
Ángela Becerra, autora de “Algún Día, Hoy”, por la que ganó el XXIV Premio Fernando Lara de Novela en 2019, es considerada la literata más leída en lengua hispana después de Gabriel García Márquez.
Pese a ello, Ángela Becerra, no es absolutamente reconocida como una gran escritora colombiana. ¿Acaso obedece al machismo?
“Tengo una edad en donde, si algo tienes, es la sabiduría de dejar que las cosas sean y no preocuparte tanto por tantas tonterías. Sí me tocó asistir a muchísimos coloquios que hablaban de literatura masculina y femenina y eso, la verdad, me producía muchísima rabia, porque la voz literaria no tiene sexo, no tiene por qué tenerlo. Como las emociones, el llanto no tiene idioma, la risa no tiene idioma, el amor no tiene idioma, ¿por qué tenemos que clasificar lo masculino y lo femenino’”, responde.
Tampoco le teme a los alcances que ha tenido la inteligencia artificial o a que esta herramienta pueda hacer un cuento, aunque le preocupa que, “por más IA que haya, las emociones y la manera de expresar nunca van a ser iguales a que lo haga una persona; un abrazo virtual no es lo mismo que sentir el roce de la piel y ese calor humano.
“Yo quiero creer que no va a ser posible, porque, si fuera así, ya estarían saliendo una cantidad de libros que serían muy exitosos, porque les estarían metiendo que tenga esto, esto, esto y esto, y que además venda mucho y no es así, no es así, no hay varitas mágicas”.
Es autora de novelas como De Los Amores Negados, El Penúltimo Sueño, Lo que le Falta al Tiempo, Ella que Todo lo Tuvo, Memorias de un Sinvergüenza de Siete Suelas, y Algún Día, Hoy, además de los poemarios Alma Abierta, Alma Abierta y Otros Poemas y Amor con A.

¿Ha pensado escribirle a sus ojos?
No les he escrito aún, pero sí he hecho muchas esculturas con ojos, muchísimas.
¿Qué le diría a sus ojos hoy?
Hoy en día, después de haber vivido esa experiencia: pues, gracias por haberme dejado ver todo lo que he visto. Gracias por seguir abiertos y por darme la posibilidad de asombro.
¿De qué tratará su próxima novela, cuándo saldrá?
Espero que esté lista en dos meses, para presentarla en la Feria del Libro de Bogotá. Es la historia de una mujer que se cansa de vivir la vida que vive, tiene un punto de autoficción.
Y en enero sale una serie basada en uno de mis libros, que es Memorias de un Sinvergüenza, que se filmó con Televisa, y estará en plataforma en breve.
Se rodó en Girardot y Ricaurte, en Colombia. Estuve presente en el claquetazo, en la entrada.
¿Cómo le parece ver sus personajes a través de la pantalla?
Es muy bonito, porque ves tus personajes en cuerpo y de otra manera, porque, además, hubo libretistas que lo convirtieron en el sinvergüenza mexicano.
¿Qué significó volver a la FilCali?
Cali es una ciudad que amo profundamente, no pude venir en otras ocasiones debido al covid y a mis problemas de salud. Esta décima edición muestra la evolución de esta feria, gracias a un gran mecenazgo y también a quien la lidera, Paola Guevara.
El dato
Ángela Becerra Acevedo nació el 17 de julio de 1957. Fue la quinta de seis hermanos en el hogar de Marco Tulio Becerra y Cilia Acevedo.
En frases
“Es el momento de destapar a esos hombres que robaron la inteligencia de una mujer y sus valores. Hubo escritoras y pintoras que firmaron con nombre de hombre para ser aceptadas. En este momento, ya ha habido una evolución”.
“La publicidad me dio el rigor y la disciplina de cada día sentarme y saber que va a salir algo. La inspiración la buscas y la encuentras”, dice la escritora colombiana Ángela Becerra.
