Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • Las viejas glorias de Colombia mueren en el olvido y la pobreza

    Las viejas glorias de Colombia mueren en el olvido y la pobreza

    Las viejas glorias de Colombia, cualquiera haya sido su disciplina y su desempeño, generalmente, pasan al olvido y mueren en esa condición en medio de una pobreza inconcebible.


    Prudencio Cardona murió sumido en el olvido y en medio de la pobreza que caracteriza a las grandes figuras del deporte en sus últimos años, como ocurre con los cantantes, los artistas de la televisión y quienes alguna vez trajeron gloria a Colombia. En su mayoría enfrentan un común denominador: la ingratitud de quienes otrora los vitoreaban.
    Su deceso, el 4 de agosto del 2019, se produjo en momentos en los que Egan Bernal recibía honores en todas partes, pronunciamientos del Presidente Duque, de políticos e industriales y todo tipo de comentarios en las redes sociales, tras ganar el Tour de Francia.
    Pocos lo recordaban, ni siquiera las enfermeras que lo atendieron en el centro asistencial donde pasó sus últimas horas.
    Libraba su más duro combate contra el Alzheimer y el Parkinson, dos enfermedades que diezmaron sus fuerzas y el sinnúmero de dolencias que fueron minando su salud poco a poco.

    Prudencio Cardona murió en la fría habitación de una clínica de Barranquilla, sumido en el olvido, mientras que en Colombia se homenajeaba a Egan Bernal. Las grandes glorias dejan de serlo con el paso del tiempo…

    En criterio de Sixto Cardona, los golpes que recibió, causaron graves daños en su hermano. “Al fin y al cabo, le pasaron cuenta de cobro”, dijo durante el sepelio en el que lo acompañaron amigos y familiares y decenas de curiosos que siguieron el féretro, precedido por la sirena ensordecedora de una máquina de bomberos de Barranquilla.
    Una pancarta gigante testimoniaba la presencia de los boxeadores amigos de Prudencio: “Fundación Glorias del Boxeo Colombiano”. Allí estaban, entre otros, Rubén ‘La Cobra’ Valdez, Armando ‘Policía’ Pérez, José ‘Pambelito’ Cervantes, Felipe Orozco, Jimmy Díaz, Álvaro Mercado, Juan Ramón Mayoral, Salomé Herrera y Libardo ‘Caimán’ Herrera. Probablemente usted no los conoce. Ya los olvidaron, pero en su momento, aparecieron en las primeras planas de los diarios del Atlántico y se habló de sus hazañas como un orgullo patrio.
    NACIÓ EN LA TIERRA DE LOS CAMPEONES
    Prudencio nació y creció en San Basilio de Palenque, el corregimiento de Mahates, en el Caribe, que tiene calles estrechas y polvorientas y, sobre cuyas márgenes se erigen casas de colores que evocan un pesebre decembrino. Allí hace un calor insoportable, sobre todo al mediodía, cuando no se asoma un alma a los corredores. A su favor tiene el que preparan el mejor jugo de tamarindo del país y dulces que conservan el mismo toque especial de hace 300 años, cuando las palenqueras comenzaron a comercializarlos por muchas regiones.
    Pocos saben que fue el asentamiento donde se gestó el movimiento de liberación para los pueblos afro, alebrestados por Benkos Biohó en 1603. De hecho, es Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, pero, además, cuna de grandes boxeadores.

    San Basilio de Palenque ha sido cuna de campeones del boxeo. El día que Prudencio Cardona se convirtió en el primer campeón mundial de peso mosca, el poblado se vistió de feria.


    RECUERDOS QUE SE BORRAN
    Ese pedazo de tierra fue por muchos años el lugar a donde iba Prudencio Cardona y, tras recorrer sus caminos, viajaba en el tiempo hasta la época en la que soñó mejorar las condiciones de vida de su familia a los puñetazos. Y lo logró. Se convirtió en campeón mundial de peso mosca del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), el 20 de marzo de 1982. En el cuadrilátero, noqueó en un solo asalto a Antonio Avelar, en Tampico (México).
    Lo recibieron como un héroe. Fue un momento único en su vida. Pero en los últimos años, las imágenes de San Basilio de Palenque se fueron desdibujando. Primero, perdieron los colores y se tornaron de una textura sepia, luego con variados matices de gris y, por último, de un blanco absoluto.
    Esa era una de sus mayores angustias, porque Prudencio Cardona amaba su tierra, pero murió a los 67 años, sumido en el olvido y una vida modesta, al tiempo que las enfermedades le arrebataban los mejores momentos de su existencia.
    LA GLORIA NO DURA PARA SIEMPRE
    Ricardo, uno de sus hijos, relata que cuando ganó el combate que lo llevó a ser campeón mundial, San Basilio de Palenque se vistió de feria. Lanzaron cohetes al aire, en las casas se escuchó música hasta tarde y, alguien trajo unos chupacobres que armaron la parranda y  convirtieron las callecitas en un verdadero carnaval.
    “De las enseñanzas nos deja, como te dije antes, hay que resaltar el que siempre se debe luchar por conseguir las cosas, que la vida se la tiene que guerrear, y mi padre fue un guerrero y un campeón de la vida.”, explicó en una entrevista al diario El País, de Cali.
    Prudencio perdió en la primera defensa, el 24 de julio de 1982 ante otro mexicano, Freddie Castillo. Luego, el 15 de septiembre de 1984, intentó recobrar el título mosca AMB, pero fue noqueado en Argentina por el campeón, Santos ‘Falucho’ Laciar.
    Quedaba algo de plata. También ilusiones. Animado por la esperanza de renacer en el boxeo, se radicó en Miami, donde peleó por encima de la categoría, y acumuló la mayor parte de sus derrotas.

