Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • ¿Colombia se asoma a un nuevo estallido social?

    ¿Colombia se asoma a un nuevo estallido social?

    Ante el eventual hundimiento del Proyecto de Consulta Popular presentado el 1 de Mayo en el Congreso, toma fuerza la eventualidad de un estallido social en caso de que hundan la iniciativa. Los colombianos no se dejarán arrebatar esta oportunidad de Cambio.

    El estallido social del 2021 todavía sigue en la memoria de millares de personas. Marcó un antes y un después en la historia del país.

    Nadie imaginó jamás que el nivel de inconformidad escalara hasta tal punto que, hubo momentos, en que se pensaba que estábamos en la antesala de una guerra civil como consecuencia de las confrontaciones entre la fuerza pública y quienes protestaban.

    Frente al hundimiento de la reforma laboral, que beneficia en gran medida a las nuevas generaciones—catalizadoras del paro—y de otras iniciativas que han naufragado en la célula legislativa, se especula que el ambiente de inconformidad, nuevamente propiciaría el bloqueo en todas las regiones.

    EL PROYECTO DE CONSULTA POPULAR EN EL CONGRESO

    ¿Qué podría desbordar la taza? Que el Congreso de la República no apruebe la consulta popular. Si hay posiciones reacias a esta auscultación de la opinión de los colombianos, que sea en las urnas y no en las calles donde se diriman las diferencias.

    Un riesgo que no podemos alimentar, por las consecuencias sociales y económicas que tendría, es generar las condiciones para que nuevamente nos veamos ante un estallido social, en el que los jóvenes asuman el papel protagónico porque sienten, se les está esquilmando la posibilidad de acceder al trabajo en condiciones dignas.

    El presidente, Gustavo Petro, ha anunciado que si los congresistas no avalan la Consulta Popular, emitirá un Decreto. Sin duda, lo ideal. Pero sabemos que hay instancias, entre ellas la Corte Constitucional que querrán salir a poner tropiezos.

    En ese orden de ideas, la inconformidad será mayor. Todos sabemos el clima de animadversión que se está ambientando para todo cuanto proponga el actual gobierno de cara a generar cambios sociales.

    ¿COLOMBIA DE NUEVO EN LAS CALLES?

    Basta recordar todo lo que se vivió en el 2021 para considerar oportuno, desde el Congreso, dar vía libre a la consulta a los colombianos.

    “Si nos van a derrotar, que sea sufragando y no en el Congreso”, me dijo Jonnathan, el vendedor de libros de segunda mano, a una cuadra de la Plaza de Cayzedo en Cali.

    A sus casi 43 años, lleva una década rebuscándose con la cultura. Un día cualquiera lo sacaron de la empresa. Su delito fue pedir que pagaran los dominicales.

    “No tenía vida y a mi familia casi no la veía los fines de semana. Por eso me independicé y prefiero vender libros”, me dijo mientras acomodaba varios ejemplares que él mismo ha reparado y ahora lucen en buen estado. Por eso, él está a favor de una consulta.


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  • Isauro todavía está esperando

    Isauro todavía está esperando

    Imagine por un instante la desolación de un niño que por varios días espera el regreso de su padre, regreso que le prometió y que nunca cumplió.

    Irapuato es un pueblo mágico de México. De esos lugares que parecieran sacados de un relato de Juan Rulfo, con enormes casas de adobe, calles estrechas pero acogedoras como para recibir a los libertarios de Emiliano Zapata, un ayuntamiento que conserva el estilo poscolonial y la fuente de aguas danzarinas, con chorros de colores producto de la luz que filtran en la noche.

    Fue en Irapuato donde Isauro Rosales Ángel se quedó esperando el regreso de su padre. Era muy niño y lo esperó en la soledad de una habitación que le pareció gigantesca, en uno de los inquilinatos más baratos de la ciudad. Era lo único que podían pagar, porque su progenitor era alcohólico y jugador de naipes.

    A los tres días lo botaron a la calle. El viejo, que trabajaba muy eventualmente en la construcción y en las noches se emborrachaba hasta perder el conocimiento, le pidió que lo aguardara, que pronto volvía. “No salgas de aquí.”, le advirtió. Jamás lo vio cruzar de nuevo por el umbral de la puerta. Nunca entendió el por qué.

