Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • Trabajadores estatales cierran filas para defender la reforma laboral

    Trabajadores estatales cierran filas para defender la reforma laboral

    En Bogotá se reunieron sindicatos de todo el país. El SUGOV, uno de los firmantes del Pliego de Peticiones de los Empleados Estatales a negociarse con el gobierno nacional.


    El Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle (SUGOV) es uno de los 195 sindicatos firmantes del Pliego Nacional de Empleados Estatales, discutido y aprobado en el marco de la Asamblea Nacional convocada por la CUT, la CGT y la CTC, que deliberó el fin de semana en la capital de la República.

    La representación sugoviana estuvo a cargo de los compañeros, Yecid González Sabi y Fernando Alexis Jiménez.

    Nuestra intervención estuvo orientada a la urgente revisión y modificación de la Ley 617 de 2000 que pone talanqueras a la ampliación de plantas de personal en el país y se convierte en un obstáculo para las negociaciones de los pliegos petitorios.

    Así mismo, propusimos –y quedó incluido en el Pliego Nacional–, la modificación de los techos salariales, de manera tal que los ajustes que Decrete el gobierno cobijen a todos los compañeros, indistintamente de su cargo y cuánto ganan hoy. Actualmente, por un peso que se pasen de los topes nacionales, no pueden beneficiarse de los ajustes salariales que se negocian a nivel territorial.

    ¿Y de las peticiones de aumento salarial? Las centrales obreras y los sindicatos, plantearán al gobierno un aumento del IPC más 5 puntos para la presente vigencia y para el próximo año. Si desea conocer la fórmula para calcular y definir el aumento para los estatales, se lo explicamos de manera sencilla en nuestro portal, haciendo Clic Aquí

    En nuestra próxima edición del Periódico SUGOV, amplia información de la Asamblea Nacional de los Estatales.

    A DEFENDER LA REFORMA LABORAL

    La XVII Asamblea Nacional de los Empleados Estatales acordó cerrar filas en defensa de las Reformas Sociales: la Laboral, a la Salud y la Pensional, hoy blanco de 172 demandas por parte del empresariado.

    En ese orden de ideas, se respaldará la movilización del 18 de marzo que en el caso de Cali, arranca a las 9:30 am, en la Glorieta de la Estación y termina en la Plazoleta de San Francisco. De igual manera, apoyo total a la Consulta Popular.

    INQUIETUDES LABORALES

    Aprovechamos nuestro desplazamiento a Bogotá (aclaramos que esta vez desde el DADI sí emitieron oportunamente los tiquetes aéreos), para reunirnos con el hoy Asesor de la Presidencia de la República, Francisco Maltés Tello, para abordar inquietudes de carácter laboral en la Gobernación del Valle e institutos descentralizados. Acogimos inquietudes de los compañeros empleados.

    Así mismo nos reunimos con Williams Reyes, presidente nacional de Fenaltrase, federación sindical de segundo nivel en la que tiene asiento el SUGOV a través de uno de nuestros directivos.

    ASAMBLEA DE DELEGADOS DEL SUGOV

    La Junta Directiva del SUGOV convocó a todos sus Delegados, del nivel central y de los institutos descentralizados, para la primera asamblea a realizarse el próximo 28 de marzo desde las 9:00 am, en el Salón “Adriana García” del SUTEV, Cali.

    Como siempre, de cara a nuestra gente. Como dirían los zapatistas: “Mandando, obedeciendo a la base” Aquí encontrará la Resolución de Convocatoria


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  • El “guireo” o el arte de matarse por pura adrenalina

    El “guireo” o el arte de matarse por pura adrenalina

    La falta de oportunidades e intervención con programas sociales, alimentan el enfrentamiento entre adolescentes. El alcalde de Cali está ausente, dicen los habitantes de las zonas deprimidas.

    Juan José García tiene 15 años, quedó paralizado y, de acuerdo con los especialistas, no podrá recuperarse. Solo mueve los ojos. Su padre los abandonó cuando aún eran muy pequeños.

    No se accidentó practicando piruetas en una motocicleta o parkour, tampoco fue arrollado por un vehículo y, menos, se cayó de alguna altura significativa. En absoluto. Recibió un golpe contundente con un ladrillo, en uno de los constantes enfrentamientos entre adolescentes que se producen durante la noche, en el Distrito de Aguablanca, en el oriente de Cali.

    Vive con su madre, su cuidadora durante las 24 horas del día, en una casa de solo dos piezas, en el barrio Petecuy. Hasta allí les llegó la desgracia.

    Doña Leonor no puede resignarse a creer que ese es el mismo muchacho que otrora jugaba al fútbol en las callecitas del sector. Para rebuscarse, ella tiene una venta de arepas en la esquina, pero cada media hora se escapa para ver cómo se encuentra Juan José.

    En lo más íntimo de su corazón sueña con encontrarlo, un día cualquiera, sentado en su cama. Pero segundos después la asalta la realidad: científicamente es imposible.

    Juan José era practicante del guireo, auténticas batallas campales que han tomado fuerza desde hace casi dos años. Se enfrentan con piedras, cuchillos, palos, guayas metálicas, cadenas y lo que encuentren. Los conflictos ya han desencadenado homicidios y heridos graves, al tiempo que se refleja en la deserción escolar y el resurgimiento de las “fronteras invisibles”.

    Dicen que comenzó en el barrio Tercer Milenio y se ha ido extendiendo a El Retiro, Desepaz, Potrero Grande, Petecuy y El Vallado.

    Los participantes se citan en una cuadra, un parque o una cancha. Detrás del peligroso ‘guireo’ no hay otra cosa que adrenalina que fluye en torrentes como consecuencia de romper las reglas y un extraño deseo de divertirse, aún a costa de su vida.

    Es un drama social que reclama la intervención social y económica del alcalde de Cali, Alejandro Éder. El mandatario, proveniente de las altas élites del  oligopolio azucarero y de los cultivos cañeros, se ha dedicado a favorecer a los de su clase, desconocimiento los altos índices de pobreza de la capital.

    Solamente generando educación, oportunidades de recreación y acompañamiento para cerrar las brechas, se puede frenar el que los adolescentes se maten en las calles, porque no tienen nada más qué hacer…


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  • Han Kang, premio nobel de literatura: ‘No quiero dejar de escribir…’

    Han Kang, premio nobel de literatura: ‘No quiero dejar de escribir…’

    Los fantasmas y las almas son cosas bien diferentes. Me gusta describir de modo natural esas escenas imposibles donde se encuentran los muertos y los vivos, como, por ejemplo, Dong-ho, el chico que muere en Gwangju y que charla con los vivos, o contempla su propio cadáver en la calle, y es evocado por muchos otros personajes.