    Ese pedazo de tierra fue por muchos años el lugar a donde iba Prudencio Cardona y, tras recorrer sus caminos, viajaba en el tiempo hasta la época en la que soñó mejorar las condiciones de vida de su familia a los puñetazos. Y lo logró.

    “No me voy a dar por vencido; voy a intentarlo de nuevo”, le dijo a un periodista de El Heraldo de Colombia. Pero los vientos de la gloria le eran contrarios.
    Su marca quedó en 40 triunfos (27 nocauts), 23 derrotas y un empate de una carrera que comenzó el 2 de noviembre de 1973 y terminó el 27 de junio de 1992. Perdió ante el estadounidense Darryl Pinckney.
    Se enfermó y quien le dio la mano, fue Ricardo, su hermano, también boxeador. Lo trajo a Barranquilla. Pero su auxiliador, murió el un día aciago, en octubre de 2015. Sin Ricardo a su lado, Prudencio siguió dándole golpes a la vida, duro, sin compasión, para sobrevivir a la adversidad.
    ¿POR QUÉ SE OLVIDA A QUIENES FUERON GRANDES GLORIAS?
    Prudencio no es el único caso de una vieja gloria que pasa a la eternidad sin que se haga mayor registro de su vida y obra. Ocurre con hombres y mujeres que fueron reconocidos por sus aportes a las letras, el campo actoral, la música, pintores, escritores y un sinnúmero de disciplinas desde las cuales le dieron lustre al país.
    La Asociación Colombiana de Actores, por ejemplo, levantó su voz en el Congreso para expresar su inconformidad. En el 2014 denunciaron que, en el último año, el 54% de los más de mil afiliados, estaban en el asfalto. Las programadoras no querían vincularlos a sus producciones. Preferían gente joven, incluso sin experiencia, a quienes consideraban “nuevos talentos”. De esta fecha acá, es como si el tiempo se hubiese detenido. Nada cambia.
    Los músicos, cuando pasa determinado tiempo, dejan de llenar plazas y se limitan a presentaciones en ferias de pueblo. “Es una suerte que haga dos toques en un mes. El público ahora se inclina por los parrandones vallenatos. Nos consideran pasados de moda.  Atrás quedó la época en la que nuestra agenda estaba llena desde las dos de la tarde hasta la madrugada.”,me dijo Amparo García, la voz principal del Mariachi Aguilar, de Cali, y quien a sus casi sesenta años hace una y mil maromas, vendiendo tamales y lasagna los sábados, en el barrio La Flora, para completar lo del mercado.
    Los deportistas igual. Después de 35 años, a muchos ya se les considera “viejos” en su disciplina. Y si no lograron invertir bien los ingresos de sus tiempos de gloria, les toca buscar cualquier trabajo para sobrevivir.
    El interrogante del por qué se olvida a quienes fueron grandes glorias en Colombia, se lo trasladé a Luis Alfonso Hurtado, un periodista que raya los noventa años y con quien me veo ocasionalmente en los bajos del Edificio Zaccour, en el Café El Tabú, uno de los más antiguos de Cali. Con Hurtadito o El Cura, como le decían, aprendí los primeros rudimentos del periodismo empírico en la década de los ochenta. Por eso lo considero mi Sensei. 
    Su respuesta fue demoledora: “Porque nunca nada es para siempre, sobre todo por la gente que te sube a la cima y, desde allí, cuando no colmas sus expectativas, te echan a rodar cuesta abajo”. Silencio absoluto. Terminar el cafecito. Son casi las dos de la tarde, hora de volver a la oficina, lamentando que Prudencio Cardona y otros tantos héroes del ayer, hayan muerto en el olvido y la pobreza. 

    @CrónicasdeMacondo


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  • Urge detener la intolerancia

    Urge detener la intolerancia

    Dos conductores terminaron mal heridos en un hospital. Un accidente que se pudo evitar y consecuencias que se pudieron dialogar. Pero no, primó la intolerancia.

    ¿Por qué comenzó el problema? Ninguno de los dos protagonistas lo recuerda. Raúl y Gilberto no se conocían. Jamás se habían visto. Ni un tinto, ni un refrigerio, ni un intercambio de palabras, nada. Pero terminaron enfrascados en una pelea de la que salieron mal heridos.

    En el suelo, los dos, sangrando y sin poder levantarse.

    Pasaron una semana en el hospital. Uno de ellos en cuidados intensivos. Su contendor le dio varios garrotazos. Literalmente. Con un palo que encontró en la calle, en medio de la riña.

