Categoría: Crónicas de Macondo

Artículos, análisis y crónicas del periodista y dirigente sindical, Fernando Alexis Jiménez, con una perspectiva crítica de lo que ocurre en Colombia y el mundo.

  • Es hora de frenar la violencia de género

    Es hora de frenar la violencia de género

    Los ataques contra las mujeres, aprovechando su indefensión, han aumentado. Tampoco podemos pasar por alto el mercado negro de bebés.

    En lo que va corrido del año cerca de 50 mujeres han sido asesinadas en diversas circunstancias, lo que pone en evidencia el grado de intolerancia, violencia y aprovechamiento de las condiciones de indefensión de la población femenina.

    Grave. Y muchos de los casos, quedan en la impunidad. Los protagonistas huyen. Y como ocurrió con dos de los presuntos causantes de la muerte de la madre gestante en Cali, María Camila Potosí, pretendían diligenciar pasaportes para “poner pies en polvorosa”. Huir. Dejar las heridas abiertas.

    Alrededor del asesinato de María Camila y de su hijita, Alahia, hay mucha tela que cortar. De un lado, por supuesto, la violencia contra la mujer, pero de otra, recordar que históricamente en Colombia y Latinoamérica ha existido un “mercado negro de bebés”. No es algo nuevo.

    Una red trasnacional y de trata de personas que, al amparo del crimen organizado, convierte en blanco de su oscuro negocio a recién nacidos que son comprados o robados para ser destinados a la adopción ilegal, la explotación o el tráfico internacional.

    Dicho sea de paso, no es el primer caso que se denuncia en Colombia y que, con la sucesión de noticias negativas que se viralizan en cuestión de minutos a través de las redes sociales y múltiples plataformas, termina en el olvido.

    El presidente electo, Abelardo de la Espriella ha propuesto en endurecimiento de las condenas, incluso de la cadena perpetua pese a que hay sentencias de la Corte Constitucional que declararon inexequible la medida, en el 2021.

    El asunto va más allá. Hay que estructurar estrategias que permitan detener este tipo de expresiones violentas, de un lado y, recrudecer la persecución a quienes viven de “vender bebés”. No podemos desconocer la gravedad del asunto y limitarnos a expresar sorpresa cuando esos casos dolorosos los publicitan los medios de televisión.

    Las mujeres y nuestros niños deben ocupar un lugar especial en nuestra agenda diaria. Es urgente y necesario.

    @CrónicasdeMacondo


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica la columna Crónicas de Macondo en medios impresos y digitales.


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  • La competencia de las ediciones Morgan

    La competencia de las ediciones Morgan

    No se extrañe de ver personas leyendo en los lugares más inesperados. No están pegados del teléfono celular, sino inmersos textos impresos.


    Irónico. A una cuadra de dos grandes librerías del centro de Cali, donde comprar un libro resulta costoso y uno lo piensa dos veces antes de llevarlo a la caja para pagar, porque sabe que le tocará bajarse de otros “lujitos”, se consiguen esos mismos ejemplares a precios asequibles.

    Los mismos autores, el mismo contenido, a precios diferentes. Más económicos. El 60% menos. A veces más.

    Está claro que la calidad de la edición no es la misma. “Usted se refiere a libros piratas”, me dijo sonriendo la jovencita que vende café tinto en la tradicional Plaza de Cayzedo. La brisa azota la ciudad. Las legendarias palmeras se mueven alegres y provoca leer. Allí, en pleno centro, aislado de todo y de todos.

    “Sí, pero es un mercado que ha tomado fuerza—le respondí. Imparable a estas alturas”. Un diálogo breve entre la pregunta de qué libro era ese y si era muy costoso, y mi respuesta de que eran los cuentos de Gabriel García Márquez y que me lo prestaron, pero que era una edición barata.

    Los negocios de libros a precio de huevo, abundan en todas las ciudades. No solo en Cali. ¿Dónde los imprimen? Averígüelo Vargas. Lo cierto es que están en todas partes. Y, por supuesto, entre esas líneas editoriales marca Morgan, es decir, piratas, hay de todas las clases. Unas mejores que otras.

    Rico el cafecito ese atardecer. Y de la mano del nobel colombiano, disfrutar de las mil y una ocurrencias de sus personajes en Macondo. Viajar en el tiempo por solo quince mil pesos, que según dice en la primera página y escrito con lápiz, es el precio de ese ejemplar de cuentos.

