Autor: Fernando Alexis Jiménez

  • Aún no comienza negociación del petitorio en el nivel central

    Aún no comienza negociación del petitorio en el nivel central

    Como van las cosas, el ajuste salarial estaría llegando en Navidad. Los gota-a-gota felices, aprovechando que los empleados andan alcanzados de plata, ya que el sueldo del 2023 no alcanza.

     
    Para preocupación de todos, aún no comienza la negociación del pliego petitorio en el nivel central, en el que convergen 24 sindicatos con sus respectivas pretensiones, que en conjunto suman 210 puntos.
    Y decimos que preocupación, ya que la dilación en sentarnos a la mesa, traerá como consecuencia que el ajuste salarial llegue poco más allá de Junio.
    A esta inquietud inicial se suma el que un funcionario de la administración departamental nos dijo, en voz baja, que se piensa dejar para lo último la negociación del punto salarial. “Si llegamos a un acuerdo de entrada, ustedes se levantan de la mesa.“
    En esa apreciación hay dos lecturas que hacemos entre líneas: la primera, que piensan posicionar el 10.88%, desconociendo que el Decreto 243 del 2024 ofrece un margen para negociar en los niveles territoriales.
    Una segunda mirada, es que el funcionario desconoce que en ese grupo de negociadores, hay una organización seria como es el SUGOV que no se levantaría de la mesa, a menos que no se den las condiciones para acordar puntos esenciales. 
    En ese orden de ideas y teniendo como escenario que la administración se ranche en negociar para lo último el ajuste del suelo, vendríamos a recibirlo casi al final del año, cuando nuestros vecinos estén armando el pesebre, Fabiolita esté preparando en la Biblioteca Departamental los tradicionales buñuelos y natilla y se escuchen en la distancia los villancicos.
    Ojalá fluyan las negociaciones y no nos vayan a poner a cantar el tuturumaina de la mano con los gota-a-gota que le hacen coquitos a los empleados, aprovechando que andan alcanzados de plata.

    El apoyo de todos ustedes, como empleados, es clave. El SUGOV no puede hacerlo solo.


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  • El novio que jamás llegó al altar (Relato)

    El novio que jamás llegó al altar (Relato)

    Se habían repartido invitaciones. La novia estaba feliz. Todos creían que sería una historia romántica, como las de telenovela. Pero el novio nunca llegó…

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sugoviano


    Conocerse fue maravilloso. Como en una novela romántica, al mejor estilo literario de Norteamérica. Con cenas a la luz de las velas, caminatas interminables por parques y avenidas, mensajes de texto y llamadas telefónicas que se multiplicaban en la jornada hasta perder la cuenta. Hablaban y hablaban hasta altas horas de la noche.

    “Simplemente me enamoré”, dijo el novio, quien a sus 55 años creyó haber encontrado la mujer de su vida. “Después que descubrí lo mucho que significaba para mi vida, decidí no dejarla ir.” No le preocupaba que le llevara casi veinte años.

    Estaba enamorado. Cargaba a todas partes una fotografía de ella, en su billetera. Era el rostro amable y sonriente con el que se encontraba apenas la abría. Más que los billetes que podía portar, que las tarjetas de contacto telefónico, que las noticas escritas con letra menuda sobre los asuntos pendientes, lo que le importaba era ella. Era su mundo.

    Pero todo cambió diez horas antes de encontrarse con su prometida en el altar. Había repasado la forma como pronunciaría el sí, al ser preguntado por el sacerdote si la aceptaba como esposa.

    Con cierto nerviosismo, el que siempre le acompañaba cuando debía cumplir una labor importante, ensayó como sacaría el cofrecito azul con las argollas y la ternura con la que se la colocaría. Sin embargo, no hizo ni lo uno ni lo otro. Simplemente huyó.

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    Reinaldo lo conocía desde muchos años atrás. Desde la adolescencia. Trabajaron en varias empresas. Se ayudaban entre sí a conseguir empleo. Es más, se prestaban dinero en los tiempos de escasez. “Era casi mi hermano”, solía repetir. Él fue uno de quienes llamó a las autoridades, alarmado, para informar sobre el presunto secuestro.

