El Festival internacional “Oiga, mire, lea” cumple once años. En esta ocasión, invitados de lujo desde otras latitudes.
Más de un cocacolo de la vieja data, de los nuestros, disfrutó del conversatorio y del concierto de Aterciopelados en el marco del “Festival Internacional de Literatura Oiga, Mire, Lea” que se realiza en la Biblioteca Jorge Garcés Borrero de Cali. Las filas eran muy grandes y la emoción, entre los medio catanos, se reflejaba en sus comentarios: “Hace tiempo no los veo en una presentación.”
Aprovecharon la ocasión para “despelucarse”, menos yo—por supuesto—que ya ni pelo tengo. Pero sin duda nos hizo recordar que en medio de la violencia que vive el país, vale la pena sacar un tiempo para leer y escuchar buena música.
VIAJAR A TRAVÉS DE LAS PALABRAS
Pilar Quintana, la escritora caleña, con sus expresiones populares, de la gente del común, de esa que vende chontaduro en la Plaza de Cayzedo o que viaja en el MIO, llevó al auditorio a viajar en el tiempo, a ese rincón del Pacífico colombiano que sirvió de escenario para su más reciente novela “Noche negra”. Además, recibió una condecoración más que merecida de la administración departamental, en reconocimiento a su trayectoria.
¿Y qué decir de Héctor Abad Faciolince? La sacó del estadio. Una charla que más parecía una confesión íntima, alrededor de su novela: “A la hora y en la hora”. Recordó vívidamente el momento cuando, estando en una pizzería en la ciudad ucraniana de Kramatorsk, estalló una bomba. El impacto causó la muerte de varias personas, entre ellas, de una escritora amiga.
De una manera pausada, utilizando imágenes literarias maravillosas, llevó a los presentes a ese momento terrible en que un explosivo truncó sueños y esperanzas de muchas personas, en una guerra de la que todavía no se repone el mundo y que nos hace recordar las dolorosas imágenes de lo que ocurre en Colombia, como consecuencia del terrorismo.
El “Festival Internacional de Literatura Oiga, Mire, Lea” que tiene ya once años a cuestas, cuenta entre sus invitados con los escritores y periodistas Dolores Reyes (Argentina), Lydia Cacho (México), Brenda Navarro (México), Katya Adaui (Perú), María Fernanda Ampuero (Ecuador), Rai Soares (Brasil), Florence Thomas (Francia), Javier Peña (España), entre otros.
Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna “Crónicas de Macondo” en periódicos y medios digitales. Es directivo del Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV–.
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Un fenómeno social que no mengua, por el contrario, crece. A la fecha, son más de 132 mil los desaparecidos.
La mayoría de los postes del sector que habito amanecieron con anuncios en hojas tamaño carta, fotocopiados a blanco y negro. Una familia busca a Geovanny Gil, de 21 años. Su nombre es muy común, es cierto, pero no su fisonomía.
La fotografía aparece borrosa, pero se alcanza a distinguir. Lleva un corte militar, un arete pequeño en la oreja y el tatuaje de un corazón y una flecha, justo encima de la ceja izquierda.
Al final del improvisado afiche escribieron un número de teléfono al que se puede llamar si alguien sabe algo del joven.
Salió en su moto, a media mañana de un lunes del mes de mayo pasado. No regresó. No encontraron nada de él, ningún vestigio, ni siquiera la motocicleta.
“… Aló…”, me respondió alguien al otro lado de la línea. No alcanzó siquiera a timbrar dos veces. Sin duda, la mujer de quien presumo es de edad media, algo así como sesenta años, estaba atenta al timbre.
Está así desde mayo último. No duerme. Y si lo hace, la despierta la zozobra. Según me dijo, no concilia el sueño más allá de tres horas. Alucina entre la realidad y la ilusión. Anhela noticias de su hijo, pero no llegan.
