Categoría: Crónicas de Macondo

Artículos, análisis y crónicas del periodista y dirigente sindical, Fernando Alexis Jiménez, con una perspectiva crítica de lo que ocurre en Colombia y el mundo.

  • Se nos fue tío Rico

    Se nos fue tío Rico

    Los padres tenemos una enorme responsabilidad en la formación de nuestros hijos. No podemos eludir ese compromiso.


    A tío Rico no lo conocí en Disneylandia, sino en Floralia, una ciudadela del nororiente de Cali, de callecitas estrechas, casas uniformes, negocios a diestra y siniestra como si estuviéramos invadidos por una feria de turcos y el bullicio de niños que corrían de aquí para allá, llenándolo todo de alegría.

    Terminaba la década de los ochenta y tío Rico evidenciaba, a sus ocho años, un liderazgo admirable, pero no los aires de matón de barrio que llevaron a muchos a tenerle miedo.

    Personalmente no me inspiraba temor, porque lo conocí desde su niñez, cuando su madre lo dejaba a la deriva en el antejardín, ella que era dicharachera y enamoradiza y, su padre, un nómada que trabajaba con el Estado, pero que no perdía fin de semana sin que se tomara sus guarilaques.

    Óscar y Diego, su hermano menor, se criaron en la soledad de una casa grande, con ciertos lujos, ocupados en qué hacer para matar el tiempo y, una de esas aficiones, los caramelos de tío Rico, de ahí el sobrenombre del muchacho.

    Siempre he pensado que ese fue el origen de sus andanzas en la delincuencia, como ladrón de cuadra, apartamentero y sicario, hasta que terminó en un patio abarrotado en la cárcel de Villahermosa.

    Salió e incurrió de nuevo en lo mismo. Incluso, una vez impidió que sus compinches me atracaran. “Déjenlo sano que es mi vecino” y cosa irónica, le di las gracias. Me libró de un robo con puñalada incluida.

    Y como si se tratara del zurdo Cruz Medina, protagonista de “Sangre maleva”, el tango que musicalizó de Alfredo De Angelis y que popularizó Oscar Larroca en 1955, tío Rico se enfrentaba al que fuera y en donde fuera, hasta que lo dejaron tuerto en una riña callejera.

    Idas y venidas a la prisión hasta la noche aciaga cuando un enemigo lo sorprendió durmiendo en la calle, con un costal de almohada, y lo mató. Pero pienso en él con nostalgia porque, considero, somos los padres responsables del destino de los hijos.

    @CrónicasdeMacondo

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  • El entusiasmo de Mario

    El entusiasmo de Mario

    Una persona con discapacidad visual, en Cali, le enseña a todos los que lo ven y lo escuchan que, pese a las enormes dificultades, la vida es bella…

    Usted puede estar haciendo lo que sea, que sin duda le prestará atención. Es más, no va a quedar indiferente. No es un coach de vida, pero como si lo fuera. En cuestión de segundos habrá llamando su atención y, pese al afán que tenga, escuchará su mensaje.

    Un mensaje de fe, de esperanza, de superación.

    “Me llamo Mario Gil Vallejo, soy invidente y con la venta de estas bananitas y mentas, me rebusco la vida”, dice con una sonrisa y una actitud entusiasta que esconde tras unas gafas oscuras. Una caja plástica transparente con la variedad de sus productos y el infaltable bastón blanco, con el que se afianza y se guía.

    Mario ha convertido el transporte masivo de la ciudad en su oficina. El espacio donde pasa más de ocho horas. Y nadie se queja. Nadie. Por el contrario, lo animan.

    “A las personas con discapacidad visual nos dan pocas oportunidades laborales en Colombia, por eso y para no ser carga para nadie, busco generar mis propios recursos con ayuda de todos ustedes”, explica.

    Conoce la ciudad como la palma de su mano y sabe que, frente a la iglesia de La Ermita, venden los dulces que luego ofrece al público. Prueba cada uno. “¿Y este cómo se llama?”, pregunta. El dependiente del almacén le explica y Mario se graba toda la descripción, que repite al pie de la letra en los buses.

    Un día cualquiera, de tránsito hacia la oficina, iba pensando en los mil y un problemas que a veces salen al paso y para los que, en apariencia, no hay solución inmediata. Solo queda pedirle ayuda a Dios. Y justo cuando estamos a la expectativa de una contestación… “Me llamo Mario Gil Vallejo, soy invidente y… “. Ahí estaba la respuesta, cuando menos lo esperaba.

    La vida no es tan dura como a veces pensamos. Se pueden superar las dificultades. Y hay personas como Mario que nos enseñan, con una sonrisa, que la vida es bella…

    @CronicasdeMacondo

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  • Cuando toca, toca…

    Cuando toca, toca…

    A Imelda el mundo se le vino al suelo. Todo lo que tenía, junto con su familia, quedó resquebrajado, pero decidió seguir adelante.


    A decir verdad, a Imelda nunca le gustaron los domicilios y muchísimo menos, enviar sus almuerzos con un motociclista que debiera hacerle el quite a los embotellamientos de tránsito. Le parecía muy inapropiado. “El sancocho se riega en el camino con tanto batuqueo”, me dijo.

    Pero le tocó. Al menos después del terremoto del 10 de agosto último su restaurante, en el sector del Limonar, quedó fracturado y, prácticamente, inhabitable.