    Juan Carlos se preciaba de que el montaje parecía perfecto. “Nos comunicamos con  la policía. Repetimos la misma versión, cuidándonos de no contradecirnos. Reinaldo relató que le había expresado su preocupación por unas amenazas. “Yo corroboré todo eso explicando mis reiteradas llamadas telefónicas esa mañana, sin que me respondiera. El asunto me pareció extraño, pero igual, me inquietó porque faltaba poco para que contrajera nupcias. Eso me obligó a reportar el incidente.”

    Curiosamente y previendo que se tratara de un secuestro, iniciaron operativos. Establecieron retenes en las carreteras de acceso a la pequeña ciudad. Un operativo encaminado a rescatar al novio, si es que lo habían plagiado, y asegurar que llegara a tiempo a la iglesia para comprometerse con su novia.

    Los esfuerzos resultaron infructuosos.

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    «No sabemos por qué tomó esa decisión horas antes de la ceremonia religiosa>>, dijo el oficial a cargo de los operativos.

    Sus familiares estaban convencidos. Uno de sus primas lloraba con desolación.

    La novia se paseaba con desconsuelo. No podía explicarse lo ocurrido. Se creía la más infeliz sobre la tierra. “No imagino a nadie más a quien le secuestren al prometido el día más importante de su vida”, repetía.

    La tía Loren le trajo una tizana de valeriana que ella bebió a sorbos, pensando que era una pesadilla. Anhelaba despertar en cualquier momento.

    Los investigadores terminaron por concluir, tiempo después, que todo había sido mentira.

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    El autobús se desplazaba raudo por la autopista. El hombre veía, a través de la ventanilla, cómo se mezclaban paisajes y poblados pintorescos. Iba de camino a una ciudad lejana. Anhelaba llegar rápido. Refugiarse. Que nadie lo identificara con las fotografías que, sin duda, aparecerían en los medios de comunicación acompañando la noticia sobre su secuestro.

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    Procuraba inútilmente conciliar el sueño en un cuarto pequeño y con un penetrante olor a humedad de un hotel cualquiera.

    Rayaba la madrugada del día siguiente, cuando recibió una llamada telefónica de su madre. Decidió no hablar. Simplemente accionó el botón para escuchar la voz al otro lado de la línea.

    “Por favor, quien sea que responda. Liberen a mi hijo. Es un buen hombre. Además, no tenemos dinero para un rescate.”, decía en medio del llanto.

    “No te preocupes, madre. Soy yo. Simplemente no quiero casarme. Lo siento por Eliza, me parte el alma. Es una buena mujer, pero no quiero compromisos. Debí pensarlo mejor antes de pedirle que se casara conmigo.”, le  explicó.

    Ella aceptó feliz. No lo veía casado una vez más, después de la frustrante experiencia de la primera vez, cuando su esposa le fue infiel con cuanto hombre conocía.

    Un día, el menos pensado, se fue con el conductor de un bus intermunicipal. Si es feliz o no, nadie lo sabe. Ella cerró sus cuentas en las redes sociales para marginarse de todo y de todos. Aislarse. Conservar la privacidad.

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    El hombre emprendió una nueva vida. Trabaja en un almacén de pinturas. No ha perdido la amabilidad ni su encanto. Tiene ya varios meses de relación con una secretaria. La mujer es joven y bonita. Los separan casi veinte años de deferencia en las edades. No les importa. Los dos están enamorados. Incluso, han fijado la fecha para la boda… (Escrito por Fernando Alexis Jiménez)



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  • Por fin se acaba la fiesta del dolor

    Por fin se acaba la fiesta del dolor

    El maltrato y sacrificio de animales en las plazas donde se realizaban las corridas, se había convertido en una demostración de barbarie.

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sugoviano


    El recuerdo más cercano de la fiesta taurina en mi pueblo, Vijes, que se circunscribía a las enormes estructuras de tabla y guadua que se armaban en la periferia y tres o cuatro émulos del mexicano, Silvero Pérez, es de comienzos de los ochenta, es decir, del siglo pasado.

