Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • Infinidad de muertes del 21N en la impunidad

    Infinidad de muertes del 21N en la impunidad

    La muerte de Jeison es una de las más de ochenta que se produjeron como consecuencia del estallido social. Quizá reposan en la impunidad, en el olvido. Colombia no puede detenerse. Debe avanzar en su transformación…

    La madre dice que Jeison estaba esperando a la novia. Caía la noche en la ciudad y densos nubarrones anunciaban una tormenta, ese jueves aciago en Buenaventura.

    La radio local informaba de enfrentamientos callejeros. El comienzo del estallido social. Era 21 de noviembre de 2019. La llama de la inconformidad se había encendido. Nada la detendría.

      Él estaba sobre la acera, en la vía principal de acceso al puerto.

     En esa condición, recibió un disparo de fusil. Dicen los testigos que de un hombre de la Armada.

      Estaban en las calles reprimiendo los brotes de manifestaciones que se apagaban aquí y resurgían  allá.

    “Sí él estaba metido en ese problema de las protestas, no lo sabía. Me dijo que iba a reunirse con su novia, Deyanira. Lo que sí se, es que lo mataron. Fue una bala de fusil de los soldados la que mató a mi hijo. Una sola bala le pegaron en la espalda”, afirmó Elizabeth Lizalda.

    Una porteña berraca, que al igual que sinnúmero de hombres y mujeres bonaverenses, sobreviven. Le ponen la trampa al centavo con lo que sea. Con lo que dé plata, que les hace falta.

      Murieron dos jóvenes en calles céntricas.

    Y aunque las circunstancias de estas muertes son materia de investigación—como tantas otras hasta que las archivan en un anaquel de un juzgado o de la Fiscalía–, el comandante de la Armada ni el de la Policía de Buenaventura de esa época quisieron referirse a lo sucedido.

    La agencia AFP hizo el siguiente reporte sobre lo que dijo el ministro de la Defensa, Carlos Holmes Trujillo:

    “En las últimas horas las autoridades han confirmado la muerte de dos personas en Buenaventura en medio de disturbios y una más en Candelaria, ambos en municipios del (departamento) Valle del Cauca”, en el oeste del país. A ellos se suman 122 heridos y 98 detenidos. Además, las fuerzas de seguridad realizaron 53 allanamientos.

    El alto funcionario reconoció que estaban en curso investigaciones por presunto abuso de la fuerza policial.

    Elizabeth Lizalda sigue batallando por la vida, en esa ciudad portuaria de la que Pergoyo escribió:

    “Siempre que siento penas en mi poblado, miro tu lindo cielo y quedo aliviado.”

      Inmortalizó esos versos en la canción mi Buenaventura.

    Pero el 21 de noviembre del 2019 y en los meses subsiguientes, lo que se decía en el puerto era lo mismo: “Lo mataron por protestar”. Su madre insistía: “Iba a visitar a su novia”

    El muchacho reposa en un camposanto. Un osario sencillo, sin pretensiones de nada. Un testigo mudo de la brutalidad oficial para reprimir el estallido social.

    Dos jóvenes asesinados en Buenaventura, pero los estimativos finales hablan de más de ochenta víctimas mortales en todo el país.

    Desde mi escritorio, los imagino en la eternidad, mirando a una Colombia que se resiste a morir en la miseria y el olvido. Una Colombia que está floreciendo, renaciendo de las cenizas en las que la sumieron quienes por años ejercieron el poder.

    Una Colombia que no puede ni debe volver atrás, porque pierden los más vulnerables, la gente de a pie que jamás vio oportunidades distintas a guardar rabia por las arbitrariedades de quienes detentaban el poder…

    … Hasta que se produjo el estallido social, que ojalá jamás se repita. No, al menos, en tanto el país siga avanzando en los vientos del Cambio.


    Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. Encuentre sus contenidos en Internet @CrónicasdeMacondo


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  • A Jorge Alberto el rebusque le permite sobrevivir

    A Jorge Alberto el rebusque le permite sobrevivir

    Infinidad de caleños viven del rebusque. Donde sea. En el transporte masivo o en las calles. Una realidad que se debe modificar. La miseria no puede proseguir.