    Ocurrió hace dos semanas, en la antesala de la nochebuena. Raúl conducía una motocicleta modesta. Incluso, la parrilla amarrada con alambre. Le ponía la trampa al centavo repartiendo alimentos de un restaurante.

    Gilberto conducía un taxi pequeño, modelo 2016. En tres horas de trabajo se había varado cuatro veces. Madreó, sintió frustración, pensó que ese día ganaría muy poco y no podría cumplir con la entrega diaria. En la última avería recordaba haber dado puntapiés a uno de los neumáticos delanteros. ¡Definitivamente no era su día!

    Iba tan ensimismado en sus problemas, que frenó en una intersección de la avenida circunvalar, en el occidente de la ciudad. Lo hizo por instinto, sin medir las consecuencias. Los neumáticos chirriaron al frenar. Dejaron la marca sobre el asfalto.

    Raúl no alcanzó a detenerse. El contenedor de alimentos salió disparado y sobre la avenida, un reguero de alimentos: sancocho, arroz, ensalada y presas de pollo.

    Se levantó con el rostro sangrando y se fue lanza en ristre, adolorido, contra el taxista.

    Las palabras iban y venían. El tono de la discusión se hizo ofensivo. Un cuchillo que sale a relucir. El otro busca cómo defenderse y coge un garrote que estaba por ahí.

    Se golpearon muy duro.

    Con rabia, con sevicia.

    ¿Y los espectadores? Grabando con su celular.

    Cuando los dos hombres quedaron en el suelo heridos, los curiosos se fueron alejando. Había terminado el espectáculo. Indiferentes frente al dolor, la falta de diálogo de los contendores, las reacciones violentas producto de la intolerancia.

    ¿Es esta la sociedad que legaremos a nuestros hijos y nietos? Por cierto, que no. Urge detener esta locura de la intolerancia para que no terminemos matándonos unos a otros…

    @CrónicasdeMacondo

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  • El hundimiento de la reforma a la salud

    El hundimiento de la reforma a la salud

    Los Congresistas que impulsaron el naufragio de la iniciativa, aseguran que se agravaría el problema si se aprueba. Urge revisar el tema en un debate nacional.

    Colombia no puede olvidar la trágica historia del hombre que, en enero del 2025, ingresó con dolor abdominal al hospital de Kennedy, en Bogotá, lo pusieron a esperar y murió de un paro cardiorrespiratorio. De nada sirvieron los esfuerzos de los facultativos para reanimarlo.

    La familia es muy pobre. Le habían dado remedios caseros. El problema, pensaban, no era tanto llevarlo a que lo atendiera el médico, sino los costos que se derivarían de las ayudas diagnósticas, medicamentos y otras arandelas.

    No podían asumir los costos.

    Pero el dolor no cesaba y decidieron llevarlo a que lo atendieran. Y eso fue lo último que pudieron hacer por él, porque murió en una sala de espera. Tenía 70 años.

    Para serles sincero, las cifras me aburren. Me parecen un ladrillo, lo que explica mis constantes períodos de adormilamiento en los últimos dos años de la secundaria, en las clases de álgebra, trigonometría y hasta de química. Sin embargo, hay casos en que los datos son muy válidos.

    De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (INS), entre el 2010 y el 2019 se reportaron 364,113 muertes que se habrían podido evitar mediante una atención sanitaria oportuna y efectiva. Esto equivale a decir que 17 de cada 100 fallecimientos en ese periodo eran evitables.

    En lo corrido de 2025, el estimado de muertes por enfermedades raras o huérfanas es de 2,033 debido a la falta de acceso a tratamientos y medicamentos en el contexto de la crisis del sistema.

    La salud está en crisis en el país. Debe someterse a múltiples ajustes que aseguren atención oportuna y de calidad para todos, indistintamente de si son trabajadores o desempleados. Para todos.

    La crisis antes que disminuir tiende a agigantarse. Miles de pacientes enfrentan retrasos en la entrega de medicamentos, dificultades para acceder a tratamientos. Crece la incertidumbre.

    En ese contexto, se hundió la reforma a la salud. No es la primera vez.

    Desconozco su apreciación sobre el tema y solo aspiraría en que coincida conmigo:  urge mejorar los servicios de salud. Revisar el esquema actual e imprimirle ajustes o cambios. Para que no sigan murieron compatriotas a la entrada de un hospital. @CrónicasdeMacondo

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  • El alumbrado y la navidad de los pobres

    El alumbrado y la navidad de los pobres

    En cualquier ciudad o pueblo, el período decembrino permite que afloren las diferencias entre la navidad de los que sí tienen y la de los pobres.

    Una realidad a la que no podemos ser ajenos es la pobreza que todavía golpea a nuestra gente, a ese pueblo al que pertenecemos.

    Mientras unos piensan qué hacer de cena para la nochebuena o el 31, otros le dan vueltas en la cabeza sobre qué negocio poner para sobrevivir en diciembre. Para poner algo sobre la mesa.  

    La cena no será fina, quizá presas de pollo de las que venden en el asadero de la esquina acompañadas con gaseosa. Pero unidos en medio de la pobreza.