    Isauro tiene hoy 48 años. Logró sobrevivir durmiendo en las calles y pidiendo sobras en los restaurantes. Vende burritos y quesadillas cerca de la plaza principal. No se ha casado, ni piensa hacerlo. “No podría destrozarle el corazón a un hijo, prometiéndole algo que no voy a cumplir.”, se lamenta. Es su respuesta lacónica cuando le preguntan por su soledad.

    Lo que más le atormentan son las noches, cuando regresa de trabajar. “Siento el mismo temor a la oscuridad que cuando estaba pequeño; como aquella noche en que mi padre se fue.”

    Varias veces viajó a Acapulco, de donde eran oriundos. Buscaba afanosamente a ese padre ausente, hasta debajo de las piedras y al atardecer, cuando el sol moría en la distancia, mientras el caminaba por la playa.

    Quería simplemente encontrarlo, abrazarlo y preguntarle por qué se fue. Ha pasado tanto tiempo, que lo ha perdonado una y mil veces por haberlo abandonado.

    Sin embargo, sigue hoy en Irapuato. “Fue aquí donde él me dejó y guardo la esperanza de que algún día me busque de nuevo. Lo imagino más viejo, cansado de beber y con la calma que traen los años.”, me cuenta, sentado, cerca de la fuente de las aguas danzarinas, mientras que a lo lejos las nubes se tiñen de múltiples degradaciones anaranjadas por un sol que agoniza.


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  • Colombia perdió su capacidad de asombro ante las masacres

    Colombia perdió su capacidad de asombro ante las masacres

    Los responsables deben comparecer ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y recibir el castigo proporcional a lo que hicieron. Eso no paliará el dolor, pero, al menos, dejará la sensación de que no hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Porque lo que ocurrió, no debe repetirse jamás.

    El día que lo mataron y desaparecieron, John Milton cumplía 23 años. Era sábado y su madre le preparó un sancocho de gallina, compró una torta en la panadería de don Venancio e invitó a unos cuantos allegados. No quería que la fecha pasara desapercibida. Se quedó esperándolo. Nunca regresó.
    John Milton trabajaba en una finca en la parte alta de La Sonora, en Trujillo. Se ocupaba únicamente de rendir en los cultivos. Nada más. Por eso no le preocupaba si el que se le atravesaba en el camino era guerrillero o del ejército. Los saludaba por igual.
    Para él era lo más normal como ocurría con muchas familias de la zona. Pero, esa mínima demostración de cortesía era interpretada en esa y cualquier otra área geográfica, como una abierta demostración de colaboración con el enemigo. Las locuras y la paranoia de quienes estaban inmersos en la guerra.
    Doña Liduvina lo buscó por cielo y tierra y nunca tuvo noticias del joven. Concluyó que se encuentra enterrado en una de las fosas comunes que alojan a más de 200 mil víctimas del conflicto colombiano. Lo hizo en el marco de las investigaciones en el cementerio de Dabeiba, Antioquia, donde se adelantan labores forenses por casos de exhumaciones que fueron entregados por parte de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP)
    Al escuchar la noticia, unos se sorprendieron; no faltó quien comentó que la cifra estaba sobredimensionada y, alguien más, en un dejo de solidaridad comentó: “Muy tenaz, pobres familias”.
    Pero minutos después estaban entretenidos con Madonna y el chisme de que está saliendo con un joven de 25 años; el video donde Maluma baila sensualmente muy pegadito a otra persona o sobre los componentes de la nueva mascarilla facial que retrasa el envejecimiento. Hasta allí llegó todo. ¿Y de las víctimas? A un segundo plano, como si nos diera vergüenza admitir la gravedad del asunto.
    Lo que ocurre en los velorios que se convierten en el espacio para reencontrarse, comentar sobre lo buenona que está la catana de allá, beber tinto y mirar con insistencia el reloj como diciendo: “¿A qué horas acaba esta vaina?”

    Anualmente se logra identificar entre un 1 y un 2% de esos cuerpos, a los que Medicina Legal les hace   necropsia medica legal.  Un buen número quedan sin identificar.

