaria disciplinaria funcionó con precisión. Se nos dijo que el fútbol no podía ser indiferente ante la violación del derecho internacional, y muchos aplaudieron esa decisión.
Desde octubre de 2023, el genocidio en Gaza ha dejado miles de civiles muertos y una crisis humanitaria histórica, mientras denuncias por crímenes de guerra ante la Corte Internacional de Justicia no han provocado sanciones de la FIFA contra Israel.
En paralelo, los ilegítimos ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán exponen un doble rasero, pues la FIFA prepara la Copa del Mundo 2026 precisamente en territorio estadounidense, confirmando que las sanciones deportivas responden más a correlaciones de poder que a principios universales de justicia y humanidad.
El fútbol no es un simple espectáculo. Es una industria cultural global que moviliza identidades, pasiones y recursos económicos colosales.
Por eso, cuando se decide excluir a un país —o cuando se celebra la gran fiesta del deporte bajo determinadas circunstancias políticas— también se envía un mensaje al mundo.
He sido aficionado al fútbol desde niño. Pero esta vez he decidido que no veré ningún partido del Mundial de 2026.
No es un gesto de superioridad moral, sino una pequeña forma de coherencia personal. Porque incluso desde la aparente pasividad del espectador existe un poder: el de la atención, el consumo y la legitimación simbólica.
A veces, el gesto más simple también puede ser el más elocuente: apagar la pantalla.
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