    Unos se embelesan con las cajas donde vienen los regalos; otros anhelan el día en que sus hijos puedan tener de esos regalos caros y, tras encogerse de hombros con resignación, se llevan esos mismos empaques para reciclarlos.

    Dos perspectivas diferentes en una época que no podemos eludir.  

    Sólo desde esa perspectiva realista uno puede entender al cantautor, Gabriel Romero, cuando interpretaba “Maldita navidad”. En la letra refleja su pesadumbre:

    “Veo que todos se divierten, para mí es un sacrificio… Hoy me embarga una nostalgia, este año nadie me abraza… Ya van a sonar las 12, oigo pitos y sirenas; se oye el grito de Año Nuevo, y más aumenta mi pena…”

    Pero para unos y otros, la navidad es inevitable, llegó y hay que vivirla. Y en la medida de nuestras posibilidades, vivirla. Cada segundo que transcurre jamás regresa.

    El punto de encuentro para los que tienen que comprar y los que viven de las ilusiones en medio de sus necesidades, resulta ser el alumbrado que colocan en lugares céntricos de ciudades y pueblos.

    Cada noche, centenares de personas. Unos compran en los negocios cachetudos y otros, a un lado, sentados en familia con gaseosa y sanduches. Trajeron la merienda de la casa, pero igual, disfrutan de las lucecitas.

    En este diciembre, cuando estemos disfrutando, al menos por un instante pensemos en quienes no tienen y si podemos darles algo, compartirles, maravilloso. No ser ajeno a la “navidad de los pobres”.

    @CrónicasdeMacondo

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  • Irónico: En el Día de los DDHH murió un alfil del paramilitarismo

    Irónico: En el Día de los DDHH murió un alfil del paramilitarismo

    En el Bloque Metro recuerdan a Juan Guillermo Villegas, como un hombre convencido de sus ideas. “No hay que darle más vueltas, acabar hasta con el nido de la perra”, era una de sus frases comunes, aseguran varios de los testigos que declararon ante la justicia.

    Ningún muerto es malo. Sin duda en el velorio de Juan Guillermo Villegas, habrá quienes ponderen su desempeño, que iba a misa de domingo, ayudaba a los necesitados cuando hacían rifas y otras actividades con carácter benéfico e, incluso, que doña Otilia, la señora de la vereda El Guamo, decía que en varias ocasiones le ayudó a financiar las recetas médicas.

    Sin embargo, las víctimas del paramilitarismo, jamás olvidarán su nombre. Y si pudieran ir al funeral, no faltaría quien, dirigiéndose al féretro, gritaría: “Asesino”.

    Era un hombre parco, pragmático, convencido de sus ideas y que consideraba un “peligroso comunista” a quien pensara distinto. Y al igual que León María Lozano, el cóndor de Tuluá, lo ponía en la lista de quienes iban a posesionarse de un modesto terreno en el cementerio local.

    ¿De qué manera? A través de los grupos que instrumentalizaban los crímenes y para quienes Uribe, Castaño, Báez y otros personajes siniestros, eran la viva imagen de un santoral moderno que antes que paramilitares, eran—según ellos—los salvadores del país.

    AMIGO DE URIBE

    Juan Guillermo Villegas era muy amigo de Álvaro Uribe Vélez. Sin duda, en varias jornadas se tomaron unos aguardientes compartiendo su preocupación por el avance de la “guerrilla” y metían en el mismo costal a dirigentes agrarios, sindicalistas, líderes estudiantiles y directivos de juntas comunales que no “tragaban entero”.

    El empresario agrario tenía muchos secretos de su “compadre” y se llevó esa información a la tumba.
    En interceptaciones legales de la Corte Suprema, Villegas aparece como intermediario en comunicaciones que buscaban influir en la familia del exparamilitar, Juan Guillermo Monsalve —testigo que señala a Uribe como partícipe del Bloque Metro— para que cambiara su versión.

    Entre esas grabaciones está la frase de Uribe: “esta llamada la están oyendo esos hijueputas”, registrada en 2015 cuando la Corte, en la investigación contra Iván Cepeda, hacía seguimiento al expresidente ante indicios de presión a testigos.

    Aunque citado al juicio, Juan Guillermo Villegas nunca declaró alegando problemas de salud. Siempre una excusa. Una incapacidad médica, declaraciones de amigos sobre sus dolencias y las argucias del abogado.

    Su silencio dejó sin contrastar su papel en llamadas que hoy son eje del expediente.

    UN PARAMILITAR CONVENCIDO

    Juan Guillermo Villegas  fue ganadero, político regional y viejo aliado de Uribe, también fue señalado por investigaciones periodísticas —junto a su hermano Luis Alberto Villegas, alias “Tubo”— por presuntos vínculos con estructuras paramilitares en Antioquia, incluidas versiones que lo mencionan en la génesis del Bloque Metro.

    “Tubo” aparece en documentos incautados en el Parqueadero Padilla, la contabilidad de las Autodefensas de los Castaño, por su relación con Jacinto Alberto Soto, alias “Lucas”.