    No alcanzaron a rescatar nada del menaje de cocina. Ni tampoco el mobiliario, ni mesas ni sillas. Y de los hermosos cuadros que engalanaban el lugar, no quedaron sino los marcos de madera y la desolación propia de una tragedia.

    Lo único que logró salvar y que conserva en su casa, del norte de Cali, es un viejo cucharón de madera que le heredó su abuela y que ella conserva como recordatorio de que debe seguir luchando. Una reliquia.

    Por eso fundó una cocina que distribuye almuerzos en toda la ciudad. Ya no es un restaurante, sino una modesta cocina. Pero está feliz.

    Ella, parte de su familia y dos empleados conservan la oportunidad de generar ingresos.

    Ya no son sus subalternos, sino los socios del negocio. “Nos estamos ayudando y tenemos de qué vivir, por lo menos hasta hoy“, me dijo Imelda Cuadros, copropietaria de “Renacer”, como bautizaron el emprendimiento y que marcan en todas las tarjetas que distribuyen.

    “Ya que no acepta nada reciba, aunque sea un tinto” me dijo la mujer con una amplia sonrisa. Confiada y con esperanza.

    Prueba fehaciente de que, la mayoría de los colombianos, no se dejan arrastrar por la derrota. Como dice el bambuco de Garzón y Collazos: “Qué orgulloso me siento de ser colombiano”.

    @CrónicasdeMacondo – Fernando Alexis Jiménez

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  • El dolor de una madre

    El dolor de una madre

    Si era alzado en armas o no, no le inquietaba tanto como el dolor que sintió al rememorar los últimos instantes cuando a su muchacho, la muerte le cayó del cielo.

    Las noticias sobre la muerte de su hijo le llegaron a Aura Lucía por dos vías. Una de ellas, los medios de comunicación y, la segunda, por alguien que le hizo llegar el recado. Luis Mario murió, le dijeron. Luego asoció la información con los bombardeos en el Guaviare, desde donde él le escribió en diciembre último.

    Si era guerrillero o no, dijo en televisión, no venía al caso. Tampoco lo que hizo o dejó de hacer, sin minimizar la gravedad de cualquier hecho. Expresó, en medio del llanto, que hablaba desde lo más profundo de su corazón.

    Ese mismo dolor la acompañó cuando vio las imágenes del Presidente caminando entre las bolsas de polietileno que guardaban los cuerpos de 23 insurgentes, en un coliseo, cuidadosamente acomodados en el suelo.

    “Parecía un emperador romano después de una batalla, recorriendo los trofeos de guerra: sus enemigos muertos”, explicó con gruesas lágrimas que surcaban su rostro. Una madre que sufría por tener la certeza que, desde los 16 años, su hijo era alzado en armas y a la que se le partía el corazón recordarlo el día de su cumpleaños o en la cena familiar de año nuevo.

    ¿Cómo estará mi muchacho?, se preguntaba y debió confesar, que no disfrutaba ningún festejo, pensando en su hijo.

    Junto con sus compañeros de las disidencias se refugiaron en la Amazonía colombiana y, aunque ella le tenía fe a la Paz Total porque pensó que así el joven volvería a casa y se dedicaría a cualquier oficio para ganarse la vida, sus esperanzas se esfumaron con el mismo estruendo que debieron tener los bombardeos en la selva.

    No fue la única que se dolió con las imágenes. Como ella, una veintena de familias que perdieron un hijo o una hija que alguna vez decidieron marchar en las filas guerrilleras. Eran, sencillamente sus familiares.

    Y la desolación de una Colombia enlutada que anhela la terminación de esta guerra sinsentido.

    @CrónicasdeMacondo


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y escritor y publica la columna Crónicas d Macondo en medios impresos y digitales.

    Fernando Alexis Jiménez, periodista y escritor, autor de la columna Crónicas de Macondo.
    Fernando Alexis Jiménez, periodista y escritor, autor de la columna Crónicas de Macondo.
  • Aquí en Macondo no ha pasado nada

    Aquí en Macondo no ha pasado nada

    Progresivamente los noticieros se ocupan de otros hechos de la vida nacional, pero no se puede dejar de lado la tragedia del pasado 10 de agosto.


    Después de que la tierra temblara como si la fuerza descomunal de un gigante la estuviera sacudiendo a su antojo de aquí para allá, y que se cayeran casas y edificios y en muchos pueblos mágicos del Valle del Cauca no quedara adobe sobre adobe en los marcos de las plazas municipales, la rutina ha vuelto a apoderarse de todos, pero la calma no permite olvidar que la historia de Colombia cambió el pasado 10 de agosto.

    Pasó el escándalo de los balones y camisetas que el presidente Abelardo de la Espriella repartiera en Buenaventura ante el desconcierto de quienes esperaban otro tipo de ayuda, y ya los damnificados esperan más que agua, víveres, pañales desechables para niños y pastillas para el dolor de cabeza.

    “Hay que seguir adelante”, dijo una autoridad de Cali y esas cortas palabras sonaron tan demoledoras como la frase de “Aquí en Macondo no ha pasado nada”, de la escena de “Cien años de soledad” cuando, por todos los medios, se procuraba borrar de la historia las secuelas de lo que relataba Gabriel García Márquez como “la masacre de las bananeras”.