¿Cómo surge la idea de construir esta novela, no sólo el personaje de Betsabé Espinal, sino el proceso histórico completo?
—Pues esta novela surge en el año 2013. Esta niña me busca a mí. Yo siempre he dicho que ella me busca a mí, porque yo no veo nunca la televisión y por no sé qué cosa la enciendo a las dos y media de la mañana y aparece esta cara, y sus ojos me miran directamente y siento que está comunicándose conmigo, es como un acto mágico. no sabría explicar qué sucedió, pero lo que sí es cierto es que inmediatamente quedé seducida por esta historia.
Y sobre todo me movió el interior, porque si algo hay en mí es el afán por luchar por la justicia, y este me pareció un hecho de una injusticia tremenda. A esta niña la silencian porque el poder político, económico y social tenía también sus tentáculos en el tema de las publicaciones.
Había alguien allí que también tenía poder y la silenció. Se fue hablando de otra cosa e incluso elevan a los altares a otra chica que es sobrina de uno de los dueños de un diario, que lucha y que también un papel importante dentro de la historia, pero que lo hace siete años después.
Y parece que esta hubiese sido la precursora de todo lo que sucedió, y no fue así. Lo que pasa es que esta niña venía de un estrato social muy baja, era además bastarda, y una desechable, por decirlo de alguna manera.
—¿Cuánto cambió este mundo? ¿Cree que sigue vigente o ya fue erradicado?
—Tristemente está muy actual. Se está luchando por lo mismo todavía. Por una igualdad de salario, por un respeto a la mujer, a su cuerpo, a su valía, a su talento, a la explotación.
Así que tristemente es muy actual. Betsabé Espinal podría estar en este momento dando un discurso en Naciones Unidas como lo hizo Emma Watson, porque además tenía un poder de oratoria importante.
En aquel momento, si bien había un tipo de lenguaje florido de la época, pues tenía el agarre y la fuerza suficiente para movilizar. Movilizó a 400 obreras. Es una niña que yo pensaba que sólo había una foto de ella…

Entonces la autora colombiana, que permanecía acodada en la mesa, quita los dedos de su larga cabellera y toma el libro, su novela, este artefacto enorme de tapa verde, con sus dos manos. Lo abre y se pone a buscar en las últimas páginas las fotos que ha decidido colocar, In memorian. Mientras sus dedos buscan la página indicada, explica que “todos conocen una sola foto de Betsabé Espinal y es esta”. Abre el libro y muestra aquel retrato, el famoso, el conocido, el icónico.
Cuando investigó, se topó con muchos documentos, entre ellos los del patronato de obreras donde entró a los trece años. “Hay una foto que yo le llevé a una fisonomista y coincidimos las dos en lo que transmite esa mirada, esa mirada desafiante, pero por otra lado esa feminidad que tiene, que a mí también me llevó a pensar quién fue su padre. Ella no tiene unos rasgos absolutamente mestizos. Sus rasgos son más bien refinados. Eso también me ayudó a mí a la hora de escribir y crear”, agrega.
Continúa recorriendo Algún día, hoy, texto ganador del Premio de Novela Fernando Lara 2019. Continúa y entonces, catorce páginas después, otra imagen. “Patronato de Obreras, 1018”, dice en el epígrafe. Unas sesenta mujeres posan para la cámara.
“Empiezo a buscar, porque soy bastante curiosa, en qué foto estaba ella, y encuentra esta. Y está aquí. Es ella”, dice y señala. Y sonríe. “Amplío y luego cotejo con la foto, la que todos conocen, y se la mando a la fisonomista que me dice: ‘evidentemente es ella’. Es un descubrimiento. Tú la ves aquí, que es una niña, y ya le ves el arrojo que tiene, el ‘aquí estoy'”, completa. Y es cierto.

—Hay algo particular con el tono de la novela. ¿Cómo se encuentra y cómo se mantiene?
