Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • Los colombianos dijeron “No al intento golpista”

    Los colombianos dijeron “No al intento golpista”

    El 19 de septiembre las principales ciudades del país se vieron inundadas por ciudadanos que reclamaron el respeto a la institucionalidad y a la democracia. Los promotores golpistas recibieron una respuesta contundente del pueblo.

    Por Fernando Alexis Jiménez | Fotografías: Luis Eduardo Carvajal y Guillermo Sánchez


    Lo advirtió el presidente Petro en Armenia, en el marco del Encuentro Nacional de Medios Alternativos: “El golpe de Estado que algunos quieren, no es imaginación. Es real. Y si no logran hacerlo, acabar con la vida del Presidente en menos de tres meses.”

    Las señales de alarma están encendidas hace rato. Pero ahora pareciera que el asunto se está complicando. Algo inconcebible en un país de tradición democrática como es Colombia. Si no están conformes con el gobierno, particularmente los “cacaos”, pues salgan a la calle y exprésenlo.

    A diferencia de otras épocas, en esta vigencia gubernativa se legitimó la protesta social. Ya no hay represión, ni heridos o ciegos por las balas de goma, cuando se sale a marchar.

    Pero una cosa es manifestarse y otra, bien diferente, ambientar las condiciones para un golpe. Quisieron hacerlo con los paros camioneros, pero no resultó.

    Ya bastante tenemos con la polarización que estamos viviendo, como para agendar la desestabilización del gobierno. Eso es lo peor que nos puede ocurrir.

    LA RESPUESTA EN LAS CALLES

    El 19 de septiembre las principales ciudades del país se vieron inundadas por ciudadanos que reclamaron el respeto a la institucionalidad y a la democracia. Los promotores golpistas recibieron una respuesta contundente del pueblo. Se cerraron filas alrededor de la defensa del Cambio.

    Cali no fue la excepción. La movilización fue multitudinaria. Obreros, estudiantes, campesinos, comunales y sinnúmero de expresiones populares se dieron cita en el Parque de las Banderas, recorrieron la calle quinta y llegaron al centro.

    El Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle—SUGOV—participó activamente de la marcha, a través de su dirigencia y afiliados.

    Luis Fernando Jaramillo, dirigente de la CUT Valle, expresó su sorpresa y entusiasmo ante la masiva participación ciudadana. “Todos le estamos apostando al cambio y está claro que los colombianos no dejarán solo al presidente.”

    SERÍA LO PEOR QUE PODRÍA OCURRIRNOS

    El presidente de la CUT a nivel nacional, Fabio Arias Giraldo, enfatizó que una avanzada golpista es lo peor que le puede ocurrir a los colombianos. “En las calles expresamos nuestro descontento por esta intentona de quiebre institucional del país, que llevaría exactamente al rompimiento del período constitucional de Gustavo Petro”, enfatizó.

    Como SUGOV, nos identificamos con el dirigente de la Central. Todavía no nos reponemos de los más recientes asesinatos de líderes sociales y, un golpe de facto, traería como consecuencia la desaparición, tortura y asesinato de líderes populares y sindicales.

    Ya ha ocurrido en otras épocas, no solo en Colombia que vivió el arribo de Gustavo Rojas Pinilla, el militar que derrocó al presidente Laureano Gómez el sábado 13 de junio de 1953, sino en otros países latinoamericanos.

    Las fuerzas armadas arremeten contra el pueblo y quienes lucharon por mejores condiciones de vida para todos, terminan en fosas comunes o asesinados al voltear de la esquina. Los colombianos no queremos esa pesadilla. Por eso, en las calles y en unidad, dijimos: “No al golpe de Estado”.


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  • Al Valle del Cauca piensan convertirlo en Paisaje Cultural de la Caña

    Al Valle del Cauca piensan convertirlo en Paisaje Cultural de la Caña

    Históricamente el cultivo de la caña de azúcar sólo ha favorecido a un reducido número de terratenientes y de familias que se han enriquecido con la explotación de los obreros. Ahora piensan legitimar y exaltar el despojo.