     

    La Hacienda Guacharacas, propiedad de los hermanos Villegas y de Álvaro Uribe, fue mencionada por varios exparamilitares, incluido Monsalve, como base de operaciones del Bloque Metro.

    Según la investigación de la Corte en el proceso que terminó inhibiendo a Cepeda, allí se habrían planeado masacres, organizado patrullajes y operado la logística del grupo, donde Monsalve afirma haber trabajado.

    Juan Guillermo Villegas murió este 10 de diciembre, llevando consigo piezas clave de una historia que atraviesa el poder político, señalamientos de actividad paramilitar y uno de los procesos judiciales más sensibles del país: el caso por presunta manipulación de testigos que involucra al expresidente Álvaro Uribe.


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo

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  • En Colombia los sindicatos nacen y florecen como la yuca

    En Colombia los sindicatos nacen y florecen como la yuca

    Muchas de estas organizaciones emergentes, debilitan la lucha de los trabajadores. Las promueven los empresarios para dividir o acabar con los sindicatos que ya existen. Señales de alarma.

    La apuesta es sencilla. Consígase veinticinco parroquianos, haga una reunión, levante un acta y, listo, rumbo al Ministerio del Trabajo.

    Haga depósito de los documentos, incluyendo unos estatutos básicos.

    En pocos días recibirá la notificación. Ya está creado un sindicato.

    En Colombia hay más de doce mil. De ese volumen, comprometidos con la causa de los trabajadores, se estima que hay cerca de 600. No más.

    Eche lápiz.

    La tasa de trabajadores y empleados sindicalizados es mínima, pero lo que sí pululan como la yuca o la papa, son los sindicatos de papel.

    Los hay de todos los talantes. Unos argumentan una cosa y otros otra. Los hay con ideología uribista, los afines a Vargas Lleras, los que dicen que Abelardo de la Espriella es el mesías y los que están a favor de Federico Gutiérrez.

    Y los hay que permanecen en el tiempo, sin crecer y, por el contrario, disminuyendo, pero siguen ahí. Vivos, debilitando a quienes luchan por la defensa de los trabajadores, sean estatales o del sector privado.

    Esas organizaciones de papel terminan haciéndole el juego al sistema.

    En el caso del Valle del Cauca, algunos de esos sindicatos promueven comunicados veintijulieros apoyando a los mandatarios. ¡Lo que nos faltaba! No sacan la cara por los empleados, pero sí por quienes fungen de patronos.

    Todo en nombre de la lucha obrera. Lobos vestidos de ovejas. Rapaces. Aprovechados. Se favorecen con el fuero sindical y de las arandelas que han conquistado los trabajadores organizados.

    Las luchas reales no son de ahora, sino de muchos años.

    Pero llegan los paracaidistas y sacan provecho.

    Escuché de un sindicato que nacería con la pretensión de participar en los petitorios, posicionando las peticiones que amparan los derechos de género.

    ¿Acaso las reivindicaciones laborales no acogen y benefician por igual a hombres, mujeres y lgtbi?

    Puro cuento para dividir. Los trabajadores somos todos en Colombia, indistintamente de su género y las conquistas laborales, son para todos.

    Pero esa estrategia que divide y busca deslegitimar a los sindicatos históricos, está tomando fuerza.

    Legalmente no se puede impedir que se multipliquen como papa en cualquier terreno. Pero sí podemos crear conciencia del enorme perjuicio que provocan.

    Y, para terminar, una frase del filósofo de Vijes: “Mi madre es una santa y cualquier madrazo, me resbala”

    Traigo a colación estas palabras de un parroquiano que se hizo famoso en el atrio de nuestra parroquia local, por si alguien me acaba de recordar a mi progenitora.

    Había que decirlo y se dijo. Simplemente. @CrónicasdeMacondo

    Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la Columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo

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  • El circo del salario mínimo

    El circo del salario mínimo

    Anualmente se discute de cuánto será el salario mínimo. En este espectáculo, participan los actores principales: el presentador, los bufones y los malabaristas. Esta vez se excusaron las trapecistas.

    Por estas calendas viajo en el tiempo a la lejana adolescencia cuando, diciembre que se respetara, era diciembre en que íbamos al circo. Lo montaban frente a Cosmocentro, sobre el costado oriente del Colegio Eustaquio Palacios.

    Todo un acontecimiento. Los tres hijos íbamos felices para disfrutar del espectáculo en el que había un presentador, los malabaristas y los infaltables bufones. Permítame decirlo así, para no llamarles payasos. Ya entenderá por qué.

    También por este tiempo se instala la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales (CPCPSL). La integran gobierno, empresarios y centrales obreras.

    ¿Recuerda el circo? Pues pongamos en su orden, como en una metáfora, a los participantes de ese escenario.

       El presentador, los bufones y los malabaristas.

    Le explico: quien sale a presentar el espectáculo es el gobierno nacional, con el Ministro del Trabajo, Antonio Sanguino y su saludo: “Eche, vaina, tremenda mondá esa de negociar el aumento salarial”.

    Luego, con vestidos coloridos, corbatín, zapatos muy grandes, una bola roja como nariz y peluca alborotada, entran los bufones. Sí, adivinó. Me refiero a los empresarios y dirigentes gremiales.