    Una bolsa de bananas cuesta entre cinco y siete mil pesos. Jorge Alberto las hace rendir.

    Es decir, le gana el doble. Por cada paquete, gana entre cinco y siete mil pesos. ¿Sencillo, cierto?

      Se sube en el transporte masivo de Cali.

    Tiene grabado su libreto:

    “Me quedé sin trabajo hace tres meses. Laboraba en una empresa metalúrgica, pero me botaron por mi edad. Tengo responsabilidades con mi esposa y los gastos de casa. Si puede ayudarme, se lo agradezco.”

    En esos casos, la ganancia suele ser mayor. Las personas por lo general le dan una moneda o un billete y no toman el dulce.

    Bien trabajado, un día le deja entre cincuenta y setenta mil pesos. Lo suficiente para sobrevivir y pagar alquiler en un humilde apartamentico, en el barrio El Piloto.

    Hace poco se alcanzó con el pago de la energía y el acueducto—servicios que están muy caros—y el dueño, que se enteró que le iban a cortar los servicios, les hizo tremendo escándalo.

      Amenazó con echarlos a la calle.

    “Se van. Bien barato que pagan el alquiler y encima no están al día en los servicios”, les increpaba desde la calle.

    La gente los miraba con solidaridad. No al dueño, sino a Jorge Alberto y a su esposa.

    Son buenas personas, en el decir de todos.

    No se meten con nadie. Sobreviven, comentan. Y ella sufre una enfermedad, parece que degenerativa. El servicio subsidiado de salud no ha sido bueno.

    En la siguiente estación del MÍO se bajó Jorge Alberto. Arrojó la bolsa vacía a la basura y me dijo: “Me toca volver al centro para comprar más…”

    Fue espontáneo. Le sonreí. Comprendo la situación. Él al igual que infinidad de colombianos sobreviven. Simplemente eso, sobreviven.

    Volver atrás sería grave. Que un gobierno insensible asuma, daría al traste con millares de personas que hoy se benefician de los cambios.

      Pienso en Jorge Alberto, en su realidad, en su futuro.

    Y en el nuestro, por supuesto, en caso de llegue la ultraderecha al poder. Persecución a líderes sociales. Como ha ocurrido en Bolivia, Ecuador Chile.

      Volver atrás no es una opción, ni ahora ni nunca.

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  • A los mártires del 21N… No los olvidamos…

    A los mártires del 21N… No los olvidamos…

    Al conmemorarse un nuevo aniversario del Estallido Social, recordamos a los mártires, a quienes murieron en las calles creyendo que una Colombia distinta sí es posible…

    A Lucila la ven todos los domingos visitando el lugar donde reposan los restos de Juan Carlos, asesinado durante el estallido social en Colombia.

    Cursaba tercer semestre de universidad, de Sistemas. Soñaba con ser ingeniero. Un sueño que acarició desde que, en el colegio Eustaquio Palacios, tuvo acceso a un computador.

      Le fascinó.

    Y estaba convencido que algún día escarbaría entre las entrañas de un PC, programaría y haría maravillas.

    Ese pequeño aparato era como una ventana al mundo, una réplica de la historia real que inspiró la película “¿Quién quiere ser millonario?”. Es real. Unos niños de la India, en una aldea, conocieron todo de todo, a partir de la internet.

    Juan Carlos se enfrentó, como muchos colombianos, a la brutalidad de la fuerza policía.

    Él tenía piedras, los polochos armas y, en el fragor de ese combate callejero—uno de los cientos de enfrentamientos en el país—le dispararon.

    Tenían la orden superior, de Duque, quizá, de reaccionar. La política de “tierra arrasada”. Acabar con todo lo que oliera a protesta social.

    Los compañeros salieron a correr cuando escucharon el tas-tas-tas. Juan Carlos se quedó solo, tendido en el suelo.

    Un guerrero enfrentando la soledad en ese tránsito hacia la eternidad. Con una maleta pequeña, dando pasos seguros hacia el más allá, mientras se despedía de todos con su mano.

      Un adiós cargado de dolor, pero a la vez, de confianza en un país mejor.