—No sabía qué tono iba a tener la novela. Uno empieza a escribir y luego es ella la que te da el tono. No eres tú el que se lo impone. Y esta novela luego me pidió el diario de ella. Yo no sabía que iba a escribirlo, pero era tan íntimo todo lo que le estaba pasando que no había otra manera de que ella se abriera a contar cómo se sentía si no era a través de la primera persona y a través de un diario.
Entonces cuando sale el primer capítulo allí me doy cuenta de que tiene una épica. El tono, la voz, todo va a ser épico.
Y eso me va llevando, a lo largo de la novela, a que ese canto épico esté allí hasta el final. Esa es la magia de la escritura. Y ella misma me va pidiendo más denuncia, me pide una amiga, me pide el amor. Aquí aparecen los hombres. Hay uno, secundario pero muy importante para mí, que es Benicio de la Cruz, un mulato que se ve avocado a convertirse en la madre de estas dos criaturas, de estas dos niñas que, aún cuando tienen madre, son huérfanas.
Y esa potestad de este hombre es una evocación a ver a los hombres de otra manera. La novela está llena de mensajes sutiles, para el que lo quiera ver. Por ejemplo, Emanuel viene de un París bohemio, revolucionario, abierto, transgresor, capaz de romper reglas, y se codea con Simone Veil, que la adelanto en el tiempo, que es una gran filósofa y sobre todo una defensora de los derechos humanos, luego se convierte en una mística maravillosa, que le inocula la igualdad.
Luego, cuando él conoce a Betsabé, ya no la ve desde otro ángulo que no sea el de la igualdad.
Ese momento mágico donde él la descubre con esa feminidad, con ese punto salvaje que tiene ella, y con esa fuerza, y la respeta desde el primer momento. Entonces allí también hay una figura masculina que es adonde hay que ir. Cuando empiezo a escribir esta novela todavía no ha arrancado el movimiento feminista que actualmente está cogiendo tanta fuerza.
Aquí, en esta novela, ya está ese feminismo, un feminismo que está respetando al hombre, que no está compitiendo con el hombre, que necesita que el hombre se sume para hacer realmente el cambio. Yo creo que desde cada lugar que tenemos cada persona en el mundo desde su profesión está obligado a poner un grano de arena para que la sociedad sea cada vez más mejor: más justa, más equitativa. Y para mí esta novela es un grano de arena en eso.
¿De qué manera? De la que yo tengo: la escritura.
Ojalá dejemos de pensar que este libro es sólo para mujeres, porque es un libro humano, un libro que está hablando de injusticia, de amor, de emociones. Un libro que está buscando asombrar de nuevo, hacer que la gente vuelva a percibir los sentidos.
¿Y eso es de hombres o es de mujeres? No, eso es del ser humano. ¿Qué es más valioso: las lágrimas de un hombre o las de una mujer? Las dos. Y la risa también. ¿Y eso tiene nacionalidad? ¿Nos reímos en japonés? ¡No, los sentimientos son universales! Estaría bien que ya dejáramos de estar clasificando.
—En estos tiempos donde se repiensan viejos conceptos y viejas ideas, ¿se puede seguir apostando al amor romántico?
—Pero claro. Es que para mí el gran problema actual en el amor está en una cosa, que siento mucho decirlo: la tecnología está matando la capacidad de asombro, la capacidad de esperar, de emocionarnos. No paramos con los WhatsApp.
No te contestan inmediatamente y ahí hay una frustración brutal. Hay una interpretación de las cosas. Son regalos que rasgas el papel y no ves que hay dentro. Y vas rasgando, rasgando. Es como si cogiéramos un niño y le diéramos cuarenta regalos.
Antes se daba un regalo y, hasta que no se dañaba, se gastaba. La tecnología atraviesa un momento particular, sobre todo con este movimiento que está pasando y que yo comparto y además lucho en favor de. Digo ‘este feminismo’ y no del otro, que trató de abrir caminos pero que los estaba abriendo de una manera equivocada, imitando el comportamiento masculino y cargándose al hombre.

