Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • La miseria en una cajita de embolar

    La miseria en una cajita de embolar

    Muchísimos colombianos derivan sus ingresos de lustrar calzado. Simplemente sobreviven, azotados por la miseria.

    Conocí a Lince Hernando Torres muy cerca de la oficina donde trabajo, en el barrio Santa Isabel, en Cali.  Llegó al parquecito donde acostumbro leer al mediodía, después del almuerzo. 

    “Lustro calzado”, me dijo. Levanté la mirada y me encontré con la encarnación del Quijote de la Macha, salvo Rocinante, pero sí con un perro flaco que no tenía fuerzas ni para ladrar. Luego entendí las razones. Aguantan hambre en una pieza muy cerca de La Estrella, parte alta de Siloé. La habitación la comparte con un hijo que tiene síndrome de Down y vive muy enfermo. Paga cada día ocho mil pesos.

    Aceptó que me quitara los zapatos cuando le expliqué que por convicciones políticas y de fe, no concibo que nadie esté por debajo.  Creo que todos somos iguales y deberíamos estar en el mismo nivel.

    Por cada embolada cobra tres mil pesos. El mayor problema, según me explicó, es que ya muy pocos usan calzado de cuero. Hoy es muy común que la mayoría de las personas calcen tenis. “Un potecito de betún me dura mucho”, se sonrió.

    En sus ojos vi reflejada la desolación. Y, también, la soledad. Su esposa Alicia murió hace ocho años en un pabellón del Hospital Departamental. Estaba grave. “Lo que más me duele es que no podía comprarle los medicamentos ni los pañales desechables que me pedían.” La plata que gana, no le alcanzaba.

    Lo que más se gana en un día son treinta mil pesos. Restándole los ocho mil de la pieza, le quedan veintidós mil: para comprar comida y medicamentos, porque su hijito sufre de cólicos y fiebres. “Si no alcanza, primero está mi hijo. Entonces toca café y pan de cinco mil”, asegura con resignación.

    ¿Los días más complicados? Domingos y festivos. “No hay clientes”, se lamenta. Y detrás de Lince Hernando, se va el dolor que deberíamos sentir los colombianos por los que sufren y tienen muy poco para vivir…

    (c) Fernando Alexis Jiménez


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  • La revolución es una fiesta

    La revolución es una fiesta

    Por siempre permanecerán en nuestra memoria quienes fueron heridos o asesinados durante el estallido social. Su único delito era procurar un cambio para Colombia.

    Jaime Báteman Cayón solía repetir que “La revolución es una fiesta”, y Carlos Pizarro Leongómez, tenía en el campamento de Santo Domingo, en Toribío (Cauca) un reproductor con música metal y de salsa que reposaba junto con su fusil. Vivir la alegría de la vida, sin perder de vista que se deben impulsar los cambios.

    Jaime Báteman Cayón, primer comandante del M19

    Lucas Villa, el líder social asesinado durante el estallido popular del 2021, encarnó a los jóvenes convencidos de que el país necesita una profunda transformación y promover reformas que reduzcan la brecha de pobreza que registra Colombia.

    En medio de una protesta en el puente de Dosquebradas, Risaralda, recibió varios disparos. Fue el 11 de mayo de 2021. Un miércoles fatídico, aunque todo alrededor parecía un carnaval con pitos, tambores y saltimbanquis expresando culturalmente su inconformidad. Lucas era dirigente estudiantil de la Universidad Tecnológica de Pereira. Cursaba la carrera de Ciencias del Deporte y la Recreación.

    Una de las imágenes que difundieron los noticiarios del mundo entero al dar cuenta de ese crimen aleve, fue la de Lucas bailando en las calles, durante una de las marchas. Sus ojos expresaban gozo y su sonrisa era tan grande y prolongada, como los recuerdos agradables que almacenamos en la vida. “Le gustaba la música, reírse y cada día para él era como una fiesta”, relató doña Nora Estella, la madre del joven.

    El inolvidable dirigente estudiantil, Lucas Villa, asesinado en Risaralda por las “fuerzas oscuras”

    Dos personas fueron capturadas como autoras materiales del homicidio, pero jamás se supo quiénes fueron los autores intelectuales. Quizá los más importantes. Permanecen en el anonimato, probablemente reclamando que el país vuelva a su historia del pasado.