Por supuesto, ha recibido muchos mensajes, pero todos la conducen a lugares donde jamás lo han visto. Juliana, como me dijo que llamaba, siente que hay quienes juegan con el dolor ajeno; por eso llaman, para alimentar ilusiones. O quizá, para consolarla. Pero nada de Geovanny.
La mujer no se resigna a la pérdida. Dice que seguirá buscando a su hijo. Siempre, hasta que le alcancen las fuerzas.
El muchacho es uno de los registra 132.877 personas desaparecidos en razón del conflicto armado en Colombia o de diversas expresiones de violencia. Las estadísticas provienen de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD). Son oficiales y tienen un horizonte de tiempo de al menos 10 años.
No son meras cifras. Cada persona, aunque esté representada por un número, guarda el dolor de una familia que los sigue buscando.
Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna “Crónicas de Macondo” en periódicos y medios digitales. Es directivo del Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV–.
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La vida se puede perder en cuestión de segundos. No hay que esperar llegar a viejo para emprender el viaje sin retorno.
Fue en cuestión de segundos. Iba en un vehículo del transporte masivo. De camino al trabajo. Un sol perezoso en el horizonte. Personas alrededor enganchadas al celular, como si el mundo no existiera.
La señora que vende dulces. Venezolana. Sufriendo en una pensión, en la que paga diariamente $15 mil, con sus dos hijos pequeños y todos sus abalorios en un costal de fibra.
Son mentas. Ofrece promoción. Tres por mil. Nadie le presta atención. Están revisando lo nuevo en las redes sociales.
Y de pronto el pum. Ruidoso. Enfrente. Y el grito de alguien joven. Quedó bajo las ruedas de un bus grande. Su moto azul fragmentada, la armazón de plástico desperdigada.
Ocurrió en el sector de Los Álamos, en el norte de Cali. La investigación arrojó que el muchacho, que iba de afán para el trabajo, fue imprudente. Utilizó el carril exclusivo para los masivos. Y en cuestión de segundos murió.
Otra escena de la que fui testigo. Cruzaba la autopista, hacia Sameco, a la unidad donde vivo. El semáforo en rojo. Siete personas nos disponíamos a atravesar la calzada. Y en cuestión de segundos, un motociclista violentó la restricción y avanzó, sin importarle los peatones.
Treinta metros adelante se dio de frente con un vehículo recolector de basuras. Quedó mal herido. Desconozco del resto. Iba muy mal, comentaban los curiosos. Cuestión de segundos para experimentar una tragedia.
Dos incidentes aislados para reflexionar en la necesidad de darnos unos segundos de espera. De guardar las normas de tránsito. De ser prudentes. De respetar el derecho de los demás a transitar.
No es solo en Cali, sino en varias ciudades. Han aumentado los accidentes de tránsito. Imprudencia, dicen las estadísticas. Los más afectados, los motociclistas. También peatones. Es hora de repensarnos, de esperar, de respetar el semáforo, de cambiar.
Una forma sencilla de transformar un país que anda corriendo a toda hora… Por usted, por mí, por todos. @CrónicasdeMacondo
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El diálogo sencillo y desprevenido, con Lucía, una mujer que lo perdió todo en el atentado terrorista, evidencia la preocupación que asiste a los caleños.
A Lucía se le volteó el Cristo el día en que uno de los dos carros bomba instalado frente a la Base Aérea “Marco Fidel Suárez”, explotó. Claro, fue doloroso ver los cuerpos, al menos dos de ellos desmembrados, anticipo de lo que fuera el saldo final: seis muertos y más de setenta heridos. Para ella, una tragedia.
¿La razón? No es una, sino dos. Las imágenes que le tocó ver y que no ha podido olvidar y, en segundo lugar, su puesto rodante de venta de jugo de naranja, pastelitos y otras chucherías. Quedó destruido. De milagro, no se murió ella.
Llevaba más de siete años ganándose la vida, en la calle.
La zona que escogió, la pareció muy buena ubicación. Frente a la escuela de aviación. “Por aquí pasa mucha gente”, me dijo.
