
A Imelda el mundo se le vino al suelo. Todo lo que tenía, junto con su familia, quedó resquebrajado, pero decidió seguir adelante.
A decir verdad, a Imelda nunca le gustaron los domicilios y muchísimo menos, enviar sus almuerzos con un motociclista que debiera hacerle el quite a los embotellamientos de tránsito. Le parecía muy inapropiado. “El sancocho se riega en el camino con tanto batuqueo”, me dijo.
Pero le tocó. Al menos después del terremoto del 10 de agosto último su restaurante, en el sector del Limonar, quedó fracturado y, prácticamente, inhabitable.
No alcanzaron a rescatar nada del menaje de cocina. Ni tampoco el mobiliario, ni mesas ni sillas. Y de los hermosos cuadros que engalanaban el lugar, no quedaron sino los marcos de madera y la desolación propia de una tragedia.
Lo único que logró salvar y que conserva en su casa, del norte de Cali, es un viejo cucharón de madera que le heredó su abuela y que ella conserva como recordatorio de que debe seguir luchando. Una reliquia.
Por eso fundó una cocina que distribuye almuerzos en toda la ciudad. Ya no es un restaurante, sino una modesta cocina. Pero está feliz.
Ella, parte de su familia y dos empleados conservan la oportunidad de generar ingresos.

Ya no son sus subalternos, sino los socios del negocio. “Nos estamos ayudando y tenemos de qué vivir, por lo menos hasta hoy“, me dijo Imelda Cuadros, copropietaria de “Renacer”, como bautizaron el emprendimiento y que marcan en todas las tarjetas que distribuyen.
“Ya que no acepta nada reciba, aunque sea un tinto” me dijo la mujer con una amplia sonrisa. Confiada y con esperanza.
Prueba fehaciente de que, la mayoría de los colombianos, no se dejan arrastrar por la derrota. Como dice el bambuco de Garzón y Collazos: “Qué orgulloso me siento de ser colombiano”.
@CrónicasdeMacondo – Fernando Alexis Jiménez

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