    NO PODEMOS PERDER LAS PROPORCIONES
    Doscientas mil víctimas en fosas comunes, son tanto como la población de una ciudad como Tuluá. Algo que se nos dificulta dimensionar, pero que es real. Imagine hombres, mujeres y niños distribuidos en las más de 3000 fosas comunes y cementerios que hay en el país, la mayoría de ellas aún sin identificar.
    Los que no olvidan el drama, son sus familiares. Póngase en sus zapatos. Comprobará que los colombianos no podemos perder la capacidad de asombro ante lo que pasó y, aún, lo que está ocurriendo.
    Anualmente se logra identificar entre un 1 y un 2% de esos cuerpos, a los que Medicina Legal les hace   necropsia medica legal.  Un buen número quedan sin identificar.
    Lo de Colombia es apenas comparable con el exterminio sistemático de los pueblos indígenas latinoamericanos y menor a los asesinatos de líderes sociales en Nicaragua, el Salvador, Chile y Argentina. Grave por donde se le mire.
    A RESPONDER ANTE LA JUSTICIA
    Ningún colombiano que se precie de amar su patria, debe perder la capacidad de asombro frente a lo que ocurrido y lo que está pasando, que empaña el corazón de las familias, generalmente muy humildes.

    Los responsables deben comparecer ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y recibir el castigo proporcional a lo que hicieron. Eso no paliará el dolor, pero, al menos, dejará la sensación de que no hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Porque lo que ocurrió, no debe repetirse jamás.


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  • La Linterna se resiste a morir con la tecnología

    La Linterna se resiste a morir con la tecnología

    La Linterna es una tipografía e imprenta que funciona en el barrio San Antonio desde la década de 1930.

    La primera sensación que se experimenta al atravesar las puertas del taller de La Linterna, es que se  viajó en el tiempo. Es inevitable. El sonido ensordecedor de las dos imprentas–una de 1870 de manufactura francesa, y otra de 1890, fabricada en Alemania– así como el olor a tinta, y el calor del metal ligeramente calentado, nos retrotraen a la época en la cual cada pieza impresa, generalmente en papel periódico, era el fruto de largas horas de trabajo artesanal.
    Esta imprenta y litografía es una de las pocas que queda en Colombia, y se resiste a morir. Funciona en un local del emblemático barrio San Antonio de Cali. Es de los pocos negocios que sobreviven de milagro, en donde se imprimen afiches y cartelones haciendo acopio de técnicas antiguas.
    Es la antítesis de las artes gráficas porque hoy todo es moderno y los diseños, a diferencia de los que se elaboran allí con punzón tallando caucho blando, se hacen en computador. Cuestión de tecnología. Ahorro de tiempo y dinero. “Acá preferimos utilizar métodos de antaño. Es un distintivo de todos nuestros trabajos”, asegura Jaime García, quien funge como gerente, mensajero, diseñador, impresor, contador y cobrador. Todo al mismo tiempo.
    “Es que no alcanza para pagar personal; nos toca a nosotros mismos hacerlo todo.” En la nómina figuran dos personas más: Olmedo Franco y Héctor Otálvaro,
    Alrededor, mesas con herramientas, reglas, lápices, pedazos de madera, sillas de plástico desparramadas, estantes dispersos y afiches que cubren todas las paredes. Los hay de todas las épocas y en todos los colores. Usted puede ver allí imágenes de Celia Cruz, Piper Pimienta, Roberto Roena y Cano Estremera, dibujados en colaboración con varios artistas.
    El trabajo que allí se realiza, es de carácter artesanal con dos máquinas antiquísimas que datan desde 1860 y 1870, respectivamente.
    Un nuevo trabajo, otro día de vida
    Cuando llega qué hacer y dejan de llenar los crucigramas de los periódicos viejos o los cuadros de sudoku, prenden las máquinas que, primero lentas y luego con la velocidad de un ciclista afanado por llegar a la meta, empapan de tinta el molde, y éste a su vez, se adhiere al papel.  Y en cuestión de segundos, la magia de una nueva publicación. El ritual: una mirada cuidadosa al tiraje, se arruga el ceño para prestar cuidado a todos los detalles y, luego, la sonrisa. “Hágale, que para antier es tarde.” Hay un nuevo contratico… y con él, otro día para sobrevivir.
    Inicialmente fue una revista, fundada alrededor de 1949. Tiene ya, setenta años. Otros alegan que data desde 1934, pero no pasa de ser un comentario de aquellos que bebiendo tinto en la tienda de la esquina, auscultan en el baúl de la memoria para armar los retazos de la historia caleña.

    Como no había mucho que informar para la época, se convirtió en taller de afiches. Daba más plata que contar los incidentes que de tanto repetirse en las calles de la ciudad, tomaban fuerza de verdad hasta dimensionarlos para que ocuparan titulares en el magazine.