Estaba atendiendo a una persona cuando se produjo el estallido. Y aunque estaba lejos, la onda explosiva la tiró al suelo, desbarató su negocio con ruedas y causó tanto estupor al cliente, que salió corriendo con desespero.
Gritaba: “Mamá, mamá…”, como un niño pequeño y desvalido.
Recuerda el humo, los gritos, sonidos como de alarmas y sangre, de quienes recibieron el impacto de frente.
“Jamás había visto nada igual. Doloroso. Y de los causantes, decirles terroristas es poco. No parecen humanos,”, explica, trayendo a la memoria, como en una película, las imágenes de lo ocurrido la tarde del 21 de agosto.
El cielo le pareció ensombrecido. Luego comprendió que era por el humo.
Lucía no sabe qué será de su futuro. Con esos ingresos, se sostenía ella y le daba estudio en el SENA a uno de sus hijos. Ya diligenció una solicitud a la Alcaldía, pidiendo ayuda.
Pero otra cosa que para ella es vital es el traslado de las instalaciones de la Base Aérea.
Desde su perspectiva, hace mucho tiempo debió llevarse a otro lugar. Y no entiende por qué, aunque se ha hablado bastante de moverla a un espacio fuera, en la periferia, todavía continúa allí.
El debate está encendido en Cali. Unos a favor, otros en contra. Pero el que, en dos ocasiones, se hayan realizado allí atentados terroristas, amerita que cobre fuerza la sensatez.
La población civil corre peligro. Y no lo saben únicamente Lucía, sino los millares de transeúntes y quienes se movilizan por la zona en vehículos. Prefirieron escoger otra ruta.
No es solamente un tema importante, sino una prioridad.
Fernando Alexis Jiménez es directivo del Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV–. Escribe la columna “Crónicas de Macondo” que publica en diarios impresos y portales de Internet.
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Con dolor comprobamos cada día que prosigue la migración de colombianos a otros países, algunos en procura de nuevas oportunidades.
La maleta, un pasaporte y el nudo en la garganta. Esa es la postal recurrente que deja el incremento incesante de la migración en Colombia, un fenómeno que lejos de ser una simple estadística, es la suma de historias de desarraigo, dolor y, en no pocas ocasiones, desilusión. Las cifras de este 2025 no dan tregua: según los registros de Migración Colombia, más de 250.000 colombianos han salido del país con la intención de no volver en el corto plazo, una cifra que crece con cada mes que pasa.
Son jóvenes, profesionales, familias enteras. Huyen de la incertidumbre económica de la que hablan los medios convencionales, de la violencia que persiste en algunas regiones, o simplemente buscan ese «futuro mejor» que en su tierra natal sienten esquivo. Los destinos se han diversificado, aunque Estados Unidos, España, Canadá y Chile siguen a la cabeza de la lista, como principales receptores de este éxodo.
Detrás de cada pasaporte sellado, queda una familia incompleta. Abuelos que se despiden de sus nietos con un «hasta pronto» que bien podría ser un «adiós». Madres que ven partir a sus hijos con la esperanza de que encuentren lo que aquí no pudieron, pero con el corazón encogido por la distancia. Es un dolor silencioso, un vacío en la mesa de Navidad, en los cumpleaños, en las celebraciones familiares.
Y luego está el reverso de la moneda, la cruda realidad que aguarda al otro lado del océano. Los sueños se estrellan contra la barrera del idioma, la validación de títulos que nunca llega y la sobrecalificación para empleos que no corresponden con la experiencia. Muchos se encuentran con un paisaje de soledad y la carga de trabajos extenuantes para enviar remesas. El «sueño americano», el «sueño europeo», se desvanece y se transforma en una lucha diaria por sobrevivir, con la nostalgia como compañera perpetua.
Este éxodo silencioso es una herida abierta en el corazón de Colombia. Nos obliga a reflexionar sobre qué estamos haciendo como sociedad para retener nuestro talento, nuestra gente. Es una crónica de despedidas, de maletas llenas de sueños y de corazones vacíos que se quedan esperando un regreso que, a veces, tarda años, o simplemente, nunca ocurre.