    La cañicultura ha estado estrechamente ligada a la historia del Valle del Cauca. Las páginas más dolorosas no son como las describe la novela “Azúcar” y otros tantos culebrones de televisión que tiñen de color rosa la realidad de las condiciones inhumanas de trabajo, la explotación y el enriquecimiento de unos pocos con el sufrimiento de muchos.

    Basta recordar la huelga más grande de los corteros, en septiembre del 2008. Esa gigantesca manifestación de los obreros, costó vidas humanas y aún se viven las secuelas con el asesinato, en años recientes, de los sindicalistas de ingenios con asiento en Palmira, Florida y proximidades a Pradera y Candelaria.

    LA FRESA EN EL HELADO

    Como si la caña de azúcar no favoreciera a un grupo de poderosos que han hecho del azúcar su fundamento de enriquecimiento, entre quienes se cuenta el alcalde de Cali, Alejandro Éder y su familia, ahora pretenden que, con el apoyo de la Unesco, el Valle del Cauca cuente con un Paisaje Culturar de la Caña, declarándolo patrimonio de la humanidad.

    Esta iniciativa surge a partir de la firma de un acuerdo marco entre las distintas administraciones, con el objetivo de fomentar el turismo y desarrollo del suroriente del departamento.

    Esta genial idea integra los esfuerzos de la Gobernación del Valle del Cauca y las alcaldías de Cali, Palmira, Candelaria, Pradera y Florida.

    Don Arcesio, el embolador de la Plazoleta de San Francisco, se rascó la cabeza al conocer la noticia, y tan deslenguado como es él, se atrevió a murmurar: “¡Qué chimba! Ahora quieren legitimar y exaltar la explotación y la miseria de miles de corteros de caña”

    Lucía, la señora que vende mazamorra en un carrito azul, le respondió: “Esos son los ricos, que además de vivir del sudor de los pobres, se enorgullecen de hacerlo y ahora quieren pasar a la historia. Hacen hasta política y se presentan como los salvadores de la sociedad” No necesitamos mucha explicación para saber que se refería al pomposo alcalde de la capital.

    No ha podido tapar los huecos de calles y avenidas de Cali y ahora pretende que los vallecaucanos sean reconocidos mundialmente por el descalabro de impulsar un monocultivo.

    El argumento de estos genios es que a partir de la caña de azúcar se produce biomasa, biocombustibles, hidrógeno verde y fertilizantes.

    ¿QUÉ HAY DETRÁS DE LA CAÑICULTURA?

    Esta propuesta que sus promotores consideran lo “último en guaracha” y que llevará a la COP 16 a ser inolvidable, desconoce la polémica y oposición que ha despertada entre académicos y ambientalistas. Califican el monocultivo de la caña como un consumo depredador.

    El cultivo de caña desencadena consecuencias que no son desconocidas para nadie y que, como anota el portal científico Weyslab (Ver https://bityl.co/RreK ) el cultivo y posterior quema de la caña, se refleja en las siguientes consecuencias:

    • Afecta la biodiversidad y el ecosistema.
    • La quema de caña acaba con mamíferos, aves, roedores, insectos, etc
    • Genera gases con efecto invernadero
    • Causa aridez en los terrenos
    • Induce la formación de CO2 que es liberado a la atmósfera, contribuyendo al calentamiento global del Planeta.
    • Disminuye la fertilidad natural del suelo
    • Destruye la actividad microbiológica del suelo
    • Favorece la presencia de plagas problemáticas
    • Afecta otras actividades productivas
    • Lleva a que los suelos pierdan humedad

    La lista es mucho más larga, pero como diría la cultivadora de bonsais: “Dejémoslo de ese tamaño”

    HABLA LA MINISTRA DE AMBIENTE

    La ministra de Ambiente, Susana Muhamad, se sumó al debate que ha levantado la propuesta de declarar la caña de azúcar como paisaje cultural del territorio vallecaucano.

    Explicó que no comparte la iniciativa y que, por el contrario, convoca a Asocaña y a los ambientalistas a abordar el problema del monocultivo en el que se convirtió la caña.

    Como se recordará, el portal CW noticias denunció el 24 de junio del año en curso (Ver https://bityl.co/Rrfd), que buena parte de la campaña de Alejandro Eder fue financiada por ingenios azucareros.

