Categoría: Crónicas de Macondo

Artículos, análisis y crónicas del periodista y dirigente sindical, Fernando Alexis Jiménez, con una perspectiva crítica de lo que ocurre en Colombia y el mundo.

  • Todo por un rumor…

    Todo por un rumor…

    La violencia no puede ser la única vía para zanjar las diferencias en Colombia. Una actitud que debe cambiar.

    ¿Cómo comenzar esta columna si me atenaza un nudo en la garganta? Voy a intentarlo…

    “Algo muy grave va a suceder en este pueblo” es un famoso cuento de Gabriel García Márquez que ilustra el poder destructivo de los rumores. La historia narra cómo el presentimiento de una anciana se convierte en un pánico colectivo, provocando que los habitantes paralicen sus vidas, abandonen y quemen el pueblo.

    Salió publicado en el Magazín Dominical de Caracas el 3 de mayo de 1970. Y pasó a la historia por los elementos de realismo mágico que encierra y por el poder demoledor de los cuentos que terminan tomando la fuerza de una verdad.

    Lo que ocurrió en el barrio Popular, de Cali, es sencillamente inconcebible. No encuentro otra palabra para describir las consecuencias de un chisme, alimentado por comadronas de cuadra, que derivó en la muerte de una mujer de 31 años y otra que pasará, sin duda, buena parte de sus días tras las rejas.

    Todo por un rumor, un bochinche, un invento, una mentira. Como quiera llamarle.

    Un video muestra cómo las dos mujeres se enfrentan en plena calle. Se encontraron en la calle. Los insultos escalaron. La tensión creció con cada palabra. Y se fueron a las manos, con armas.

    Una herida alcanzó el pecho de Marianys Del Valle Farías. Se aprisionó el pecho y, en un intento de continuar la disputa pese a que en la sangre que brotaba a borbotones se la iba la vida, dio varios pasos intentando alcanzar a su agresora.

    Unos segundos más tarde, se desplomó en plena calle. Murió en el lugar. La presunta agresora fue capturada. Pero la indignación crece: versiones preliminares indican que quedó en libertad, pues las autoridades consideran que habría actuado en defensa propia.

    La violencia, ni hoy ni nunca, debe ser la vía para zanjar las diferencias, las que sean.

    Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo


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  • ¿Y las mujeres víctimas de la guerra?

    ¿Y las mujeres víctimas de la guerra?

    El abuso sexual y el acoso también se produjo en los grupos armados inmersos en el conflicto, como reposa en los expedientes de la JEP.

    Tremendo escándalo en Caracol televisión por un presunto caso de acoso sexual contra dos comunicadoras sociales, al punto que rodaron las cabezas de dos “vacas sagradas” de los medios. Válido y necesario, por supuesto.

    Pero muy poco escándalo se ha hecho con las mujeres víctimas de abuso en las filas de la guerrilla, de los paramilitares y de los grupos delincuenciales que se amparan en la “franquicia” de algún grupo ilegal, para parapetar sus acciones.

    “Las mujeres de la guerra” que pasaron de mano en mano, desde la comandancia hasta el personal de tropa, violentando sus derechos humanos y marcando sus vidas con traumas que las acompañan a todas partes como una sombra gigantesca.

    De acuerdo con información de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en el marco del conflicto armado colombiano se registraron al menos 35.178 víctimas de violencia sexual y otras violencias basadas en género entre 1957 y 2016, hechos atribuidos a distintos actores armados.

    En el desarrollo del denominado Caso 11, que investigó específicamente estos crímenes, la JEP logró documentar más de 630 víctimas directas de violencia sexual, dentro de los casos priorizados judicialmente.

    Si bien no se ha establecido aún una cifra definitiva desagregada exclusivamente entre guerrillas y paramilitares dentro de los casos judicializados, el universo total de víctimas documentadas incluye hechos cometidos por todos los actores del conflicto, de todos insisto. 

    Estas cifras evidencian el carácter sistemático y generalizado de la violencia sexual durante la guerra interna en Colombia, reconocida por la JEP como una de las formas más graves de victimización ejercidas principalmente contra mujeres.