    La tragedia sigue latente. Millares de familias sucumben ante la incertidumbre de qué va a pasar con sus casas, apartamentos y condominios que se agrietaron o sencillamente no resistieron el zangoloteo sísmico. Los usuarios dicen con preocupación que las aseguradoras no responden puntualmente sobre cuándo comenzarán desembolsos para la reconstrucción y, en otros casos, sencillamente están acudiendo a las argucias jurídicas para no pagar.

    Sí, aquí en Macondo ha pasado mucho. Los noticieros ya se están enfocando en otros hechos y escándalos de la cotidianidad nacional, pero la zozobra no pasa, particularmente para quienes lo perdieron todo y duermen hoy arrimados donde amigos y familiares o en carpas plásticas de parques públicos.

    En nuestro país la tierra rugió y no pueden quedar en el olvido quienes, en un abrir y cerrar de ojos, quedaron en la calle.

    @CrónicasdeMacondo


    Fernando Alexis Jiménez es periodista, escritor y podcaster. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales.


    Fernando Alexis Jiménez, periodista y escritor.
    Fernando Alexis Jiménez, periodista y escritor.

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  • Colombia es un país de “doble moral”

    Colombia es un país de “doble moral”

    Liliana del Carmen Campos Puello, la Madame de Cartagena, fue capturada el 28 de julio de 2018. Ocupó la primera plana de los diarios, revistas y titulares de noticieros de televisión. Conozca su historia.

    Por mucho tiempo su nombre circuló en un ambiente cerrado, principalmente de empresarios y hombres pudientes. Tener acceso a su número de celular era, para muchos de ellos, como si llegaran al pináculo del monte Everest y, aún así, les quedara aliento para descender tan campantes como cuando iniciaron la aventura.

    En el listado de beneficiarios de sus servicios, se encontraban también artistas, deportistas y personas con amplio reconocimiento nacional e internacional.

    Al referirse a la altura de las fiestas que armaba, principalmente en yates y viviendas lujosas, dijo: “En un evento no se aceptaba vulgaridad… Si te destapabas de esta parte para acá, tenías que taparte todita. Exigía mucha clase.”

    Liliana del Carmen Campos Puello, conocida como “La Madame” habló sobre las tremendas rumbas que organizaba y en las cuales la noche se confundía con el amanecer y con el mediodía y otra vez con la noche.

    Los detalles los entregó al Programa “Más allá del silencio” del periodista y escritor colombiano, Rafael Poveda.

    Para conseguir una amplia variedad de “oferta” para sus clientes, reclutó alrededor de 3000 jovencitas, a muchas de las cuales inició en el negocio de la prostitución. Por supuesto, ella niega que fuera proxenetismo.

    Dice que simplemente vinculaba a las muchachas en el “negocio del acompañamiento” a hombres. Un eufemismo para ocultar que por una noche con los clientes, recibían $3 millones o más. Todo dependia de lo cotizada que estuviera.

    Y entre sus compromisos, estaba el atender fantasías como la de un millonario y su asistente que pidieron armar un harén. Era su fantasía y a cada una de las participantes, les dio alrededor de $2.5 millones. Una cifra astronómica, para la época en la que se realizó el jolgorio.

    Liliana Campos en sus mejores épocas.
    Liliana Campos en sus mejores épocas.
    EL COMIENZO

    Liliana Campos pasó cinco años en prisión. Y recuerda que sus inicios en Colombia, fueron, ante todo, mostrando apariencia de mujer adinerada. Los recursos se los agenció tras vender una casa de su propiedad y trabajando con la distribución de mercancía. “Llegué hasta a vender zapatos. Lo que fuera, confiesa, lo que necesitaba era plata”

    Conoció todas las discotecas de la ciudad amurallada. Fue en el 2005.

    Su primer contacto fue con unos turistas norteamericanos. “Les organicé una fiesta para once de ellos, que andaban de gira por el Caribe”

    Fue el origen de su red de entretenimiento y servicios de compañía en Cartagena.

    “Yo soy de armas tomar… Me hice pasar por empresaria y empecé a caminar las calles de Cartagena bien vestida y a tocar puertas.”, relató en la entrevista.

    Un negocio próspero. De vendedora de diversos productos, pasó a ser empresaria de fiestas privadas. Un ascenso meteórico.

    Liliana Campos el día de su captura.
    Liliana Campos el día de su captura.
    UN EMPRENDIMIENTO MUY PARTICULAR

    Primero conseguía casas, luego yates y botes. Tenía un abanico muy grande para ofertar. Recibían el 10% de todo negocio.

    Los primeros contactos los hizo en discotecas. Salía a la caza de jovencitas. También en bares y cabarets.

    Liliana adecuó casas para que las jóvenes vivieran o descansaran de forma segura, cobrándoles un cupo semanal. “Allí no podían entrar hombres; era solo para las muchachas. Semanalmente les cobraba $250 mil”.

    –¿Incurrió usted en la explotación de menores de edad?

    –Para nada. Fue un show mediático de la Fiscalía–, asegura.

    Su padre, de más de setenta años, pasó varios meses en la cárcel, acusado de ser cómplice de proxenetismo.

    Liliana Campos durante su tiempo en la cárcel. Seguía haciendo ejercicio.
    Liliana Campos durante su tiempo en la cárcel. Seguía haciendo ejercicio.
    UN NEGOCIO RENTABLE

    Liliana señala que jamás tuvo socios. Ella trabajaba por su cuenta.