    Por Xavi Ayén. | Publicado originalmente en la Revista Bocas


    La premio nobel de literatura habló del horror y de las masacres políticas en sus dos nuevas novelas; de La vegetariana y de su vida después del Nobel; de la muerte de su hermana mayor, de su intensa relación con la nieve durante siete años, de personajes que pierden los dedos y de los sueños extraños que, una vez se despierta, anota en una libreta y pueden convertirse en el germen de una historia. Ella es Han Kang. 


    En la pantalla del ordenador vemos una estancia clara y diáfana, con una claraboya por la que desciende una intensa luz blanca. Abajo, nos saluda una risueña Han Kang (Gwangju, 1970), la última premio nobel, surcoreana, que concede a BOCAS una de sus primeras entrevistas mundiales tras recibir el galardón en Estocolmo, el pasado mes de diciembre.
    Han Kang ha ejercido varios oficios, aunque sabe que es escritora, como su padre, desde los 14 años, “cuando leí una novela corta donde se describía una escena que me impactó: era de noche, había un chico en una estación de tren, metían ramas en una hoguera y, de repente, el fuego se engrandecía.
    Esa escena maravillosamente descrita me pareció magia. Desde ese momento quise ser capaz de narrar así”. Alegra verla sonreír, pues uno de sus personajes en La clase de griego, un emigrante asiático en Alemania, se pregunta “por qué en Europa tienes que sonreír cuando ves a un desconocido”.
    Han Kang

    Han Kang, premio nobel de literatura, es la nueva portada de la revista BOCAS. Foto:Getty

    La autora de La vegetariana —inquietante obra sobre una mujer que deja de comer carne que la convirtió en una escritora internacional de culto— se caracteriza por la polifonía de narradores, la importancia de lo onírico, las alegorías y la denuncia de las opresiones que aplastan al individuo.
    Pero desliza en la ficción algunos elementos autobiográficos: en Imposible decir adiós, su más reciente obra publicada en español, que denuncia una masacre cometida por el Gobierno de su país, una de las protagonistas se dedica a hacer videos, como el cuñado de ‘la vegetariana’, que es videoartista… y como la propia Han. “Sí, me gusta crear en video —comenta—.
    He grabado uno de 18 minutos y 30 segundos titulado igual que la novela, donde actúo junto a otra autora amiga mía. Cogemos una tela blanca muy grande, ese paño suave que se usa para envolver a los recién nacidos, estamos en el monte Hallasan, el más alto de Corea, y descendemos desde allí hasta la playa”.
    Su escritora de ficción en esa última obra es un poco asocial, es joven pero escribe varias veces su testamento, se aísla del mundo y vive de una manera en que las parejas la dejan, tiene que alquilar un estudio para trabajar y, al salir, por la noche, se fuerza en comportarse como el resto del mundo…
    ¿Esa es la visión que tiene de los escritores?
    “Bueno… yo sí tengo una vida privada, conduzco un pequeño coche, compro, cocino, no paso todo el tiempo solamente escribiendo. Me he graduado en la universidad, he trabajado en una editorial, luego en una revista, fui profesora universitaria durante 11 años, y ahora tengo una librería en Seúl que dirijo desde hace siete años. 
    Es cierto que, antes, durante un tiempo, lo dejé todo porque quería concentrarme en escribir una novela. Pero siempre he mantenido una relación con la sociedad, con altibajos, pero en general bastante intensa. Y sigo ahí. La autora del final de Actos humanos y que luego protagoniza Imposible decir adiós tiene mucho de mí, pero no soy yo al 100 por ciento. Ese personaje es un puente que une la realidad y la ficción. Los lectores ­creen que soy yo tal cual… y eso crea equívocos. Son mías las pesadillas, los sueños, los deseos, la obsesión por la masacre, las reflexiones sobre lo que es la vida, esas cosas sí”.
    Asegura que, tras recibir el Nobel, “he vuelto rápidamente a mi vida normal, a mi rutina, a estar en casa junto a mi hijo. No quiero presión, me quedan muchos años de vida y no quiero dejar de escribir ni volverme tonta. Con un premio así tienes algunas obligaciones, pero las he cortado todas y he vuelto a mi vida cotidiana. El 1 de enero del 2025 he vuelto a escribir. Y no necesito nada más”.
    Han Kang

    El momento en el que Han Kang recibe el premio Nobel en Estocolmo. Foto:Getty Images

    ¿Desde dónde nos habla?
    Estoy en casa, en Seúl. Eso que ve usted parece la luz natural que está entrando, pero no lo es, es una lámpara blanca muy potente. Aquí son las ocho de la noche, acabo de cenar junto a mi hijo, con el que vivo. A esta hora me pasan cosas: es justo cuando me llamaron de la Academia Sueca para comunicarme que había ganado el premio.
    ¿Cómo está su padre?
    De maravilla. Es escritor, tiene ochenta y muchos años y sigue publicando novelas.
    ¿Qué le dijo al ganar el Nobel?
    “Estoy orgulloso de ti, hija”. Eso dijo. El oficio de novelista no da para mucho. De niña, éramos pobres y teníamos que mudarnos a menudo. No teníamos muchos muebles, pero sí muchos libros. Era como estar protegida por los libros; para mí eran como una criatura en expansión porque el número de ellos aumentaba cada semana, cada mes. Asistí a cinco escuelas primarias distintas, pero no recuerdo haberme sentido traumatizada porque estaba protegida por todos esos libros con los que vivía. Me pasaba, en cada cambio de colegio, las tardes en casa leyendo libros hasta que conseguía hacer nuevos amigos. Así que es un recuerdo muy valioso.
    Tiene cinco libros traducidos al español, pero hay otros en coreano que aún no nos han llegado. ¿Qué nos estamos perdiendo de usted?
    Les faltan mis novelas cortas. Me gustaría que, con el tiempo, pudieran leerlas también. Y he escrito también poesía, espero que la traduzcan algún día.
    Su más reciente novela, Imposible decir adiós, empieza con una escritora que tiene pesadillas por haber escrito su último libro, sobre una masacre que realizó el gobierno de su país. Parece usted con su novela anterior, Actos humanos, sobre la matanza de Gwangju en 1980.
    Así es. El libro sobre Gwangju apareció en mayo del 2014 y esa pesadilla recurrente la empecé a tener justo un mes después, en junio. Pero es que, mientras escribía Actos humanos, yo había tenido muchas otras pesadillas. Pensaba que esta era solo otra más, un epílogo de aquellas que me produjo el contacto con el horror. Sin embargo, el color y la textura de este sueño eran diferentes. Por eso lo apunté y pensé que podría ser el inicio de una novela.
    ¿Puede describir esa pesadilla?
    En mi sueño había miles de troncos negros, muchísimos troncos, en la ladera de una colina, tantos que no se podían contar, estaban ligeramente ladeados y tenían alturas distintas, como las personas. Me parecían tumbas. Nevaba. Yo pisaba agua, charquitos, de repente miraba para atrás y el horizonte se transformaba en el mar, que se desbordaba, el agua empezaba a subir, yo quería salvar las tumbas, con sus huesos, pero no tenía ni una pala, me puse a correr y me desperté cuando el agua me llegaba a los tobillos.
    Han Kang