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    Debido a que conserva piezas únicas, se le reconoce como un patrimonio de los impresores de Colombia. Incluso los turistas mochileros, que abundan en San Antonio, no pueden irse sin antes entrar al taller, tomarse unas fotos como si estuvieran en un sitio recóndito del África y sonreír, sin entender ni jota del español con acento vallecaucano, con el que tratan de explicarles qué significa todo aquello.
    En el taller de La Linterna todavía huele a tinta fresca sobre papel periódico, elementos esenciales en la elaboración de sus afiches. 
    Una labor de artesanos
     
    Las máquinas que son un verdadero tesoro, y que no han querido vender para que no terminen desguazadas con tornillos y bielas que sólo sirvan para trancar las puertas, imprimen solamente quinientas copias por hora. Las imprentas de hoy día, multiplican esa cantidad. Pero nada como tener en las manos un ejemplar que sale caliente y oliendo a tinta, y de paso, más barato.
     
    “Aquí somos como esos viejos dinosaurios de tinta, aceite y combustible: inamovibles”, explica Olmedo Franco, a quien ver morir La Linterna sería tanto como si le arrancaran parte del corazón. “Si no hemos renunciado en los momentos de crisis, mucho menos ahora”, advierte, dispuesto junto con sus compañeros de taller, a dar la pelea contra la tecnología y las redes sociales que arrasan con todo a su paso.
    La terquedad que los domina es el único fundamento que les ha permitido permanecer vigentes en el tiempo. Al fin y al cabo, cada creación en colores rudimentarios, es una verdadera artesanía. Eso los hace únicos e irrepetibles.
     
    Lo único que lamentan es que, con el florecimiento del siglo XXI, vinieran dos grandes problemas para la impresión de carteles: la litografía y los decretos del gobierno local, que limita la fijación de afiches.
     

    Algún día tendrán que decir que los referentes históricos de Cali son la estatua de Sebastián de Belalcazar, la avenida sexta con su música y luces multicolores, el chontaduro, el pandebono… y los carteles de La Linterna.

     

  • “Cien años de soledad” arrasó con los Premios India Catalina, en Cartagena

    “Cien años de soledad” arrasó con los Premios India Catalina, en Cartagena

    Sirva la ocasión para resaltar el triunfo de Marleyda Soto, de mi tierra. Protagonista en la novela de Gabriel García Márquez, una mujer berraca a la que el triunfo le llega en el momento oportuno.

    El triunfo arrollador de “Cien años de soledad”, la serie de la plataforma Netflix, en la edición Nro. 41 de los premios Catalina, en Cartagena, evidencia que el argumento de la novela de Gabriel García Márquez, sigue vigente.

    Sus sueños de un país distinto como lo refleja en Macondo, son tan válidos hoy como lo fueron cuando escribió cada capítulo, en una vieja máquina Remington, en un cuarto rentado y con escasez económica, junto a su esposa, Mercedes Barcha.

    La serie “Cien años de soledad” obtuvo 11 premios, que incluyen Mejor Musicalización de Ficción, Mejor Dirección de Fotografía de Ficción, Mejor Diseño de Producción de Ficción, Mejor Talento Juvenil para Cristal Aparicio, Mejor Actor de Reparto para Diego Vásquez y Mejor actriz de reparto para Viña Machado, Mejor actor o actriz revelación para Susana Morales, Mejor Actor Protagónico para Claudio Cataño, Mejor Actriz Protagónica para Marleyda Soto, Producción de Ficción Favorita del Público, y Mejor Libreto de Ficción.

    Detrás del montaje y grabaciones, más de cien personas. El reflejo de un pueblo que vive de un salario y reclama, hoy, una Reforma Laboral que, si bien es cierto el Congreso hundió, debe ser legitimada en la Consulta Popular.

    Viña Machado, actriz caribeña que obtuvo especial reconocimiento.
    EL TRIUNFO DE MARLEYDA

    El reconocimiento, con premios, es oportuno. Todos los actores, muy buenos. Sin embargo, permítanme referirme a alguien admirable, de mi tierra, Marleyda Soto.

    Hace algunos meses escribí sobre su trayectoria. Nada le ha sido fácil. Le ha tocado guerrear cada nuevo escalón en su carrera como artista.