    El libro me lo prestó Carvajalito. Y, por supuesto, se lo pienso devolver. Y sin entrar en discusiones éticas y de mercado, pienso que esa edición pirata es la misma que tendrán otras decenas de lectores ávidos de libros a buen precio, igual que yo.

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  • Bahía Portete, los recuerdos de una masacre en impunidad

    Bahía Portete, los recuerdos de una masacre en impunidad

    Pasados muchos años, más de veinte, persiste la impunidad en el caso de la masacre de Bahía Portete. Estado aún no repara a las víctimas.

    Sobre la eventualidad de que se produjera una masacre se especuló mucho y, aunque hubo quienes pensaran que se trataba de meras especulaciones, la muerte selectiva de líderes y lideresas sociales se materializó entre el 18 y 20 de abril del 2004, en Bahía Portete, en la alta Guajira.

    Desde entonces, Rolan Fince, autoridad indígena de la región, no se cansó de decir—donde lo escuchaban—que esa tragedia se pudo evitar.

    Pero nadie lo quiso escuchar ni prestar atención a sus advertencias, que calificaban de paranoia.

    Los hechos se atribuyeron a por lo menos 40 hombres del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Al frente de los comandos, estaban José María Barros Ipuana, alias “Chema Bala”; Arnulfo Sánchez, alias “Pablo”; y Rodrigo Tovar, alias “Jorge 40″, quienes arremetieron contra las rancherías del puerto.

    Al menos 12 indígenas murieron, más de 30 fueron desaparecidos, cerca de 600 se vieron obligados a desplazarse. Y algo más grave para la tradición de esas comunidades: los cementerios familiares, donde históricamente se habían ubicado y donde permanecían sus antepasados, fueron profanados.

    Al evocar la muerte de los líderes y lideresas, Rolan Fince señala que “El Estado fue el culpable de esta masacre“.

    Aunque en la región estaban el Ejército, la Policía y el DAS, los paramilitares llegaron a acabar con la comunidad.

    El crimen múltiple, documentado con testimonios, fue presentado en el 2006 ante el Tribunal Administrativo de Cundinamarca.

    La representación de la población indígena la llevó la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ), lograron que el despacho declarara, en 2017, la responsabilidad del Estado por el desplazamiento forzado de 490 personas de la comunidad.

    Demostraron que el Ejército Nacional estaba plenamente enterado sobre la amenaza concreta que se cernía sobre la población civil de Bahía Portete.

    CUANDO EL PARAÍSO SE TIÑÓ DE SANGRE

    Con motivo del trágico insuceso, se grabó y difundió ampliamente el documental “Unidos después del sufrimiento”, producido por el Centro Nacional de Memoria Histórica.

    Bahía Portete está ubicada en el extremo norte de La Guajira (entre el Cabo de la Vela y Punta Gallinas), es un santuario natural de aguas cristalinas que contrasta con el desierto.

    Alberga ecosistemas únicos como manglares y arrecifes, y es un territorio ancestral de gran importancia cultural para el pueblo indígena Wayuu

    De acuerdo con los especialistas, es una de las bahías más profundas y protegidas del Caribe, con una extensión de 125 km².

    Está compuesta por fondos sedimentarios, praderas de pastos marinos, formaciones coralinas, manglares y playas solitarias.

    Debido a su inmensa riqueza ecológica, fue declarada Área Protegida (Parque Nacional Natural Bahía Portete – Kaurrele).  

    Tras la declaratoria del Estado como responsable, más de 200 familias alcanzaron a recibir parte de la indemnización. 

    Sin embargo, en 2019, en el gobierno de Iván Duque, el Ministerio de Defensa, encabezado en ese momento por Guillermo Botero, formuló un recurso extraordinario de revisión contra la sentencia que obligaba a la Nación a reparar a las víctimas de Bahía Portete. 

    Por ese hecho, la reparación económica quedó detenida.

    Cuatro años después, los pagos de 111 familias, más las nuevas acreditaciones, siguen suspendidos debido a que no se ha resuelto el recurso.

    PERSISTE EL CONFLICTO

    Veintidós años después de la masacre, persiste la situación de conflicto en Bahía Portete. Todo por cuenta del enfrentamiento entre las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) y el ELN.

    La zona es un punto estratégico para el tráfico de armas y drogas.