    Como solía repetir el padre Alzate, el eterno párroco de Barragán, corregimiento de la parte alta de Tuluá: “No nos digamos mentiras, las “fuerzas oscuras” son los mismas que portan uniforme camuflado y botas de guerra, con etiqueta oficial. Lo único que hacen es cambiarse de brazalete al caer la noche, para cometer sus fechorías. Solamente le ponen tres iniciales: AUC.” Por supuesto, los paramilitares lo sacaron “chontiao” bajo amenazas. Fui parte de la comisión humanitaria que lo ayudó a salir de la zona.

    LAS CIFRAS DOLOROSAS

    Durante el estallido social—de acuerdo con las cifras oficiales— se estima que murieron 34 personas, aun cuando diversos observatorios sobre la violencia, advierten que fueron más de 100.

    Alrededor de 3400 personas, principalmente jóvenes, fueron hospitalizadas, 17 sufrieron mutilaciones y 82 perdieron los ojos como consecuencia de las balas de goma disparadas por las fuerzas del orden contra el rostro de los manifestantes.

    No los olvidamos. Están en nuestra memoria. Su sangre regó el surco de una Colombia nueva, que se abre paso con dificultades porque la “gente de bien” que ha mantenido nuestro territorio sumido en la pobreza, no quiere perder ni el poder ni los privilegios.

    Los colombianos no podemos olvidar ese momento aciago. Ojalá y no tengamos que repetir la historia en búsqueda de una transformación. Que la democracia prime y las necesidades de la gente estén en la agenda de los gobernantes y los legisladores.

    Anhelamos la paz. Es un sueño que acariciamos muchos; pero una paz con justicia social. Una paz donde haya menos pobres y más oportunidades de empleo. Una paz donde volvamos a sonreís con esperanza.

    Y aun cuando los líderes sindicales y sociales sabemos que una arremetida de la derecha viene de la mano con la posibilidad de “darnos piso”, ponernos a “oler a gladiolo” o en palabras castizas, que nos obliguen a “estrenar lápida”, seguimos soñando con ese cambio y con esa paz. Repetimos como el mítico Ernesto del Che Guevara: “Bienvenida la muerte donde quiera que nos encuentre, siempre y cuando no traicionemos nuestra lucha.” 

    (c) Fernando Alexis Jiménez


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  • La COP16 mostró el compromiso de Colombia con el medio ambiente

    La COP16 mostró el compromiso de Colombia con el medio ambiente

    Con un conflicto de más de 60 años, del que está saliendo, Colombia le mostró al mundo su compromiso con la naturaleza.

    Al caer la noche, con la brisa del Bulevar del río Cali que baña todo alrededor y las farolas junto al afluente, cuyo rumor es cautivador, el ambiente nos lleva a disfrutar la agonía de la COP16. Junto a la mesa que ocupo, mi infaltable libreta de notas y un cafecito. Hay tanto por escribir, que realmente no sé por dónde comenzar.

    Lo relevante, el clamor de los asistentes: que haya una paz real, una paz con todos y para todos, y por supuesto, con el ecosistema. Sembrar minas antipersonal en cualquier campo del país, es un atentado al planeta y a quienes lo habitamos.

    Es algo que nos recuerda Elías Bolívar, el niño que fue a recoger una pelota, en la parte alta de Buga, y un artefacto explosivo oculto junto a un matorral le voló las manos. Víctima de un conflicto que él no entiende y muchísimos colombianos tampoco.

    Sin duda, al concluir la COP16 queda el sabor de que se discutió bastante, hubo uno que otro discurso con tinte politiquero de quienes quisieron asumir un papel protagónico, pero al final, un compromiso claro que encabezará el gobierno colombiano: “Hacer la paz con la naturaleza”.

    “Este evento ha sido altamente positivo. Mucho más, viniendo de un país en el que después de 60 años de conflicto armado, se camina hoy hacia la paz, con esta diversidad cultural de pueblos, de cruces de caminos y con una de las mayores diversidades ecológicas del mundo”, dijo la ministra del Medio Ambiente, Susana Muhamad, en una de sus intervenciones más emotivas.

    Se me está acabando el tinto y ya hice señas para que, por favor, me traigan más.