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Es urgente que se legisle para terminar las corralejas. No es cultura, es barbarie animal.
El fallecimiento de Yovanis Márquez, en Fundación (Magdalena), pasó desapercibido en medio de la cascada de noticias que daban cuenta de la muerte de Miguel Uribe. El primero era un jornalero, el segundo un senador. Y en Colombia, para muchos medios “gaseosa mata tinto”.
El hombre participaba de las corralejas y había comentado que, justo ese día, envalentonado por varios “buchados” de ron, iba a intentar saltar sobre un toro. “Estás loco”, le dijo uno de sus condiscípulos de la muy lejana época de la secundaria en el colegio Jesús de Nazaret. “Ese toro es muy grande, mirá que nadie se le arrima”, le advirtió.
Pero esos comentarios sensatos no hicieron más que azuzar a Yovanis quien emprendió veloz carrera y, prendido del lomo del bovino, quiso salvar la distancia y caer al otro lado, en la arena.
Nadie sabe si fue el dolor que le produjo al animal que se afianzaran en su joroba herida con rústicas banderillas o que estaba prevenido. Lo cierto y que pudieron apreciar más de doscientos asistentes al tablado, es que la bestia lo lanzó por el aire y, sin que nadie pudiera impedirlo, lo corneó una y otra y otra vez.
Pareciera que, en cada punzada, el toro estuviera vengando el historial de barbarie de las corralejas en las que se hiere y mata a los de su especie. Incluso, en marzo del año pasado, les prendieron fuego a dos astados.
No era la primera vez que Yovanis Márquez participaba de esos espectáculos con ribetes de circo romano antes que disciplina taurina. Terminados los dos o tres días de feria, salía con buenos billetes, arrugados y a veces ensangrentados, que se gastaba bebiendo con sus amigos. Parte de una cultura que se ha ido perpetuando.
Su esposa Lucely debió recoger plata en el pueblo para el entierro. Los dos hijos pequeños quedaron huérfanos y Colombia clama que terminen de una vez y para siempre las corralejas.
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El mundo pudo conocer una ínfima parte de lo que ha promovido el presidente Uribe, desde su voz apacible, sonrisa confiada y mirada calculadora.
A Martha Lucía Flores, madre de Julio César, no le cayó bien lo que pasó con el presidente Uribe Vélez. Ella esperaba más. Así lo dijo en televisión. Imaginaba que iría a prisión, como Alberto Fujimori. Creía que moriría en la cárcel, escribiendo sobre una de las paredes, múltiples crucecitas para indicar cuánto tiempo llevaban tras las rejas.
Pero no fue así. Hasta el momento el ex mandatario no irá a la guandoca, el bote, la cana, la gayola, la trena, el talego, la chirona o como usted quiera denominar a un penal. Si mucho, en el peor de los escenarios, hubiera terminado en El Ubérrimo, cumpliendo una sentencia de casa por cárcel y rodeado de vacas, caballos finos, patos, bimbos y las ganillinitas a las que su esposa les da maíz tras llamarlas con el infaltable cutu-cutu.
La rabia y la frustración de Martha Lucía es comprensible. Su hijo, Julio César, enfrentaba un retraso mental que le descubrieron cuando era muy pequeño y no reaccionaba como los demás ante los llamados de sus familiares.
Tenía 18 años cuando desapareció, una noche en que lo mandó a comprar un pan en la tienda de la esquina. Lo buscó varios días en su agitada Soacha y apareció en el municipio de Ocaña, en Santander, con uniforme camuflado, botas pantaneras y un fusil. Él, que ni siquiera sabía cómo funcionaba una cauchera.
Fue a mediados del 2008. Julio César estaba junto a los cuerpos de otros jóvenes a los que el ejército, en ese momento, hizo pasar por guerrilleros ultimados en combates.