    Ese día se dieron cita en la improvisada plaza: el alcalde, la crema y nata del municipio y cuanto parroquiano tenía para pagar la entrada. El sol del atardecer era prometedor, un sábado del mes de julio. Todos esperaban ver en el ruedo a Paquito Polanco, Joselín Ortega y al “Coyote loco” que, según los carteles pegados por todas partes, era el más arriesgado de todos los toreros.

    Unos especulaban acerca de quién sería merecedor de salir en hombros por la puerta grande y otros se reían diciendo que “a estas tierras no llega nadie que corte rabo y oreja”.

    Las expectativas se diluyeron cuando alguien avisó que, al bajar del camión a los toros, lograron escapar hacia la loma, y la atención se enfocó en seguir la aventura de unos cuantos, por traer de nuevo a los bovinos, que los esquivaban con pericia en la montaña.

    El calor se tornó insoportable, la gente sudaba petróleo y caía la noche cuando lograron arriar a los “peligrosos animales” que más que violentos, parecían amigos de la concurrencia porque movían la cola con cierto grado de festividad, como cuando la mascota nos recibe en casa.

    Ese día no hubo sangre en la arena, sino decenas de personas pidiendo que les devolvieran la plata y un empresario que se fue temprano, en uno de los buses que llevaban a la ciudad. No respondió por ese fiasco.

    Así las cosas, lo mejor que nos puede ocurrir es la eliminación de las corridas de toros, una demostración de barbarie de la que solo gozaban los más pudientes, ajenos al dolor de los animales. No sabemos si esos espectadores satisfacían su curiosidad y morbo, con el dolor de los astados o con el riesgo de los toreros que podían desangrarse ensartados por un cuerno.

    En hora buena una noticia que resulta alentadora en medio de los escándalos promovidos en Colombia por quienes desean derrocar al gobierno.



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  • Las rosas de Rebeca en una tarde de lluvia (Cuento corto)

    Las rosas de Rebeca en una tarde de lluvia (Cuento corto)

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista y dirigente sugoviano


    Una lluvia pertinaz cayó toda la tarde sobre la ciudad. El frío empañó los cristales y delgadas gotas de agua, dejaron surcos perpendiculares al precipitarse por la ventana. Y, como siempre, en medio de la soledad, Rebeca recordaba su tierra, su familia y, en particular, a su padre.

    Era bastante adusto, algo malencarado y difícilmente sonreía. Celoso con su hija. De hecho, mandaba que un empleado la llevara y trajera del colegio y se escandalizó cuando ella le dijo, un día cualquiera, que deseaba ir a bailar como todas las compañeras de su curso.

    —Estás loca…–fue lo único que le contestó antes de alejarse.

    Sin embargo, Rebeca contaba a sus amigas que tenía un novio especial: alto, delgado, bien parecido y, aunque pobre, muy educado y con grandes sueños para la familia. Lo que más le gustaba de él, es que jamás cuestionaba que ella tuviera sobrepeso y que, en sus cuadernos, dejara tarjeticas que compraba en una papelería cercana.

    Ella se tomaba el trabajo de conseguirlas. Ilustradas con dibujos graciosos e, invariablemente, el letrerito rojo: “Amor es…” en la parte superior izquierda.

    —Esta fue la que me regaló ayer… –les mostraba a sus compañeras, que no podían creerlo. Murmuraban que, salvo una sonrisa agraciada, no tenía otro atractivo. Y no faltaba la que se lamentaba: “La suerte de las feas.”

    Pero el mayor interrogante que se formulaban era qué le regalaría el novio en el día del cumpleaños. Miraban el calendario y contaban los días.

    Llegó la fecha. Un martes, para ser más exactos. Y a la entrada del colegio de señoritas, con una parafernalia novelesca, dos mensajeros que trajeron un enorme ramo de rosas, de todos los colores.

    —Buenos días, andamos en busca de Rebeca Zuluaga, del curso 3 de normalistas…

    Los vigilantes no tuvieron necesidad de preguntar, al ver las flores y la enorme tarjeta de feliz cumpleaños.