    “El negocio era muy rentable. Por cada grupo podía ganarme $500 mil diarios. Yo no promovía la prostitución, generaba empleo que es distinto”, asegura.

    Niega enfáticamente que reclutara mujeres para la prostitución.

    —Muchas de las chicas ganaban dinero sin prostituirse. Un buen número de los clientes sólo querían compañía, hablar, bailar.

    ¿La cárcel? Desde la perspectiva de Liliana fue un proceso de transformación personal y asegura tajantemente que nunca volvería a dedicarse a esa actividad.

    —No sabía de identidades ni me interesaba porque podían ser empresarios o traquetos o guerrilleros.  Qué se yo. Por eso, lo mejor era no preguntar.

    Nunca tuvo páginas ni ofreció catálogos. Todo eran recomendaciones, tanto las jovencitas como los clientes. Un círculo muy cerrado. Por esa razón, se mantuvo mucho tiempo en el mercado.

    —No pagaban en pesos colombianos, sino en moneda extranjera. Por cada servicio les quedaba alrededor de $2 millones.

    Semanalmente organizaba entre diez y trece eventos.

    Liliana Campos durante la entrevista.
    Liliana Campos durante la entrevista.
    NO UNO, SINO VARIOS SERCIOS

    Liliana asegura que ofrecía de todo, menos prostitución. La Madame recibía solicitudes de clientes recomendados. Les ofrecía recorridos turísticos, visitar restaurantes caros, irse de compras. En fin.

    Organizaba la logística completa, desde la selección de las jóvenes hasta la contratación del chef, DJs, transporte náutico, motos acuáticas (jetskis) y banquetes en mar abierto o en zonas como Cholón.

    “Muchos de los clientes no buscaban sexo, sino hablar. Algunos, bailar. Y, otros sí, consumían drogas. Y les gustaba que ellas los acompañaran”.

    Operaban paquetes de 3, 6, 12 y 24 horas. Para 3 horas se establecía una sola relación; para eventos de 12 a 24 horas, un máximo de tres. Si los clientes requerían más interacciones o estar con otra chica adicional contratada por un tercero, debían pagar un cobro adicional denominado «extra».

    La Madame exigía a las jóvenes un vestuario elegante y sobrio (como vestidos largos o pantalones de bota ancha), prohibía prendas consideradas de baja categoría o excesivamente informales (shorts de jean cortos, tenis o atuendos desprolijos)

    En la entrevista con “Más allá del silencio”, aseguró que sostenía normas estrictas de conducta para proteger a las mujeres; no permitía agresiones físicas, maltratos o exigencias por fuera de lo pactado.

    Liliana Campos asegura que jamás volvería al mismo negocio por el que pagó cárcel.
    Liliana Campos asegura que jamás volvería al mismo negocio por el que pagó cárcel.

    “Muchas de las madres de las jovencitas sabían. De las 3000 que contraté, diga que solo diez de ellas no conocían a qué se dedicaban sus hijas”.

    Todas tenían entre 19 y los 25 años. “A cada una de las participantes se le pagó una tarifa base de $2.500.000. Además, recibieron propinas adicionales, regalos, comida de alto nivel y cócteles durante el evento”, asegura.

    Reconoce que se enredó con un cliente. Pero generalmente no lo hacía.

    Liliana del Carmen Campos Puello se dedica hoy a la venta de mercancía y, asegura, jamás volvería al negocio que la llevó tras las rejas.


    Liliana pagó su condena en las cárceles de La Vega, en Sincelejo El Buen Pastor, en Bogotá, en la Picaleña, en Ibagué. Recobró su libertad el 26 de mayo de 2023. “Colombia es un país de doble moral”, asegura.


    A la mujer no le pudieron probar el delito de incitación a la prostitución o trata internacional de personas. Las jovencitas que estuvieron involucradas en el negocio, declararon a su favor.

    Fernando Alexis Jiménez – @CrónicasdeMacondo

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  • Dilan Cruz: la herida que la justicia no cierra

    Dilan Cruz: la herida que la justicia no cierra

    Dilan Cruz fue asesinado por fuerzas del orden el 23 de noviembre del 2019. Estaba protestando como millares de personas en todo el país, en el marco del Paro Nacional. Pero el gobierno de Iván Duque criminalizó la protesta social y permitió disparar contra la población civil.


    La tarde del 23 de noviembre de 2019, en el centro de Bogotá, Dilan Mauricio Cruz Medina caminaba entre la multitud. Tenía 18 años, acababa de terminar el bachillerato y ese día, como miles de jóvenes, salió a protestar en el marco del Paro Nacional contra las reformas del gobierno de Iván Duque.

    En la calle 19 con carrera 4, mientras devolvía un gas lacrimógeno que el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) había lanzado hacia la marcha, un proyectil de munición tipo Bean Bag —disparado desde una escopeta calibre 12— le impactó en la cabeza.

    Cayó.

    Dos días después, el 25 de noviembre, murió en el Hospital Universitario San Ignacio.

    Medicina Legal lo clasificó como homicidio: trauma craneoencefálico penetrante que causó daños irreversibles en el cerebro.

    El autor del disparo fue identificado de inmediato: el entonces capitán Manuel Cubillos Rodríguez, del ESMAD.