Si hubiese podido hablar con doña Martha, le habría dicho que el juicio moral jamás nadie podrá borrarlo y que la imagen, que tanto cuidó Uribe a nivel internacional, quedó empañada.
La conciencia de lo que realmente pasó, acompañará al expresidente donde quiera que se encuentre, y esa conciencia acusadora es más terrible que una cárcel oscura y húmeda.
Lo que claman esta madre desconsolada e infinidad de colombianos, es que se haga justicia que, aunque tarde, siempre llega.
Nota Importante: El autor asume toda la responsabilidad por sus opiniones.
Pareciera que ahora sí el gobierno nacional encontró la forma de socializar la importancia de la reforma a la salud: con términos que entienda Juan Pueblo.
La salud del país está en crisis. Así se desprende de la alocución presidencial en la que el mandatario entregó a los colombianos una amplia radiografía sobre lo que viene ocurriendo con las EPS y la crisis financiera que han desencadenado en las IPS.
Las Entidades Promotoras de Salud (EPS), en manos del sector privado, se han lucrado del servicio y los colombianos de a pie son los más perjudicados. Una prueba fehaciente que resiste cualquier argumento, es la escasez de insulina que pone en riesgo la vida de millares de personas.
En su intervención, el presidente Petro calificó el actual sistema de salud como un esquema de corrupción sistemática, al tiempo que dijo, la única solución estriba en ponerle la lupa al asunto y en los casos a que haya lugar, intervenir las prestadoras.
Mostró en sus diapositivas que las EPS intervenidas, experimentaron un repunte en sus operaciones y no se fueron a quiebra. Es una estrategia que viene del gobierno de Iván Duque. Y ha dado resultados.
En este caos cuyos principales dolientes son los enfermos, a quienes no se les atiende oportunamente, les dilatan exámenes o medicamentos que son costosos y les eternizan en el tiempo intervenciones quirúrgicas, las EPS tienen una enorme responsabilidad. Deben darle la cara a la ciudadanía y reconocer sus equívocos. Es la única manera de corregir.
Por supuesto, los medios de comunicación afectos al sistema regresista salieron al paso a criticar y ripostar, al tiempo que el grupo Keralty, anunció acciones legales.
Todo esto era previsible. De fondo, se percibe un choque entre la urgencia de reformar el sistema de salud y la necesidad de seguir profundizando los argumentos, con datos contundentes e irrefutables.
Por primera vez el gobierno nacional está explicando, con plastilina, el por qué la necesidad de la reforma a la salud. Y lo decimos porque la estrategia para socializar el problema al colombiano de a pie, no ha sido la mejor. Deficiente. Ojalá y siga explicando el paso a paso, en términos que todos entiendan. Que se asesore de buenos comunicadores.
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Lamentable, pero real. Las muertes selectivas prosiguen en el país. El Valle del cauca y el suroccidente, parte de los afectados.
Muchos cementerios son, además de un recordatorio de tristezas, una colección silenciosa de cruces de otobo en las que aparecen solamente dos letras: NN. No es solo en las fosas comunes. En esos espacios no hay flores, ni siquiera marchitas. Algunas alojan restos que nadie reclamó o, sencillamente, por temor resultaron sin familiares y conocidos.
Una evidencia de que en Colombia la máquina de la muerte no se detiene. Por encima de otros países de centro y Suramérica, lo que más preocupa. Siguen las muertes selectivas e infinidad de esos casos quedan arrumados en los archivos oficiales sin que salgan a la luz los autores intelectuales y materiales.
La más relevante de los últimos días, la masacre en el municipio de Calamar (Guaviare) que cobró la vida Jesús Valero, Carlos Valero, Marivel Silva, Isaid Gómez, Maryuri Hernández, Óscar Hernández, James Caicedo y Nixon Peñaloza Chacón. Eran líderes sociales y religiosos.
Se desconocen las razones de sus asesinatos. Quizá expresaron lo que pensaban y en nuestro país, sigue siendo un peligro pensar.