    Desde la perspectiva de la ministra, el reto es consolidar la paz con el medio ambiente en un país que es al mismo tiempo Pacífico, Amazónico, Andino, Caribe y Orinocense. Es una meta que nos compromete a todos, al concluir la COP16. Un norte hacia el cual debemos caminar cuanto antes.  

    (c) Fernando Alexis Jiménez 

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  • Colombia a la altura de la COP16

    Colombia a la altura de la COP16

    Tenemos gente emprendedora, ingeniosa, que ama el medio ambiente. Ese es un aspecto relevante que se le mostró al mundo.

    En la COP 16, evento que concluye el 1 de noviembre y que ha concitado la presencia de delegaciones de 196 países, se ha visto de todo. Desde conferencias que evidencian el grado de deterioro de la tierra como consecuencia de las malas prácticas del ser humano, hasta quien vaticinó—quizá no lejos de la realidad—que la intensidad de los calores aumentará de tal manera que ríos y lagunas comenzarán a secarse.

    Esa visión apocalíptica la comparten muchos, razón por la que entendí, haya quienes me miraron mal porque andaba con una botellita plástica con agua. “Si sigue así—me dijo una mujer sexagenaria con marcados visos de intelectualidad—no habrá quien se aguante el calentamiento global”

    Estamos acabando con la naturaleza, es cierto. El problema es qué y cómo le vamos a legar a las nuevas generaciones los territorios que habitan.

    Entendemos ahora los cuestionamientos de Greta Thunberg, la joven activista por el clima, oriunda de Suecia, quien calificó a los adultos de “irresponsables que solo piensan en ustedes y no en quienes habitarán el planeta.”

    Por supuesto, Santiago de Cali—en medio del caos vehicular que representó el cerramiento y peatonalización de vías centrales—ha recibido sinnúmero de visitantes del exterior, pero también del interior de Colombia.

    Despertaron muchos aplausos las comparsas de Nariño y Cauca, que transmitieron un poco de su cultura y del compromiso con el medio ambiente. Pero también el sabor de la marimba, el cununo y las tamboras del Pacífico. Los turistas vitoreaban con entusiasmo y, al final de cada concierto, hacían fila para tomarse fotos con los artistas.

    La COP 16 convirtió las calles de la capital vallecaucana en un verdadero carnaval, con las mismas características que describe Gabriel García Márquez, en las escenas de “Cien años de soledad”, al referirse a la visita de los gitanos a Macondo. El jolgorio se extiende hasta la medianoche, especialmente en el Bulevar del Río.  Ojalá y esta cumbre siguiera por todo el 2024, pero debe terminar y nos deja un profundo mensaje de cuidado de la tierra.

    (c) Fernando Alexis Jiménez

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  • El camino de la guerra debe terminar

    El camino de la guerra debe terminar

    En un país que atraviesa un duro momento en su historia, dialogar para concretar la paz, es el único camino.

    El diálogo con los grupos armados es esencial para el país. No puede terminar este gobierno sin que se hayan concretado acuerdos o, al menos, dejar sentadas las bases para una dejación de armas en el marco de la Paz Total.

    A estas alturas, la vía armada no es el camino para generar una transformación en el país. Las elecciones son la única alternativa, con todo y la contaminación que existe en las campañas. Es la cultura del elector la que se debe cambiar, para que se escoja a conciencia y no mediados por el tamal, el botello de aguardiente, las tejas de zinc o el bulto de cemento.

    En esa dirección, bienvenido el VI ciclo de diálogos de paz entre el gobierno nacional y tres bloques del dividido Estado Mayor Central (EMC), la mayor disidencia de las antiguas FARC. Igual expectativa que ocurriera con las otras organizaciones.

    Esa la expectativa de muchos colombinos. También de las familias de quienes hoy están alzados en armas.

    Vienen a mi memoria escenas de “¡Papá, son los muchachos!”, la novela que narra las primeras acciones del ELN –cuando nace en Santander– y la zozobra de los padres y hermanos de los combatientes, cada que escuchaban noticias.

    “Un día de estos puede ser mi hijo”, decía una madre atribulada en unas líneas del relato, al escuchar de bajas en las filas guerrilleras.