    Los pobladores a diario se enfrentan al cobro de retenes en la vía por llevar agua, alimentos o útiles sanitarios a la comunidad.

    Estos retenes son imposibles de pagar, pues las familias solo logran subsistir con el diario vivir.

    “En Bahía Portete aún estamos viviendo una masacre, no tenemos acceso a nada. Es una masacre continua la que vivimos”, coinciden en asegurar líderes de la región.

    “No hay agua y los niños dejan de ir a clases por la misma desnutrición que muchas veces les imposibilita caminar”, asegura el docente, Gaspar José Iguarin.

    El panorama es tan complejo que para conseguir agua debe contratar un carro o una moto.

    Cobran entre $89 y $100 mil en dos días para traer agua desde Uribia.

    ¿Bastante? No. 

    Solo 15 litros de agua para brindarle a los 13 niños que van a clase.

    Adicionalmente deben pagar los “impuestos” a los paramilitares para poder transitar la vía con estos utensilios.

    En 2004, Bahía Portete ya tenía un centro de salud, el cual fue destruido por los paramilitares.

    En ese tiempo también estaban gestionando con las instituciones tener acceso a agua potable.

    Después de 20 años, el Estado no les ha devuelto el hospital, la energía se utiliza con linternas recargables y en el 2023 duraron más de cinco meses sin recibir carrotanques con agua potable, según cuenta el líder.


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  • ¿Cuánto gana un lotero?

    ¿Cuánto gana un lotero?

    Sin contar con los subregistros, se estima que en Colombia hay más de 15.ooo loteros. No tienen garantías de nada y envejecen buscando compradores.

    El ritual es el mismo. En la mañana, de camino a la oficina, el lotero. Me aborda a la entrada del edificio. “Le tengo el número de la suerte”, me dice con una amplia sonrisa y extiende los cartones de lotería. Diversos números.

    “Mire qué número tan bonito, corresponde al día de hoy”, “Aquí se conjuga el día y el mes, cómprelo”, “Esta cifra salió hace 10 años, seguro repite premio. No deje ir la oportunidad”

    No puedo negarlo, tiene un ingenio único para convencer. Y aunque siempre le digo que no, que gracias, que no le apuesto al azar, al mediodía que me ve, vuelve al ataque y despierta toda su artillería.

    Esta semana fui yo quien lo abordó. Pronto supo que no le iba a comprar, sino a preguntarle sobre su oficio. Reacio. Comprensible. Hasta que se dejó tentar cuando le dije que no le compraba lotería, pero lo invitaba a una frijolada en “El incómodo”. Sucumbió a la invitación, aunque como su nombre lo dice, el negocio es incómodo. Toca hacer fila para sentarse. Los fríjoles son muy buenos.

    Casi una hora de diálogo reposado.

    Me contó la verdad que oculta ese oficio.

    Pueden ganar entre 30 mil y 60 mil pesos diarios.

    Todo depende de su capacidad de seducir al comprador. Hay otros que han cultivado un buen número de compradores. Tienen asegurado el mercado. Sin embargo, no pasan del salario mínimo o un poquito más.

    En el caso de don Rafael, quien casi llega a setenta años y lleva más de cuarenta años en el oficio, las mejores épocas son cuando pagan la prima.

    “Empleados y trabajadores tientan la suerte en esos meses”, me dijo.

    Eso lleva a que pueda “bandearse” como le llama a la oportunidad de tener mejores ingresos.

    No tiene casa propia, pero vendiendo billetes de lotería les dio estudio a sus hijos. Su aspiración, que en algún momento se legisle a favor de los loteros o se procure brindarles mejores condiciones y no vivir del trabajo a destajo.

    @CrónicasdeMacondo


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  • Un alto en el camino para detener la violencia

    Un alto en el camino para detener la violencia

    Colombia necesita con urgencia avanzar hacia un gran acuerdo nacional como paso para salir al paso de la polarización política que vive el país actualmente. El diálogo, por encima de todo.

    Por Fernando Alexis Jiménez – @CrónicasdeMacondo


    Hay una escena en El extranjero, de Albert Camus, que no deja de perseguir a quien la lee: un disparo bajo el sol de Argelia, casi sin motivo, casi sin ira, y sin embargo irreversible.

    Meursault no mata por odio ni por venganza; mata porque el calor, el deslumbramiento y una cadena de indiferencias lo empujan hacia un gatillo que después no puede explicar del todo.