    Sin embargo, no hubo escándalos, ni primeras planas, ni mensajes en redes sociales. Víctimas acalladas por el olvido, como doña Lucía que vende empanadas frente al CAM, en Cali. La reclutaron en Cajibío, la abusaron y la abandonaron en un combate, en la zona rural de Caldono. ¿Puedo mencionarla?, le pregunté. “Claro, para no quedar en el olvido”, me dijo.

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  • La silla de Llorente

    La silla de Llorente

    Actuar con ventaja, sin honestidad, es una práctica que debemos cambiar cuanto antes.

    Doña Ruca y Aura Lucía, no se conocían. Al menos hasta ese día. Si se vieron en algún supermercado, jamás se saludaron. Insisto, no se conocían. Quizá hicieron fila al llegar a la estación. Y como otros parroquianos, empujaron apenas el bus padrón abrió las puertas.

    Y arrancó la puja. Algunos sudaban, otros se ponían rojos de la ira al ver que les ganaban ventaja y también quienes, en su afán por entrar, tenían las orejas coloradas y los ojos inyectados en sangre.

    Por fin, después de mucho forcejeo, doña Ruca y Aura Lucía accedieron al bus, pero había un problema: sólo quedaba una silla vacía. Una…

    “Es silla es mía”, dijo una. “No, es mía”, respondió la otra y comenzaron a forcejear para sentarse. Primero como si fuera un juego, luego con rabia y, en cuestión de segundos, se trenzaron por el pelo y rodaban por el pasillo. Un avivato se sentó en la silla de Llorente y vio la pelea en primera fila.

    “Voy cincuenta mil pesos por la mayor”, gritó alguien. “Doblo la apuesta, por la morena”, anotó otro usuario. Nadie las separaba, antes, disfrutaban del espectáculo, propio de la irracionalidad en el circo romano.

    El vendedor de maní optó por bajarse en el siguiente paradero porque había perdido audiencia.

    Las dos mujeres terminaron en una estación de policía. El hecho es real. Ocurrió esta semana en el transporte masivo de Cali.

    Inconcebible que muchos colombianos hayan hecho de la “viveza” una impronta en lo que hacen. Se creen muy abejas y, por tanto, con la potestad de trampear y llevar con ventaja a quienes están alrededor.

    Se cuelan en la fila del banco, no devuelven la plata, piden prestados libros que jamás regresan al dueño y si el cajero de la tienda se equivoca, no le advierten de su error.

    Es una práctica que debemos cambiar y posicionar que en Colombia somos honestos y respetuosos.

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  • ¿Por qué devolvieron a Rigoberto?

    ¿Por qué devolvieron a Rigoberto?

    A un estadounidense no le permitieron entrar en Colombia. Lo devolvieron. Tremendo escándalo, por el contenido de su maleta. “Si me meten preso, no me dejen sin el contenido de la valija”, pidió.

    Rigoberto llegó al aeropuerto de Rionegro, Antioquia, proveniente de Estados Unidos. Sonriente. Feliz. Venía, como dice el disco de Borinquen, de Daniel Santos: “Loco de contento con su cargamento para la ciudad…”

    Recogió su maleta y rumbo a migración.

    La funcionaria amable.

    El pasaporte y demás, en regla.

    “Ponga su equipaje aquí, por favor”, le pidieron.

    Y arranca el escaneo.

    Dos funcionarios se miraron con sorpresa. Luego al pasajero. Luego se escandalizaron. Quienes venían detrás pensaron que, el parroquiano, era un iraní disfrazado y que traía peligroso contenido.

    Explosivos, quizá.

    O tal vez un peligroso virus, contagioso, peor que el Covid-19.

    “Por favor, espera allí”, le dijo un agente. Tome su maleta y nos acompaña, le advirtió.

    El ambiente se puso tenso. Nerviosismo alrededor.

    El hombre, robusto, sin pelo, ojos vivaces y una sonrisa que no podía quitarse del rostro, como si estuviera tatuada.

    Ya en la salita, pequeña, modesta y discreta, varios agentes y funcionarios de Migración lo rodearon mientras abría la valija.