    Las FARC reclutaban gente en el campo. el Quintín Lame entre los indígenas, el ELN, el EPL y el M-19 en las universidades. Una época de sueños e idealismo bajo la inspiración del Che Guevara, Camilo Torres y otros guerreros que dieron la vida por una transformación.

    Las condiciones sociales, poblacionales y geográficas de Cuba son diferentes a las de Colombia. Un alzamiento popular armado a estas alturas, resulta utópico. Además, muchos han dejado las convicciones para rayar en actividades distintas a las de orden político. En esa dirección, el único camino es el diálogo. Colombia lo necesita.

    (c) Fernando Alexis Jiménez


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  • El Premio Nobel de Literatura 2024 es para la surcoreana Han Kang

    El Premio Nobel de Literatura 2024 es para la surcoreana Han Kang

    El premio de Literatura se otorga a la autora surcoreana Han Kang “por su intensa prosa poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana”

    La escritora Han Kang es desde hoy la Premio Nobel de Literatura 2024.
    Nació en 1970 en la ciudad surcoreana de Gwangju antes de mudarse con su familia a Seúl a los 9 años, y se ha convertido en la primera ganadora del Nobel procedente de Corea del Sur.

    Proviene de un entorno literario, ya que su padre es un reputado novelista. Además de escribir, también se ha dedicado al arte y a la música, lo que se refleja en toda su producción literaria.

    La ganadora del premio de literatura de este año comenzó su carrera en 1993 con la publicación de varios poemas en la revista coreana Literatura y sociedad. Su debut en prosa se produjo en 1995 con la colección de cuentos El amor de Yeosu, seguida poco después por otras obras en prosa, tanto novelas como cuentos.

    LAS OBRAS DE KANG

    Entre ellas destaca la novela Tus manos frías, que muestra claramente el interés de Han Kang por el arte. Según ha destacado Anders Olsson, presidente del Comité del Premio Nobel, el libro reproduce un manuscrito dejado por un escultor desaparecido que está obsesionado con hacer moldes de yeso de cuerpos femeninos.

    Hay una preocupación por la anatomía humana y el juego entre la persona y la experiencia, donde surge un conflicto en la obra del escultor entre lo que el cuerpo revela y lo que oculta.

    “La vida es una sábana que se arquea sobre un abismo, y vivimos sobre ella como acróbatas enmascarados”, afirma de manera reveladora una frase hacia el final del libro.

    SU MAYOR ÉXITO

    El gran éxito internacional de Han Kang llegó con la novela La vegetariana, en 2015. Escrito en tres partes, el libro retrata las violentas consecuencias que se producen cuando su protagonista Yeong-hye se niega a someterse a las normas de ingesta de alimentos. Su decisión de no comer carne se enfrenta a diversas reacciones completamente diferentes.

    Su comportamiento es rechazado por la fuerza tanto por su marido como por su autoritario padre, y su cuñado, un videoartista que se obsesiona con su cuerpo pasivo, la explota erótica y estéticamente.

    Finalmente, es internada en una clínica psiquiátrica, donde su hermana intenta rescatarla y devolverla a una vida “normal”. Sin embargo, Yeong-hye se hunde cada vez más en un estado parecido a la psicosis expresado a través de los “árboles en llamas”, un símbolo de un reino vegetal que es tan atractivo como peligroso.

    TRANSMITIENDO EL DOLOR

    Un libro más basado en la trama es The Wind Blows, Go, de 2010, una novela grande y compleja sobre la amistad y el arte, en la que el dolor y el anhelo de transformación están fuertemente presentes.

    La empatía física de Han Kang por las historias de vida extremas se ve reforzada por su estilo metafórico cada vez más cargado. Clases  de griego, de 2011, es un retrato cautivador de una relación extraordinaria entre dos personas vulnerables. Una joven que, tras una serie de experiencias traumáticas, ha perdido el poder del habla se conecta con su maestro de griego antiguo, que también está perdiendo la vista.

    A partir de sus respectivos defectos, se desarrolla una frágil historia de amor. El libro es una hermosa meditación sobre la pérdida, la intimidad y las condiciones últimas del lenguaje.