    Camus no escribió una apología de la violencia: escribió una advertencia sobre lo fácil que resulta cruzar esa línea cuando dejamos de mirar al otro como un ser humano y empezamos a verlo como un obstáculo, una amenaza o una posesión.

    Esa es, quizás, la lección más incómoda del libro: la violencia rara vez llega anunciada por un monstruo; llega de la mano de alguien común, en un día cualquiera, cuando ya nadie se detiene a pensar.

    Esa misma indiferencia, disfrazada de amor, aparece en tantas casas colombianas.

    VIOLENCIA DISFRAZADA

    Pensemos en un hombre que ama —o cree amar— a una mujer más joven que él, y que convierte esa relación en un territorio de sospecha permanente. Cada llamada que ella recibe, cada amistad, cada tarde fuera de casa se transforma en una acusación.

    Él la agrede, primero con palabras que buscan doblegarla, después con gestos que buscan someterla, siempre bajo la excusa de un engaño que existe únicamente en su cabeza.

    Ella aprende a caminar con cuidado, a medir sus silencios, a desaparecer un poco cada día para no despertar la ira de quien dice quererla.

    Nadie llama a esto lo que es —violencia— hasta que ya es demasiado tarde, hasta que el cuerpo o el alma de esa mujer llevan marcas que ninguna disculpa borra.

    ¿AMAR Y DAÑAR?

    En otra esquina de la misma ciudad, un anciano vive solo con su perro, ya viejo y enfermo.

    El animal se mueve despacio, ensucia donde no debe, gime de noche. Y el hombre, cansado y quizás también asustado por su propia vejez, responde con gritos, con un golpe que cree merecido, con el desprecio de quien ha perdido la paciencia con lo que ama.

    El perro no entiende por qué el castigo sustituyó a la caricia; solo sabe obedecer y encogerse.

    Hasta que un día el animal ya no está.

    Y entonces, en la casa vacía, el anciano descubre que toda esa rabia no era más que el miedo a perderlo, mal traducido en violencia.

    La tristeza llega tarde, cuando ya no hay a quién pedirle perdón.

    NUESTRA COTIDIANIDAD

    Estas dos historias, tan distintas, comparten una misma raíz: la creencia de que el control, el golpe o el grito son formas legítimas de resolver el miedo, los celos o la impotencia.

    Es la misma raíz que sostiene buena parte de la violencia colombiana, esa que hemos normalizado hasta el punto de dejar de nombrarla.

    La violencia doméstica, la violencia contra los animales, la violencia política, la violencia armada: todas comparten el gesto de deshumanizar al otro antes de hacerle daño.

    Y todas, como en Camus, terminan por convertir a quien agrede en un extraño de sí mismo.

    SUPERAR LA VIOLENCIA

    Colombia no puede seguir validando la violencia como atajo. Décadas de conflicto nos han enseñado que la fuerza nunca resuelve lo que solo el diálogo puede sanar: la desconfianza, la pobreza, el resentimiento acumulado entre quienes deberían ser compatriotas y terminan siendo enemigos. Necesitamos, con urgencia, un alto en el camino.

    Una pausa colectiva que nos permita mirar de frente lo que hemos naturalizado: los feminicidios que ya no sorprenden, el maltrato animal que se ve como asunto privado, los discursos de odio que se replican en cada esquina de la conversación pública.

    En medio de la polarización política que vive el país, esta pausa es todavía más urgente.

    Cuando el adversario político se convierte en enemigo a destruir, cuando cada diferencia ideológica se traduce en insultos y descalificaciones, estamos alimentando la misma lógica que golpea a la mujer acusada sin pruebas o al perro que ya no puede defenderse.

    Por eso resulta indispensable impulsar un gran Acuerdo Nacional: un espacio donde las distintas orillas políticas, sociales y regionales del país se sienten a reconocer que la violencia —la física, la verbal, la simbólica— no puede seguir siendo el lenguaje con el que resolvemos nuestras diferencias.

    Alberto Camus terminó su novela con un juicio que condena a Meursault no tanto por el disparo como por su incapacidad de sentir y de conectar con los demás.

    Tal vez ese sea el verdadero desafío para Colombia: recuperar la capacidad de sentir al otro, de reconocerlo como semejante y no como amenaza. Solo así, dialogando en lugar de golpeando, escuchando en lugar de acusando, podremos empezar a construir el país que tantas veces hemos prometido y tan pocas veces hemos logrado.


