Artículos, análisis y crónicas del periodista y dirigente sindical, Fernando Alexis Jiménez, con una perspectiva crítica de lo que ocurre en Colombia y el mundo.
Dos conductores terminaron mal heridos en un hospital. Un accidente que se pudo evitar y consecuencias que se pudieron dialogar. Pero no, primó la intolerancia.
¿Por qué comenzó el problema? Ninguno de los dos protagonistas lo recuerda. Raúl y Gilberto no se conocían. Jamás se habían visto. Ni un tinto, ni un refrigerio, ni un intercambio de palabras, nada. Pero terminaron enfrascados en una pelea de la que salieron mal heridos.
En el suelo, los dos, sangrando y sin poder levantarse.
Pasaron una semana en el hospital. Uno de ellos en cuidados intensivos. Su contendor le dio varios garrotazos. Literalmente. Con un palo que encontró en la calle, en medio de la riña.
Ocurrió hace dos semanas, en la antesala de la nochebuena. Raúl conducía una motocicleta modesta. Incluso, la parrilla amarrada con alambre. Le ponía la trampa al centavo repartiendo alimentos de un restaurante.
Gilberto conducía un taxi pequeño, modelo 2016. En tres horas de trabajo se había varado cuatro veces. Madreó, sintió frustración, pensó que ese día ganaría muy poco y no podría cumplir con la entrega diaria. En la última avería recordaba haber dado puntapiés a uno de los neumáticos delanteros. ¡Definitivamente no era su día!
Iba tan ensimismado en sus problemas, que frenó en una intersección de la avenida circunvalar, en el occidente de la ciudad. Lo hizo por instinto, sin medir las consecuencias. Los neumáticos chirriaron al frenar. Dejaron la marca sobre el asfalto.
Raúl no alcanzó a detenerse. El contenedor de alimentos salió disparado y sobre la avenida, un reguero de alimentos: sancocho, arroz, ensalada y presas de pollo.
Se levantó con el rostro sangrando y se fue lanza en ristre, adolorido, contra el taxista.
Las palabras iban y venían. El tono de la discusión se hizo ofensivo. Un cuchillo que sale a relucir. El otro busca cómo defenderse y coge un garrote que estaba por ahí.
Se golpearon muy duro.
Con rabia, con sevicia.
¿Y los espectadores? Grabando con su celular.
Cuando los dos hombres quedaron en el suelo heridos, los curiosos se fueron alejando. Había terminado el espectáculo. Indiferentes frente al dolor, la falta de diálogo de los contendores, las reacciones violentas producto de la intolerancia.
¿Es esta la sociedad que legaremos a nuestros hijos y nietos? Por cierto, que no. Urge detener esta locura de la intolerancia para que no terminemos matándonos unos a otros…
Los Congresistas que impulsaron el naufragio de la iniciativa, aseguran que se agravaría el problema si se aprueba. Urge revisar el tema en un debate nacional.
Colombia no puede olvidar la trágica historia del hombre que, en enero del 2025, ingresó con dolor abdominal al hospital de Kennedy, en Bogotá, lo pusieron a esperar y murió de un paro cardiorrespiratorio. De nada sirvieron los esfuerzos de los facultativos para reanimarlo.
La familia es muy pobre. Le habían dado remedios caseros. El problema, pensaban, no era tanto llevarlo a que lo atendiera el médico, sino los costos que se derivarían de las ayudas diagnósticas, medicamentos y otras arandelas.
No podían asumir los costos.
Pero el dolor no cesaba y decidieron llevarlo a que lo atendieran. Y eso fue lo último que pudieron hacer por él, porque murió en una sala de espera. Tenía 70 años.
Para serles sincero, las cifras me aburren. Me parecen un ladrillo, lo que explica mis constantes períodos de adormilamiento en los últimos dos años de la secundaria, en las clases de álgebra, trigonometría y hasta de química. Sin embargo, hay casos en que los datos son muy válidos.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (INS), entre el 2010 y el 2019 se reportaron 364,113 muertes que se habrían podido evitar mediante una atención sanitaria oportuna y efectiva. Esto equivale a decir que 17 de cada 100 fallecimientos en ese periodo eran evitables.