    UNA DEUDA DE LA JUSTICIA

    Casi siete años después, el caso de Dilan Cruz sigue siendo un espejo de las deudas de la justicia colombiana con las víctimas de la fuerza pública en contextos de protesta.

    Las pruebas —videos, peritajes y testimonios— mostraron que no había un escenario de violencia extrema que justificara el uso de un arma con potencial letal contra un manifestante.

    El Tribunal Administrativo de Cundinamarca, en fallo de segunda instancia conocido el 10 de julio de 2026, fue claro: la Policía Nacional incurrió en una falla en el servicio.

    Clasificó la munición Bean Bag como “menos letal” sin advertir de forma adecuada a sus uniformados sobre su real capacidad de causar la muerte. Esa omisión impidió evaluar correctamente los principios de necesidad, proporcionalidad y racionalidad en el uso de la fuerza.

    El tribunal descartó cualquier concurrencia de culpas por parte de Dilan.

    Devolver un gas lacrimógeno lanzado previamente por la autoridad no legitimaba un disparo potencialmente mortal.

    Calificó los hechos como una grave violación de los derechos humanos y ordenó aumentar las indemnizaciones por perjuicios morales a la familia por encima de los montos ordinarios.

    Además, dispuso que el comandante de la Policía Nacional realice un acto público de reconocimiento de responsabilidad y ofrezca disculpas formales, dejando claro que ningún manifestante pacífico debe ser objeto de acciones que atenten contra su integridad.

    EL LABERINTO DE LOS PROCESOS

    El camino judicial ha sido tortuoso y marcado por retrasos. En la vía disciplinaria, la Procuraduría sancionó en noviembre de 2024 a Cubillos con una multa de 14 millones de pesos, una de las sanciones más leves posibles.

    La familia y organizaciones de derechos humanos la consideraron una revictimización.

    En mayo de 2026, la Sala Disciplinaria Ordinaria de Juzgamiento de la Procuraduría declaró la nulidad del proceso: los hechos no podían tratarse como una simple falta propia del servicio policial, sino como una grave violación a los derechos humanos.

    El expediente retrocedió y se reinició bajo el régimen disciplinario ordinario, con la expectativa de una sanción más severa.

    En la vía penal, el panorama es aún más desolador.

    A pesar de que el autor está plenamente identificado desde el primer momento y de que existe un dictamen forense de homicidio, más de seis años después no se ha realizado siquiera la audiencia de imputación.

    La Fiscalía ha mantenido la investigación abierta; en 2026 se anunció un enfoque de derechos humanos y uso excesivo de la fuerza, pero Cubillos sigue libre y, según reportes, activo en la institución.

    Organizaciones como DHColombia han denunciado una “impunidad total” en este frente: no hay captura, no hay vinculación formal al proceso penal y no hay medida de aseguramiento.

    La familia —la madre Jenny Alejandra Medina, la hermana Denis Cruz y el resto del núcleo— ha sostenido la lucha con constancia, apoyada por colectivos de derechos humanos y, en algunos momentos, por peritajes independientes (incluido un análisis británico que señaló que el disparo no fue accidental).

    Tras el fallo de julio de 2026 reconocieron un avance, pero insistieron: “La justicia no termina con una sentencia. La justicia también se construye con memoria y con acciones que eviten que otras familias vivan el mismo dolor”.

    IMPUNIDAD HASTA HOY…

    El caso de Dilan Cruz permanece abierto en varias frentes. La condena administrativa a la Policía es firme y ordena medidas de reparación simbólica y económica.

    El proceso disciplinario contra Cubillos se reinició con mayores exigencias. El proceso penal sigue sin avances decisivos hacia la responsabilidad individual.

    Mientras tanto, la memoria de Dilan sigue viva en el lugar de los hechos.

    Recientemente se generó polémica por el retiro de un árbol sembrado como homenaje en la calle 19 con carrera 4; la Alcaldía de Bogotá explicó que forma parte de un proceso de resiembra acordado con la familia.

    Dilan Cruz se convirtió, desde aquella tarde de 2019, en símbolo de las protestas juveniles y de las denuncias por el uso excesivo de la fuerza.

    Su muerte, documentada, filmada y peritada, aún espera que la justicia ordinaria cierre el círculo que la administrativa ya empezó a dibujar: verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición.


    Crónicas de Macondo es un portal que analiza, desde la perspectiva de las crónicas y el periodismo narrativo, hechos de Colombia y el mundo. El autor de textos es el periodista Fernando Alexis Jiménez, quien publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo


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  • A San José del Palmar, los terremotos no han podido borrarlo del mapa

    A San José del Palmar, los terremotos no han podido borrarlo del mapa

    Parece el escenario de un cuento de Gabriel García Márquez y, si no fuera porque su nombre es distinto, muchos podrían asociar su historia y vericuetos con el Macondo de “Cien años de soledad”.

    Si San José del Palmar, en el Chocó, no ha sido borrada del mapa, es por la terquedad de sus habitantes, todos con ascendencia antiqueña, vallecaucana y caldense. Tercos por naturaleza, como dicen los viejos.

    En ese poblado encaramado en una montaña de la cordillera Occidental, la tierra no es firme; es una hamaca mecida por un gigante invisible.