    Lucila no olvida a Juan Carlos, que tenía 22 años cuando lo mataron. Y los colombianos no olvidamos a las más de ochenta víctimas de la reacción oficial, sin medir consecuencias, con salvajismo inmisericorde.

      Los asesinaron, así la prensa oficialista haya dicho otra cosa.

    Viven en nuestra memoria. Están allí, en cada niño que sueña con un futuro, en cada trabajador que regresa cansado a casa y piensa en darle estudio a sus hijos, en la mujer que vende arepas en la esquina para sostener a su familia.

      Están vivos en nuestro corazón y de allí no podrán sacarlos jamás.

    Murieron por una Colombia distinta. Por un país donde haya esperanza. Por una nación donde todos tengamos cabida.

    Dejarnos robar lo logrado, no es una opción. Adelante, siempre adelante. El Cambio no se puede detener.

    @CrónicasdeMacondo 

    Fernando Alexis Jimenez es periodista desde hace más de 40 años. Publica su columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales.

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  • La invasión al espacio público es imparable

    La invasión al espacio público es imparable

    Venden de todo: lucecitas decembrinas, platos navideños y zapatos de marca, mejor que los originales.

    En el centro de Cali reconocen a José Obdulio Piraquive como uno de los pioneros en las ventas ambulantes. Comenzó en proximidades de lo que hoy es un enorme almacén de telas, en la carrera octava con calle doce, esquina. Tendió una manta grande, extendió unas cuantas chucherías que diversificó con el paso de los meses.

    No se peleaba con nadie, ni siquiera con los dueños del expendio de textiles. Simplemente sonreía y explicaba, muy a su manera, que estaba desempleado y que esa era la forma de ganarse unos pesos.

    Estamos hablando de comienzos de la década de los ochenta. Cuando era viable transitar por todas las calles, en la zona céntrica y en la periferia. Hoy en día es imposible, a menos que usted se arriesgue a que, mediante el cosquilleo, le saquen la billetera o el celular o que termine tropezándose con uno de los centenares de puestos de negocios y las mercancías que ofrecen.

    ¿Y José Obdulio? Vendió el pequeño espacio que había invadido. Me dice Lucía, la señora que ofrece adornos navideños, que lo ferió en veinte mil pesos de la época. Y se ubicó junto a lo que otrora fuera el Teatro México.

    Se estima que, a la fecha, hay poco más de 16 mil vendedores de la calle. Esta cifra incluye a quienes tienen ventas en San Nicolás y el sector central que llaman Petecuy.

    Ya resulta imposible acceder a las estaciones del transporte masivo. Increíble.

    Pero, por supuesto, no es solamente en Cali. En todas las ciudades, tanto las más grandes como las intermedias del país.

    El asunto debe ser revisado porque la proliferación de estos negocios informales va de la mano con la inseguridad. Hace pocos días robaron a una señora adulta mayor. Todos alrededor gritaban: “Cójanlo, cójanlo”. El ladrón se metió entre los negocitos.  Alguien gritó: “Más bien digan: Llórelo…”

    Poner orden a las ventas callejeras es urgente. Es por el bien de todos los colombianos… @CrónicasdeMacondo 

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  • ¿Qué pasó con el caso de Sara Millerey?

    ¿Qué pasó con el caso de Sara Millerey?

    Los crímenes sin resolver no pueden volverse paisaje en Colombia. Tampoco caer en el olvido…

    No fue un crimen más de los tantos que pasan desapercibidos por la prensa nacional. No. Por el contrario, algo brutal. Inhumano. A Sara Millerey González Borja le quebraron los brazos y las piernas, la arrojaron al río y, mientras pedía ayuda, las personas se quedaron mirando y filmando.

    Inconcebible en un país donde los atentados terroristas, las diferentes manifestaciones de la delincuencia y los asesinatos se volvieron parte del paisaje, de la cotidianidad.

    ¿Lo recuerda? Fue el 4 de abril del 2025, este año, en Bello, Antioquia.  Y a muchos ya se les olvidó. Es más, quizá estén hurgando en el baúl de los recuerdos, porque ni siquiera el nombre les resulta familiar.