    Además de La vegetariana, en español, se consiguen novelas suyas como La clase de griego. Foto:Roberto Ricciuti / Getty

    Ese es el inicio, literal, de Imposible decir adiós.
    Sí, mi protagonista lo interpreta como un mensaje y, junto a su amiga Inseon, se propone realizar una obra artística con 99 troncos que tienen que plantar. El nueve es un número incompleto, le falta algo para llegar a otro sitio.
    Es increíble cómo sus sueños reales le nutren de material literario. Me imagino que debe de dormir con una libreta al lado.
    No, no. No siempre tengo sueños significativos. Tengo sueños normales, como los de todo el mundo. Pero, en ocasiones, sí me doy cuenta de que un sueño ha tenido un significado profundo. Parece que me está contando algo. Algo importante. Entonces, en ese momento, como resulta algo tan impactante, se marca en mi mente, me levanto y tengo que apuntarlo.
    En Imposible decir adiós se ocupa de la matanza de la isla de Jeju en 1948, con 200.000 personas asesinadas por el poder político. Ese mismo poder político que, en 1980, masacró a varios miles de personas en su ciudad natal, ordenando al ejército que disparara a la gente, tema de Actos humanos. Para el lector colombiano son hechos poco conocidos, pero ¿para el coreano?
    Mucha gente conoce los hechos de Gwangju. Pero no el exterminio en masa de la isla de Jeju; ese episodio ocupa tan solo una línea en nuestros libros de texto de historia. 
    Muchos coreanos, al leer la novela, se han enterado realmente de lo que sucedió. Ustedes en Colombia también tuvieron dictaduras y enfrentamientos bélicos. En su país, como en Corea, todavía hay cuerpos por encontrar, con todos esos familiares que ignoran dónde están sus abuelos muertos. Creo que van a conectar con este tema de las heridas sin cicatrizar.
    Tras una masacre, no importa donde haya ocurrido, siempre hay personas para las que es imposible decir adiós, despedirse de los suyos. Siguen buscando los cuerpos, los huesos, de su familia. Por desgracia es algo universal, sucede en todo el mundo. Gwangju no es una ciudad coreana, es sinónimo de Auschwitz, Bosnia, Nanjing, de la masacre de nativos americanos…

    Ustedes en Colombia también tuvieron dictaduras y enfrentamientos bélicos. En su país, como en Corea, todavía hay cuerpos por encontrar, con todos esos familiares que ignoran dónde están sus abuelos muertos

    Usted, sin embargo, no es para nada una novelista política.
    No. Mi generación ya no ha sentido la necesidad de dedicar su obra al compromiso político, sino que mi objetivo es investigar el interior de lo humano. Pero fíjese que en La vegetariana hay una mujer que se despoja de su cuerpo con la intención de integrarse en el reino vegetal, y en La clase de griego la protagonista ha perdido el habla porque rechaza la violencia del lenguaje y aspira a recuperarla a través de una lengua muerta. Son gestos de rechazo que intentan recuperar la dignidad a través de una acción autodestructiva.
    ¿Cómo le afectó personalmente la masacre de Gwangju? Usted tenía 9 o 10 años…
    Yo era muy pequeña, y mi familia se mudó a Seúl apenas cuatro meses antes de la masacre, por otras razones, y gracias a ello salimos ilesos. Mis padres tuvieron por ello una especie de sentimiento de culpa del superviviente.
    De niña, oí muchas historias sobre aquello y, un día, encontré un libro clandestino en casa, con unas fotos que documentaban la masacre y en el que se veían imágenes atroces de asesinatos en masa y torturas. Me quedé en estado de shock. Fue horrible. Siempre he considerado este tema muy importante, tiene que ver con las preguntas esenciales sobre qué es el ser humano. Mis libros van de eso: la naturaleza de lo humano, el instinto.
    Escribí Actos humanos para superar el shock que estaba sufriendo. Empecé investigando la atrocidad y me encontré con toda esta gente digna, por ejemplo, los que no disparaban y se dejaron matar. No me gusta la palabra víctima, significa cierta derrota, pero no creo que ellos fueran derrotados, justamente se negaron a ser derrotados. Y por eso los mataron.
    Han Kang

    “Mi objetivo es investigar el interior de lo humano”. Foto:Roberto Ricciuti / Getty

    ¿Y en el caso de la isla de Jeju?
    El argumento es que una mujer en el hospital de Seúl le pide a su amiga que vaya hasta Jeju para alimentar a su cotorra y que no se muera, y para ello deberá atravesar una atroz tormenta de nieve. Como todo nace de un sueño, la misma textura de la narración funde el tiempo, la historia, la memoria e incluso la actualidad. Yo siempre pienso que la historia no es pasado, sino que también es presente.
    En La vegetariana, todo es realista aunque muy sorprendente. Pero en estas dos novelas basadas en hechos históricos reales es donde paradójicamente vemos más elementos fantásticos, como fantasmas o las almas de los muertos… Parece ‘realismo mágico’.
    Los fantasmas y las almas son cosas bien diferentes. Me gusta describir de modo natural esas escenas imposibles donde se encuentran los muertos y los vivos, como, por ejemplo, Dong-ho, el chico que muere en Gwangju y que charla con los vivos, o contempla su propio cadáver en la calle, y es evocado por muchos otros personajes.
    En el caso de Imposible decir adiós no sabemos quién está muerta realmente ni quién está viva, pero conversan, están hablando entre ellas, y la lógica nos indica que eso no puede ser, que una de las dos no puede estar ahí. La nieve es el elemento básico, une el cielo y la tierra, lo muerto y lo vivo, la realidad y lo fantástico. Avanzo a través de estos símbolos.
    Emilia Pérez

    La Revista BOCAS tiene dos portadas en esta edición: Han Kang y Karla Sofía Gascón. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS

