
Por Ana Cristina Restrepo Jiménez | Columnista de El Espectador
El Ángel del Silencio en el jardín cementerio El Universal en Medellín es una invitación al respeto del «descanso eterno» de sus moradores, pero ante todo es una advertencia: las lápidas de los no nombrados están selladas con secretos criminales.
«CNI Masculino 30-06-26. CNI Masculino 11-04-25. CNI Masculino 08-06-23…». No todas las bóvedas son retratos del abandono; la de Estrellita (1998-2023), por ejemplo, es una piedra esculpida con su nombre, un poema, su foto a colores, y dos ramilletes de flores artificiales apretadas en una materita con un brillo de labios. En algunas islas del camposanto diseñado por el maestro Pedro Nel Gómez, se siente el eco de rancheras y corridos, a la sombra de árboles «tuquios» de mangos («¿sí ve que la cadaverina es buen abono?», susurran). Decenas de globos blancos de helio se elevan al cielo, mientras un hombre empañeta un nicho que sí tendrá un nombre propio y dos fechas. Cierra la bóveda y, con ella, el duelo aplazado de la familia de un desaparecido.
De acuerdo con la Comisión de la Verdad, entre 1985 y 2016, en Colombia se registró la desaparición forzada de 121.768 personas. Los modelos estadísticos de subregistro permiten estimar que el universo de víctimas puede ascender a 210 mil. La ausencia de los desaparecidos en el debate público obedece a la misma razón de la desaparición forzada: el origen marginal de las víctimas.
El neoliberalismo le cuelga una plomada a la democracia: el pensamiento individualista, votar por quien me conviene. La ética, escribe Adela Cortina, nos recuerda que «es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual». En el libro ¿Para qué sirve realmente la ética? (Paidós, 2013), la filósofa española plantea la puja entre el «egoísmo estúpido» y la «cooperación inteligente»: «El egoísmo es suicida porque el egoísta genera adversarios que esperan el momento del desquite, quien apuesta por la cooperación y la solidaridad por el contrario va ganando aliados».