    “Tierras cultivables quemadas no pueden ser consideradas paisaje cultural, cultivos de caña que han representado abusos históricos y daños a ecosistemas”, dijo el concejal caleño Rodrigo Salazar al referirse a la propuesta. (Citado en el portal La Silla Vacía)

    Así las cosas, el asunto apenas está en la palestra, pero teniendo en cuenta la creciente oposición, lo más probable es que el Valle del Cauca no se convierta Paisaje Culturar de la Caña.

    VALLE INVADIDO POR LA CAÑA

    Como se recordará en el Valle del Cauca hay 5.800 hectáreas sembradas con caña de azúcar, correspondiente al 66% la zona plana, como lo anota un estudio de The Nature Conservancy (Ver https://bityl.co/RsX8 )

    En Colombia son 280.000 hectáreas con este cultivo depredador del medio ambiente.

    Se trata de una agroindustria que muele al año 24 millones de toneladas de caña. Esto alcanza para producir 2,2 millones de toneladas de azúcar, 438 millones de litros de etanol, 6,5 millones de toneladas de bagazo (con el que se hace papel, plásticos, entre otros); y 1.637 GWh de energía, lo suficiente para alimentar a una ciudad de 3,7 millones de habitantes (o un departamento como Valle del Cauca).

    Pero también se están extrayendo insumos químicos a partir de la sacarosa, útiles para producir bioplásticos, solventes industriales o incluso cosméticos. (Ver https://bityl.co/RsXe )


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  • La cultura del “más vivo” que prima en Colombia

    La cultura del “más vivo” que prima en Colombia

    Ha hecho carrera creer que aprovecharse de la buena fe de los demás, es una demostración de viveza. Lo que evidencia es la deshonestidad, que urge corregir.

    Para nadie es desconocido el incidente del parroquiano que se arrima a una fila gigantesca en el banco, saluda a un amigo y se queda ahí, desconociendo los derechos de los demás y validando el “colarse” como una buena práctica.

    Si le hacen reclamo, se enoja y es capaz de “braviar” a quien le reclama, invitándolo si es necesario a salir a la calle para que “arreglemos esto a las malas”.

    ¿Y qué tal el motorista que, a pocos segundos de cambiar el semáforo de amarillo a rojo, hunde el acelerador y atraviesa la avenida? No le importa el peatón que se apresta a cruzar la calle o el motociclista del lado opuesto que emprende su recorrido.

    También la señora no devuelve el dinero de más que le dio la cajera del supermercado, afanada por el alto número de compradores que reclaman ser atendidos pronto. “Gracias a todos los santos por esta bendición”, dice, mientras se persigna.

    Ah, y el que le pide un bolígrafo prestado al que sabe, usa de los finos, y aprovechando el descuido del propietario, emprende una sutil huida.

    Otro caso olímpico: el parroquiano al que le dieron un billete falso y pretende hacer compras en la tienda del barrio, aprovechando que la propietaria es de avanzada edad. ¿Y qué decir del que pide una gaseosa y dos pandebonos y para pagar esgrime un billete de cien mil pesos, de los verdes, que son un encarte?

    El listado puede ser muy extenso. Son las variables de la “viveza del mico”, la que caracteriza a más de un compatriota que se cree más listo que los demás cuando logra engañarlos.

    En el libro “El hueco”, el escritor y periodista, Germán Castro Caycedo, describía de qué manera muchos norteamericanos tenían estigmatizados a los colombianos. “Son unos tramposos”, decían al referirse a los coterráneos que emigraron en busca de oportunidades. Esta mala cultura debe terminar.

    A partir de imprimir pequeños cambios a nuestro comportamiento, debemos cambiar la “cultura del más vivo” y caracterizarnos por una honestidad a toda prueba, que se convierta en nuestra impronta  le da vueltos demás.


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  • El sueño fallido de un colombiano en Polonia

    El sueño fallido de un colombiano en Polonia

    Detrás de las promesas de salarios exorbitantes en Polonia, se esconden jornadas de más de doce horas, en condiciones inhumanas y de explotación.