    Su literatura es muy empática en el sentido sensorial. Quiero decir que a los lectores nos duele el hueso de la mano cuando vemos la escena de tortura con el bolígrafo; estamos aterrorizados cuando la escritora se pierde bajo la tormenta de nieve; nos impresiona muchísimo la escena que graba el videoartista haciendo el amor con la vegetariana… O sea, recordamos de su libro, obviamente los argumentos, pero muchas sensaciones y muchas imágenes. Quisiera que me explicara un poco cómo trabaja eso, lo de provocar esas intensas sensaciones en quien está leyendo una página que no es más que papel. Le confieso que, tras el impacto de alguna escena, he tenido que dejar la novela un rato y volver a ella un poco más tarde.
    Yo, cuando escribo, pienso en el tacto.
    ¿Eh?
    Pienso en cómo describir el tacto, la sensación física que tendría al estar ahí; lo sensorial es muy importante. Cuando escribo utilizo mi cuerpo. Utilizo todos los detalles sensoriales de la vista, el oído, el olfato, el gusto; transmito ternura, calor, frío y dolor. He de notar que mi corazón se acelera y que mi cuerpo necesita comida y agua, camino y corro, siento el viento y la lluvia en la piel. Intento infundir en mis frases esas sensaciones vívidas, que se vea que la sangre está recorriendo mi cuerpo. Escribir es enviar al lector una corriente eléctrica. Y cuando siento que esa corriente se ha transmitido, me asombro y me conmuevo.
    En el caso de Imposible decir adiós…
    Ahí tengo que recordar qué sensación y sentimientos tenía cuando tocaba la nieve. Debo volver a sentirlo. Estuve escribiendo esta novela durante siete años, y como resulta que tenemos cuatro estaciones, no estaba siempre en invierno y eso era un problema. Entonces, para ciertas escenas tenía que esperar que volviera a ser invierno, y al ponerse a nevar, salía a la calle para sentir la nieve. Era igual lo que estuviera haciendo, comiendo, trabajando, reunida… si nevaba, lo interrumpía todo y salía a sentir la nieve.
    Y luego iba al bosque, me pedía un taxi que me llevara a la montaña que hay cerca de mi casa y ahí empezaba a pisar la nieve para sentir cómo es andar sobre ella; tocaba la que se acumulaba en las ramas de los árboles, veía cómo se derretía, cuánto tardaba, de qué forma se deshacía, todo esto durante horas, días, semanas… Y sentía también que cada copo de nieve tenía su peso y que la humedad de la nieve también es diferente.

    En La vegetariana hay una mujer que se despoja de su cuerpo con la intención de integrarse en el reino vegetal, y en La clase de griego, la protagonista ha perdido el habla porque rechaza la violencia del lenguaje y aspira a recuperarla a través de una lengua muerta.

    Han Kang
    Pero ¿pasara lo que pasara?
    Sí. Me era igual todo, si estaba tomando té con mi amiga, mala suerte: si caía nieve de repente, yo salía al exterior. Era mi trabajo de campo para la novela. Hasta un punto en que ya no podía disfrutar de las nevadas tranquilamente, mirándolas tras la ventana.
    Cuando publiqué el libro, en otoño del 2021, recuerdo con gran placer aquel invierno del 2021 porque al fin podía descansar en casa mirando la nieve como el resto del mundo. Mis amigos, que tienen mucha paciencia, me llaman por teléfono al nevar: “Me acuerdo de ti, Kang”. Esa nieve ha dado todo un libro.
    Desde luego, usted hace que la nieve pueda ser un monstruo amenazador, un estallido de pureza, un narcótico…
    Es curioso lo que me ha dicho antes de que tiene que dejar el libro un rato. Porque, cuando escribo, yo tampoco aguanto sentada mucho tiempo. Escribo más o menos durante unos 30 o 40 minutos y ya no puedo más, mi concentración se acaba. Entonces me levanto, paseo durante otros 30 o 40 minutos o hago tareas de casa y luego vuelvo a escribir. Escribo corto y varias veces, a ráfagas.
    Entre las escenas que a uno se le quedan grabadas en la memoria hay una que no tiene que ver ni con la violencia ni con lo sensual, sino que es muy simbólica: en Actos humanos, a una compañía de actores le censuran la obra de teatro y la representan igualmente, pero moviendo los labios en escena, sin pronunciar las palabras. ¿Eso cómo se le ocurrió?
    ¡Eso sucedió! Los actores se pusieron a actuar sin decir nada, solamente soltando algún gemido. En la dictadura, todos los libros, guiones y libretos tenían que ser revisados previamente por algún censor. Hubo una compañía que se encontró con la obra entera tachada, no podían decir ni una frase. Así que se les ocurrió que, sin contravenir la ley, podían representarla sin palabras. Fue algo que se marcó a fuego en mi corazón, por eso lo he incluido en mi novela, aunque los detalles de la historia y del teatro no tienen nada que ver con los reales.
    Sus personajes o están enfermos, ya sea con jaquecas —como las que usted sufre—, males más graves o están heridos o sangran o tienen problemas de salud mental. Es como si en este mundo fuera imposible estar sano. Hay muchos hospitales, centros de salud… ¿Qué nos está diciendo? Porque, a veces, parece que el manicomio está fuera de las paredes de esos centros, más bien en la calle.
    Yo creo que el ser humano, todos nosotros, nacemos muy débiles. Y sucede igual cuando morimos, estamos muy débiles. Entremedio, no nos engañemos, nunca nos desprendemos de esa debilidad constitutiva; todos los seres humanos conservan ese lado débil, más o menos enterrado o manifiesto. Y pienso que la literatura tiene que tratar este tema, la fragilidad del ser humano.
    Mis personajes se relacionan entre ellos a través de su dolor, de su fragilidad, que es lo que los conecta. Sintiendo ese dolor te relacionas con otros. Yo creo que esa es una de las evidencias del amor, es decir, el sufrimiento te abre al otro. Es como si de repente hubiera encontrado el significado del amor, y mis novelas son novelas de amor.

    He vuelto rápidamente a mi vida normal, a mi rutina, a estar en casa junto a mi hijo. No quiero presión, me quedan muchos años de vida y no quiero dejar de escribir ni volverme tonta. Con un premio así, tienes algunas obligaciones, pero las he cortado todas.