    “No hay plata”, dicen a carcajadas, pretendiendo que los demás se contagien de su entusiasmo.

    Como en mi otrora adolescencia, en los circos siempre tenían los mismos chistes. No variaban el discurso.

    Y, por último, los malabaristas. En este caso, dirigentes obreros que procuran, con estadísticas y análisis sobre el comportamiento financiero, explicar la importancia de hacer un buen aumento a la remuneración de los trabajadores.

    Ah, pero espere, se nos coló… ¿A ver? Sí, el señor de barbita medio cana que vende las manzanas acarameladas. ¿Lo recuerda? Sí, ya también adivinó: Armando Benedetti.

    Este buen hombre que no se puede comer unas empanadas vallecaucanas acompañadas con champús o masato porque le da diarrea, está terciando en el espectáculo.

    Por su origen estrato diez (jamás entenderé en qué momento aterrizó en la izquierda), les explica a los gremios que, si se sube el salario, se dinamiza la economía.

    Los bufones se hacen señas. Parecen no entender. Como si les estuvieran hablando en lenguaje marciano.

    Pero ya todos los asistentes saben en qué terminará este circo, en el que hay de todo: llanto, alegría, risas, desconcierto, expectativas, rabia. De todo.

    El circo termina en que el presentador, en este caso el gobierno nacional, deberá decretar el salario mínimo para el 2026.

    Será al final, cuando los malabaristas estén cansados y los bufones cambien su sonrisa pintada, por un gesto de desagrado.

      “Van a quebrar el circo”, dicen mientras se alejan con rabia.

    Así las cosas, mi expectativa y estoy seguro, también la suya: que este año el ajuste sea de dos dígitos. La clase trabajadora lo necesita.

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  • Un problema de Estado

    Un problema de Estado

    Los habitantes en situación de calle, quienes enfrentan problemas de salud mental y adictos a alguna sustancia, un problema que el Estado debe asumir.

    Pleno mediodía. El cielo plomizo amenazaba lluvia. Ni un atisbo de brisa, pero muchos coincidían: “Va a llover”. Un anhelo común en una ciudad como Cali, donde el calor torna difícil salir como otrora a caminar y no falta quien tema que el asfalto comience a derretirse y a pegarse en la suela de los zapatos.

    Con un escenario así y el afán de unos y otros por encontrar un restaurante con mesa disponible, casi pasa desapercibido que un hombre de unos treinta años, cabello lacio, largo y grasoso, ropa con varios días sin lavar, calzando unas pantuflas y en la mano un tarrito con pegante de zapatos, fuera agredido a la salida de una librería.

    Una señora le dio varios garrotazos con una escoba, un joven le propinó puntapiés ante la evidente aprobación de varios parroquianos que le gritaban: “Dale, dale”. ¿Y la víctima? Impasible. Estaba drogado. Alucinaba. Parecía no sentir nada, pero sin duda, la agresión era no solamente dolorosa, sino que dejaría secuelas en su espalda, brazos y el rostro.

    Él solo atinaba a mirar a todos lados sin comprender lo que ocurría, sin la pretensión de huir, aunque lo estaban agrediendo. Insisto, estaba drogado.

    ¿Y el delito? Sustrajo un juego plástico para niños que, Luz Adriana—la propietaria del negocio—, me dijo que costaba quince mil pesos porque lo tenían en promoción.

    El hombre entró con algo de disimulo; veía y a la vez no veía los titulares de los libros y, en un descuido, metió el artículo en una bolsa negra. Luego salió corriendo. Ahí fue donde comenzó todo…

    Y la pregunta: ¿Es válido tomarse la justicia por mano propia? Y otra más: ¿De quién es la responsabilidad de velar por los ciudadanos que habitan la calle, los que tienen problemas mentales y de quienes son adicto a alguna sustancia, la que sea?

    Sin duda, es un problema de Estado. Y deben incluirlo en sus agendas los aspirantes al Congreso, a la Presidencia de la República, a las Gobernaciones y a las Alcaldías. Y ayudar a resolverlo…

  • Asamblea 2025: Afiliados y directivos del SUGOV la sacaron del estadio

    Asamblea 2025: Afiliados y directivos del SUGOV la sacaron del estadio

    Los encuentros del SUGOV con su base, se han vuelto legendarios. Cada vez mejor, como aseguraron los asistentes en esta ocasión.

    Una vez más el SUGOV reafirmó su liderazgo, compromiso con la defensa de la clase trabajadora y su clara visión de aportar desde su condición de sindicato a las transformaciones sociales que requiere el país.

    Así quedó claro en la Asamblea e Integración 2025, en la que afiliados y directivos hicieron gala de su disposición a dialogar, concertar e impulsar ese SUGOV que nos hemos soñado desde hace quince años, que fortalezca la unidad y prepare líderes que asuman la renovación generacional.

    Un comentario común entre los asistentes: “La sacaron del estadio”. Gracias a todos por su apoyo.