    La mujer trans se levantó como siempre, muy de mañana. Dormía mal. Enfrentaba la ansiedad que la seguía a todas partes como una sombra gigantesca.

    Desayunó algo muy básico, vio parte de un noticiero de televisión y luego se despidió de su madre, la única que la comprendía y aceptaba tal como era. Para los padres, los hijos son los hijos.

    “Dame tu bendición”, le pidió y prometió regresar. No iba a trabajar, iba a buscar droga. Su medio de escape de la realidad que la atormentaba.

    En esa casi media hora, ocurrieron los hechos. Y terminó en una quebrada. Sus lamentos se oían desde lejos.

    A pesar de la brutal agresión, Sara luchó por su vida durante aproximadamente dos horas en el agua antes de ser rescatada por los bomberos y la policía.

    Fue trasladada a un hospital cercano, donde lamentablemente falleció horas después debido a la gravedad de sus heridas.

    Primera plana, titular desplegado, comentario en todos los medios. Incluso, los alternativos.

    ¿Y hoy? Un crimen en el olvido. Y no puede ser así. No es un número más en el anaquel de un juzgado o una oficina de investigaciones. Estamos hablando de un ser humano. Y quienes tienen fibras sensibles de humanidad, sin duda se identifican conmigo: necesitamos saber quiénes fueron los autores y qué pasó con ellos. La impunidad no se puede volver costumbre en Colombia.


    Fernando Alexis Jiménez – @CrónicasdeMacondo


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  • A Banano lo mataron por pendejo

    A Banano lo mataron por pendejo

    Una historia signada por la pobreza de un hombre honesto, ingenuo en cierta medida, pero convencido de que vería una Colombia diferente.

    Siempre pensé que Banano era un hombre honesto y confiado, aunque algo apendejado y ya le voy a explicar por qué. Su nombre era Julio César, nació y creció en la parte media de Siloé cuando las casas no eran coloridas, sino de bahareque y vencían con estoicismo la ley de la gravedad ya que no se caían por mucho que temblara en Cali. Para más señas: era mono, pecoso y algo chaparro. De ahí que lo llamaran Banano.

    En Siloé se aproximó a la gente del M19, de la urbana. Pero se lo llevaron para el ejército después de una redada en un billar. Prestó servicio en Bogotá.

    ¿Apendejado? Claro que sí. En un operativo que estaban haciendo en el centro, se encontró con un militante, Gabriel, a quien saludó entre risas y le preguntó, sin medir las consecuencias, cómo estaba la gente en la montaña.

    Y ahí fue Troya. A Gabriel se lo llevaron a la décimo tercera Brigada, lo colgaron de las gónadas y lo hicieron cantar hasta rancheras. La única que no cantó fue “Luz de luna”, de Javier Solís, porque no se la sabía.

    ¿Y a Banano? Lo tuvieron preso. Lo que supimos después, es que volvió a Cali.

    Un día cualquiera estaba almorzando con Carvajalito, muy cerca de la oficina, y a las afueras del restaurante y para ganarse unos billetes, dos bolivianos interpretaron música andina. ¡Uno de los bolivianos era Banano!

    Lo llamé aparte, le pasé unos chavos y le pregunté: “¿Ve, brother, en qué momento resultaste extranjero, vos que sos más caleño que el pandebono?” Se sonrió picaresco: “No me vas a bataniar, es que estaba sin trabajo; me compré esta ruana, la gorra y estas maracas. Y aquí estoy, jalándole al arte”.

    ¿Y por qué lo mataron? Por pendejo. Un sábado en la tarde, en ciudad Bolívar, en Bogotá. Estaba desparchado, con diez mil pesos en el bolsillo y con ganas de tomarse una birra.

    Iba a comprar tres cervezas para bebérselas en la pieza oyendo a Richie Rey y Bobby Cruz, pero se encontró con un corrillo de gente. Lo invitaron a sentarse. Imagínese: trago, mujeres, comida, baile y todo gratis. ¿Qué más pedirle a la vida? (Ojalá no me acusen de misógino y machista; simplemente estoy haciendo un relato)

    Hacia la medianoche llegaron disparando. Tas-tas-tas. El único muerto fue Banano. Tres personas más resultaron heridas. Resulta que era la fiesta de unos jíbaros celebrando que habían “recuperado” un territorio.