    Unas camisetas, pantalones, bóxeres, medias de colores y con figuras de Disney. Y, oh sorpresa.

    Foto tomada del Diario Occidente, de Cali.
    Foto tomada del Diario Occidente, de Cali.

    A la vista el contenido peligroso: Dildos amorosos de todos los tamaños y colores. Una docena.

    La nota de prensa lo explica todo:

    “En el transcurso de la entrevista, el ciudadano estadounidense manifestó que se dedicaba a la producción de contenido para adultos y que su intención era grabar este tipo de material audiovisual en Medellín.”

    El hombre no paraba de sonreír. Le preguntaron de todo, incluso si era homosexual, bisexual o voyeur.

    —Ya les dije, vengo a hacer una película.

    –¿Y esos instrumentos? —preguntó una agente, horrorizada, porque jamás en su vida había visto semejantes adminículos.

    Solo pensar que estuvieran en el interior de un organismo, en el orificio que fuera, la hacía erizar.

    Revisaron la constitución.

    Consultaron la jurisprudencia internacional.

    ¿Qué hacer?, se preguntaban.

    Finalmente, coincidieron en deportarlo.

    El hombre no se enfureció, ni respondió como si estuviera endemoniado.

    Simplemente hizo un reclamo: “Por favor, ya que no me dejaron entrar a Colombia, al menos devuélvanme los juguetes”

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  • La agonía de los escríbanos del parque

    La agonía de los escríbanos del parque

    Es inevitable la agonía de lo escríbanos. Preocupa el destino de estos queridos viejos.

    A Juan Ernesto Alomía “la edad se le vino encima sin carnaval ni comparsa” como la letra de la canción “Mi viejo”, de Piero. Y algo más: “El dolor lo lleva dentro y tiene historias sin tiempo.”

    Tal cual, pensé, cuando lo encontré en la parte baja del Parque de los Poetas, frente al Teatro Municipal, allí donde termina la Calle Real que conecta con el Bulevar del Río.

    Tiene 65 años mal contados, de los cuales lleva 37 trabajando como escribano. Se inició en el oficio en Buenaventura, a donde emigró proveniente de López de Micay.

    Su afición por las leyes comenzó cuando era mensajero de Hernando Cartagena Gil, un abogado legendario del puerto que igual sacaba de la cárcel al borrachito que agredió a otro parroquiano después de embrutecerse con ron, un atardecer de domingo en El Caney, que al irresponsable que abandonó a su esposa y cinco hijos cuando conoció a una morena de caminar cadencioso y mirada perturbadora, cerca del emblemático faro de la ciudad portuaria.

    Parque de Los Poetas, en Cali, donde se concentran los escríbanos. Un oficio que amenaza con desaparecer.

    De camino al juzgado, leía los documentos y se aprendió la jurisprudencia que, tiempo después, utilizaría en los documentos y memoriales que transcribe en su máquina de escribir, de las Olivetti viejas. Luego los transcriben, en un negocio del frente, en computador.

    ¿Cuánto se gana? Poco, apenas para sobrevivir y pagar el alquiler y los servicios básicos en un rancho de Los Naranjos, en el Distrito de Aguablanca, oriente de Cali. Vive solo con su esposa. Los tres hijos ya se fueron de casa y se rebuscan en lo que sale.

    Juan Alomía conoce mil y una historias y me quedé escuchándolo por minutos que se volvieron horas al punto que llegué tarde a la oficina. ¿Hasta cuándo trabajará? Hasta el día que pueda, porque las cataratas lo están cegando y tiene artritis. Con su esposa tienen expectativa de que el gobierno nacional aumente el aporte a las personas de la tercera edad.

    “Anhelo que, quien llegue a la Presidencia, no se olvide nosotros los viejos”, me dijo cuando nos despedimos.

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  • Los sueños de Erika

    Los sueños de Erika

    Un caso excepcional en medio de una juventud que casi no lee libros, esclavos de las redes sociales.

    El café es sabroso, cerrero, y lo tomo sin azúcar, despacio. Ese fue el escenario. La joven que me atendió, formal. Se quedó viendo con detenimiento la bolsa de libros que acababa de comprar. Olvidó que venía a tomarme el pedido. Sonrió al ver los ejemplares. ¿Puedo verlos?, me preguntó. Por supuesto, le respondí.