    Y llevaron el encargo justo hasta el salón de clases. La profesora de álgebra, interrumpió la clase y con sorpresa y algo de admiración, permitió que Rebeca recibiera su regalo. La envidia carcomía a sus compañeras. No hacían otra cosa que preguntarse qué clase de novio era aquél, que tenía un detalle tan encantador.

    De regreso a casa, Rebeca llevó el ramo en taxi. Lo pagó su padre, quien, enarcando las cejas, con intriga y enojo, la interrogó alrededor de las rosas. Luego vio la tarjeta y le recriminó:

    —No quiero que andes con esos cuentos de novio… Debes estudiar.

    Rebeca, que desconocía quién era el autor de esa galantería inesperada, conservo el ramo por varios días, aprovechando que la fragancia invadía el ambiente, incluso hasta en los rincones y resquicios más insospechados. 

    Por mucho tiempo, en la soledad de su habitación, se preguntó quién sería el admirador secreto.

    ************

    Habían pasado tres años de la muerte de su padre cuando Rebeca decidió invadir la oficina que permaneció cerrada, como si se tratara de un santuario. Olía a alcanfor y uno que otro ambientador que usaban en casa.

    Y no pudo resistirse. Esculcó todo. Por último, una agenda marrón, que él siempre llevaba consigo. Y al pasar las hojas, cayó al suelo una factura. Era de una floristería. De un ramo gigante. Y el valor de ese encargo.

    Cayó en cuenta, entonces, que su padre le hizo el regalo para sustentar su fantasía del noviazgo y que ella, el día de su cumpleaños, se sintiera feliz.

    Seguía lloviendo sobre la ciudad, y Rebeca recordaba a su padre.

    —Me haces falta, papá—murmuró, reconociendo que jamás se tomó el tiempo de conocerlo, aunque él si la conocía, y bastante…


    Dedicado a una gran amiga, a quien admiro, después de tres tazas de café, una tarde en la que soñamos con un país diferente, donde los niños no vendan dulces junto a los semáforos, particularmente chocolates que se derriten con el calor del mediodía…



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  • La del 1 de Mayo, una marcha que nos llama al acuerdo nacional

    La del 1 de Mayo, una marcha que nos llama al acuerdo nacional

    Seguir enfrentados nos llevará a una crisis de dimensiones irreversibles. Es hora de un acuerdo nacional.

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sugoviano


    Lo que comenzó con un jolgorio en todo Cachimbal, el corregimiento más grande y próspero de Vijes, en cuestión de horas se convirtió en una gresca de dimensiones inverosímiles en la que salieron a relucir peinillas, cuchillos y picos de botella que se multiplicaban aquí y allá como por arte de magia.

    Acabaron con mesas, sillas y la estantería con unos cuantos víveres que se ofertaban en la fonda, y como si se tratara de un anuncio apocalíptico, esposas e hijos salieron para pedir cordura a sus familiares. De lo contrario, además de cruces en el improvisado cementerio, iban a abundar las viudas y los hijos huérfanos.

    Unos gritaban vivas al partido liberal e increpaban a los conservadores, a los que llamaban “pájaros”, y los contendores se defendían diciendo que los iban a picar a machete. Los ánimos estaban caldeados y por todo el caserío se multiplicó la gritería.

    Unos y otros estaban que se agarraban para dirimir sus diferencias a las malas.

    La que paró toda la trifulca fue Amelia, por aquella época de menos de treinta años y con siete meses de embarazo. No sabemos si presa de un rapto de locura, por desespero o quizá, porque la cordura la llevó a arriesgarse. Se plantó en medio de los adversarios y les advirtió que iban a acabar, no solo con la tranquilidad, sino con una tierra que era de todos.

    Sus palabras llevaron a que las armas cayeran y aunque pasaron varios días sin hablarse, terminaron por volver a la cotidianidad se siempre y a beberse sus cervezas, dejando de lado los trapos de un partido, porque entendieron que importaban ellos, como seres humanos.