En lo corrido de 2025, el estimado de muertes por enfermedades raras o huérfanas es de 2,033 debido a la falta de acceso a tratamientos y medicamentos en el contexto de la crisis del sistema.
La salud está en crisis en el país. Debe someterse a múltiples ajustes que aseguren atención oportuna y de calidad para todos, indistintamente de si son trabajadores o desempleados. Para todos.
La crisis antes que disminuir tiende a agigantarse. Miles de pacientes enfrentan retrasos en la entrega de medicamentos, dificultades para acceder a tratamientos. Crece la incertidumbre.
En ese contexto, se hundió la reforma a la salud. No es la primera vez.
Desconozco su apreciación sobre el tema y solo aspiraría en que coincida conmigo: urge mejorar los servicios de salud. Revisar el esquema actual e imprimirle ajustes o cambios. Para que no sigan murieron compatriotas a la entrada de un hospital. @CrónicasdeMacondo
En cualquier ciudad o pueblo, el período decembrino permite que afloren las diferencias entre la navidad de los que sí tienen y la de los pobres.
Una realidad a la que no podemos ser ajenos es la pobreza que todavía golpea a nuestra gente, a ese pueblo al que pertenecemos.
Mientras unos piensan qué hacer de cena para la nochebuena o el 31, otros le dan vueltas en la cabeza sobre qué negocio poner para sobrevivir en diciembre. Para poner algo sobre la mesa.
La cena no será fina, quizá presas de pollo de las que venden en el asadero de la esquina acompañadas con gaseosa. Pero unidos en medio de la pobreza.
Unos se embelesan con las cajas donde vienen los regalos; otros anhelan el día en que sus hijos puedan tener de esos regalos caros y, tras encogerse de hombros con resignación, se llevan esos mismos empaques para reciclarlos.
Dos perspectivas diferentes en una época que no podemos eludir.
Sólo desde esa perspectiva realista uno puede entender al cantautor, Gabriel Romero, cuando interpretaba “Maldita navidad”. En la letra refleja su pesadumbre:
“Veo que todos se divierten, para mí es un sacrificio… Hoy me embarga una nostalgia, este año nadie me abraza… Ya van a sonar las 12, oigo pitos y sirenas; se oye el grito de Año Nuevo, y más aumenta mi pena…”
Pero para unos y otros, la navidad es inevitable, llegó y hay que vivirla. Y en la medida de nuestras posibilidades, vivirla. Cada segundo que transcurre jamás regresa.
El punto de encuentro para los que tienen que comprar y los que viven de las ilusiones en medio de sus necesidades, resulta ser el alumbrado que colocan en lugares céntricos de ciudades y pueblos.
Cada noche, centenares de personas. Unos compran en los negocios cachetudos y otros, a un lado, sentados en familia con gaseosa y sanduches. Trajeron la merienda de la casa, pero igual, disfrutan de las lucecitas.
En este diciembre, cuando estemos disfrutando, al menos por un instante pensemos en quienes no tienen y si podemos darles algo, compartirles, maravilloso. No ser ajeno a la “navidad de los pobres”.
En el Bloque Metro recuerdan a Juan Guillermo Villegas, como un hombre convencido de sus ideas. “No hay que darle más vueltas, acabar hasta con el nido de la perra”, era una de sus frases comunes, aseguran varios de los testigos que declararon ante la justicia.
Ningún muerto es malo. Sin duda en el velorio de Juan Guillermo Villegas, habrá quienes ponderen su desempeño, que iba a misa de domingo, ayudaba a los necesitados cuando hacían rifas y otras actividades con carácter benéfico e, incluso, que doña Otilia, la señora de la vereda El Guamo, decía que en varias ocasiones le ayudó a financiar las recetas médicas.
Sin embargo, las víctimas del paramilitarismo, jamás olvidarán su nombre. Y si pudieran ir al funeral, no faltaría quien, dirigiéndose al féretro, gritaría: “Asesino”.
Era un hombre parco, pragmático, convencido de sus ideas y que consideraba un “peligroso comunista” a quien pensara distinto. Y al igual que León María Lozano, el cóndor de Tuluá, lo ponía en la lista de quienes iban a posesionarse de un modesto terreno en el cementerio local.