    Incrustado entre la humedad asfixiante del Chocó biogeográfico y la frialdad de las alturas andinas, este municipio vive sumido en una paradoja atroz: está geográficamente atrapado en el cruce de la placa tectónica de Nazca y la formación del Istmo de Panamá, pero administrativamente perdido en el olvido del Estado.

    Aquí, la memoria no se mide por años ni por mandatos presidenciales; se mide por el grado de vibración bajo los pies y por la profundidad de las grietas en el suelo de madera.

    La señal de internet llega difícilmente y, si lo hace, es con intermitencia, con el cansancio de tener que subir la montaña. Y las conversaciones telefónicas se interrumpen con frecuencia, quizá por tanta curva que tiene la carretera de acceso.

    LA TIERRA RUGIÓ COMO NUNCA ANTES

    El pasado lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, la fricción de la Placa de Nazca acumulada durante años decidió liberarse bajo las entrañas de este poblado.

    Con una magnitud de 7.4 grados y un epicentro clavado en sus suelos a poco más de 100 kilómetros de profundidad, el terremoto se convirtió en el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.

    Casi dos minutos de un traqueteo seco y demoledor que sacudió a medio país, pero que en El Palmar fue percibido como el fin de la historia.

    Antonio Arenas, un agricultor de la vereda Corcovado, estaba recolectando chontaduros con su sobrino en el instante en que las crestas de las montañas empezaron a crujir:

    “Me quedé debajo de las palmas porque ¿para dónde más echábamos? Fue una cosa aterradora. De todas maneras, el poder de Dios es muy grande”, dijo.

    Antonio no volvió a probar bocado en todo el día.

    Su casa quedó fracturada en el aire.

    Mientras tanto, en la zona urbana, el anciano comerciante Hoved Osorio, de 70 años, buscaba desesperadamente de qué agarrarse mientras veía convulsionar la estructura del pueblo:

    “Me prendí de un poste y sentí que ese coliseo se iba a venir abajo, casi me toca irme para el hospital”, anota con desolación.

    Recuerda las últimas fotografías que tomaron en sus tiempos de juventud, con una máquina Kodak, de las que tenían flash. Se veía, entonces, una sucesión de casas prósperas.

    LA GEOGRAFÍA DEL AISLAMIENTO

    El verdadero drama de San José del Palmar no culmina cuando los sismógrafos vuelven a la calma. La geografía es una trampa.

    Tras el terremoto de 7.4 y sus más de 18 réplicas inmediatas, la única arteria vital que conecta al municipio con el resto de Colombia —la carretera hacia Cartago, Valle— quedó deshecha por más de 18 puntos de derrumbes.

    Sin salida al mar, sin ríos navegables, los palmareños quedaron atrapados en su propia tierra, sin luz, sin agua potable y con la señal de telefonía flotando en la intermitencia.

    Sara, una joven de 21 años que tuvo que sortear derrumbes durante horas para llevar el clamor de su pueblo hasta el Valle del Cauca, lo sintetiza con frialdad desgarradora:

    “La Tierra se sentía que se iba a abrir, la verdad… Y podríamos asegurar que nos sentimos olvidados. Es que esta no es la primera vez que presentamos crisis de estas magnitudes”.

    Ella teme que se enfoquen en el saldo que dejó la tragedia en Cali, Pereira y Manizales y, como suele ocurrir siempre, se olviden de ellos pese a que son el epicentro del movimiento telúrico.

    UNA CONDENA HISTÓRICA

    San José del Palmar no es novato en este sufrimiento. Su ubicación es una de las esquinas tectónicas más complejas del planeta, donde converge el bloque tectónico de Panamá con la placa Sudamericana y la subducción de Nazca.

    A lo largo de los últimos 60 años, la región ha sentido el golpe directo o indirecto de al menos cuatro grandes cataclismos sísmicos que marcaron a generaciones en 1962, 1979, 1979 y el 2026. La magnitud estuvo entre los 6.7 grados y 8.1, como ocurrió en 1979.

    El más severo con epicentro propio; dejó a la población incomunicada y con graves pérdidas materiales.

    A esto se le suman docenas de temblores intermedios superiores a los 5.0 grados que, si bien no destruyen la cabecera municipal, aflojan la masa de tierra de las montañas, garantizando que con cada lluvia posterior vengan las avalanchas.

    LA COSTUMBRE DE RESISTIR SOBRE RUINAS

    Tras el temblor, el sonido seco de las bolas de billar o la música de despecho retumban de nuevo en los bares locales, intentando tapar el eco del crujido de la montaña.

    –¿Por qué seguir bebiendo? –,les preguntó una mujer evangélica que, advierte, ese mensaje para estar alerta no se puede desestimar.

    –¿Qué más hacemos? —les respondió el sexagenario que consiguió, como un trofeo, una cerveza. No importa que esté al clima, como dicen.

    Adriana Polo, empleada de un almacén de ropa, confiesa haber pasado dos días con dolor de cabeza y en el pecho por el pánico acumulado.

    Beatriz Soto, entre lágrimas que intenta esconder detrás del mostrador, lo dice con la dignidad campesina que caracteriza al Chocó:

    “Me toca seguir con pena y todo, con dolor también. Es mi sustento y el de mis hijos”.

    San José del Palmar sigue ahí, suspendido sobre las fallas de la tierra y las fallas del olvido. Sus pobladores saben que las placas tectónicas no pedirán tregua. Solo esperan que, antes del próximo remezón, la mirada del país no vuelva a borrar su nombre del mapa.