    AVANZAR A UN SINDICATO CADA VEZ MÁS FUERTE

    El encuentro sirvió de marco para realizar un homenaje a nuestro compañero, Álvaro Ruíz Erazo, uno de los fundadores y quien, en su intervención, fue enfático: “El SUGOV no pude volver atrás; tiene que avanzar y seguir siendo ese sindicato en el que la gente cree, que lucha por todos nosotros”.

    En la Asamblea se tomaron decisiones importantes, entre ellas, la revisión de los estados financieros con corte a 31 de octubre y la aprobación del Pliego Petitorio para el 2026, tanto del nivel central como de la Biblioteca Departamental. Igualmente se aprobó el Presupuesto para el año entrante.

    UNA INTEGRACIÓN MEMORABLE

    Y, después, vino la integración. Un evento que se ha hecho famoso y del que—generalmente–, se comenta durante buena parte de diciembre. Se rifaron 33 regalos de los buenos, que incluyeron un vehículo eléctrico–que algunos llaman moto—tremendo nevecón, lavadora, televisores, un potente computador portátil… mejor dicho, un buen número de artículos que todos supieron valorar y apreciar.

    “Se vio claramente que la Junta Directiva le trabajó duro a la organización del evento, porque es todo un camello, pero las cosas salieron como lo esperábamos todos: Un éxito”, nos dijo Juan Carlos Vergara, quien fue elegido como presidente ad hoc de la Asamblea.

    Nos acompañaron Trina Chavarría Chavarría, integrante del Comité Ejecutivo de la CUT Nacional y los directivos de la CUT Valle: María Solandy Carabalí y Luis Fernando Jaramillo.

    Los dejamos con imágenes que hablan por sí solas…

  • Víctimas del Clan de los Doce Apóstoles no han recibido justicia plena

    Víctimas del Clan de los Doce Apóstoles no han recibido justicia plena

    La periodista Olga Behar describió, en diálogo con William Parra, periodista de El Calentao, de RTVC, cómo surgió y evolucionaron los doce apóstoles, agrupación a la que pertenecía Santiago Uribe Vélez.

    Uno de los mejores relatos de lo que ocurrió en buena parte del norte de Antioquia, los móviles y de qué manera los paramilitares cometieron sus crímenes, está en el libro “El clan de los doce apóstoles”, de la periodista y escritora, Olga Behar.

    Describe el involucramiento de Santiago Uribe Vélez, condenado a 28 años de cárcel por crímenes, algunos de lesa humanidad.

    “El grupo se creó medio espontáneo, con un fin de limpieza social. Asesinaban a integrantes del microtráfico. Era la década de los noventa. El paramilitarismo estaba floreciendo. Y otro elemento: defender a los ganaderos de las extorsiones.”, anota la autora.

    El génesis está en las calles de Yarumal, Antioquia.

    Había dos alas, una urbana y rural. “Pelo de chonta” era quien ejercía el control en las callecitas inclinadas de aquél poblado tranquilo, al tiempo que alias Rodrigo, ejercía territorialidad en veredas y corregimientos.

    Pronto se extendieron a localidades del centro y norte del territorio antioqueño. “Santiago Uribe Vélez estaba a la cabeza de la organización. No era un político relevante, pero sí su hermano Álvaro. En sus orígenes hicieron una alianza con el capitán de la Policía, Pedro Manuel Benavídez. El oficial se lo tomó muy en serio”, anota Behar,

    Algunas de las reuniones se realizaban al calor de unos cafecitos o aguardientes en una hacienda, La Carolina, propiedad de los Uribe.

    El comandante de la Policía de Yarumal, en cierta ocasión, llegó con un vehículo oficial y amarró en el mataburro del yipeto, adelante, a Varela, quien había sido asesinado en proximidades a donde vivía Santiago Uribe.

    Hizo un recorrido por el casco urbano, para generar escarmiento, una de las tácticas comunes del paramilitarismo.

    Santiago Uribe Vélez, condenado a 28 años de guerra.
    “MUERTO POR EXTORSIONAR”

    Junto con el muerto, el campero llevaba un letrero escrito burdamente. Decía: “Muerto por extorsionar”. Así los moradores de Yarumales conocieron del nacimiento del grupo paramilitar.

    El oficial Pedro Manuel Benavídez ha negado la acusación, aunque hay grabaciones.

    Una de las autoridades morales del municipio que cohonestó todas estas acciones, fue el cura párroco de la iglesia Santa Bárbara, el padre Gonzalo Palacios. No deslegitimizó el actuar violento, por el contrario—dicen los testigos—lo validó.

    En las mañanas confesaba a los parroquianos en la tarde se reunía con los paramilitares. Les contaba qué le habían confesado. Y muchos de los feligreses aparecieron muertos.

    En total eran doce. Todos con una meta común: limpiar a Yarumales y sus alrededores, de quienes consideraban, sujetos peligrosos.

    “El padre Palacios se creyó el Robin Hood, luchando contra los comunistas. Iba a operativos e, incluso, llevaba un revólver en su maletín. En un allanamiento a su parroquia, le descubrieron armamento, estaba junto a una Biblia en su mesa de noche.”, describe Olga Behar.

    Estuvo detenido, pero un tiempo corto.