    Marleyda Soto, actriz con ascendencia en el municipio de Vijes.

    Ahora, Marleyda saborea las mieles de la victoria, que generalmente es el fruto del esfuerzo para muchos. Mil felicitaciones, de nuevo, quien alguna vez recorrió las callecitas de Vijes, comió cholao en el parque o tuvo uno que otro chapuzón en Los Pailones, el tradicional balneario natural de nuestra patria chica.

    Y, por supuesto, felicitaciones al noticiero de RTVC, uno de los más vistos por todos los colombianos. Se transmite en un canal que tiene credibilidad entre los colombianos. En buena hora que no siguen ejerciendo hegemonía los medios convencionales, tan afectos al establecimiento de la derecha.

    © Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo

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  • Sigue el regreso de los migrantes

    Sigue el regreso de los migrantes

    Infinidad de colombianos y latinos decidieron regresar por su cuenta a sus países de origen antes que la política migratoria de Trump, cada vez más dura, los lleve a una deportación indigna.

    El anuncio del presidente, Donald Trump, de endurecer las políticas migratorias y los operativos que llevan a la deportación de latinos en condiciones inhumanas, ha llevado a que muchos colombianos decidan regresarse.

    “Lorenita se fue para Estados Unidos junto con su novio, Kevin. Iban felices. Hace poco más de un año. Cruzaron la frontera por el hueco y, dos días después, estaban allá.”, me dice doña Elena, la dueña de la tienda del barrio Brisas de Los Álamos, a dos cuadras del conjunto donde vivo.

    La recibieron hace un mes en casa. Reunieron plata entre todos los familiares para comprar el pasaje de regreso. Al enterarse los gringos en el aeropuerto que era ilegal, el trato fue igualmente denigrante. Pero estaban contentos de que se fuera de su tierra.

    Aunque terminó la carrera de Administración de Empresas, Lorena trabajaba en oficios varios. Tiene 25 años, un entusiasmo desbordante y hoy anda buscando trabajo.

    “De Kevin no volvió a saber nada. Pelearon y él dizque se fue para Chicago. Trabaja en un taller. Y cuando mi hija lo llamó para despedirse, le dijo que suerte, que él se quedaba”, explica la tendera, en cuyo corazón batallan la frustración porque su hija no pudo cumplir el “sueño americano” y la alegría de tenerla en casa.

    No son los únicos latinos que viven el drama. Unos están de vuelva, otros prefirieron vivir el riesgo, hasta que los capturen en un retén o quizá en un centro comercial, en los operativos indiscriminados que siguen realizando.

    De regreso, en un avión en el que comparten la misma suerte de otros deportados, sin ventanillas para observar el paisaje en la distancia, ni las azafatas que les ofrezcan lonch pagable con efectivo o tarjeta de crédito, recordarán que un día salieron de Colombia con una maleta llena de esperanza.

    Se preñaron de ilusiones para parir desengaños, como decía el inolvidable filósofo de Vijes.

    Entre tanto, doña Elena sigue ofreciendo verduras, frutas frescas, víveres y vísceras de pollo para la sopa, en su modesta tienda de barrio. Prefiere quedarse en su tierra antes que vivir peligrosas aventuras…


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  • El Cauca está en llamas

    El Cauca está en llamas

    Las señales de alarma están encendidas por lo que viene ocurriendo en el Cauca y también en Jamundí. Las confrontaciones armadas y los bombazos los llevan a atravesar un mal momento.

    El más reciente atentado con motobomba en Piendamó, que dejó heridos y muertos y saturó por varias horas la atención de urgencias en el Hospital San José, de Popayán, enciende las alarmas para clamar por un cese a la guerra.

    Suárez, Toribio, Corinto, Caldono, El Plateado y Santander de Quilichao, entre otros municipios, han sido blanco en los últimos días de ataques con explosivos y enfrentamientos con el ejército.

    De la mano con los hechos atentatorios, en los que muere población civil, se desencadenan desplazamientos forzados. Unos de manera velada, cuando familias enteras deciden irse a Popayán o a Cali. Están desesperados por las balas, los explosivos y la zozobra de que en cualquier momento se produzca una confrontación armada.

    Sin exagerar, el Cauca está en llamas. La tierra que abastece de productos agrícolas y pecuarios a buena parte del suroccidente colombiano, atraviesa por uno de sus peores momentos.