    Y si sobreviven después de tantos movimientos de tierra, es por pura terquedad…


    Fernando Alexis Jiménez es periodista profesional. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo


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  • A los Topos no les gustan las entrevistas

    A los Topos no les gustan las entrevistas

    No es por orgullo, sino todo lo contrario, por sencillez. Prefieren el perfil bajo. No pretenden llamar la atención, sino servir en el rescate de víctimas.

    Cali los recibió como héroes, sin que porten uniformes coloridos como los que promociona Marvel, ni usen capas o antifaces y menos que surquen los aires como Superman. Pero en el imaginario de todos, son unos héroes.

    Se trata de integrantes de la Brigada Internacional de Rescate Topos Azteca.

    Callados, pausados al hablar, enemigos de los reportajes, aunque responden a los periodistas cuando los abordan y no pueden eludir la ocasión.

    “No somos amigos de las entrevistas, porque no vinimos a Colombia en plan de farándula, sino a rescatar vidas humanas atrapades entre los escombros”

    Héctor Méndez, el Topo Mayor, junto con algunos integrantes de su equipo-
    Héctor Méndez, el Topo Mayor, junto con algunos integrantes de su equipo-

    Héctor Méndez, el Chino, es quien comanda el grupo de todos. Raya los 80 años y es dueño de una vitalidad prodigiosa.

    Y, en efecto, llegaron a Cali, una de las ciudades más golpeadas por el terremoto de 7.4 grados del 10 de agosto último.

    Antes estuvieron por 40 días en La Guaira (Venezuela), tras el terremoto que los golpeó el 24 de junio del 2026.

    “Lo que procuramos es optimizar nuestros esfuerzos; no desgastarnos, sino enfocarnos allí donde es necesario. De aquí saldremos hacia Pereira, donde nos dicen, se requieren rescatistas”, anotó Méndez. Suda a raudales en un ambiente caleño caluroso. No tiene ganas de alimentos, sino de agua, nos dijo.

    Por supuesto hay, también, Topos de Chile y de Argentina auxiliando a los colombianos.

    El Génesis de los Topos

    Le invito para que viajemos en el tiempo hasta uno de los momentos más críticos en las páginas del pueblo mexicano.

    El reloj marcaba las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985 cuando la Ciudad de México se sacudió hasta las entrañas.

    En medio de la polvareda, el silencio sepulcral y la parálisis de las autoridades ante el colapso del edificio Nuevo León en Tlatelolco, surgió un grupo de ciudadanos comunes.

    Sin cascos certificados, ni trajes térmicos, pero impulsados por una adrenalina pura y solidaria, se amarraron cuerdas a la cintura y se arrastraron hacia la oscuridad de las ruinas.

    Allí, en las grietas donde las máquinas pesadas no podían entrar sin arriesgar vidas, nacieron los “Topos”. Los héroes latinoamericanos que no andan detrás de que promocionen su trabajo, sino, por el contrario, interesados en pasar de agache, es decir, sin visibilizarse.

    Del caos de Tlatelolco al llamado internacional

    Lo que comenzó como una respuesta desgarradora e improvisada ante la tragedia nacional se convirtió en una de las organizaciones de rescate civil más respetadas del planeta.

    Con el paso de los años, perfeccionaron sus técnicas: aprendieron a escuchar el crujido de la piedra, a interpretar el silencio de los espacios confinados y a coordinarse con binomios caninos capaces de detectar aliento donde solo parece haber muerte.

    La solidaridad mexicana pronto cruzó fronteras.

    Cuando la tierra tiembla, un volcán despierta o el agua arrasa con pueblos enteros en cualquier rincón del globo, estos voluntarios empacan sus palas, picos y linternas para acudir al llamado a sus propias expensas.

    “Mi experiencia me dice que aquí en Cali no podemos desfallecer. Hay esperanza. Nosotros estamos animados en seguir trabajando”, explicó Héctor el Chino Méndez, en el sector de Cuarto de Legua, donde tuve oportunidad de entrevistarlo.

    “Nuestro propósito es claro, atender la emergencia salvando el mayor número de vidas posible. Tengo dos hijas a las que amo, y nietos. Podría estar con ellos, pero no me sentiría tranquilo sabiendo que aquí, en Cali, necesitan nuestra ayuda.” Habla despacio, mirando fijamente.

    Sonríe al referirse a su esposa: “Es una abuela, seis años mayor que yo, que me está ayudando. ¿De qué manera? Rezando el rosario, encomendándome a Dios. A ella le vale madre porque sabe que soy así, entregado al que nos necesita”

    Nos confesó que desde niño es bailador y que, por Colombia, siente un afecto enorme, especialmente Cali, la cuna de la salsa. Antes ha estado impartiendo capacitaciones en Bogotá y, también, en Armenia.

    En el lenguaje de los Topos, levantar el puño cerrado en medio del rescate no es un gesto de victoria, sino una orden absoluta de silencio para escuchar los susurros o golpes de los supervivientes bajo las toneladas de concreto.