    Han Kang
    En especial La clase de griego, que puede verse como un romance entre una muda y un ciego…
    Todas hablan del amor, porque hablan del dolor. Amar significa incluir, abarcar el sufrimiento del otro, que te importa, el amor te hace empático. Nosotros sufrimos, nuestro cuerpo sufre, nuestra mente sufre, pero por medio de este proceso mantenemos relación con otros y, al final, amamos. Yo creo que eso es tener una relación. Por ejemplo, la escena en que Inseon se corta los dedos de la mano trabajando en el taller.
    Uy, sí, qué impresión…
    Le recogen las puntas de los dedos que han caído al suelo y se los unen otra vez en el quirófano. Para que vuelvan a estar activos, formando parte del todo, deben pincharlos cada tres minutos, infligiéndole dolor, para que quede bien el dedo. Eso es pura medicina y muestra que, a través del sufrimiento, nos relacionamos y nos unimos.
    Todo ello lo hace imbricando a los personajes con la naturaleza, sin llegar al ideal extremo de la chica de La vegetariana, que parte de un verso del poeta Yi Sang: ‘Creo que los humanos deberíamos ser plantas’.
    En Imposible decir adiós me centro en el ciclo del agua, que se evapora, sube verticalmente hasta el cielo y luego se mueve también horizontalmente, por el viento y el mar. A través de esas líneas podemos saber que la tierra está unida. Todos estamos unidos y relacionados. Siempre pienso en eso cuando escribo, en cómo podemos establecer vínculos. La literatura une a las personas que viven en diferentes lugares, en diferentes épocas históricas, pero que están leyendo el mismo libro.
    Una pregunta, una sola, sobre la situación política en Corea y el autogolpe de Estado del pasado diciembre.
    Todo cambia constantemente, de una forma muy rápida. Yo sigo teniendo esperanza en que la cosa mejore. El día en que se declaró la ley marcial, el pasado 3 de diciembre, hubo ciudadanos que impedían el paso de los tanques con su cuerpo, muchísima gente se movilizó para no repetir el pasado.
    Yo, viendo estas escenas, me conmoví mucho y tuve la esperanza de que todo irá bien. Ahora mismo, la situación no puedo decir que sea buena, sino bastante compleja, pero aun así creo que se solucionará.
    Han Kang

    Han Kang con el Nobel entre las manos. Foto:Getty Images

    Su libro más distinto de todos es Blanco, una especie de diccionario de términos relacionados con ese color…
    Al principio pensé, simplemente: ‘Voy a escribir sobre cosas blancas’. Y luego me acordé de mi hermana mayor, que murió a las dos horas de nacer. Seguramente, sin su muerte, mis padres no hubieran decidido tenerme a mí. En la primera parte aparecen las cosas blancas desde mi punto de vista. En la segunda, presto mi cuerpo a mi hermana muerta, para que ella me diga las cosas blancas que ve. Pero mi hermana mayor y yo no podemos coexistir, porque si está una no puede estar la otra, así que, en la tercera parte, hacemos la ceremonia de despedida. Así es el libro.
    En las escenas más crueles o salvajes, usted es capaz de encontrar belleza o actos nobles. ¿Puede explicar esta belleza que hay incluso en las cosas más horribles?
    Dentro nuestro hay dos lados, uno oscuro y uno luminoso. Somos capaces de una crueldad horrible y de la mayor generosidad. Muestro ambos, pero yo siempre ando hacia la luz, porque estoy viva. Esto no es porque yo quiera, una decisión que haya tomado, sino una fuerza que me arrastra hacia esa senda luminosa. Ese es mi tema: el amplio espectro de la humanidad, de lo sublime a lo brutal, todo el abanico.
    Cuando leí durante tres meses documentos brutales sobre Gwangju se desmoronó mi fe en la humanidad. Me sentí frustrada, incapaz de seguir escribiendo, estuve a punto de abandonarlo todo. Pero encontré el diario de un miembro de la milicia civil que, antes de morir, anotó: “Oh, Dios, ¿por qué esta cosa llamada conciencia me atraviesa y me duele tanto? ¡Quiero vivir!”.
    Vi que ese era el camino: avanzar hacia la dignidad humana. En mis obras futuras voy a seguir explorando ese camino. Por mucho que aborde lo oscuro, el sufrimiento, siempre —tanto en mi vida como en mis novelas— voy hacia la luz.
    ¿Ha soñado algo últimamente?

    Sí. Estoy soñando mucho que estoy dentro de la naturaleza, en el bosque y luego en el interior de un glaciar hermoso, rodeada de árboles. Es un sueño muy placentero.


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  • Y ese Milán Kundera, ¿en qué equipo juega?

    Y ese Milán Kundera, ¿en qué equipo juega?


    Estaba hace algún tiempo pendiente de que iniciaran las sesiones en la onorable (sin h, no se preocupe) Asamblea. Tiempo que se torna eterno. Mientras esperábamos se hablaba de todo y de lo que ocurre en el Palacio de San Francisco, cuando uno de los contertulios propuso cambiar de tema. “Para qué referirnos a personajes de ingrata recordación en el Valle”, dijo.
    Estuve de acuerdo y para proponer un nuevo punto, les mencioné a Milán Kundera y lo que había leído sobre él.
    Un político que estaba muy cerca, queriendo congraciarse e integrarse a la charla, preguntó: ¿Y ese Milán en qué equipo juega?¿En el Barza o es italiano? Con semejante despropósito, los presentes comprendimos por qué algunos líderes de partido llegan a la Vicepresidencia o a la Gobernación.
    Y es que vivir en otro planeta como consecuencia de no leer se ha tornado tan peligroso, como la costumbre de andar chateando con un teléfono celular en todas partes o la ansiedad por la última actualización de su Facebook.
    De acuerdo con un estudio que difundió la Agencia de Noticias EFE, los colombianos leen cada vez menos.  Es un hábito que está disminuyendo aun cuando son fáciles de conseguir textos en formato electrónico que se pueden leer en cualquier sitio.
    La Biblioteca virtual Grammata, especializada en el diseño y difusión de e-books, reveló en su informe: “Lectura en Colombia”, que nuestra amada y sufrida Patria está por debajo de Chile, Argentina y Uruguy en niveles de lectura. La mayoría de los colombianos lee de dos a tres libros por año.
    Mientras que en el 2013 un 63,5% de adolescentes y jóvenes entre 12 y 15 años aseguraron haber leído libros en el último año, en el 2013 ese mismo segmento poblacional asiduo a la lectura, lo integraba el 68,5%. En otras palabras, se leía más hace cuatro años.

    El estudio toma como base la Encuesta de la Cultura realizada por el DANE y en las cifras del Registro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe.  De acuerdo con el análisis, quienes más leen tienen edades entre los 26 y 40 años y comienza a declinar a partir de los 41 años.
    Si se tornó tan impopular la lectura, si a través de Facebook se escribe herror ortográfico con h, aser sin h y c, si en un discurso ventijuliero de un gobernante en televisión se dicen tantas incoherencias, ¿comprende ahora por qué el pobre pichón de político no sabía quién era Milan Kundera, y lo asaltaba la duda de si era o no un futbolista europeo? A propósito, ¿sabe usted quién es Milán Kundera?…
     
    NOTA OBLIGATORIA: Lo expresado en esta columna interpreta el pensamiento del autor y no necesariamente compromete el criterio del movimiento sugoviano.