—¿Cuál sería ese feminismo?
—El de los años sesenta y setenta, que la intención era buena, pero no la forma, porque las mujeres tenían que renunciar a la feminidad para poder ser respetadas. Y al renunciar a la feminidad estaban tratando de ocupar el espacio de los hombres. Cada espacio tiene lo suyo. Entonces, la tecnología, en el sentido de viralizar este movimiento es fantástica; en el tema emocional creo que nos está quitando la capacidad de sentir, de emocionarnos. La gente no está viviendo ver el mar, sentir el mar, sino hacer la foto del mar y colgarla para que se vea que está en el mar, que es muy distinto. Y ya percibir las olas, el silencio… si no hay fotografía no existe, si no se registra ese momento no existe.
—Y la literatura, en este panorama, ¿qué lugar ocupa? Sobre todo con este libro, que tiene una extensión enorme y parece estar en disonancia con internet y el consumo fugaz de las redes sociales. ¿Qué lugar ocupa la experiencia de la lectura?
—Yo, por la edad que tengo y por el poder que me otorga mi edad, que algo me tiene que otorgar, soy consecuentemente conmigo misma. Amo los libros y los amo en papel. Me encanta olerlos, me encanta subrayarlos, me encanta sentirlos en mi mano, doblar las hojas, gastarlos.
Este libro pretende que la gente, por un momento, se olvide de que existe un móvil al lado. Cuando se abre ese libro hay olor a humedad, a tierra, a musgo, a pájaro que están cantando, hay flores que están naciendo, está el sonido de las chicharras, hay tempestad, el olor a lluvia.
Hay una cantidad de sensaciones. Hay algo que yo, cuando era muy joven, amé de los libros japoneses, de la escuela de las sensaciones creada por Kawabata, Mishima, Tanizaki, que rodeaban sus libros de unas atmósferas que al final no te importaba lo que estaba pasando porque estabas tan inmerso en la nieve que caía o en aquel incendio que sucedía que era como que te elevaba a un estado que nosotros no tenemos la capacidad de crear. Dejarnos ir en la imaginación, soñar.
Aquella capacidad de asombro que tenemos cuando somos niños, poder recuperarla. Está allí, simplemente la hemos pisado y la hemos silenciado.
—¿Y el idealismo mágico está un poco en función de eso?
El idealismo mágico es la magia al servicio de los personajes, y nada más que eso. Cómo hacer que brille, que tenga una pátina de luz el momento en donde una emoción se hace presente en la novela: la rabia, el amor, la ilusión, la tristeza, las lágrimas. Cómo hacer que de repente se vuelva muy importante en la novela y que te toque a tí, como ser sensible, y te haga empático con los personajes.

—¿Piensa en el lector?
Siempre. Escribo los libros que a mí me gustaría encontrarme. Si me encontrara este libro, me metería. No puedo separar mi parte lectora de mi parte escritora. Es un suplicio también, porque es alguien que te está respirando al cuello y te va diciendo: “No, sí, por aquí”. Pero bueno, convivo con él.
—¿Qué significa ser bestseller?
—Ni me va ni me viene. Yo escribo para ser feliz y no estoy escribiendo nunca para el final. Eso lo aprendí hace muchos años, cuando me hice mayor, cuando hice un viaje a la India y reconvertí mi vida totalmente. Ahora el camino es la vida.
—La última: ¿para qué leer, para qué escribir?
Para vivir muchas vidas. Igual que el escritor escribe para vivir muchas vidas, el lector cuando lee vive otras vidas, se mete en otras personas, entiende el alma de mucha gente. Cuando tú lees y haces un monográfico te estás metiendo en el alma del autor. El escritor que dice ‘aquí no hay nada mío’ está mintiendo absolutamente. Siempre hay. Si tú te lees a Coetzee, sabes lo que hay en él: hay una tristeza, un punto oscuro y además toda esa Sudáfrica. Entonces es imposible que no estés dentro de la literatura.
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