Con esta, ya son 36 las masacres ocurridas en el país durante el 2025, las cuales han dejado 114 víctimas.
El suroccidente ha sido duramente golpeado, principalmente por ser el territorio en el que operan grupos armados o condición de beligerancia o irregularidades, dos condiciones que son diametralmente distintas desde el plano jurídico.
En el Valle del Cauca, por ejemplo, se registraron 10 de las 36 masacres, entre el 1 de enero y el 7 de julio de 2025, de acuerdo con las cifras de Indepaz, convirtiéndose en el territorio con más casos.
¿Por qué le apostamos a la paz total propuesta por el gobierno nacional? Porque encarnamos el anhelo del parroquiano de a pie, del que vende dulces junto a un semáforo o verduras frescas a la salida de una plaza de mercado y es que la ola de muerte se detenga en Colombia. Por nosotros, por nuestros hijos y las nuevas generaciones.
Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en diarios y portales de Internet. Actualmente es directivo del SUGOV.
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En Colombia se estima que hay 300 circos pobres. Sobreviven de milagro. Hay noches de presentación en la que no entran más de 20 espectadores. Un oficio que se ejerce por amor al arte.
Los circos de pueblo, aquellos cuya llegada se anunciaba con grandes parlantes en un carro viejo engalanado por los payasos que repartían hojas volantes invitando a las funciones, mientras que una decena de niños los seguían en una fiesta inacabable de risas, están muriendo. Es un sepelio con pocos dolientes que, en una era de alta tecnología, prefieren ver las películas en televisión por cable, antes que invertir los $5 mil pesos que cuesta asistir a una función nocturna.
“Esto ya no da para vivir. Lo más que entra en una noche son ciento mil pesos que toca repartir entre los siete artistas: la contorsionista, el animador, tres payasos, el que amaestra los perritos que bailan música colombiana y la señora que vende las boletas y las crispetas de colores y manzanas almibaradas.”
Jorge Enrique Sandoval es uno de los payasos del Circo de la Alegría, que encontré el fin de semana que pasé en el corregimiento de Potrerillo, comprensión de Palmira. Al mismo tiempo es el propietario, quien hace los contactos con las autoridades locales para que los dejen presentarse, consigue el terreno en alquiler, habla con el dueño de la tienda más cercana para que les fíen el mercado y gestiona una casa donde les alquilen un baño y el servicio sanitario.
¿Algo más? Sí, es el que revienta cabeza para saber cómo sobrevivir cuando no entran sino quince o veinte espectadores, generalmente de martes a jueves cuando la gente sale cansada del trabajo y lo único que quiere es verse un capítulo de los culebrones repetidos que transmite la televisión en la noche.
“Hay días que nos toca comernos las crispetas que no se vendieron, y desayunar con maíz azucarado. Pero esto se hace por amor al arte, porque a uno le gusta el espectáculo y, también, porque no hay otra cosa que hacer.”
La pobreza, infortunadamente, es una de las constantes que asisten a los circos que recorren nuestros poblados colombianos.
LOS CIRCOS, CADA VEZ MÁS POBRES
Los de otrora, aquellos circos con los que crecimos, eran distintos. Traían hasta leones, y no faltaban los trapecistas. Algunas de las contorsionistas eran jóvenes y bonitas, y recuerdo el caso de un espectador que asistió a cada función en Vijes, durante tres semanas, porque se enamoró de una de las artistas. Estaba dispuesto a renunciar a su familia y a su trabajo para seguirla hasta el fin del mundo. Afortunadamente, ella estaba comprometida con el domador del león viejo que cargaban para todas partes y que era la atracción de quienes estudiábamos en la Escuela Policarpa Salavarrieta.
Los de hoy, aunque con todo el mérito del mundo que les asiste, son payasos arrugados por el paso del tiempo, con un repertorio de chistes y malabares que repiten en todas partes y que reflejan en sus ojos tristes la nostalgia de otros tiempos; de mujeres pasaditas de kilos con mallas remendadas, y carpas de colores llenas de parches de plástico. Se sostienen por puro milagro, desafiando las leyes de la física.