     

  • A 28 años de la masacre de El Salado, Colombia todavía no olvida

    A 28 años de la masacre de El Salado, Colombia todavía no olvida

    Una masacre que marcó la historia de Colombia. Curiosamente, mientras ocurrían los hechos, la fuerza pública jamás hizo presencia en el lugar. Más de cien víctimas en dos semanas de violencia paramilitar.

    Si usted se pregunta cómo era El Salado, el remoto caserío en Montes de María, bastará decir que eran unas cuadras cortas que convergían en una iglesia, sobre un costado del parquecito “Cinco de noviembre”, donde toda la gente se de daba cita, particularmente en las tardes de los fines de semana. No había mucho qué hacer, así que reunirse y conversar, constituía el único programa al que tenían acceso, pero que anhelaban que llegara, para salir de la rutina.

    En el templo, abarrotadas, cabrían cincuenta personas. Ir a misa, luego ir a comer algo y hablar de lo que fuera, era lo que hacían cada domingo, bajo un calor insoportable que humedecía la ropa. Por eso se arremolinaban bajo los toldos de fritanga con las infaltables arepas de huevo y las butifarras.  

    Las fiestas anuales, eran las que se realizaban en honor a la virgen de Santa Rosa de Lima.

    Nancy Montes, hoy docente de informática, recuerda la época: “La vida era maravillosa”. Con cuatro palabras resume lo que vivían en aquellos días, antes que irrumpieran los paramilitares.

    El paisaje era agreste, algo árido y el aliciente, era la brisa proveniente del mar, que les quedaba muy cerca. “Parecía que no había tiempo, y si lo hubiese, que se habría detenido. Solo teníamos conciencia de su transcurrir, por los pocos relojes de pared que se encontraban en las viviendas.”, relata la mujer.

    UN AMANECER TEÑIDO DE SANGRE

    La tranquilidad de El Salado, propia de un cuento de los tantos que han escrito autores caribeños como Álvaro Cepeda Samudio, fue rota abruptamente la madrugada el 23 de marzo de 1997.  “Aquí nunca pasa nada”, solían repetir los viejos; sin embargo, esa premisa pasaría a la historia.

    Los paramilitares llegaron por los cuatro costados del pueblecito. Despertaron a todos a gritos, enfatizando que “Es hora de que se levanten, guerrilleros hijuepuetas”, decían. Era su forma de intimidar a quienes consideraban aliados de la guerrilla. Venían uniformados, con fusiles en la mano, en las mangas de la camisa brazaletes con unas iniciales, pero un común denominador: todos sin rostro, como en una novela de terror de Stephen King.

    La fama de pueblo izquierdoso, se la ganaron en la década de los 60, cuando las FARC iban y venían por la zona, un corredor de fácil acceso para el transporte de armas que, invariablemente, iban para el interior del país.

    Pero también reductos del EPL y el ELN se movilizaban muy cerca. Era una época en la que las organizaciones insurgentes no se agarraban a plomo para disputarse territorios. Aunque su cosmovisión político-militar era diferente, coincidían en un propósito común: derrocar al gobierno y tomarse el poder.

    Ese día regaron la tierra con la sangre de las primeras víctimas. Los miraban, todavía adormecidos y con sorpresa y a “ojo de buen cubero”, intuían si era afecto a los guerrilleros. Los apartaban de los demás. Y sin más, les dispararon. “Somos las Autodefensas Unidas de Colombia, que no se les olvide. Si le siguen colaborando a los guerrillos, se mueren todos”, vociferaba un hombre que todos señalaban como el comandante de la compañía, a quien llamaban Genaro. Eran aproximadamente 20 hombres.

    Las primeras víctimas fueron la profesora, Doris Torres, y a Ender Domínguez, que apenas era un adolescente, estudiante aventajado.

    DOS SEMANAS DE MUERTE

    Una segunda arremetida, que dejó 67 víctimas, tuvo lugar entre el 16 y el 22 de febrero del 2000. La acción fue ejecutada por el llamado Bloque Norte y el Bloque Héroes de Montes de María. Ejecuciones sumarias que iban acompañadas por disparos de fusil o de pistola. Al escuchar los tiros, quienes estaban encerrados en sus casas, sabían que encontrarían en las callecitas polvorientas uno o varios cadáveres.

    Esta vez no estaba Genaro, sino Rodrigo Tovar Pupo, alias “Jorge 40”. Un asesino robusto y de mediana estatura, con barba bien cuidada y pinta de intelectual universitario.  Vestía con camuflado y una gorra distintiva, con una efigie que muchos asociaban con una calavera.

    Mataron a 67 personas, aun cuando algunos testigos de los hechos, aseguran que fueron más de cien. Quienes no figuran en los registros, fueron arrojados junto a los arbustos, lejos de El Salado. La cifra fue avalada por la Fiscalía en el 2008.

    En la masacre participaron 450 hombres, todos al servicio de las autodefensas. Su modus operandi fue el mismo: sacaron a las víctimas de las viviendas, las torturaron y, en al menos la mitad de los casos, las degollaron. “Era para ahorrar munición”, dijo Aída López, quien testificó ante las autoridades y hoy reside en Argentina.

    UN DOLOR QUE NO TERMINA

    A quienes seleccionaban para darles la “solución final” por considerar que tenían afinidad con la izquierda, los molieron a golpes y los degollaron en el pequeño templo. Desde su perspectiva, no profanaban el lugar, porque cubrieron el crucifijo del lugar con una toalla.

    Los gritos se escuchaban en la distancia. Pedían misericordia e invocaban la ayuda de Dios. Los paramilitares parecían sordos.

    Otros fueron masacrados en una cancha de fútbol cercana. Esas fueron las ejecuciones extrajudiciales para intimidad y advertir a los demás que jamás podían colaborar con la guerrilla, y si era dueño de una fonda, ni siquiera venderles una libra de arroz o una cerveza. Utilizaron garrotes, destornilladores y motosierras.

    Para ahogar los gritos, hicieron sonar los instrumentos musicales que hallaron en la casa de la cultura de El Salado.

    “En tres días sacaron todo el trago de las tiendas, se emborracharon y violaron y empalaron mujeres, sacaron fetos de embarazadas y jugaron al fútbol con cabezas. Con un palo, subían la cabeza de la gente y los obligaban a mirar. No los dejaban llorar“, relataría la periodista Claudia García Jaramillo, en diálogo con un portal de noticias, mucho tiempo después.