    Los desempacó con cuidado, leyó los títulos, los autores en la solapa y, luego, los capítulos en el índice. De cada uno de los cuatro libros. Sonreía. Disfrutaba ese momento y yo, al verla. Ella tiene más de veinte años, pero disfruta de los libros. Algo difícil hoy día cuando la juventud está pegada de los celulares.

    Millares de jóvenes anhelan en Colombia estudiar una carrera universitaria, pero no tienen un peso en el bolsillo. (Foto generada con IA)

    “Me gusta leer”, se excusó y se dispuso a tomar el pedido. Se llama Érika. Trabaja en esa cafetería, diagonal al parque de los Poetas, en Cali, para pagar sus estudios de manicurista. “Luego ganaré más para estudiar negocios internacionales”, comentó. Convencida, con decisión.

    Sabroso el café, pero más aquella escena. De una joven con sueños, que no se detiene ante las luchas de la vida, pero más aún, que le gusta leer. Recuerda a Kafka, Milán Kundera, Edgar Allan Poe, Vargas Llosa, Alejandro Dumas y a García Márquez. “Me gusta Gabo porque sus relatos son llenos de imaginación.” Me identifico con Érika. Nuestro Nóbel pasó a la historia como uno de los genios de la literatura.

    “Quédate con uno de los libros. Te lo regalo con gusto”, le ofrecí. No me creía, aunque le estaba extendiendo la bolsa. Finalmente aceptó “La peste”, de Albert Camus. Feliz, como un niño con un juguete nuevo. Distinta de los jóvenes que andan preocupados por tener el último celular, el de moda.

    Pensé en mi nieto y en tantos jóvenes. Aquellos que sueñan con terminar una carrera.

    Rayaba el mediodía. Un calor fuerte en la Sultana del Valle. Un sol inclemente. Pero salí feliz. Erika es de los pocos jóvenes que leen. Ojalá siga cultivando su afición. Y el deseo de decirle al filósofo Iván: “Si ganás, no te olvides que hay juventud con ganas de estudiar, pero sin un peso en el bolsillo”

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  • No me preocupan los therians sino los capitalians

    No me preocupan los therians sino los capitalians

    Los colombianos andan sorprendidos por los therians y no por los capitalians. Esos son más comunes y pasan desapercibidos en la sociedad. Esos sí deberían preocuparnos.

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    No, no me preocupan los therians, unos muchachos alocados que se identifican con un perro o un gato u otro espécimen de la fauna. Su obsesión se les termina cuando, al mediodía, se sientan a la mesa esperando la sopa y los padres les dicen que sus alimentos están en el patio, a pleno solazo, en un platico azul de plástico. Pepitas remojadas con agua.

    Palabras mágicas. Se quitan la máscara que suelen usar y la cola, y reclaman sus derechos como humanos. Los que no se pueden quitar la cola, algunas de varios metros, son los lagartos de la política que en una campaña se identifican con un partido y, cuatro años después, son de una orilla diferente.

    Los benditos tienen la cola adherida al coxis y si se las operan, les sale de nuevo, completica, cuatro años después.

    En la política, Petro se identifica con el Jaguar, Abelardo de la Espriella con el Tigre, Paloma Valencia con esa ave de corto vuelo que resulta hasta tierna y el expresidente Álvaro Uribe con… bueno, dejémoslo así…

    ¿Quiénes me preocupan? Ahora sí vamos al grano, como los dermatólogos. Les confieso, me preocupan los Capitalians.

    ¿Desperté su interés? Fabuloso. ¿Es usted uno de ellos? Bueno, ya le doy la descripción. Quizá sea uno de esos raros personajes que históricamente han permanecido y de los que nadie habla.

    Los capitalians son los que, aunque ganan poquito, se quejan de los sindicatos y comparten la narrativa de los patronos, en el sentido de que en las organizaciones obreras “cada quien va por lo suyo”. Prefieren seguir sometidos, antes que apoyar la causa de los trabajadores.