¿De qué manera? A través de los grupos que instrumentalizaban los crímenes y para quienes Uribe, Castaño, Báez y otros personajes siniestros, eran la viva imagen de un santoral moderno que antes que paramilitares, eran—según ellos—los salvadores del país.
AMIGO DE URIBE
Juan Guillermo Villegas era muy amigo de Álvaro Uribe Vélez. Sin duda, en varias jornadas se tomaron unos aguardientes compartiendo su preocupación por el avance de la “guerrilla” y metían en el mismo costal a dirigentes agrarios, sindicalistas, líderes estudiantiles y directivos de juntas comunales que no “tragaban entero”.
El empresario agrario tenía muchos secretos de su “compadre” y se llevó esa información a la tumba. En interceptaciones legales de la Corte Suprema, Villegas aparece como intermediario en comunicaciones que buscaban influir en la familia del exparamilitar, Juan Guillermo Monsalve —testigo que señala a Uribe como partícipe del Bloque Metro— para que cambiara su versión.
Entre esas grabaciones está la frase de Uribe: “esta llamada la están oyendo esos hijueputas”, registrada en 2015 cuando la Corte, en la investigación contra Iván Cepeda, hacía seguimiento al expresidente ante indicios de presión a testigos.
Aunque citado al juicio, Juan Guillermo Villegas nunca declaró alegando problemas de salud. Siempre una excusa. Una incapacidad médica, declaraciones de amigos sobre sus dolencias y las argucias del abogado.
Su silencio dejó sin contrastar su papel en llamadas que hoy son eje del expediente.
UN PARAMILITAR CONVENCIDO
Juan Guillermo Villegas fue ganadero, político regional y viejo aliado de Uribe, también fue señalado por investigaciones periodísticas —junto a su hermano Luis Alberto Villegas, alias “Tubo”— por presuntos vínculos con estructuras paramilitares en Antioquia, incluidas versiones que lo mencionan en la génesis del Bloque Metro.
“Tubo” aparece en documentos incautados en el Parqueadero Padilla, la contabilidad de las Autodefensas de los Castaño, por su relación con Jacinto Alberto Soto, alias “Lucas”.
La Hacienda Guacharacas, propiedad de los hermanos Villegas y de Álvaro Uribe, fue mencionada por varios exparamilitares, incluido Monsalve, como base de operaciones del Bloque Metro.
Según la investigación de la Corte en el proceso que terminó inhibiendo a Cepeda, allí se habrían planeado masacres, organizado patrullajes y operado la logística del grupo, donde Monsalve afirma haber trabajado.
Juan Guillermo Villegas murió este 10 de diciembre, llevando consigo piezas clave de una historia que atraviesa el poder político, señalamientos de actividad paramilitar y uno de los procesos judiciales más sensibles del país: el caso por presunta manipulación de testigos que involucra al expresidente Álvaro Uribe.
Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo
Muchas de estas organizaciones emergentes, debilitan la lucha de los trabajadores. Las promueven los empresarios para dividir o acabar con los sindicatos que ya existen. Señales de alarma.
La apuesta es sencilla. Consígase veinticinco parroquianos, haga una reunión, levante un acta y, listo, rumbo al Ministerio del Trabajo.
Haga depósito de los documentos, incluyendo unos estatutos básicos.
En pocos días recibirá la notificación. Ya está creado un sindicato.
En Colombia hay más de doce mil. De ese volumen, comprometidos con la causa de los trabajadores, se estima que hay cerca de 600. No más.
Eche lápiz.
La tasa de trabajadores y empleados sindicalizados es mínima, pero lo que sí pululan como la yuca o la papa, son los sindicatos de papel.
Los hay de todos los talantes. Unos argumentan una cosa y otros otra. Los hay con ideología uribista, los afines a Vargas Lleras, los que dicen que Abelardo de la Espriella es el mesías y los que están a favor de Federico Gutiérrez.
Y los hay que permanecen en el tiempo, sin crecer y, por el contrario, disminuyendo, pero siguen ahí. Vivos, debilitando a quienes luchan por la defensa de los trabajadores, sean estatales o del sector privado.
Esas organizaciones de papel terminan haciéndole el juego al sistema.
En el caso del Valle del Cauca, algunos de esos sindicatos promueven comunicados veintijulieros apoyando a los mandatarios. ¡Lo que nos faltaba! No sacan la cara por los empleados, pero sí por quienes fungen de patronos.