    Esa mortandad desencadenó el desplazamiento forzoso de por lo menos 280 personas, entre ellos ancianos, mujeres y niños.

    Las órdenes las impartió Carlos Castaño con el aval de Salvatore Mancuso, pero fueron instrumentalizadas por Jorge 40, Nicolás Castellanos Duque, Jhon Jairo Esquivel Cuadrado, alias ‘el Tigre’, y Uber Enrique Bánquez alias ‘Juancho Dique’.

    Los que “corretiaron” a los paramilitares, fueron combatientes del frente 37 de las FARC. Curiosamente el Ejército y la Policía solo aparecieron cuando los guerrilleros repelieron a las autodefensas. En tanto ocurrían las masacres, jamás se dejaron ver por la zona.

    UN PUEBLO EN RUINAS

    Antes de la masacre, la principal fuente de riqueza del pueblo era la industria tabacalera. Hoy la pobreza campea en la zona. Nadie invierte.

    El Salado y sus alrededores lucen fantasmales y en el cementerio, ya no hay cruces. El tiempo, el calor y el paso del tiempo, acabaron con la madera. Ni siquiera lápidas se encuentran. Solo los recuerdos de una masacre que Colombia no olvida.

    © Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo


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  • Se busca…

    Se busca…

    Solamente vino a darse cuenta cuánto amaba a su padre, el día que se perdió y no supo de él por varios días.

    Luis Ángel se volvió popular en el barrio y más allá, por los afiches fotocopiados en blanco y negro, que sus familiares pegaban en muros y postes. No lo promocionaban como artista pop, exponente de bachata y menos de la música popular como Darío Gómez. En absoluto. En esos avisos advertían que se encontraba extraviado, decían que padecía Alzheimer, y diabetes y dejaban un teléfono de contacto.

    Para el momento de su pérdida, tenía 78 años, y un día aprovechó la puerta abierta en casa y salió a la calle, con la misma curiosidad y entusiasmo de un niño al que llevan a conocer el mar. Caminó y caminó y la avenida se hizo tan larga, que se fundía en el horizonte, en ese punto infinito donde el sol muere al caer la tarde.

    Para Luis Ángel no había fronteras. Pronto Cali le quedó pequeña, pasó a Jamundí, llegó al Cauca y siguió andando. Con sed, con hambre, con frío y con calor. Algunos se apiadaban del anciano y lo llevaban en carro hasta el pueblo siguiente.

    Él no tenía afán, ni tiempo, ni memoria. Sencillamente un propósito: caminar. Lo hizo por espacio de dos semanas.

    Entretanto, Alejandra lo buscó en Cali. Fue a los hospitales, las clínicas, la morgue, buscó bajo los puentes, a las orillas de los ríos y adonde le decían que habían visto a alguien parecido.

    Cuando enfermó de Alzheimer, lamentó ser hija única y tener que llevar a cuestas la que consideró una pesada carga. Olvidó las tardes en las que, el hoy viejo, fue a recogerla al colegio; los sacrificios en diciembre, cuando Luis Ángel no compró ropa ni zapatos, para darle a ella la muñeca o bicicleta que las niñas anhelaban en la época. Y, por supuesto, no recordó que Luis Ángel hizo todos los sacrificios para que ella pudiera estudiar una carrera profesional.

    Por eso, cuando le avisaron que estaba en la principal vía de acceso a San Juan de Pasto, fue apresurada, anhelando tener alas para llegar de inmediato. Lo abrazó, con tanta fuerza, que deseaba fundirlo en su cuerpo. Había aparecido Luis Ángel, tostado por el sol, algo enfermo y con hambre… Había recuperado a su viejo del alma…


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  • Se fue de Ginebra el último lector voraz

    Se fue de Ginebra el último lector voraz

    Con más de 80 años, don Rogerio es dueño de una cultura sorprendente. Su promedio de lectura es de mil páginas semanales.

    Ginebra es un pueblo mágico con casas de múltiples colores y un templo gigantesco de comienzos del siglo pasado. Todos se conocen y se saludan con afabilidad, como si fueran una familia. E, invariablemente, los fines de semana atiborran el solar de las Reyes, donde venden los mejores maduros aborrajados y empanadas de toda la región.

    Es un pueblo culto, famoso por el Festival Nacional e Internacional “Mono Núñez”, en el que la modesta biblioteca municipal no da abasta porque solo unos pocos estantes están disponibles para acomodar los libros que jamás serán suficientes.

    No es extraño, entonces, que jóvenes y adultos hablen con propiedad de algún autor que podría ser Chejov, Tolstoi, Flaubert, Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Gustavo Álvarez Gardeazabal.

    Sin embargo, en criterio de la bibliotecaria, el mejor lector de toda su historia ha sido don Rogerio. Es voraz, más que otros usuarios. A sus ochenta y tantos años, conserva el buen humor y se ríe de todo. Solamente estudió hasta tercero de primera, pero es muy leído y conoce de todos los temas. No se amilana en ninguna conversación, sobre lo que sea. En esencia, es dueño de una enorme cultura.

    Se estima que ha disfrutado más de mil libros en casi cincuenta años de lectura.

    “Cada semana pide prestados dos o tres libros, principalmente novelas”, anota la bibliotecaria. Su promedio de lectura es de mil páginas de lunes a domingo. Sus ojos navegan inquietos entre líneas y párrafos como un niño feliz en un parque de diversiones.

    El asunto es que se trastea. Se va a vivir muy cerca de Cali. “Lo voy a extrañar”, dice la funcionaria detrás de un escritorio, en ese modesto espacio. “Don Rogerio me resume cada libro, con el mismo entusiasmo de un literato”.

    El último día que don Rogerio visitó la biblioteca municipal, lucía nostálgico. Recorrió muy despacio los estantes, rozando con delicadeza los libros, como si se estuviera despidiendo con afecto de sus viejos amigos. No fue un “Hasta pronto”, sino un adiós definitivo, porque no sabe si algún día regresará, así sea para recoger los pasos.


    (c) Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo


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  • Las emisoras de paz no pueden acabarse

    Las emisoras de paz no pueden acabarse

    Las emisoras de paz son una expresión de nuestra democracia porque abren espacios para la participación ciudadana, abierta y sin restricciones.

    Eran otros tiempos. A comienzos de la década de los ochenta. Trabajaba en radionoticieros y en el diario El Caleño. Una época maravillosa e inolvidable en la que se liberaba mucha adrenalina detrás de las noticias. Trabajaba en Cali, pero vivía a treinta kilómetros, en Vijes, un pueblo muy pequeño y hermoso de mi Valle del Cauca, como sacado de un cuento de Gabriel García Márquez.