    Lo extrañaremos. Pero Julio César murió escuchando lo que, sin duda, confundió con fuegos artificiales, pero que eran disparos de verdad… @CrónicasdeMacondo

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  • Noviembre, un mes trágico para Colombia y la historia del M19

    Noviembre, un mes trágico para Colombia y la historia del M19

    El mes de noviembre, en diversos momentos históricos de la vida colombiana, marcó a infinidad de personas y dejó heridas que el paso del tiempo no ha borrado. El país no puede seguir enfrentado.

    El mes de noviembre fue simbólico para el M19. En ese período se dieron cruentos combates en Yarumales, en Corinto, que se prolongaron hasta el mes de enero de 1985 y sembraron de cruces las montañas.

    Pero voy a referirme específicamente a dos eventos muy lamentables. El primero de ellos, la toma del Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985, por parte de la Compañía “Iván Marino Ospina”.

    El episodio duró poco más de 24 horas, pero dejó infinidad muertos: funcionarios estatales e insurgentes (la mayoría de Cali, y al dirigente sindical, Andrés Almarales) que salieron vivos de las instalaciones y terminaron en fosas comunes.

    Los militares retomaron el edificio, que terminó incinerado. Este suceso es considerado uno de los más dolorosos y complejos del conflicto armado interno en Colombia. Y no voy a entrar en mayores detalles, porque se ha escrito mucho sobre el tema. Simplemente, reseñar que fue en noviembre. (Lea informe completo https://t.ly/T-w8C )

    LOS DÍAS DE TERROR EN SILOÉ

    Ahora, otro hecho que tuvo ocurrencia en noviembre, específicamente en 1986. Fue conocido como la toma militar de Siloé.

    Arrancó a finales de noviembre y se prolongó hasta los primeros días de diciembre. Trajo mucho dolor a los habitantes de los barrios Lleras Camargo, Pueblo Joven, Tierra Blanca y el propio Siloé, en la comuna 20 de Cali, por el alto número de desaparecidos.

    El M19, que se había asentado en Siloé junto con gente del Movimiento Quintín Lame, se replegó al Cauca. Pero el propósito de las autoridades en la época, era acabar con todo vestigio de esa organización. Es decir, con las milicias, que contaban con el apoyo de la población civil.

    Técnicamente, la ocupación militar fue denominada “Cali, Navidad Limpia”. Las investigaciones por lo ocurrido, aún no concluyen.

    ¿Por qué los “mecánicos”—como se conocía a los guerrilleros—escogieron a Siloé? Por las condiciones socio-económicas, principalmente la pobreza de sus moradores, en la mayoría, gente que vivía del rebusque.

    Por sospecha de ser auxiliadores de los alzados, los militares se llevaron a 57 personas, principalmente jóvenes. Insisto, las investigaciones no han concluido, pero el decir de quienes quedan en Siloé, de esa época, es que todos reposan en la fosa común del cementerio local.

    A propósito, en Siloé puede usted visitar el Museo Popular www.museopopularsiloe.org y allí podrá ampliar toda esta información de un momento dramático de la ciudad.

    COLOMBIA DEBE AVANZAR A LA PAZ TOTAL

    Está concluyendo un gobierno que le apuntó a la paz total. Una ilusión de millares de colombianos: que concluya todo vestigio de conflicto armado interno.

    Ya a la vuelta de cumplirse 60 años de enfrentamientos intestinos, no se pueden repetir sucesos que siembran de dolor a todos. La única manera de pasar la página, es quitarles el rótulo a unos y otros y no llamarlos más “víctimas y victimarios”.

    Apuntarle a la paz es el único camino, para no legarle a las nuevas generaciones un país sembrado de violencia 

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  • Libros de Gabo en peligro de desaparecer de las bibliotecas

    Libros de Gabo en peligro de desaparecer de las bibliotecas

    La censura aplicada por algunas entidades norteamericanas, ya retiró textos de escritores latinoamericanos en 23 Estados.