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  • Hacia un gran acuerdo nacional

    Hacia un gran acuerdo nacional

    No podemos seguir enfrentados porque el país, con brechas sociales y problemas urgentes por resolver, amerita que lleguemos a un acuerdo.

    Si hubiese sido don Ramón, el del Chavo del 8, me habría quitado la gorrita de tela y hubiera saltado sobre ella no una, sino muchas veces. Quizá con saña o, tal vez, con dolor.

    ¿Por qué motivo?, se preguntará. Le cuento: Cuando recién arrancó el Mundial de Futbol fui a los negocitos del agáchese, al lado de la legendaria Plaza de Cayzedo, a preguntar por las camisetas de la selección Colombia.

    Si la quiere marca chivo, es a $50 mil, me informó la vendedora. Es económica, pero con el sudor, espantará hasta a la suegra. Si la quiere casi original, son a $90 mil. Esa, le dije, refiriéndome a la más costosa.

    La señora me escaneó de arriba abajo. Como usted es robusto, explicó, le cuesta $10 mil más. Después de regatear un rato, vi que no iba a ceder. Le pasé los cien mil del alma y me fui feliz con la prenda.

    Ayer que iba a hacer no sé qué gestión en el centro, vi a la misma señora. A grito herido y con infinidad de personas alrededor. Lleve las tres por cien mil, decía, de la talla que quiera. Originales, enfatizaba.

    La miré sorprendido y ya me iba a retirar, cuando dirigiéndose a mí, anotó: Aproveche vecino; estamos en promoción gracias al equipo de Suiza en los octavos de final.

    Salí bejuco de allí, pero después de un cafecito tinto, pensé que igual deberíamos dejar que las cosas pasen y, sin cambiar la camiseta, recordar que lo pasado es pasado.

    Hay un nuevo presidente electo, nos guste o no. En las urnas ya se eligió.

    Por ese motivo, no hay razón para seguir enfrentados, ni que unos y otros sigan destilando veneno, publicando mensajes dañinos en las redes sociales con mensajes que avivan el odio antes que la reconciliación.

    Lo que nos toca ahora, como colombianos y con la tricolor puesta, es impulsar un gran Acuerdo Nacional, de lo contrario, iremos camino al abismo.

    @CrónicasdeMacondo


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  • ¿Qué tan perjudicial sería que el presidente eletro De la Espriella acabara la JEP?

    ¿Qué tan perjudicial sería que el presidente eletro De la Espriella acabara la JEP?

    Los procesos adelantados por la JEP, se ha facilitado audiencias de reconocimiento de verdad, investigaciones macro –como falsos positivos, secuestros, desapariciones forzadas—. La jurista Ana María Rodríguez analiza propuesta de acabar esta instancia.

    Muchos de quienes participaron en la guerra irregular en Colombia, fueron condenados mediante sentencia de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).  Por eso, pretender acabar con esta instancia jurídica como lo plantea el presidente electo, Abelardo De la Espriella, en el marco del conflicto armado que ha querido superar Colombia, sería un error.

    Ana María Rodríguez es la presidente la Comisión Colombiana de Juristas CCJ). Desde su perspectiva, darle el brochazo final a la JEP daría al traste con el proceso de justicia que tiene como soporte el Acuerdo de Paz que forma parte del Bloque de Constitucionalidad.

    No se podrán investigar y juzgar crímenes del conflicto armado, con participación de víctimas y comparecientes –exguerrilleros, miembros de la fuerza pública y terceros–.

    “Sería tanto como una amnistía para todos ellos”, anotó la profesional en derecho.

    LA VOZ DE LAS VÍCTIMAS

    A través de la JEP se le dio vida a la voz de las víctimas, pero, también, se escuchó a los responsables del conflicto armado interno. Esto permite avanzar en derechos como la verdad, la justicia restaurativa y la reparación, centrando a las víctimas.

    “No es conveniente volver atrás. No se puede desconocer que la JEP ha proferido condenas, incluyendo contra exjefes de las FARC”, anota la profesional.

    Resaltó que se trata de la sanción restaurativa más alta en ciertos contextos, valorando el reconocimiento de responsabilidad y las medidas de reparación. Esto contrasta con la justicia ordinaria, que podría imponer penas más largas, pero sin el componente restaurativo.