    Jorge se despidió un domingo en la tarde. Estaba feliz. “Gracias a Dios me dieron el contacto clave allá”, nos dijo con entusiasmo, al tiempo que anunció, en una semana partiría a Polonia. “Ya tengo permiso de trabajo” Sus ojos brillaban con emoción. Luego compartió su expectativa de llevarse a su hermano Guillermo. “Acá matándose en la rusa, y allá necesitando trabajadores”.

    Trabajaría en una factoría donde procesan embutidos. “Por el frío, el consumo de esos productos es muy alto”, relataba con ese aire sobrador de quien conoce la plaza.

    Amigos y familiares realizaron varias reuniones para despedirlo. “Para serles sincero, no pienso volver a Colombia. Los que viajaron me dicen que es un país amañador.”, decía a unos y otros, apurándose los últimos aguardientes.

    Llegó a España. El desplazamiento le tomó casi tres días. “Los trenes y buses acá son como de otro mundo, modernos. Y los paisajes, únicos. Esto sí es vida”, escribía desde Europa, gastándose los pocos datos de su teléfono móvil en una conexión internacional. Mandaba fotos de todo.

    Instalado en Lodz, la tercera ciudad polaca de casas grandes, antiguas y hermosas, descubrió un panorama que era distinto. Las jornadas laborales excedían las doce horas.

    “Todo el día cargando cerdos destazados. Apenas me acuesto a dormir, caigo fundido y como si hubiesen transcurrido apenas unos segundos, abro los ojos para descubrir que ya nos están llamando para comenzar un nuevo turno.” Lo que ganaba, apenas le alcanzaba para sobrevivir. En los dos meses que estuvo allá, solamente en dos ocasiones hizo un giro a su familia. Poco dinero.

    Conseguir el boleto de regreso fue un drama. “Les debo mucha plata y no tengo para el tiquete de avión.”, escribió. Su madre y sus hermanos vendieron rifas, empanadas y tamales, para traerlo de vuelta. Jorge conduce hoy un taxi. Está en Colombia. Asegura que su país es un paraíso…

    (c) Fernando Alexis Jiménez 


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  • Las corralejas se deben acabar en Colombia

    Las corralejas se deben acabar en Colombia

    Aunque ya se sancionó la ley antitaurina, siguen las corralejas que tantas tragedias registran en su historial.

    Usiacuarí respiraba un ambiente festivo y, a pesar de ser media mañana, en muchas casas se escuchaban vallenatos, a los corraleros del Majagual y los inolvidables de Lizandro Mesa. Los equipos de sonido atronaban, amenazando con desarmarse o levitar con los acordes de la música. Afuera, los costeños bebiendo a la espera de las corralejas. El municipio estaba de feria.

    Ese fue el mismo aire carnavalesco que encontró, Carlos Andrés Ditta, un joven de 17 años, oriundo del municipio de Sabanalarga, cuando se bajó del bus. Aún recordaba a su madre rogándole: “No vayas a la corraleja. Es peligroso”. Pero como lo relata el corrido de Lucio Vásquez o las mejores coplas de Rin Rin Renacuajo, no la escuchó y emprendió el viaje. Se fue de fandango.

    Sobre las tres de la tarde el tablado estaba lleno. Los asistentes arrojaban billetes al ruedo, animando a los arriesgados a enfrentarse a los toros. En el fondo, una papayera. Interpretaban “Colombia, tierra querida”, infaltable en las improvisadas plazas taurinas que se arman en la zona caribeña.

    Carlos Andrés no lo pensó dos veces. Se lanzó detrás de dos billetes. Uno de 50 y otro de 20 mil pesos. Quizá le servirían para comprarse una camiseta. Varios espectadores lo azuzaban: “Desafía al toro; vamos, muchacho, tú puedes”

    El joven fue corneado varias veces. En ese instante, mientras el aliento se le escapaba, pensó en muchas cosas, menos en los $70 mil que le costaron su vida minutos después, en una clínica cercana.

    La madre lo veló en la humildad de su casa. No tenía para comprar el ataúd. Le prestaron el dinero. Perdió a su hijo, su esperanza. Entretanto, en Usiacuarí seguían comentando: “Esta vez las fiestas estuvieron muy buenas”  

    De la mano con la Ley antitaurina que sancionó el presidente Petro, debe legislarse para acabar en Colombia con la práctica barbárica de las corralejas, que tantas tragedias ha causado.