Todo en nombre de la lucha obrera. Lobos vestidos de ovejas. Rapaces. Aprovechados. Se favorecen con el fuero sindical y de las arandelas que han conquistado los trabajadores organizados.
Las luchas reales no son de ahora, sino de muchos años.
Pero llegan los paracaidistas y sacan provecho.
Escuché de un sindicato que nacería con la pretensión de participar en los petitorios, posicionando las peticiones que amparan los derechos de género.
¿Acaso las reivindicaciones laborales no acogen y benefician por igual a hombres, mujeres y lgtbi?
Puro cuento para dividir. Los trabajadores somos todos en Colombia, indistintamente de su género y las conquistas laborales, son para todos.
Pero esa estrategia que divide y busca deslegitimar a los sindicatos históricos, está tomando fuerza.
Legalmente no se puede impedir que se multipliquen como papa en cualquier terreno. Pero sí podemos crear conciencia del enorme perjuicio que provocan.
Y, para terminar, una frase del filósofo de Vijes: “Mi madre es una santa y cualquier madrazo, me resbala”
Traigo a colación estas palabras de un parroquiano que se hizo famoso en el atrio de nuestra parroquia local, por si alguien me acaba de recordar a mi progenitora.
Había que decirlo y se dijo. Simplemente. @CrónicasdeMacondo
Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la Columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo
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Anualmente se discute de cuánto será el salario mínimo. En este espectáculo, participan los actores principales: el presentador, los bufones y los malabaristas. Esta vez se excusaron las trapecistas.
Por estas calendas viajo en el tiempo a la lejana adolescencia cuando, diciembre que se respetara, era diciembre en que íbamos al circo. Lo montaban frente a Cosmocentro, sobre el costado oriente del Colegio Eustaquio Palacios.
Todo un acontecimiento. Los tres hijos íbamos felices para disfrutar del espectáculo en el que había un presentador, los malabaristas y los infaltables bufones. Permítame decirlo así, para no llamarles payasos. Ya entenderá por qué.
También por este tiempo se instala la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales (CPCPSL). La integran gobierno, empresarios y centrales obreras.
¿Recuerda el circo? Pues pongamos en su orden, como en una metáfora, a los participantes de ese escenario.
El presentador, los bufones y los malabaristas.
Le explico: quien sale a presentar el espectáculo es el gobierno nacional, con el Ministro del Trabajo, Antonio Sanguino y su saludo: “Eche, vaina, tremenda mondá esa de negociar el aumento salarial”.
Luego, con vestidos coloridos, corbatín, zapatos muy grandes, una bola roja como nariz y peluca alborotada, entran los bufones. Sí, adivinó. Me refiero a los empresarios y dirigentes gremiales.
“No hay plata”, dicen a carcajadas, pretendiendo que los demás se contagien de su entusiasmo.
Como en mi otrora adolescencia, en los circos siempre tenían los mismos chistes. No variaban el discurso.
Y, por último, los malabaristas. En este caso, dirigentes obreros que procuran, con estadísticas y análisis sobre el comportamiento financiero, explicar la importancia de hacer un buen aumento a la remuneración de los trabajadores.
Ah, pero espere, se nos coló… ¿A ver? Sí, el señor de barbita medio cana que vende las manzanas acarameladas. ¿Lo recuerda? Sí, ya también adivinó: Armando Benedetti.
Este buen hombre que no se puede comer unas empanadas vallecaucanas acompañadas con champús o masato porque le da diarrea, está terciando en el espectáculo.
Por su origen estrato diez (jamás entenderé en qué momento aterrizó en la izquierda), les explica a los gremios que, si se sube el salario, se dinamiza la economía.
Los bufones se hacen señas. Parecen no entender. Como si les estuvieran hablando en lenguaje marciano.
Pero ya todos los asistentes saben en qué terminará este circo, en el que hay de todo: llanto, alegría, risas, desconcierto, expectativas, rabia. De todo.
El circo termina en que el presentador, en este caso el gobierno nacional, deberá decretar el salario mínimo para el 2026.
Será al final, cuando los malabaristas estén cansados y los bufones cambien su sonrisa pintada, por un gesto de desagrado.