    Llegan al trabajo en tremendo carro, generalmente fiado y, para hacerse notar, les comentan a todos en la oficina que les “salió carísimo el arreglo”. De hecho, a finales de mes, andan consiguiendo plata prestada para la gasolina. Algunas veces “tiran quimba”, es decir se van a pie, desde su casa hasta la oficina. Si los pillan, argumentan que es por salud o que tienen pico y placa.

    Los capitalians hablan pestes del gobierno de turno, pero jamás salen a marchar.

    Cuando reúnen plata para celebrarles los cumpleaños a sus jefes inmediatos, dicen “cuánto hay que poner”, pero ocultan que el resto de la semana, al mediodía, toman gaseosa con dos empanadas en un negocito a la vuelta de la esquina. Se gastaron sus pesitos tratando de impresionar a los compañeros.

    Cuando hablan de ropa, muestran sus zapatillas “originales” compradas en Chipichape, aunque provengan del almacén agáchese, allí en el centro. Los otros capitalians se pillan que esos “pisos” son de los baratos, pero se hacen los sorprendidos porque ellos también usan “tenis chivos”, es decir, marca gato.

    ¿Y en diciembre? No se diga más. No me toques ese vals porque me matan. Los capitalians se gastan el billete en trago fino, las mejores comidas, la ropa que encuentran en los sitios más reconocidos. Se toman selfies, las muestran en las redes sociales y venden la imagen de que “la poseen”. Es decir, son más pudientes que rico MacPato.

    Lo triste es que los capitalians no llegan a fin de mes con un peso en el bolsillo. Andan saltando matojos para sobrevivir. Y algunos, les hacen coquitos a los “gota-a-gota”. Sin embargo, por vivir de las apariencias, todos están convencidos que tienen platica…

    ¿Ya comprende por qué no me preocupan los therians?

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  • Cantinflas y la polarización política

    Cantinflas y la polarización política

    Más que necesario es urgente que en Colombia pongamos freno a la polarización política. Dedicado con cariño a la amiga beligerante.

    Estamos a las puertas de un proceso electoral muy polarizado. Más que otros años. Es válido que en una democracia haya diferencias de opinión, pero no que terminemos enemistados y que Rafico se agarre a pescozones con Pachito por un color partidista.

    Y lo que comenzó como un encuentro de amigos alrededor de unas amargas en la fonda del pueblo, derive en un agarrón de padre y madre en el que ni siquiera la policía quiso intervenir porque, sin duda, muchos agentes habrían terminado con chichones de los que no se quitan fácilmente con hielo.

    La polarización que vivimos en Colombia me hizo recordar la película Su Excelencia, protagonizada por Cantinflas. Un clásico del cine mexicano.

    ¿La vio? Yo sí. En el teatro María de Hinestroza, en Vijes, en medio de los rastros que dejaban las pulgas, que parecía en ese entonces, también eran cinéfilas o, al menos, permanecían en ese desvencijado edificio que se llenaba de parroquianos los viernes en la noche.

    Describe la vida de un modesto burócrata conocido como Lopitos, nombrado como embajador de la República de Los Cocos ante Pepeslavia, repartiendo visas con la misma diligencia con la que un caracol cruza una autopista. Pero la política, caprichosa como siempre, tiene otros planes.

    Toda la cinta es muy buena, pero en particular cuando da un discurso en lo que se presume, es Naciones Unidas. Y describe todo el daño que le hace al mundo la polarización y la pretensión de imponer las ideas a la fuerza, sin argumentos.

    Si está desprogramado, véasela. Es buenísima. Nos llama a la reflexión. A no caer en los extremos. A valorar la opinión ajena. A respetar a quienes no piensan igual que usted y yo, sin tildarlos de enemigos.

    No pienso confesar mi inclinación política, que salta a la vista en lo que escribo. Pero desde esta trinchera de las ideas, mi mensaje hoy: acabemos de una vez por todas con la polarización…

    @CrónicasdeMacondo


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  • El ajuste del 23%, flor de un día

    El ajuste del 23%, flor de un día

    Subieron el precio de todo: el transporte público, los servicios básicos, los alimentos. No con base en el IPC, sino en el 23%

    __________________

    La alegría que despertó el ajuste salarial del 23% en el mínimo vital, terminó convertida en flor de un día por cuenta de los especuladores y los intermediarios en los productos de la canasta familiar.