    (c) Fernando Alexis Jiménez

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  • Festival Nacional de Teatro en Palmira, de la utopía a la realidad

    Festival Nacional de Teatro en Palmira, de la utopía a la realidad

    Con una amplia participación, concluyó en la Villa de las Palmas un evento artístico que se ha convertido en referente del teatro en el Valle del Cauca y en Colombia.

    Sinnúmero de colombianos nos preguntamos si ser artista no es más que la batalla del Quijote de la Mancha contra enormes molinos que alimentan el movimiento de sus aspas con la brisa del atardecer. Es decir, un riesgo, porque si no hay corrientes de viento, se quedan inermes.

    Igual cuando no entran espectadores al circo pobre, al cine del barrio o, sencillamente, no se arremolinan curiosos alrededor del hombre que rasga una guitarra en un parquecito cercano, haciendo evocar los tiempos en los que Piero, Pablo Milanés o Silvio Rodríguez eran una sensación para la juventud rebelde de los setenta y los ochenta.

    Porque se trata de una aventura que no diezma los ánimos de quienes se atreven, aunque las cosas no salgan como esperaban, y en lugar de billetes recauden monedas, resulta admirable la XVI versión del Festival Nacional de Teatro Popular, que concluyó el Palmira, Valle del Cauca. Además, con todas las presentaciones gratis.

    Luis Eduardo Jiménez y Ana Rosario Grisales, los directores de la Compañía El Teatro Vive, son enfáticos en decir que es un compromiso con la ciudadanía, generando espacios de transformación social y un decidido apoyo a la paz.

    Los asistentes a las funciones pudieron apreciar obras como La Bufonada, Los Impunes, La Búsqueda, ¿A quién teme el lobo feroz?, Mis zapatos gastados y otras tantas, que ponen en evidencia la crisis social que atraviesa Colombia—no de ahora, sino desde hace más de medio siglo–, crisis que urge superar.

    Esta actividad que lleva muchos años, con tesón, empecinamiento y una buena dosis de entusiasmo, evidencia que el arte no pasa de moda. Tampoco la creatividad para mostrar los problemas sociales de quienes han sido sumidos, por muchas décadas, al olvido y el silencio.

    Reconocimiento a los organizadores y el deseo de que eventos de este tipo se realicen en todo el país. Desde la redacción del periódico SUGOV, un sonoro aplauso.

    (c) Fernando Alexis Jiménez

  • ¿Qué le deja a Colombia la visita de Harry y de Meghan?

    ¿Qué le deja a Colombia la visita de Harry y de Meghan?

    Harry y Meghan vinieron a pasarla sabroso. Tararearon la cumbia y hasta sonrieron con alegría al escuchar la marimba y los cununos en el Petronio Álvarez. Pero, su visita, ¿qué le representa a Colombia?

    Resulta irónico que en un país donde millares de personas todavía siguen enfrentando el hambre y la miseria galopante, y decenas se quedan extasiados ante las vitrinas de los almacenes soñando con ropa y zapatos que están por encima de su presupuesto, se le haya dado tanta prensa a la visita del príncipe Harry y de su esposa Meghan, duques de Sussex.

    Los dos representan a la monarquía europea. No los imagino montados en un vagón del transporte masivo, comprando chontaduro junto a la Plaza de Caycedo o preguntando por algún artículo barato en un puestico del centro de Cali. Si lo dos sudaron con los calores de la ciudad, lo que transpiraron fue el olor de perfumes finos y su calzado no se pegó en el asfalto de las calles que, con el sol incandescente, parece derretirse.

    Por supuesto, me identifico con el gobierno progresista de Petro. Es una oportunidad que quizá no se repita para que Colombia logre superar sus tasas de pobreza. Pero no veo que Harry y Meghan vayan a gestionar recursos para nuestro país.

    Más bien, venían de paseo a Colombia, que debe resultarles un país pintoresco, donde los pobres que arrastran el pesado lastre de mantenerse en el olvido, son quienes hoy claman por el regreso de la derecha al poder.