    Precisa además que “La jurisdicción ha facilitado audiencias de reconocimiento de verdad, investigaciones macro (como falsos positivos, secuestros, desapariciones forzadas) y contribuciones a la memoria histórica del país“

    La esperanza de millares de colombianos está cifrada, más que acabarla, en el afianzamiento de esta figura del Estado.


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    LA VERDAD SALE A LA LUZ

    Con fundamento en los procesos adelantados por la JEP, se ha facilitado audiencias de reconocimiento de verdad, investigaciones macro –como falsos positivos, secuestros, desapariciones forzadas—y algo que Ana María Rodríguez pondera, es que se han visibilizado patrones de violencia, como la desaparición forzada y la violencia sexual contra las víctimas.

    De esta manera, anota, se ha podido dignificar a las víctimas. Un avance de mucha significación.

    A diferencia de la justicia punitiva tradicional, la JEP prioriza la verdad, reparación y no repetición.

    Esto ha permitido que algunos comparecientes reciban penas alternativas a cambio de confesión y contribución, lo que, según la jurista, acelera el cierre del conflicto y evita impunidad total.

    CUMPLIMIENTO DE ESTÁNDARES INTERNACIONALES

    La Comisión Colombiana de Juristas que preside Ana María Rodríguez, considera que la JEP cumple estándares de justicia transicional avalados internacionalmente.

    Su eliminación podría interpretarse como incumplimiento de compromisos del Acuerdo de Paz, generando responsabilidades ante instancias como la Corte Penal Internacional o la CIDH.

    Precisó que los logros de la JEP radican en su capacidad para combinar justicia con verdad y reparación en un contexto de transición, priorizando a las víctimas y evitando la impunidad absoluta o el olvido.

    Eliminarla no solo borraría avances concretos (sentencias, reconocimientos, participación), sino que retrotraería el proceso de paz a un escenario de mayor incertidumbre judicial y responsabilidades estatales.


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  • Simplemente Piedrahíta

    Simplemente Piedrahíta

    Miles de hombres y mujeres arriesgaron su vida en la guerrilla, a la que ingresaron jóvenes o adolescentes. Hoy tienen un futuro incierto.


    Piedrahíta. Simplemente Piedrahíta. Permítame que lo llame así. Además, si le cuento que su nombre es José Alberto y que en el colegio Eustaquio Palacios era una pepa para el álgebra y la trigonometría y que las muchachas quedaban prendadas de él apenas lo miraban, para usted no significará mucho. Así que llamarle Piedrahíta está bien.

    Volví a verlo hace una semana. Atravesando la Plaza de Caycedo con la sonrisa de siempre, como si el mundo le resultara fácil, sin problemas. No tenía noticias de él desde cuando, faltándole un año para terminar el bachillerato, se fue para la guerrilla. Lo supimos porque sus padres llegaron al colegio a preguntar qué sabíamos de él. Nada, absolutamente nada, les dijimos todos.

    Luego nos contaron que se enguerrilleró en la época de los ochenta y que estaba dando plomo en las montañas del Cauca, con la ilusión de cambiar a Colombia. De generar igualdad de clases. Una ilusión por la que él y decenas de jóvenes entraron a las filas insurgentes. Ilusión, repito.

    Vio morir a muchos en combates que nunca se sabía cómo, en dónde y cuándo iniciaban, pero que concluían con dos o tres muertos. O más. De lado y lado.

    Cuando la dirección general de su movimiento decidió la desmovilización, comenzó su viacrucis. Sin siquiera una secundaria, le tocó tentar suerte en todo. Vender chucherías en la calle, emprender varios negocios entre ellos una cacharrería en su cuadra, del barrio Cristóbal Colón, y montar un puestico de comidas rápidas.

    Ha ensayado de todo, no le ha ido bien, pero sobrevive.

    ¿Y los comandantes? Quedaron bien. Terminaron estudios y tienen hasta doctorados. Algunos trabajan con el gobierno. ¿Y Piedrahíta? Azotando el asfalto caleño, viviendo del rebusque y recordando la época en que se fue para la montaña soñando con un país diferente. “Pero aquí seguimos, viejo Fernando, dándole a la vida”, me dijo en esa larga conversación en pleno centro de Cali.


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  • Los votos desaparecidos

    Los votos desaparecidos

    Por Ana Cristina Restrepo Jiménez | Columnista de El Espectador


    El Ángel del Silencio en el jardín cementerio El Universal en Medellín es una invitación al respeto del «descanso eterno» de sus moradores, pero ante todo es una advertencia: las lápidas de los no nombrados están selladas con secretos criminales.