    De un lado, estamos llamados a rechazar los hechos violentos y a llamar al cese de la guerra. Indistintamente de cuáles sean los grupos alzados y las motivaciones particulares que les asistan, es necesario tender puentes de diálogo porque, está visto, el clima bélico tiende a crecer.

    De otra parte, atender los desplazamientos intraurbanos y los que se desarrollan con destino a las principales ciudades del Valle del Cauca y Nariño. Es una realidad que no podemos ignorar.

    Una familia con todos sus sueños y recuerdos empacados en un costal, refleja un clima de dolor cuando se ven varados en una terminal de transportes, debajo de un puente o pidiendo ayuda económica y alimentos junto a un semáforo.

    Ese no es el país que le podemos legar a las futuras generaciones. Es ahora cuando los postulados de la Paz Total deben tomar fuerza. El diálogo o la búsqueda de soluciones que detengan el panorama de guerra, es primordial. Debe figurar en la agenda pública de la Presidencia de la República y de todos los colombianos.


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  • Adriana Lucía o la estigmatización a una artista por asumir una posición firme

    Adriana Lucía o la estigmatización a una artista por asumir una posición firme

    A Adriana Lucía se le recuerda durante el estallido social. Interpretó canciones que alentaron el que se dejara expresar al pueblo. Y, también, cuando participó en conciertos pidiendo la libertad de los jóvenes de primera línea.

    El nombre de Adriana Lucía es muy conocido en Colombia. Sus interpretaciones musicales han hecho vibrar a muchos. Amalgama dos cosas: su fe cristiana y su inclinación a un pensamiento progresista, muy cercano a la izquierda.

    Precisamente por esas posiciones firmes, ha sido cuestionada. No es, por supuesto, la mejor cantante en criterio de la gente de derecha. Prefieren a Shakira.

    Para Adriana Lucía, el problema es que en nuestro país no se puede decir lo que se piensa, porque se agencian enemigos. “Lo más importante es que yo siempre hablo desde el amor. Prefiero mirar la vida real y las posturas de la gente en la vida real. He entendido que Colombia es un país dominado por muy poca gente, donde no se puede decir lo que se piensa, donde la gente no puede decir lo que cree, porque eso le puede costar el trabajo.”

    NO ESTAMOS PREPARADOS PARA LA DIFERENCIA

    Desde la perspectiva de Adriana Lucía, es esencial que los colombianos nos preparemos para tener diferencias de criterio y no caer en la polarización ni creer que el otro es un enemigo.

    “Entiendo lo limitados que estamos en cuanto a opinión, porque no nos educaron para eso. Esos ataques han sido algo difíciles para mí, pero es que nuestro país ha sido un país violento que ha callado las voces.”, precisa la artista.

    Una de las cajas de resonancia para descargar el odio y generar un discurso de división, son las redes sociales, según explica: “Mucha gente descarga su odio y lo hace a través de redes sociales, que se han convertido en un espacio para descargarse y es muy violento.”

    LUCHAR POR UN NUEVO PAÍS

    Una buena carga de la estigmatización de que ha sido blanco, no es solamente su posición progresista, sino también el deseo de que haya un nuevo país, en nuevas condiciones para los más vulnerables.

    “A veces se le exige más a una reina de belleza, a un artista, que a un político. Es como cuando a Gabriel García Márquez se le criticó por no haber hecho nada y por no llevar acueducto a Aracataca, y esa no era su función.”, anota Adriana Lucía.

    Aunque no tiene la fama de las divas del canto como Shakira o Karol G, a Adriana Lucía se le reconoce su esfuerzo decidido por un país más igualitario. Nos ha representado en varias esferas.

    “Creo que es innegable que soy una persona que ha trabajado duro por honrar a este país, por honrar a la gente que hay, por honrar a las regiones, y eso es lo que más me enorgullece. Este es un país tan centralizado que a veces se nos olvida que hay una gran diversidad. Al final, todos pertenecemos al mismo espacio.”, anota la cantautora, que anuncia su retorno a la industria de la musical.

    COMPROMETIDA CON EL CAMBIO SOCIAL

    A Adriana Lucía se le recuerda durante el estallido social. Interpretó canciones que alentaron el que se dejara expresar al pueblo. Y, también, cuando participó en conciertos pidiendo la libertad de los jóvenes de primera línea.