“Van a quebrar el circo”, dicen mientras se alejan con rabia.
Así las cosas, mi expectativa y estoy seguro, también la suya: que este año el ajuste sea de dos dígitos. La clase trabajadora lo necesita.
Los habitantes en situación de calle, quienes enfrentan problemas de salud mental y adictos a alguna sustancia, un problema que el Estado debe asumir.
Pleno mediodía. El cielo plomizo amenazaba lluvia. Ni un atisbo de brisa, pero muchos coincidían: “Va a llover”. Un anhelo común en una ciudad como Cali, donde el calor torna difícil salir como otrora a caminar y no falta quien tema que el asfalto comience a derretirse y a pegarse en la suela de los zapatos.
Con un escenario así y el afán de unos y otros por encontrar un restaurante con mesa disponible, casi pasa desapercibido que un hombre de unos treinta años, cabello lacio, largo y grasoso, ropa con varios días sin lavar, calzando unas pantuflas y en la mano un tarrito con pegante de zapatos, fuera agredido a la salida de una librería.
Una señora le dio varios garrotazos con una escoba, un joven le propinó puntapiés ante la evidente aprobación de varios parroquianos que le gritaban: “Dale, dale”. ¿Y la víctima? Impasible. Estaba drogado. Alucinaba. Parecía no sentir nada, pero sin duda, la agresión era no solamente dolorosa, sino que dejaría secuelas en su espalda, brazos y el rostro.
Él solo atinaba a mirar a todos lados sin comprender lo que ocurría, sin la pretensión de huir, aunque lo estaban agrediendo. Insisto, estaba drogado.
¿Y el delito? Sustrajo un juego plástico para niños que, Luz Adriana—la propietaria del negocio—, me dijo que costaba quince mil pesos porque lo tenían en promoción.
El hombre entró con algo de disimulo; veía y a la vez no veía los titulares de los libros y, en un descuido, metió el artículo en una bolsa negra. Luego salió corriendo. Ahí fue donde comenzó todo…
Y la pregunta: ¿Es válido tomarse la justicia por mano propia? Y otra más: ¿De quién es la responsabilidad de velar por los ciudadanos que habitan la calle, los que tienen problemas mentales y de quienes son adicto a alguna sustancia, la que sea?
Sin duda, es un problema de Estado. Y deben incluirlo en sus agendas los aspirantes al Congreso, a la Presidencia de la República, a las Gobernaciones y a las Alcaldías. Y ayudar a resolverlo…
La periodista Olga Behar describió, en diálogo con William Parra, periodista de El Calentao, de RTVC, cómo surgió y evolucionaron los doce apóstoles, agrupación a la que pertenecía Santiago Uribe Vélez.
Uno de los mejores relatos de lo que ocurrió en buena parte del norte de Antioquia, los móviles y de qué manera los paramilitares cometieron sus crímenes, está en el libro “El clan de los doce apóstoles”, de la periodista y escritora, Olga Behar.
Describe el involucramiento de Santiago Uribe Vélez, condenado a 28 años de cárcel por crímenes, algunos de lesa humanidad.
“El grupo se creó medio espontáneo, con un fin de limpieza social. Asesinaban a integrantes del microtráfico. Era la década de los noventa. El paramilitarismo estaba floreciendo. Y otro elemento: defender a los ganaderos de las extorsiones.”, anota la autora.
El génesis está en las calles de Yarumal, Antioquia.
Había dos alas, una urbana y rural. “Pelo de chonta” era quien ejercía el control en las callecitas inclinadas de aquél poblado tranquilo, al tiempo que alias Rodrigo, ejercía territorialidad en veredas y corregimientos.
Pronto se extendieron a localidades del centro y norte del territorio antioqueño. “Santiago Uribe Vélez estaba a la cabeza de la organización. No era un político relevante, pero sí su hermano Álvaro. En sus orígenes hicieron una alianza con el capitán de la Policía, Pedro Manuel Benavídez. El oficial se lo tomó muy en serio”, anota Behar,
Algunas de las reuniones se realizaban al calor de unos cafecitos o aguardientes en una hacienda, La Carolina, propiedad de los Uribe.