    Un mapa trazado con solidaridad

    A lo largo de casi cuatro décadas de trayectoria, las distintas brigadas de Topos (como la Brigada de Rescate Topos Tlatelolco y Topos Azteca) han llevado su ayuda humanitaria a más de 20 países distribuidos en cuatro continentes:

    • América: Terremotos de Haití (2010), Ecuador (2016), Perú (2007), Chile (2010) y misiones en Estados Unidos, Colombia y Centroamérica.
    • Asia: El devastador tsunami de Indonesia (2004), el terremoto de Nepal (2015), Japón (2011) y la tragedia en Turquía y Siria (2023).
    • Europa y África: Misiones de auxilio en Italia y zonas de desastre en el norte de África.

    Hoy en día, vestidos con sus característicos uniformes naranjas o amarillos, estos hombres y mujeres continúan demostrando que, cuando la tierra se derrumba, la empatía humana es capaz de abrirse paso en la más profunda oscuridad.

    ¿Por qué Cali y no otro lugar?

    Una pregunta que me respondió como especialista. Aun cuando el epicentro fue San José del Palmar, en el Chocó, Cali ha sido literalmente la más azotada por este desastre natural.

    En Cali, la tercera ciudad más grande del país, el impacto fue severo. Decenas de estructuras colapsaron total o parcialmente, con personas atrapadas bajo los escombros. Aunque el gobierno nacional respondió con rapidez, la ayuda internacional no tardó en llegar. Entre los primeros grupos extranjeros en sumarse estuvieron los Topos Azteca, la brigada mexicana de rescatistas voluntarios con más de cuatro décadas de experiencia.

    Héctor Méndez, el Topo Mayor.
    Héctor Méndez, el Topo Mayor.

    En la Sultana del Valle, los Topos Azteca han combinado experiencia tradicional con herramientas modernas.

    Utilizan sistemas de rastreo por señales Wi-Fi (para localizar celulares o redes entre los escombros), pistolas térmicas que detectan calor corporal y otros dispositivos probados exitosamente en Venezuela.

    Trabajan de manera coordinada con equipos locales, respetando protocolos de seguridad en estructuras inestables.

    Uno de sus primeros logros visibles fue el rescate de un perro (un cocker spaniel) atrapado entre los escombros de una vivienda colapsada.

    El brigadista Cristian Kuperbank lideró la operación. El video compartido por la cuenta oficial del grupo mostró al animal sano y salvo, y se volvió un mensaje de esperanza en medio del dolor: “Si podemos llegar, vamos a intentarlo”.

    Su llegada no solo aporta manos expertas y tecnología. Aporta también un mensaje claro: en los momentos más oscuros, la solidaridad se mueve más rápido que la burocracia. Y mientras haya una posibilidad, por pequeña que sea, ellos seguirán intentándolo.


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna Crónicas de Macondo en medios impresos y digitales.


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  • Don Armando desapareció con el terremoto

    Don Armando desapareció con el terremoto

    Son más de cien las personas desaparecidas en Cali tras el sismo de 7.4 grados que sacudió al país y que, en la capital, se sintió como si fuera el fin del mundo.

    A don Armando Lopera Ulcué todos lo conocen en Brisas de los Álamos, en el norte de Cali. Invariablemente tenía una rutina de lunes y jueves de reciclar lo que encontraba. Pero no ha vuelto. De hecho, su hijo menor y dos de los nietos estuvieron recorriendo calles y pasajes preguntando por su paradero. Tiene 72 años, fortaleza a pesar de su edad y es muy lúcido. Pero no aparece.

    Todos viven en El Pondaje, en el Distrito de Aguablanca, cuando llegaron como consecuencia de un desplazamiento forzado tras la agudización del conflicto armado, hace veinte años, en el noroccidente del Cauca.

    Lo han buscado por todas partes, pero nada. Incluso, han pegado afiches elaborados artesanalmente con dos fotos suyas, imágenes que han fotocopiado junto a un número de teléfono grande y un letrero en la parte superior: “Desaparecido. Cualquier información es valiosa”

    Los familiares creen que pudo ser víctima en una de las 45 edificaciones que colapsaron en la ciudad. “Él recogía material de reciclaje donde le dieran esa oportunidad.”, me contó su hijo y relató que se ganaba a los vigilantes de los conjuntos llevándoles pandebonos o buñuelos para el café. Nunca caen mal para merendar y le abrían puertas para llevarse el papel, plástico y aluminio que encontrara.

    Con don Armando son casi 120 los desaparecidos en la ciudad. Algunos han ido apareciendo bajo los escombros. Pero la cifra antes que disminuir, tiende a aumentar.

    Un drama que se torna interminable. 

    Cada vez más doloroso.

    Como dijo en televisión una mujer a la que entrevistaron tras hallar el cuerpo de padre en un edificio que otrora era de los más elegantes y costosos en El Limonar, un sector privilegiado de la ciudad, junto a una autopista: “Descansé porque por fin tengo su cuerpo” Comprensible. Ahora podía terminar el ciclo del duelo.

    Lo que no se comprende es que a la ciudad hayan llegado topos, que son rescatistas, provenientes de México y Venezuela y lo primero que les preguntaron es si tenían un seguro de vida. “De lo contrario no podrán estar aquí”, les advirtió un oficial de los bomberos de Cali, como lo denunció Héctor Méndez, un hombre de 80 años que, junto con más de cuarenta voluntarios, aparecen como ángeles de la guarda para extraer víctimas de los escombros.

    Tienen su técnica, aprendida por muchos años, con fundamento científico y en otros casos, con aprendizaje empírico. Pero son eficaces.

    @CrónicasdeMacondo


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