    CONTENIDO POLÍTICO

    En la novela Human Acts, Han Kang emplea esta vez como fundamento político un acontecimiento histórico que tuvo lugar en la ciudad de Gwangju, donde ella misma creció y donde cientos de estudiantes y civiles desarmados fueron asesinados durante una masacre llevada a cabo por el ejército surcoreano en 1980.

    Al tratar de dar voz a las víctimas de la historia, el libro enfrenta este episodio con una actualización brutal y, al hacerlo, se acerca al género de la literatura testimonial.

    “El estilo de Han Kang, tan visionario como sucinto, se desvía sin embargo de nuestras expectativas de ese género, y es un expediente particular suyo permitir que las almas de los muertos se separen de sus cuerpos, permitiéndoles así presenciar su propia aniquilación”, ha expresado Anders Olsson. En ciertos momentos, a la vista de los cadáveres no identificables que no pueden ser enterrados, el texto se remonta al motivo básico de la Antígona de Sófocles.

    La masacre de Gwangju inspiró el libro 'Human acts', de Han Kang

    La masacre de Gwangju inspiró el libro ‘Human acts’, de Han Kang

    En The White Book, el estilo poético de Han Kang vuelve a dominar. El libro es una elegía dedicada a la persona que podría haber sido la hermana mayor del yo narrador, pero que falleció solo un par de horas después de nacer. En una secuencia de notas breves, todas relacionadas con objetos blancos, es a través de este color de dolor que la obra en su conjunto se construye asociativamente.

    Esto la convierte menos en una novela y más en una especie de “libro de oraciones secular”, como también se ha descrito. Si, razona el narrador, se hubiera permitido que la hermana imaginaria viviera, a ella misma no se le habría permitido llegar a existir. También es al dirigirse a los muertos que el libro alcanza sus palabras finales: “Dentro de ese blanco, de todas esas cosas blancas, respiraré el último aliento que liberaste”.

    IMÁGENES DE DOLOR

    Otro punto destacado es la obra tardía We do not part, de 2021, que en términos de imágenes de dolor está estrechamente relacionada con The white book. La historia se desarrolla a la sombra de una masacre que tuvo lugar a fines de la década de 1940 en la isla de Jeju, en Corea del Sur, donde decenas de miles de personas, entre ellas niños y ancianos, fueron fusiladas bajo sospecha de ser colaboracionistas.

    El libro retrata el proceso de duelo compartido que emprenden la narradora y su amiga Inseon, quienes, mucho después del evento, llevan consigo el trauma asociado con el desastre que ha caído sobre sus familiares.

    “Con imágenes tan precisas como condensadas, Han Kang no sólo transmite el poder del pasado sobre el presente, sino que también, con igual fuerza, traza los inquebrantables intentos de los amigos por sacar a la luz lo que ha caído en el olvido colectivo y transformar su trauma en un proyecto artístico conjunto, lo que da título al libro”, continúa el presidente del comité del Nobel.

    El DOLOR INDIVIDUAL Y COLECTIVO

    La obra de Han Kang se caracteriza por esta doble exposición del dolor, una correspondencia entre el tormento mental y físico con estrechas conexiones con el pensamiento oriental.

    En Convalescence, de 2013, aborda el caso de una úlcera en la pierna que se niega a sanar y una relación dolorosa entre el personaje principal y su hermana muerta. En realidad, nunca se produce una verdadera convalecencia, y el dolor surge como una experiencia existencial fundamental que no se puede reducir a ningún tormento pasajero.

    “En su obra, Han Kang se enfrenta a traumas históricos y conjuntos invisibles de reglas y, en cada una de sus obras, expone la fragilidad de la vida humana.

    Tiene una conciencia única de las conexiones entre el cuerpo y el alma, los vivos y los muertos, y con su estilo poético y experimental se ha convertido en una innovadora en la prosa contemporánea”, ha finalizado el acto de lectura.


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  • ¡Ahora sí se cae Petro!

    ¡Ahora sí se cae Petro!

    Lo peor que le puede ocurrir a los colombianos es que se caiga el presidente. La primera que se va a ver afectada, es la economía y, por ende, el bolsillo de todo el mundo. Y, de paso, el crecimiento del desempleo.