    Quienes ganan un mínimo y a veces menos, son los campesinos. A duras penas para sobrevivir. Hacen maromas, como artistas de circo, para cubrir todos los gastos. Innegable. Sin embargo, quienes les compran la producción, son los que fijan los precios. Muy bajos, por cierto.

    Entre el sector rural donde se adquieren los productos y el centro de abastos más cercano, el valor se multiplica, a veces entre un 60 y 100%

    Los intermediarios se llevan la mejor parte, sin sudar una sola gota como los labriegos de chacras y fincas, y terminan ofertando a su conveniencia. Entre la central de abastecimientos o plaza de mercado y la tienda grande, aumentan otro tanto los valores. Y, se encarecen mucho más, cuando llegan al negocio del barrio.

    Toda una cadena que debe ser revisada para aplicar ajustes y evitar que, cada año, el incremento en el salario mínimo se convierta en una ilusión que dura pocos días.

    Ahora, de la mano con el decreto del aumento anual, deberían reglamentarse los controles para evitar que los intermediarios y especuladores hagan de las suyas. De lo contrario, seguiremos repitiendo el mismo ciclo.

    ¿De dónde vino la reflexión? Del tinto que tomamos habitualmente con Carvajalito, en la Plaza de Cayzedo de Cali, donde concurren los jubilados y catanos como nosotros con ínfulas de filósofos para analizar la realidad política, económica y social del país.

    El cafecito negro, en vasito de cartón, por el que nos cobraban en diciembre $1200, hoy nos costó $2500. ¿Y eso a qué se debe?, pregunté al contar las pocas monedas del vuelto: ¿Ya estamos importando el café? Y la vendedora con una sonrisa: “No señor, es por el ajuste de un 23% del presidente Petro”

    @CrónicasdeMacondo


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  • Por política no deberíamos pelear

    Por política no deberíamos pelear

    En un país polarizado como el que habitamos, lo que menos deberíamos hacer es enfrentarnos por temas partidistas.

    La garrotera estuvo buena después de la pelea de gallos en La Fresneda, corregimiento de Vijes; para más señas, el Macondo vallecaucano. Un caserío pequeño donde ocurren los hechos más inverosímiles que parecen sacados de un cuento de Gabriel García Márquez.

    ¿Y qué pasó el domingo? Ya le cuento…

    Pachito Pérez es de un partido distinto al que gobierna. Rafico Martínez es afecto al presidente. Trabajan en la misma finca, La Ponderosa. Y los domingos en la tarde, invariablemente, se encuentran en “Pico de Oro” y apuestan unos pesos por el gallo saraviado o por el colorado.

    —Te gané–, le dice uno a otro, y no hay bronca. Pagan lo que deben y se van a tomar unas birras, unas amargas o chelas o como quiera llamarles.

    Pero el domingo fue distinto. Rayaban las siete de la noche y se prendieron porque el uno vaticinaba que a Petro lo dejaban preso y, el otro decía que Trump no tenía las agallas para vestirlo de naranja. “Le falta pelo pa´moño, así el gringo tenga tremenda mota”, replicó Rafico.

    Y ardió Troya. Se fueron a los puños. Rodaban las mesas, botellas vacías, monedas, billetes arrugados y hasta una vieja fracción de la lotería nacional que jamás pudo encontrar Pachito en su billetera.

    Sus esposas, como siempre, tuvieron que rescatarlos. Ellas son amigas. Las une tener esposos medio apendejados que pelean por política.

    Tanto Pachito como Rafico, vieron por televisión el encuentro de Petro y Trump, la sonrisa de los dos y el autógrafo que le firmó el republicano. Nada pasó y amigos todos.

    Cosa tremenda.

    Por eso, cuando vieron en la finca a unos que discutían sobre quién había sido el ganador en esa confrontación presidencial, se encogieron de hombros y se fueron a su cultivo. “Por política no debería pelear nadie”, coincidieron los dos mientras se alejaban con un azadón al hombro.

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