Teníamos un camión Ford modelo 56 que servía para transportarnos. Lo vendimos en Cartago, porque se varó, y por las circunstancias, nos comimos esa plata rapidito.
“Si le toma fotos al Circo la embarra porque no vamos a inspirar entusiasmo sino tristeza” me dijo Jorge Enrique, el frío sábado cuando hablamos, después de una función que tuvo lleno total. Se colmaron todas las tablas que hacen las veces de asientos en una suerte de gradería que tiembla cuando uno camina por ella, buscando dónde acomodarse
“Hacemos funciones especiales para las escuelas, lo que nos ayuda mucho. Nos permiten compensar los días de pérdidas.”, me explicó y mencionó, además de la poca asistencia, una pérdida grave cuando un ventarrón que parecía un ciclón apocalíptico, les tumbó la carpa en Yotoco, Valle. “Nos tocó levantar todo y, de nuevo, remendar la lona. Son esas cicatrices que ve allí y allí…”
Se estima que en Colombia hay 300 de estos circos, que cada vez son más pobres y amenazan con desaparecer.
EMPRESAS FAMILIARES
Muchos de los circos que recorren los caseríos, son empresas familiares. No de otra manera se explica que los artistas carezcan de seguridad social, prestaciones y a veces hasta de sueldo, y no terminen demandando a los dueños.
“Teníamos un camión Ford modelo 56 que nos acompañó por muchos caminos de Colombia, pero se varó en Cartago y, como no teníamos para repararlo, terminamos vendiéndolo por $5 millones. Esa plata nos la comimos rápido, porque vino una época de lluvia prolongada y, con tanto aguacero en la noche, nadie venía a las presentaciones”. Jorge Enrique es realista. Ya dejó la época del romanticismo que lo llevó a involucrarse en el mundo circense, cuando un pequeño empresario pasó por Montenegro, Quindío, y a él le pareció encontrar la ocupación para el resto de su vida.
Los circos pobres, generalmente, son microempresas. Sus integrantes a duras penas ganan un sueldo, carecen de prestaciones sociales y, por supuesto, de seguridad social. La terquedad por seguir viviendo del espectáculo.
¿Es cierto eso de que tienen un amor en cada puerto? “Puro cuento. Me enamoré de una quindiana de Circasia, pero, aunque me correspondía sentimentalmente, no se le midió a vivir en la incertidumbre de que no tuviéramos qué comer al otro día. Nos vimos tres veces después, pero no logré convencerla de que se viniera a vivir conmigo en el Circo”. Este payaso que lleva más de veinte años en el oficio, se aprendió las risotadas de memoria y las veces que ha sentido una tristeza profunda, la disimula con los múltiples colores con los que cada noche ilumina su rostro.
Los circos de hoy, los de los pueblos, ya no tienen los leones de otrora.
HOY AQUÍ, Y MAÑANA ALLÁ…
Aunque no pasan más de tres semanas en un caserío, nunca saben dónde estarán mañana. La ruta la determina una exploración al poblado más cercano. Lo visitan y averiguan cuánto tiempo hace que no ha venido un circo. Si las condiciones son favorables, entonces enfilan sus bártulos hasta ese lugar.
Y la rutina comienza de nuevo: buscar el terreno dónde establecerse, una tienda donde les fíen el mercado, el poste de energía del cual se prenden habilidosamente, el dueño de una casa donde les alquilen un baño y un sanitario. Después, arrancan el recorrido por las calles con un parlante gangoso montado en un Renault 4 que se mueve de milagro: “Los esperamos esta noche en el maravilloso espectáculo del Circo de la Alegría…”
Definitivamente y, hay que admitirlo con tristeza y nostalgia, los circos pobres de Colombia, amenazan con desaparecer…
Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la Columna “Crónicas de Macondo” en diarios impresos y en varios portales de Internet. Es directivo del Sindicato SUGOV.
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