El comandante de la Policía de Yarumal, en cierta ocasión, llegó con un vehículo oficial y amarró en el mataburro del yipeto, adelante, a Varela, quien había sido asesinado en proximidades a donde vivía Santiago Uribe.
Hizo un recorrido por el casco urbano, para generar escarmiento, una de las tácticas comunes del paramilitarismo.
Santiago Uribe Vélez, condenado a 28 años de guerra.
“MUERTO POR EXTORSIONAR”
Junto con el muerto, el campero llevaba un letrero escrito burdamente. Decía: “Muerto por extorsionar”. Así los moradores de Yarumales conocieron del nacimiento del grupo paramilitar.
El oficial Pedro Manuel Benavídez ha negado la acusación, aunque hay grabaciones.
Una de las autoridades morales del municipio que cohonestó todas estas acciones, fue el cura párroco de la iglesia Santa Bárbara, el padre Gonzalo Palacios. No deslegitimizó el actuar violento, por el contrario—dicen los testigos—lo validó.
En las mañanas confesaba a los parroquianos en la tarde se reunía con los paramilitares. Les contaba qué le habían confesado. Y muchos de los feligreses aparecieron muertos.
En total eran doce. Todos con una meta común: limpiar a Yarumales y sus alrededores, de quienes consideraban, sujetos peligrosos.
“El padre Palacios se creyó el Robin Hood, luchando contra los comunistas. Iba a operativos e, incluso, llevaba un revólver en su maletín. En un allanamiento a su parroquia, le descubrieron armamento, estaba junto a una Biblia en su mesa de noche.”, describe Olga Behar.
Estuvo detenido, pero un tiempo corto.
Lo trasladaron a una pequeña parroquia de Medellín. Ya murió a los 87 años.
Mayor Juan Carlos Meneses, en el exilio.
SANTIAGO, EL APÓSTOL MAYOR
Santiago Uribe Vélez se vinculó al clan de los doce apóstoles que, en realidad no eran doce sino casi treinta. Sembraron el terror entre 1993 hasta 1997, acompañados con un aparato paramilitar robusto.
Los asesinatos eran selectivos, incluso a los sicarios que les colaboraron al comienzo. Silenciaron a todos y no dejaron vestigios.
Los crímenes fueron terribles. “Que no queden testigos”, decían los doce apóstoles.
Es entonces cuando entra en escena Julián Bolívar.
Estando vinculado en un proceso con la JEP, admitió buena parte de los crímenes.
“Todo lo que narra el libro de Olga Behar sucedió. Debe acreditarse como auténtico.”, dijo durante los interrogatorios.
Estuvo dispuesto, en algún momento, a contar la verdad. Hoy parece que sufre de amnesia.
El centro de operaciones era la hacienda La Carolina, donde vivía Santiago Uribe Vélez. Daba instrucciones y luego salía sonriente, mostrando un carisma de la que nunca fue dueño, en Yarumal.
Algo similar a lo que hacía León María Lozano, el Cóndor de Tuluá, célebre durante la época de la violencia.
Cerca de las caballerizas establecieron un área de entrenamiento, principalmente de polígono.
El hecho fue confirmado por uno de los doce, Juan Carlos Meneses. Fue mayor de la Policía.
Asegura que Santiago Uribe Vélez era el apóstol mayor dentro del clan del paramilitarismo.
Parroquia Santa Bárbara, de Yarumal, donde se realizaron algunas de las reuniones de los doce apóstoles.
EL CEREBRO DETRÁS DE LOS CRÍMENES
La periodista Olga Behar, en diálogo con William Parra, de El Calentao de RTVC, dijo con toda certeza que Uribe Vélez “conformó y dirigió el grupo de los doce apóstoles”.
Asesinaron a quienes, creían, generaban inestabilidad social, principalmente aquellos que tenían ideas de izquierda.
“Es posible asegurar que en el norte de Antioquia se originó parte del paramilitarismo que sembró el terror. Era un grupo de limpieza social que acudió al método del ensayo, error, perfeccionamiento. Hasta que su invento se les salió de las manos. Uno de los asesinatos, a plena luz del día, ocurrió a una cuadra de la estación de Policía de Yarumal”, precisa la escritora.
Durante varios años estuvo tras la pista. Una investigación cuidadosa y bien documentada.