    Por Fernando Alexis Jiménez – @CrónicasdeMacondo


    Es increíble, pero real. La mejor forma de dimensionar en qué consiste, es ilustrar el asunto.

    Imaginemos por un instante que una biblioteca escolar decide —de la noche a la mañana— retirar de sus estantes “Cien años de soledad” o “El amor en los tiempos del cólera”. No porque los ejemplares estén deteriorados, sino porque alguien considera que son “inapropiados”. Lo que a muchos lectores nos parecería un acto absurdo o incluso criminal, hoy forma parte de una tendencia creciente en Estados Unidos.

    Y los textos de nuestro Nobel, Gabriel García Márquez, figuran entre las creaciones amenazadas.

    Según un reciente informe de PEN América, al menos 6.870 casos de prohibición total de libros se registraron en 23 estados en el último año. Organizaciones como “Madres por la libertad” presionan para vetar escritos que abordan temáticas como raza, diversidad de género, sexualidad, estructuras de poder social —temas centrales en muchas novelas latinoamericanas clásicas.

    Y entre los autores “vetados” están gigantes como García Márquez, José Saramago, Ernest Hemingway, Isabel Allende, entre otros.  

    Las razones esgrimidas para vetar estos textos suelen alegar “contenido sexual explícito”, “lenguaje ofensivo” u “ofensas a valores tradicionales”. Pero es clave distinguir entre proteger la infancia y censurar el conocimiento.

    Muchos de esos libros no son pornografía, ni discursos de odio, sino relatos profundos sobre la condición humana, las desigualdades y las contradicciones de nuestro tiempo.

    Prohibirlos significa negar al lector joven la posibilidad de confrontar ideas, de empatizar con realidades distintas y de desarrollar juicio crítico.

    Es más, las organizaciones defensoras advierten que las prohibiciones se hacen sin debates previos sobre el contenido, lo que revela que no se trata de un proceso pedagógico sino de una imposición moral.

    ¿Qué hacer? Al menos en Colombia, promover a nuestros autores que, en un futuro, pueden salir de las bibliotecas públicas de otros países. Nuestras nuevas generaciones deben familiarizarse con los escritores de nuestra tierra. Ahora que podemos leerlos.


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  • Cristóbal Colón se creía “abeja”, pero le dieron en la torre…

    Cristóbal Colón se creía “abeja”, pero le dieron en la torre…

    No era ningún aventurero altruista. Era un bandido ambicioso. Solo le interesaban las riquezas. En América dejó muchas indias contagiadas de sífilis, enfermedad que finalmente acabó con su vida en la cárcel.


    En mi muy lejana infancia cuando cursaba primaria en la Escuela Policarpa Salavarrieta, de Vijes, la profesora Betty Perlaza nos habló de un héroe que marcó a la humanidad.

    “Cristóbal Colón era un aventurero genovés que, buscando una ruta a la India para traer especias, pidió apoyo a la reina Isabel I de Castilla. La mujer, conmovida con las aspiraciones del almirante Colón, vendió todas sus joyas para comprar las embarcaciones, acción que le trajo problemas con su marido”, nos decía.

    Pura paja de los libros. Nos contaron una historia que dista de la realidad. A la reina Isabel cuando escuchó la propuesta de Colón, le brillaron los ojos con ambición, convenció al rey Fernando II de Aragón y entre los dos feriaron todo lo que había en el palacio. Lo único que no ofrecieron fue el catre porque se quedaban sin dónde dormir.

    La historia verdadera, la real, nos la contó Adriana, una guía turística muy joven de Santo Domingo que confeso su pasión por el “Cali Pachanguero”, del grupo Niche. Nos llevó por todos los rincones de El Faro, la tumba donde se encuentran los restos de Colón. Un monumento muy grande, dicho sea de paso.

    Cristóbal y sus degenerados acompañantes, violaron a nuestras indias y las contagiaron de enfermedades. Robaron cuanto pudieron y de nuevo para España.

    Cuando la reina Isabel I de Castilla vio todo lo que había en América, le dio al italiano solo una quinta parte de las riquezas, pero dándose cuenta que podía sacar más ventaja, lo acusó de traición a la Corona, lo encarceló en una mazmorra y le hizo pasar las verdes y las maduras hasta el final de sus días.