    «CNI Masculino 30-06-26. CNI Masculino 11-04-25. CNI Masculino 08-06-23…». No todas las bóvedas son retratos del abandono; la de Estrellita (1998-2023), por ejemplo, es una piedra esculpida con su nombre, un poema, su foto a colores, y dos ramilletes de flores artificiales apretadas en una materita con un brillo de labios. En algunas islas del camposanto diseñado por el maestro Pedro Nel Gómez, se siente el eco de rancheras y corridos, a la sombra de árboles «tuquios» de mangos («¿sí ve que la cadaverina es buen abono?», susurran). Decenas de globos blancos de helio se elevan al cielo, mientras un hombre empañeta un nicho que sí tendrá un nombre propio y dos fechas. Cierra la bóveda y, con ella, el duelo aplazado de la familia de un desaparecido.

    De acuerdo con la Comisión de la Verdad, entre 1985 y 2016, en Colombia se registró la desaparición forzada de 121.768 personas. Los modelos estadísticos de subregistro permiten estimar que el universo de víctimas puede ascender a 210 mil. La ausencia de los desaparecidos en el debate público obedece a la misma razón de la desaparición forzada: el origen marginal de las víctimas.

    El neoliberalismo le cuelga una plomada a la democracia: el pensamiento individualista, votar por quien me conviene. La ética, escribe Adela Cortina, nos recuerda que «es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual». En el libro ¿Para qué sirve realmente la ética? (Paidós, 2013), la filósofa española plantea la puja entre el «egoísmo estúpido» y la «cooperación inteligente»: «El egoísmo es suicida porque el egoísta genera adversarios que esperan el momento del desquite, quien apuesta por la cooperación y la solidaridad por el contrario va ganando aliados».


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  • Borrar el rótulo de enemigo

    Borrar el rótulo de enemigo

    Hasta tanto consideremos enemigos a quienes piensan distinto, no podremos superar el ambiente de agresividad que nos rodea y que empaña con dolor nuestra cotidianidad.

    El paso del tiempo no ha permitido olvidar la página dolorosa de la historia cuando 16 indígenas cuibas fueron asesinados por llaneros del Arauca, en una jornada que se prolongó por varias horas y que los autores consideraron una proeza porque habían acabado con el “enemigo” o bichos, como les llamaban.

    Los hechos ocurrieron en las riberas del río Capanaparo, el 27 de diciembre de 1967, y los protagonizaron quienes se consideraban dueños del territorio y veían en los hombres, mujeres y niños procedentes de un caserío, a invasores que solo vivían para comer los animales y los cultivos ajenos.

    Los invitaron a una vivienda, les sirvieron comida en un platón grande y, al verlos ocupados, el capataz asistido por varios trabajadores emprendió la masacre con ayuda de armas, garrotes y machetes.

    Múltiples crímenes se han cometido contra los indígenas en Colombia.

    Entre las víctimas había al menos cinco niños. Uno fue estrellado contra una roca.

    Lo más escalofriante no fue solo la brutalidad, sino la naturalidad con la que los asesinos lo relataron ante el juez en Villavicencio años después. “Yo no sabía que era malo matar indios”, dijo uno de los autores. Para ellos, y para generaciones de colonos en la frontera con Venezuela, sumida en el olvido del Estado, el indígena no era persona, sino un enemigo.

    Los etiquetaron como peligros y, por ese motivo, matarlos era lo más natural. De hecho, creían hacerle un favor a la sociedad.

    Históricamente los indígenas han sido blanco de ataques y estigmatización.

    Esta tragedia viene a mi memoria al reflexionar en la costumbre que no hemos logrado superar, de etiquetar como enemigos a quienes no piensan igual, a quienes votan por alguien distinto al candidato que apoyamos o, simplemente, que piensan diferente.

    Por las etiquetas se rechaza, ofende, agrede, asesina. Y de cara a nuestro inmediato futuro, la necesidad de desescalonar la violencia y el lenguaje, borrando de una vez para siempre, los rótulos que le ponemos a las personas alrededor.

    Los enemigos los construimos usted y yo, están en nuestro corazón, no en el entorno…

    @CrónicasdeMacondo


    Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica su columna Crónicas de Macondo en medios impresos y digitales.


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