    No podía ocultar el entusiasmo cuando mis paisanos me compartían que escuchaban la radio. “No me pierdo las noticias”, decían e íntimamente experimentaba una satisfacción enorme, como periodista que apenas comienza en el oficio. En ese momento descubrí el enorme poder de la palabra a través de las ondas hertzianas.

    Quien deseara tener un espacio en las emisoras debía pagar, y bastante. Un lujo que solo podían darse los charlatanes y quienes pretendían arreglar matrimonios, atraer el ser amado y sanar las “cuitas de los despechados” con tomas mágicas que no eran otra cosa que agua y anilina, que muchos compraban con ilusión.

    Lo que rompió esa brecha y permitió que las comunidades pudieran expresarse libremente y sin pagar, fueron las emisoras de paz. Una iniciativa que surgió como consecuencia del Acuerdo de Paz, en noviembre del 2016. Le dio voz a los que, por años, permanecieron callados.

    Líderes sociales, comunales e incluso, quienes aprovechan esas ondas para impulsar procesos formativos, han tenido eco, lo que hace poco más de treinta años era imposible.

    Desde el 2022 se escuchan voces aisladas e insidiosas de María Fernanda Cabal que pretenden asociar esas radios con plataformas controladas por la insurgencia, lo que no solo riñe con la verdad, sino que pone en peligro a quienes transmiten sus programas. “Es tanto como ponernos una lápida encima”, dijo Walter Salazar, uno de los líderes que se siente hoy amenazado.

    La solidez de una democracia se sustenta en que todos puedan expresarse. Materializar aquello de que la participación ciudadana en todos los espacios debe ser abierta y real. En esa dirección, debemos defender la permanencia de las 20 emisoras de paz que hay en Colombia.


    (c) Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo


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  • Álvaro Uribe Vélez: ¿De perseguidor a perseguido?

    Álvaro Uribe Vélez: ¿De perseguidor a perseguido?

    El expresidente pide justicia pese a que, durante su gobierno, fue un declarado perseguidor de quienes tuvieran un pensamiento diferente.

    Resulta irónico que después de haber sido perseguidor y de instigar una inmisericorde cacería de brujas contra quienes consideraba “peligrosos” para el Estado por sus ideas de izquierda, el expresidente Álvaro Uribe Vélez se considere hoy como un “perseguido político” porque debe sentarse en el banquillo de los acusados.

    Considera que las pruebas en su contra, en el caso de Iván Cepeda, son un montaje. Lo cierto es que deberá responder por tres delitos: fraude procesal, soborno a testigos y soborno en actuación penal.

    Con cinismo, pide que la justicia sea imparcial en su proceso. Sin embargo, durante su gobierno no tuvo consideraciones con nadie.

    El país no puede olvidar su insensibilidad frente a hechos tan graves como los “falsos positivos”, consecuencia de las órdenes que impartía a las fuerzas militares procurando resultados, a como diera lugar, en su paranoica lucha contra la insurgencia. Como dicen los abuelos y viendo el caso de Uribe: “Los pájaros tirándole a las escopetas”.

    Las argucias de Álvaro Uribe Vélez para declararse perseguido en un gobierno progresista, no tienen límites. Manipula versiones y, por supuesto, a los medios de comunicación que le son afectos.

    Colombia todavía tiene vivas las imágenes de los horrores que se experimentaron durante sus dos administraciones. Los testimonios pueden leerse en el libro “Las guerras recicladas” de María Teresa Ronderos.

    Fue durante sus gobiernos que florecieron y se enquistaron diversas estructuras de paramilitares, a las que se atribuyen más de 220 mil víctimas en todo el país.

    Infinidad de madres y familiares de muertos y desaparecidos, aún siguen esperando a las víctimas y otras las encontraron en espacios como La Escombrera, en Medellín.

    Así las cosas, irónico, insisto, que un perseguidor de los kilates de Uribe, se declare hoy como perseguido político.

    (c) Fernando Alexis Jiménez | @CrónicasdeMacondo


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  • Los pájaros ya no trinan en el Catatumbo

    Los pájaros ya no trinan en el Catatumbo

    Una de las regiones más hermosas del país se ha convertido en un escenario de muerte y desplazamiento por cuenta del conflicto armado.

    Hace poco más de dos meses el canto de los pájaros en el Catatumbo se apagó para dar paso a los constantes disparos de fusil o el incesante tableteo de las ametralladoras, que testimonian los combates que aún libran el ELN, las disidencias de las FARC y otros actores armados que defienden el territorio como propio.

    El problema es que los enfrentamientos entre unos y otros dejan ya 50 mil desplazados, que son proporcionalmente el número de habitantes de un pueblo pequeño en el Valle, en el Cauca o en Nariño. De esa magnitud es el drama.

    Es una de las crisis humanitarias más grandes de Latinoamérica, superior incluso a las que se produjeron como consecuencia de las acciones de contrainsurgencia en El Salvador y Nicaragua, en la década de los ochenta.

    Quienes huyen del cruce de disparos, terminan concentrándose en Cúcuta, Tibú y Ocaña, con un costal en el que llevan algo de ropa y la infaltable olla de aluminio, porque nuestros compatriotas entendieron que de nada sirve tener tierras si son otros los que las usurpan cuando quieren, para defender sus propios negocios.

    Me imagino a Marx, Lenin o Mao revolcándose en la tumba al enterarse que, al amparo de sus fundamentos ideológicos, hay quienes terminan defendiendo a plomo rutas para transportar una mercancía non-sancta.

    Si bien es cierto el país se ha movilizado para enviarles alimentos, medicinas y ropa—unos compadecidos por la situación, y otros para tomarse una fotografía y lograr figuración–, lo que logran reunir en los centros de acopio no es suficiente para paliar el hambre, las enfermedades y la desolación que los azota y, que tal como van las cosas, amenaza con prolongarse en el tiempo.

    Los reportes más recientes y que considero pacatos, señalan que Cúcuta contabiliza 22.619 personas desplazadas, Tibú 13.373, Ocaña 10.258, seguido de El Tarra con 1.300 y San Calixto con 1.098.  Los asesinatos sobrepasan las 100 víctimas en Tibú, Teorama, El Tarra, San Calixto y Hacarí.

    Una situación que desborda todo control y amerita el concurso de otros países en búsqueda de una solución, porque los grupos armados como en las tradicionales peleas de borrachos que se formaban a las afueras de las cantinas, no quieren entrar en razón y pareciera que disfrutan la camorra, o al menos, encuentran cada día nuevos motivos para alimentarla.

    (c) Fernando Alexis Jiménez


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