“Jamás tuve el interés de atacar a nadie, como han dicho. Lo que quería entender el fenómeno del paramilitarismo. Algo serio y riguroso que, de hecho, asumió la Fiscalía. Mi propósito era visibilizar la verdad.”
Olga Behar dice que el caso estuvo arrumado en anaqueles de los juzgados, sin que hubiese mayor pronunciamiento. El libro revivió el drama.
Lamentó que las víctimas no hayan sido reparadas.
Los paramilitares en Yarumal establecieron su propia justicia.
AUTORES ORGULLOSOS DE SUS CRÍMENES
Lo que más impresionó a Olga Behar en los múltiples diálogos con el mayor, Juan Carlos Meneses, fuela desfachatez con la que admitieron los hechos.
El oficial retirado se encuentra en el exilio.
“Muchos casos me impresionaron, de las 533 víctimas. Se documentaron 310 en total. Luego salieron a la luz otros crímenes más. Algo que todavía no olvido es el relato barbárico de lo que hacían, con sevicia y, luego, desfachatez para negarlo. Parece que los autores se enorgullecían de sus hechos”, dijo en la entrevista.
Para la época, Álvaro Uribe Vélez era senador y luego se lanzó a la Gobernación de Antioquia, contienda electoral que ganó.
Las facciones más destacadas de aquella génesis del paramilitarismo en el norte de Antioquia, fueron los grupos conocidos como los erre y los lecheros.
Detrás de su accionar, estaba el despojo de tierras y alimentar el desplazamiento forzado de pequeños propietarios.
Los paramilitares sembraron de cruces y fosas el cementerio de Yarumal, Antioquia.
A JUAN CAMILO NO LE HAN HECHO JUSTICIA
Una de las víctimas a la que, por ejemplo, no se le ha hecho justicia, es Juan Camilo Barrientos. Era el conductor de una chiva o bus escalera.
Lo asesinaron dos paramilitares delante de los pasajeros cuando hacía la ruta Yarumales-Campamento.
Lo acusaban de auxiliar a la guerrilla porque transportaba insurgentes y les llevaba bultos de alimentos. Fue una ejecución sumaria.
La lista de quienes asesinaron en esa época cayó en manos de la sobrina del sacerdote Gonzalo Palacios, quien ayudó en el proceso de investigación.
Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. Encuentre sus contenidos en Internet @CrónicasdeMacondo
La muerte de Jeison es una de las más de ochenta que se produjeron como consecuencia del estallido social. Quizá reposan en la impunidad, en el olvido. Colombia no puede detenerse. Debe avanzar en su transformación…
La madre dice que Jeison estaba esperando a la novia. Caía la noche en la ciudad y densos nubarrones anunciaban una tormenta, ese jueves aciago en Buenaventura.
La radio local informaba de enfrentamientos callejeros. El comienzo del estallido social. Era 21 de noviembre de 2019. La llama de la inconformidad se había encendido. Nada la detendría.
Él estaba sobre la acera, en la vía principal de acceso al puerto.
En esa condición, recibió un disparo de fusil. Dicen los testigos que de un hombre de la Armada.
Estaban en las calles reprimiendo los brotes de manifestaciones que se apagaban aquí y resurgían allá.
“Sí él estaba metido en ese problema de las protestas, no lo sabía. Me dijo que iba a reunirse con su novia, Deyanira. Lo que sí se, es que lo mataron. Fue una bala de fusil de los soldados la que mató a mi hijo. Una sola bala le pegaron en la espalda”, afirmó Elizabeth Lizalda.
Una porteña berraca, que al igual que sinnúmero de hombres y mujeres bonaverenses, sobreviven. Le ponen la trampa al centavo con lo que sea. Con lo que dé plata, que les hace falta.
Murieron dos jóvenes en calles céntricas.
Y aunque las circunstancias de estas muertes son materia de investigación—como tantas otras hasta que las archivan en un anaquel de un juzgado o de la Fiscalía–, el comandante de la Armada ni el de la Policía de Buenaventura de esa época quisieron referirse a lo sucedido.
La agencia AFP hizo el siguiente reporte sobre lo que dijo el ministro de la Defensa, Carlos Holmes Trujillo:
“En las últimas horas las autoridades han confirmado la muerte de dos personas en Buenaventura en medio de disturbios y una más en Candelaria, ambos en municipios del (departamento) Valle del Cauca”, en el oeste del país. A ellos se suman 122 heridos y 98 detenidos. Además, las fuerzas de seguridad realizaron 53 allanamientos.