    Cuando el hoy presidente Petro lanzó su aspiración, Adriana Lucía no dudó en apoyarlo. Esa posición firme le ha llevado a ser estigmatizada, pero entre más se esfuerzan por difamarla, más triunfa en todos los escenarios artísticos. Es una cantante del pueblo.


    © Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo

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  • El día que Locombia se libró de las ratas (Relato)

    El día que Locombia se libró de las ratas (Relato)

    Un relato que refleja, desde la perspectiva literaria, lo que viene ocurriendo en Colombia. El poder detrás del telón, en manos de unos pocos terratenientes que se oponen a las reformas sociales y a todo aquello que les suene a cambio.

    Por Fernando Alexis Jiménez 

    Anoche tuve un sueño. Estaba en un lejano reino llamado Locombia. La mayoría de los aldeanos apenas podían sobrevivir con muy pocos ingresos y unos muy pocos disfrutaban a costa del sudor y esfuerzos de todos ellos.

    Lo grave del asunto es que buena parte de esa minoría, un día cualquiera, comenzó a experimentar una extraña metamorfosis: de su nariz brotaron pelos horrorosos, su boca se deformó hasta convertirse en trompa, su piel se fue tornando de un gris extraño y debieron abrirle orificios a sus pantalones y faldas porque, de su coxis, comenzó a surgir como apéndice, una enorme cola negra.

    Al principio se sintieron extraños, pero pronto se acostumbraron a su transformación, es más, se sentían felices de pertenecer a esa nueva élite.

    El anciano rey que quería seguir gobernando, tenía apellidos aristocráticos: Uribe Vélez, pero todos le decían don Álvaro. No podía faltar el personaje siniestro de toda historia: un tal Vargas Lleras, a quien apodaban “coscorrón”; una bufona a quien conocían como María Fernanda y de quien aseguraban era todo menos Cabal por completo. “Tiene su rayón”, comentaban entre sonrisas.

    Y por supuesto, no podía faltar el cortesano que aplaudía las actuaciones de todos ellos y les quemaba incienso: Fico, el del norte, con acento paisa. Los que no lo querían, aunque le sonreían cortésmente al verlo, decían en voz baja “Es el fiel reflejo de un naco” que, de acuerdo con la jerga mexicana, es tanto como decir un “ñero” en Locombia.

    LA MULTIPLICACIÓN DE LOS MUTANTES

    El problema fueron los mutantes. Se multiplicaron en la corte real, entre los políticos, en los hospitales, las universidades, las entidades públicas, los gremios, las empresas constructoras y en el Congreso, entre otros escenarios donde tomaron mucha fuerza.

    Roedores aquí y allá, hasta donde alcanzara la vista. Gobernaban en todo lado.

    Cuando iban a los cocteles, se cuidaban de no pisarle a cola a otros especímenes. Defendían lo que hacían y argumentaban que sus ingresos extras provenían de una divisa que no se movía en la bolsa de valores, sino que circulaba de mano en mano, práctica a la que llamaban Coima.

    LA REBELIÓN

    Un día, cansados de tanto abuso, los aldeanos decidieron organizarse. Y marcharon por las calles despavimentadas.

    Hicieron sonar pitos, cacerolas y gritaban indignados. El personaje siniestro, Uribe Vélez, le recomendó sus representantes en la Corte, que promovieran la represión y pedir que sacaran a los miembros de la guardia real para acallar las protestas.

    “Son unos desagradecidos; tanto que hemos hecho por ellos y mírelos, cómo nos pagan”, repetía.

    Pero los aldeanos siguieron manifestándose. Estaban dolidos con tanto atropello. No querían ser súbditos. Estaban cansados de ser por muchos siglos lo mismo.

    LLEGÓ HAMELIN

    Así las cosas, los miembros de la Corte decidieron desempolvar un extraño engendro concebido a su conveniencia, al que habían denominado la Ley Hamelin, y muy a su pesar porque varios de ellos tenían trompa, bigotes largos y una cola disimulada en su espalda, promovieron la aprobación de la iniciativa. “Que venga Hamelin y se lleve a los desarrapados que hay en las calles. No soportamos sus alborotos”, gritaban desde la Corte.

    Unos estaban a favor y otros en contra. Pero prevaleció el temor a que la turba enardecida los sacara del poder y ellos no querían renunciar a la buena vida.