    La señora estaba feliz. Es la dueña de una cafetería modesta, en el barrio Santa Isabel, cerca de mi oficina. Se llama “Las delicias de Tere”. Canturreaba una ranchera mexicana. “Luz de luna”, de Javier Solís, si no me equivoco. Me sirvió pericos con arroz y cafecito. Incluso, en el plato había morro.

    –¿Y esa, felicidad, doña Tere? ¿Se ganó el chance o quizá la lotería?

    Me miró, como si fuera el único colombiano desinformado. Y, luego, con la misma sonrisa de satisfacción:

    –¿No vio televisión? Las noticias. Ahora sí se cae el ojibrotado con gafas…

    —Es el Presidente, doña Tere. Hay que respetarlo. Lo que dicen es que el CNE formuló cargos contra la campaña en primera y segunda vuelta de la coalición del Pacto Histórico, contiendas que tuvieron lugar el 29 de mayo y el 19 de junio de 2022, que llevaron a Petro a la Casa de Nariño. No se ha caído todavía…

    —Como sea. Yo prefería al finado Rodolfito. ¿Recuerda cuando le dijo a un concejal de Bucaramanga: “Te voy a pegar un tiro…”? Ese era el que necesitaba Colombia, para que arregle esto.

    Miré los pericos con cierta reticencia. No fuera que tuvieran laxante, quizá quinopodio. La forma de doña Tere cobrarme que estoy a favor de que le dejen terminar su período a Petro.

    —Si tumban a Petro, por la vía que sea, no solamente se afecta la institucionalidad al violentar el fuero presidencial. La economía se va a pique. Ya ha ocurrido con países como Ecuador, Chile, Perú y Bolivia que, igual, tuvieron golpes. Las empresas se van, nadie quiere invertir y se acrecienta el desempleo…

    —Pero sacamos a Petro…–, me respondió desafiante.

    —Doña Tere, si se cae la economía, todos nos fregamos. Nadie va a tener para comprar desayuno y nos tocará acompañar a los venezolanos en su peregrinación.

    No dijo nada, se quedó pensando. Igual que muchos colombianos en la situación que estamos viviendo.

    © Fernando Alexis Jiménez

     

  • El archivo de Educación está en ruinas

    El archivo de Educación está en ruinas

    El más reciente aguacero en Cali, produjo el daño de varios archivos. Quedaron irrecuperables. Salen hasta ratas en ese espacio del sótano, en el Palacio de San Francisco.

    Redacción Periódico SUGOV


    El archivo de la Secretaría de Educación Departamental, ubicado en el sótano del Palacio de San Francisco, se está cayendo a pedazos, ante la indiferencia del nivel directivo. Con el más reciente aguacero, se dañaron varios expedientes y hojas de vida. No los puede recuperar ni Mandrake.

    Si le contaran a Emilio Iriarte, el de la telenovela Los Reyes, habría enarcado las cejas y acompañado su gesto de asombro con esta frase: “Ah, cosa pútrida…” Parte del techo se está desprendiendo y la humedad se aprecia por todas partes.

    Algo que muchos desconocen es el hallazgo que dejó el Archivo General de la Nación, e incluso, el Departamento se encuentra abocado a una sanción pecuniaria.

    Por la falta de climatización, proximidad al depósito de basuras y hacinamiento de cajas, corren peligro alrededor 65 mil expedientes. La mayoría están desorganizados y sin foliar. ¡Urge que la Gobernación tome cartas en el asunto!

    Los servidores públicos del archivo enfrentan condiciones que violan flagrantemente la normalidad del Sistema de Gestión de Seguridad y Salud en el Trabajo, al tiempo que algunos ya han presentado infecciones.

    Y si hasta el momento está sorprendido, todavía falta el plato fuerte: hace pocos días salió una rata gigante, que parecía una guagua: gigante, sonrosada, de ojos saltones y bigotes largos  y coquetos… Tenemos el vídeo.

    Los dejamos con fotografías que tomó el SUGOV…


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  • El reciclaje, otra cara de la pobreza

    El reciclaje, otra cara de la pobreza

    El reciclaje refleja otra de las realidades de la pobreza que viven infinidad de colombianos. Quienes sobreviven en ese oficio, saben lo que es la miseria.