El alto funcionario reconoció que estaban en curso investigaciones por presunto abuso de la fuerza policial.
Elizabeth Lizalda sigue batallando por la vida, en esa ciudad portuaria de la que Pergoyo escribió:
“Siempre que siento penas en mi poblado, miro tu lindo cielo y quedo aliviado.”
Inmortalizó esos versos en la canción mi Buenaventura.
Pero el 21 de noviembre del 2019 y en los meses subsiguientes, lo que se decía en el puerto era lo mismo: “Lo mataron por protestar”. Su madre insistía: “Iba a visitar a su novia”
El muchacho reposa en un camposanto. Un osario sencillo, sin pretensiones de nada. Un testigo mudo de la brutalidad oficial para reprimir el estallido social.
Dos jóvenes asesinados en Buenaventura, pero los estimativos finales hablan de más de ochenta víctimas mortales en todo el país.
Desde mi escritorio, los imagino en la eternidad, mirando a una Colombia que se resiste a morir en la miseria y el olvido. Una Colombia que está floreciendo, renaciendo de las cenizas en las que la sumieron quienes por años ejercieron el poder.
Una Colombia que no puede ni debe volver atrás, porque pierden los más vulnerables, la gente de a pie que jamás vio oportunidades distintas a guardar rabia por las arbitrariedades de quienes detentaban el poder…
… Hasta que se produjo el estallido social, que ojalá jamás se repita. No, al menos, en tanto el país siga avanzando en los vientos del Cambio.
Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. Encuentre sus contenidos en Internet @CrónicasdeMacondo
Infinidad de caleños viven del rebusque. Donde sea. En el transporte masivo o en las calles. Una realidad que se debe modificar. La miseria no puede proseguir.
Una bolsa de bananas cuesta entre cinco y siete mil pesos. Jorge Alberto las hace rendir.
Es decir, le gana el doble. Por cada paquete, gana entre cinco y siete mil pesos. ¿Sencillo, cierto?
Se sube en el transporte masivo de Cali.
Tiene grabado su libreto:
“Me quedé sin trabajo hace tres meses. Laboraba en una empresa metalúrgica, pero me botaron por mi edad. Tengo responsabilidades con mi esposa y los gastos de casa. Si puede ayudarme, se lo agradezco.”
En esos casos, la ganancia suele ser mayor. Las personas por lo general le dan una moneda o un billete y no toman el dulce.
Bien trabajado, un día le deja entre cincuenta y setenta mil pesos. Lo suficiente para sobrevivir y pagar alquiler en un humilde apartamentico, en el barrio El Piloto.
Hace poco se alcanzó con el pago de la energía y el acueducto—servicios que están muy caros—y el dueño, que se enteró que le iban a cortar los servicios, les hizo tremendo escándalo.
Amenazó con echarlos a la calle.
“Se van. Bien barato que pagan el alquiler y encima no están al día en los servicios”, les increpaba desde la calle.
La gente los miraba con solidaridad. No al dueño, sino a Jorge Alberto y a su esposa.
Son buenas personas, en el decir de todos.
No se meten con nadie. Sobreviven, comentan. Y ella sufre una enfermedad, parece que degenerativa. El servicio subsidiado de salud no ha sido bueno.
En la siguiente estación del MÍO se bajó Jorge Alberto. Arrojó la bolsa vacía a la basura y me dijo: “Me toca volver al centro para comprar más…”
Fue espontáneo. Le sonreí. Comprendo la situación. Él al igual que infinidad de colombianos sobreviven. Simplemente eso, sobreviven.
Volver atrás sería grave. Que un gobierno insensible asuma, daría al traste con millares de personas que hoy se benefician de los cambios.
Pienso en Jorge Alberto, en su realidad, en su futuro.
Y en el nuestro, por supuesto, en caso de llegue la ultraderecha al poder. Persecución a líderes sociales. Como ha ocurrido en Bolivia, Ecuador Chile.
Volver atrás no es una opción, ni ahora ni nunca.
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Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. Lea más en Internet @CrónicasdeMacondo