    Después de muchas discusiones, trajeron a Hamelin, de Alemania. Una persona en apariencia insignificante salvo que traía una flauta en su mochila. El viejo rey se excusó para no recibirlo y, con él, todos los que veían un peligro en el extraño personaje.

    “Ya que no me reciben, yo mismo haré mi bienvenida”, exclamó el desairado Hamelin y comenzó a tocar la flauta.

    Atraídos por los acordes, los polítiqueros, muchos funcionarios gubernamentales, congresistas, dirigentes de gremios, miembros de la fuerza pública, rectores de universidades y colegios, directivos de entidades hospitalarias, sindicalistas vendidos y de cuanto rincón se pueda uno imaginar en Locombia, comenzaron a salir de sus madrigueras.

    No podían contenerse. Vibraban con la música dulce de la flauta. Movían sus bigotes al tiempo que, con la cola, hacían eco al ritmo que se esparcía por todos lados.

    EL FIN DE LAS RATAS

    “¿Qué haremos ahora?”, preguntaron los aldeanos, sorprendidos ante la multitud de roedores que los sobrepasaban en cantidad. Jamás se habían imaginado que, en todas partes, hubiesen tantos. Estaban preocupados.

    “¿Dónde queda un río, pero bien grande para que quepan todas estas ratas?”, preguntó Hamelin.

    Cuando le señalaron hacia dónde quedaba el caudal del reino, emprendió camino con un séquito de ratas encantadas con la melodía de la flauta. Tras él, multitudes de mutantes. Iban felices, cautivados por las dulces melodías de la flauta. No les importaba nada, como nunca tampoco les preocuparon los aldeanos. Ellos sólo pensaban en sí mismos y en los de su clase, y ahora lo que les interesaban eran esos extraños acordes.

    Justo cuando iba a descubrir cuál era el destino de todas esas ratas inmundas, me despertó la alarma del celular. El titular del noticiero de televisión anunciaba que los roedores de siempre –parapetados en el Congreso– habían impulsado el hundimiento de las Reformas Sociales. Pero sueño o verdad, lo cierto es que Locombia iba camino de acabar con las ratas… (Relato escrito por Fernando Alexis Jiménez, amigo personal de Hamelin)


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  • El mal servicio de las EPS en Colombia

    El mal servicio de las EPS en Colombia

    Ha venido tomando fuerza en Colombia, que muchas empresas distribuidoras de medicamentos no dispensan las fórmulas completas o, sencillamente, argumentan que no hay fármacos.

    Si debiéramos resumir en una sola palabra el drama que enfrentan millares de colombianos al iniciar la ruta para reclamar los medicamentos de una EPS, sería: lamentable.

    Los argumentos para no entregar los fármacos son múltiples. Que no hay, que pronto llega, que deje sus datos y pronto el usuario será contactado y sinnúmero de pretextos más. El usuario siente que están insultando su paciencia.

    Una irregularidad que se ha tornado recurrente, es que las distribuidoras cobran el copago para, después, entregar solo una parte de la fórmula. Ante la reclamación de que no es justo, si no van a entregar completa la prescripción, la respuesta es que: “En el curso de esta semana se le hace llegar a casa. Por favor, déjenos su dirección y número de teléfono”.

    Los perjudicados se quedan esperando, como en las mejores escenas de “El coronel no tiene quien le escriba”, del nobel Gabriel García Márquez.

    No es algo nuevo. El problema lleva más de un año. Algunas EPS se amparan diciendo que hay medicinas que no se consiguen a nivel nacional y que, resulta complicada la consecución e importación del exterior.

    Los dramas alrededor de quienes enfrentan este problema, tocan las fibras más sensibles del corazón. Piense en la señora sexagenaria cuyos hijos trabajan y es ella quien debe hacer enormes filas, para encontrarse con la ingrata sorpresa de que no podrán dispensarle la fórmula.

    Un usuario de la Nueva EPS, en Cali, se desmayó después de tres horas a pleno sol. Ocurrió en la avenida Las Américas, donde está una sede de distribución de los remedios que requería con urgencia.

    Al conocer casos, realmente inverosímiles y que producen dolor, rabia y tristeza, no queda menos que pensar en la necesidad de reformar el actual sistema de salud en Colombia. Los usuarios no pueden seguir sometidos a un mal servicio.

    Si no se producen ajustes, la insensibilidad hacia los pacientes desbordará los límites. La salud seguirá siendo un negocio.


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