    La negra grande de Colombia, Francia Márquez, con quien la oligarquía colombiana no comulga, pecó de ingenuidad al acompañar a los dos representantes de la Casa Real Británica, pensando que van a dar algo.

    La misma expectativa de quienes habitaban Neiva, hace 50 años, y confundieron al ex seminarista, Jaime Flores, con el embajador de la India. Lo atendieron como un rey esperando progreso, y lo único que lograron fue unas deudas las berracas. Y si no me cree, véase la película…

    (c) Fernando Alexis Jiménez

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  • El cambiazo

    El cambiazo

    Ha tomado fuerza el “cambiazo” de tarjetas débito y de crédito. Casi un centenar de personas son estafadas diariamente en el país.

    Sentado frente al computador me pregunté si contar que me han robado dos veces y de la forma más miserable, me tornaría nuevamente blanco de los timadores. Después de darle vueltas al asunto, estoy seguro que, como diría el filósofo de Vijes: “El que incurre en el mismo error, es porque se cayó del zarzo.”

    La primera vez, retiré en un banco en la Plaza de Caycedo, de Cali. Creyendo que estaba amparado por una amplia concurrencia a esa hora de la tarde, me fui caminando con mi maletín, sin “dar visaje”, como dicen los jóvenes hoy día.

    Antes de llegar al semáforo, dos ladrones me abrazaron. “Hace tiempo que no te veíamos”, dijeron, acompañando sus palabras con risas, como amigos de toda la vida. Uno de ellos me colocó un cuchillo en el costado y me pidió la plata. Sabía dónde la guardaba. Me dejó el celular. Todavía me pregunto si fue porque el teléfono le pareció de los más baratos o, tal vez, muy chichipato.

    La segunda vez, más reciente, en un cajero automático del centro. Introduje la tarjeta, marqué la clave y, nada. “Inténtelo de nuevo”, decía la pantalla.

    Entre tanto afuera, dos personas. Un ejecutivo en apariencia y, detrás, una señora que veía su teléfono.

    Después de muchos intentos, decidí irme. Entró el “ejecutivo”. Me llama con insistencia: “Señor, aquí dice que su transacción todavía está en proceso. Venga y la cancela”. Y allí fue Troya.

    “Marque su clave, me dice, e inténtelo porque parece que sí va a funcionar.” Y se dio vuelta, en apariencia. En el teclado había una sustancia con la que él y la señora que veía el celular, como distraída, lograron identificar los cuatro dígitos.

    “Venga le ayudo a limpiar el chip”, me dijo y, en cuestión de segundos, me hizo el “cambiazo”. Me pasó una tarjeta débito idéntica.  Total, en menos de una hora me sacaron $11 millones de la cuenta. Dos millones de retiro y nueve millones en compras en varios centros comerciales. ¿Pude reclamar? En absoluto, porque el banco anuncia en el mismo cajero, que no acepte ayuda de nadie.

    No está demás que tome nota. Y, aunque quien le ofrezca ayuda sea la misma Esperanza Gómez, con diez años menos, dígale: “Gracias, prefiero vivir”, y salga de allí corriendo… ¡Lo van a robar!

    (c) Fernando Alexis Jiménez

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  • Esa maldita pobreza que azota a los colombianos

    Esa maldita pobreza que azota a los colombianos

    Lucía es consciente de que nadie que gobierne, por mucho que lo quiera, podrá librarles de la pobreza que toca a sus puertas cada día.

    Mientras que el país se encuentra inmerso en el debate sobre la conveniencia o inconveniencia de que Petro se reelija, y aún no pasa el sinsabor porque se desconocen las actas que le aseguraron el triunfo “arrasador” a Maduro, la pobreza sigue galopante entre los colombianos.

    “Ni Petro ni Maduro me preocupan”, me dijo Lucía, la señora que vende almuerzos en un modesto negocio, diagonal al edificio de la Gobernación. “Lo que me preocupa es que los únicos días en que el negocio se llena, es a fin de mes”, se lamenta, mientras coloca en un pizarrón el menú del día: carne encebollada, ensalada, arroz, fríjoles y sopita de letras. Ah, y se puede repetir agua de panela, subraya, con esa letra menuda y uno que otro error de ortografía.