    Lo trasladaron a una pequeña parroquia de Medellín. Ya murió a los 87 años.

    Mayor Juan Carlos Meneses, en el exilio.
    SANTIAGO, EL APÓSTOL MAYOR

    Santiago Uribe Vélez se vinculó al clan de los doce apóstoles que, en realidad no eran doce sino casi treinta. Sembraron el terror entre 1993 hasta 1997, acompañados con un aparato paramilitar robusto.

    Los asesinatos eran selectivos, incluso a los sicarios que les colaboraron al comienzo. Silenciaron a todos y no dejaron vestigios.

    Los crímenes fueron terribles. “Que no queden testigos”, decían los doce apóstoles.

    Es entonces cuando entra en escena Julián Bolívar.

    Estando vinculado en un proceso con la JEP, admitió buena parte de los crímenes.

    “Todo lo que narra el libro de Olga Behar sucedió. Debe acreditarse como auténtico.”, dijo durante los interrogatorios.

    Estuvo dispuesto, en algún momento, a contar la verdad. Hoy parece que sufre de amnesia.

    El centro de operaciones era la hacienda La Carolina, donde vivía Santiago Uribe Vélez. Daba instrucciones y luego salía sonriente, mostrando un carisma de la que nunca fue dueño, en Yarumal.

    Algo similar a lo que hacía León María Lozano, el Cóndor de Tuluá, célebre durante la época de la violencia.

    Cerca de las caballerizas establecieron un área de entrenamiento, principalmente de polígono.

    El hecho fue confirmado por uno de los doce, Juan Carlos Meneses. Fue mayor de la Policía.

    Asegura que Santiago Uribe Vélez era el apóstol mayor dentro del clan del paramilitarismo.

    Parroquia Santa Bárbara, de Yarumal, donde se realizaron algunas de las reuniones de los doce apóstoles.
    EL CEREBRO DETRÁS DE LOS CRÍMENES

    La periodista Olga Behar, en diálogo con William Parra, de El Calentao de RTVC, dijo con toda certeza que Uribe Vélez “conformó y dirigió el grupo de los doce apóstoles”.

    Asesinaron a quienes, creían, generaban inestabilidad social, principalmente aquellos que tenían ideas de izquierda.

    “Es posible asegurar que en el norte de Antioquia se originó parte del paramilitarismo que sembró el terror. Era un grupo de limpieza social que acudió al método del ensayo, error, perfeccionamiento. Hasta que su invento se les salió de las manos. Uno de los asesinatos, a plena luz del día, ocurrió a una cuadra de la estación de Policía de Yarumal”, precisa la escritora.

    Durante varios años estuvo tras la pista. Una investigación cuidadosa y bien documentada.

    “Jamás tuve el interés de atacar a nadie, como han dicho. Lo que quería entender el fenómeno del paramilitarismo. Algo serio y riguroso que, de hecho, asumió la Fiscalía. Mi propósito era visibilizar la verdad.”

    Olga Behar dice que el caso estuvo arrumado en anaqueles de los juzgados, sin que hubiese mayor pronunciamiento. El libro revivió el drama.

    Lamentó que las víctimas no hayan sido reparadas.

    Los paramilitares en Yarumal establecieron su propia justicia.
    AUTORES ORGULLOSOS DE SUS CRÍMENES

    Lo que más impresionó a Olga Behar en los múltiples diálogos con el mayor, Juan Carlos Meneses, fuela desfachatez con la que admitieron los hechos.

    El oficial retirado se encuentra en el exilio.

    “Muchos casos me impresionaron, de las 533 víctimas. Se documentaron 310 en total. Luego salieron a la luz otros crímenes más. Algo que todavía no olvido es el relato barbárico de lo que hacían, con sevicia y, luego, desfachatez para negarlo. Parece que los autores se enorgullecían de sus hechos”, dijo en la entrevista.

    Para la época, Álvaro Uribe Vélez era senador y luego se lanzó a la Gobernación de Antioquia, contienda electoral que ganó.

    Las facciones más destacadas de aquella génesis del paramilitarismo en el norte de Antioquia, fueron los grupos conocidos como los erre y los lecheros.

    Detrás de su accionar, estaba el despojo de tierras y alimentar el desplazamiento forzado de pequeños propietarios.

    Los paramilitares sembraron de cruces y fosas el cementerio de Yarumal, Antioquia.
    A JUAN CAMILO NO LE HAN HECHO JUSTICIA

    Una de las víctimas a la que, por ejemplo, no se le ha hecho justicia, es Juan Camilo Barrientos. Era el conductor de una chiva o bus escalera.

    Lo asesinaron dos paramilitares delante de los pasajeros cuando hacía la ruta Yarumales-Campamento.

    Lo acusaban de auxiliar a la guerrilla porque transportaba insurgentes y les llevaba bultos de alimentos. Fue una ejecución sumaria.

    La lista de quienes asesinaron en esa época cayó en manos de la sobrina del sacerdote Gonzalo Palacios, quien ayudó en el proceso de investigación.

    Fernando Alexis Jiménez es periodista. Publica la columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. Encuentre sus contenidos en Internet @CrónicasdeMacondo


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