    En el año 1500, el Almirante del Mar Océano regresó a España, no triunfante, sino encadenado a la bodega de un barco, un testimonio mudo de la fragilidad del poder frente a la voluntad de sus mecenas, los reyes Católicos. En pocas palabras, a Colón le dieron en la torre…

    El ascenso de Colón fue meteórico. Las Capitulaciones de Santa Fe lo habían dotado de títulos nobiliarios, el cargo de Virrey y Gobernador General de las Indias, y el derecho a una quinta parte de las riquezas. Un poder casi feudal que, inevitablemente, generó fricciones.

    En la isla de La Española, el gobierno de Colón y sus hermanos se volvió tiránico y despótico.

    Las quejas de los colonos españoles por el mal trato y la mano dura, sumadas a los abusos y matanzas a la población indígena, forzaron a la Corona a “actuar” y bajo ese pretexto, llevárselo preso.

    No se trataba solo de proteger a los súbditos—lo que realmente no les importó jamás–, sino de afirmar un principio fundamental de la monarquía: los nuevos territorios eran patrimonio real, no propiedad personal del Almirante.

    La reina Isabel I de Castilla no era propiamente la madre Teresa de Calcuta, ni Colón era un émulo san Francisco de Asís. La monarca quedó más rica que tío Mac Pato en sus mejores épocas y el marinero, en la inmunda…


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la Columna “Crónicas de Macondo” en medios digitales y periódicos impresos. Es directivo del Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV–. Asume la responsabilidad por sus opiniones.


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  • Decisiones equivocadas…

    Decisiones equivocadas…

    Decenas de personas visitan a sus familiares en la cárcel Villahermosa de Cali. Describen el ingreso como un drama. Pero lo hacen por verlos, así sea en reclusión.

    Las filas para ingresar a la cárcel de Villahermosa, en la transversal 25 con 31, son enormes y el proceso de registro y de entrada puede tomar hasta dos horas.

    Una eternidad.

    Algunos visitantes dicen con resignación: “Nos salen raíces en las plantas de los pies”. Todo a la intemperie. Y si calienta el sol, tremendo…

    ¿Y la comida?

    Otro martirio.

    Lo revuelven todo con un tenedor, lo huelen y lo manosean. Llega al consumidor final con un aspecto horroroso.

    Olga Rocío se levanta a la madrugada para prepararle arroz con pollo a Odilmer de Jesús, su hijo, que aún no cumple 22 años. Le gusta desde muy niño. Antes que sus amistades lo involucraran en el vicio y en el robo.

    Se volvió adicto a la marihuana, al bazuco y aunque probó la cocaína o perico, “no lo tramó”. Lo que sí lo enganchó fue la heroína.

    Lo descubrieron muy tarde. Primero se la aplicaba en los brazos. Olga Rocío le preguntó que eran esas ronchas. Luego en el estómago y, finalmente, en la ingle o en los tobillos para pasar inadvertido.

    Esa adicción, que lo desesperaba, fue la que lo llevó a protagonizar un martes, a primera hora, un asalto a una entidad bancaria del centro de Cali. Muy arriesgado. Una locura, decían sus amigos riendo. Pero no le importó. Imaginaba que podría comprarse una moto, unas zapatillas, unas camisetas “bien ásperas” y una cadena de oro, y drogarse por semanas.

    Fueron tres. Uno de ellos murió. Vivía cerca de Cuatro Esquinas, en el Distrito de Aguablanca. Sus amigos cerraron una discoteca y lo sentaron en medio. Le vertían el aguardiente y el ron encima. Una forma de despedirlo.

    El caso fue muy sonado en la prensa. Ya todos lo olvidaron. Menos Olga Rocío, que cada semana visita a su hijo. Podrá ser todo lo delincuente que digan los vecinos, pero es su hijo. Y eso basta.

    Desde su perspectiva de madre sufrida: “Cometió un equívoco”. Con todo y eso, lo seguirá visitando cada fin de semana…


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna “Crónicas de Macondo” en periódicos y medios digitales. Es directivo del Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV–.


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