    “Es que estudié hasta quinto de primaria—se justifica–, y volví a la finca. Me quedé allí hasta los dieciséis años, cuando me fui a vivir con un relector de café.”, anota. El hombre era cinco años mayor que ella, no era un Adonis, pero sí trabajador y responsable. Emprendieron el viaje desde Almaguer, Cauca, hasta la capital, con la poca ropa embalada en una caja de cartón, amarrada con cabuya.

    La comida, sabrosa; caserita, como suelen decir. Me explica que muchos funcionarios la visitan cuando se les está acabando la plata. Llegan mirando a todos lados, como en un lugar clandestino. Les da pena que los vean comprando un corrientazo de $10.000 “Como si fuera delito comer bueno y barato, sin guardar las apariencias”, se sonríe Lucía.

    Con lo que vende, se sostiene junto con su familia y les paga a dos asistentes, mujeres, que como ella sobreviven en la ciudad. No cotiza salud ni pensión. Sabe que envejecerá en la pobreza. “Esto no lo arregla nadie, sino solo Jesucristo”, sentencia, aunque me advirtió que no es religiosa. Ya se resignó a la pobreza…

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  • El poder obnubila

    El poder obnubila

    Lo peor que le puede ocurrir a un líder de izquierda, es convertirse en dictador, porque termina haciendo cosas peores que la derecha que siempre criticó.

    En más de un hogar se quedaron esperando disfrutar de las hallacas, el cachito, la carne mechada o los fríjoles caraotas que les evocan su tierra, porque apenas sobre la media noche pudieron comprobar lo que muchos ya sospechaban de antemano: por la magia de Birlibirloque, Nicolás Maduro iba a ganar las elecciones.

    “Lo primero que iba a hacer al regresar a Caracas, era un recorrido muy despacio por el Paseo de los Héroes, que me recuerda la niñez o, quizá, ir a la casa natal del Libertador, adonde mi padre me llevó cuando era adolescente.”, me dijo Eduardo Miranda, quien llegó a la ciudad hace tres años, proveniente del Estado Carabobo.

    Junto con decenas de personas estaba el domingo en el Bulevar del río Cali, siguiendo las noticias por televisión. “Las primeras sospechas surgieron cuando, pasadas las siete de la noche, reinaba un hermetismo abrumador”, explicó al decir que resulta inexplicable que un sistema electrónico de sufragio como el que dice tener a disposición el Consejo Nacional Electoral, resultara obsoleto y no agilizara el conteo de votos, como se había anunciado.

    Los venezolanos asentados en Cali iban de un lugar a otro, con una brisa suave que bañaba la zona, pero con un cielo muy negro, como la noticia que se avecinaba. Los embargaba la incertidumbre y el desespero.

    Las máquinas se habilitaron en el 2004. Lo último en guaracha, dice el gobierno. Pero a la hora de la hora, pareciera que sirvieron de poco o de nada, hasta el punto que Maduro terminó advirtiendo sobre un intento de hackeo y en el colmo de su desfachatez, propia del personaje principal del “Otoño del Patriarca”, acusara del atentado tecnológico a María Corina Machado. Sin duda, Gabriel García Márquez, se hubiese quitado el sombrero ante semejante argumento que excede el realismo mágico.

    “Se robó las elecciones”, sentenció Lucía, la esposa de Eduardo, nacida y criada en Cabimas, ciudad cercana a Maracaibo. Ella está amañada en el Valle del Cauca por el clima, muy parecido al de su lejano Estado de Zulia. Su desolación es la misma de millares de venezolanos dispersos por el mundo, que consideran que lo peor que le puede ocurrir a un líder de izquierda, es convertirse en dictador.

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    NOTA IMPORTANTE: El autor se hace responsable por este contenido y exime al SUGOV totalmente, porque su pensamiento en este caso específico, lo más probable es que no interpreta la filosofía sugoviana. El autor aclara que, aunque profesa ser de izquierda de línea camilista, no comparte ningún sistema de gobierno que amenace con tener visos de dictadura.