    Quizá nunca se ha preguntado cuánto gana diariamente un reciclador. Los ha visto con una carreta o un bulto al hombro, bajo el sol canicular. Sus ojos brillan cuando encuentran un tacho de basura. Ellos no ven desperdicios, sino la oportunidad de agenciarse unos pesos.

    “No gano, mucho, pero sobrevivo”, me dijo Lucía, en el barrio Santa Isabel, en Cali. La ayudé a echarse al hombro un pesado fardo. “Tranquilo, estoy acostumbrada”. Intuí que hace rato cruzó la frontera de los sesenta años.

    Trabajó en un restaurante de Siloé, hasta hace dos años, cuando la sacaron porque un cliente se quejó de que había un pelo en la sopa. “De algo estoy segura, ese cabello no era mío. Quizá del mesero, pero pagué los platos rotos, porque era la cocinera”, me dijo.

    En la central de acopio le pagan $5 mil por un kilo de aluminio, pero $2 mil si el material está sucio. El kilo de hierro vale $600 y $100 el de cartón; por eso lo humedecen, para que pese más.

    Cuando encuentra cobre, se le alegra la vida. “Un kilo lo compran en $28 mil y el bronce a $18 mil”, me dijo Lucía, mientras caminábamos. El acero lo pagan a $3 mil y las latas de bebidas, debidamente aplastadas, las pesan a $3.200 el kilo.

    Su vida es elemental. Un café tinto y un pan en la mañana, al medio día arroz con huevo y tajadas y, en la noche, aguapanela y, de nueva, pan. “Diariamente gano entre doce y quince mil pesos, y de ahí tengo que guardar para el arriendo”.

    Para ella no hay dominicales ni festivos. Siempre es lo mismo. De hecho, en la chatarrería abren todos los días. Ellos son los que se quedan con lo mejor del negocio, sin tener que asolearse.

    “Hay algunos que pagan con vicio: marihuana y bazuco”, me compartió antes de alejarse. Comprendí por que se drogan algunos recicladores: para olvidar la miseria que arrastran, como una sombra gigantesca que los sigue a todas partes. (Crónica de Fernando Alexis Jiménez)


    (c) Fernando Alexis Jiménez

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  • Se agota el tiempo para la paz total

    Se agota el tiempo para la paz total

    Las insurgencias y los grupos armados que perviven, deben aprovechar el tiempo que queda para negociar con el gobierno nacional.

    ¿Por qué me dejó el vuelo? Por confiado.  Estaba en el Aeropuerto El Dorado, en tránsito hacia Cali. Pudo más mi deseo de tomarme un café. “Estoy de afán”, le dije a la señora del negocio. Ella sonrió y se tomó todo el tiempo del mundo para moler el grano y luego prepararlo. Olía delicioso. Y me relajé.

    Calculé que en cinco minutos llegaba a la puerta para abordar. No había fila. Sonreí confiado. “Lo siento, ya cerraron la puerta del avión. Terminamos de embarcar”, me dijo la joven que atendía el abordaje. Luego siguió mirando su celular. ¿Qué hice? Lamentarme porque no llegaría a tiempo a casa, por confiado.

    Esa anécdota viene a mi memoria cada vez que pienso en la suspensión de diálogos con el ELN y las disidencias de las FARC.

    El gobierno de Petro, poco a poco y en medio de las dificultades que le han llevado a ocuparse de esquivar los ataques permanentes, avanza hacia su fin. Le quedan poco menos de dos años. El paso del tiempo es inexorable. Y si no se aprovecha la oportunidad de la Paz Total, el país continuará inmerso en un estado de guerra y de zozobra.

    “Claro que deseo volver al campo, pero ahora es imposible”. Leonidas García vivió 60 años en La Habana, zona rural de Buga. Hoy tiene 82 años. Salió huyendo cuando se produjeron los enfrentamientos entre paramilitares y la insurgencia, en el 2001.

    En un yipeto sacó lo poco que pudo, embalado en un costal. Inicialmente se radicó en Tuluá, pero ante la falta de trabajo, viajó a Cali. Hoy vende tintos y pan de dulce. Tiene su clientela entre los jubilados que se reúne en la plazoleta del CAM.

    Leonidas añora su tierra y encarna el anhelo de los colombianos: que termine la guerra. Es ahora o nunca. Que se silencien los fusiles y los guerreros vuelvan a sus hogares…