    La marcha del 1 de Mayo mostró un respaldo gigantesco al proceso de cambio que vive Colombia y debe llevarnos a todos—incluyendo a la oposición—a impulsar un acuerdo nacional para que las iniciativas que favorecen a las clases populares, salgan adelante.


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  • El 1 de Mayo los trabajadores respaldaron los cambios en Colombia

    El 1 de Mayo los trabajadores respaldaron los cambios en Colombia

    Contra todo pronóstico, la movilización del 1 de Mayo marcó un antes y un después en esta conmemoración y le dijo a todos, y en todos los rincones, que la clase trabajadora respalda los cambios que el país está atravesando.

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sindical.


    Estoy seguro de que la próxima vez que nos reunamos en el SUGOV, Yecid me va a decir: “Viste que la marcha iba a ser gigantesca”, y al tomarme el tinto despacio, aceptando que tenían razón, le tendré que explicar: “Hay que reconocer que la propaganda negra de los medios de derecha, no surtió efecto y la gente, de todos los rincones del país, rodeó el proceso de cambio que estamos viviendo.” Y Carvajal que estará dando buena cuenta de un pandebono caliente, recordará: “Y de las reformas sociales que son esenciales y favorecen a los más vulnerables.”

    Y al evaluar la participación sugoviana en la movilización, deberemos admitir con entusiasmo que fue una de las más grandes de los últimos años y la forma contundente como la clase trabajadora le dijo a quienes desean frenar los avances sociales, que esperamos termine este gobierno con un saldo a favor, reflejado en acciones para favorecer a las clases populares.

    Las calles fueron desbordadas no solamente en Cali sino en las principales ciudades del país para conmemorar el Día Internacional del Trabajo que pasará a la historia y no podremos borrar las imágenes, incluso cuando con el paso de los años se vayan desdibujando de nuestra memoria los recuerdos, como imágenes que se tornan difusas, como una fotografía que pierde su brillo, pero jamás su encanto.

    Y aunque san Pedro siempre advierte en la eternidad que es neutral, guiñó el ojo con actitud picarezca y estuvo a favor de los marchantes. No cayó agua. Estaba, sin duda, rodeado por los mártires del 21N, muchos de ellos asesinados en las arremetidas del Esmad contra las barricadas de la primera línea, y les dirá con alegría: “¿No les dije que los colombianos no los iban a olvidar, ni tampoco la lucha que ustedes libraron por un país más justo?”

    Y allí, en esa enorme ventana celestial desde la que estarán mirando el enorme desplazamiento en la Sultana del Valle, sonreirán con satisfacción y la sensación del deber cumplido, los compañeros que son inolvidables: Nicolás Guerrero, Jhoan Sebastián Bonilla, Dylan Cruz, Cristian David Castillo, Santiago Ochoa, Elkin Andrés Fernández, Alquimedez Santana y tantos otros que regaron con su sangre los surcos de esperanza que hoy florecen por todas partes.

    Para testimoniar lo grande de este 1 de Mayo los dejamos con imágenes que hablan por sí solas, captadas por las lentes de Jessica Ramírez Ochoa, Guillermo Sánchez, Gicella Ochoa y Yecid González.  

  • Nos encontramos en un país enfrentado

    Nos encontramos en un país enfrentado

    Si no hacemos un alto en el camino y seguimos enfrentados, Colombia de camino al abismo.

    Por Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sindical


    En la distancia todavía se escuchan la bullaranga, los vivas y abajos, la cuetería y la parodia de un sepelio con dos féretros alrededor de los cuales gritaban “Muerte a Petro”, en la que se considera una de las movilizaciones más grandes promovidas por la oposición.

    Si hubo o no pagos para convocar marchantes, el número de buses contratados para mover parroquianos o la cantidad de tamales que se regalaron a diestra y siniestra, y el guaro que se distribuyó generosamente, lo desconocemos. Podría tratarse de un mito, porque no hay cuantificación, aunque hay quienes atestiguan que ocurrió en todas las ciudades. Pero no se puede pasar por alto la dimensión de la marcha.

    Aquí no hay ganadores ni derrotados. Simplemente un país polarizado en el que, infortunadamente, una fiesta de cumpleaños terminó en discusiones entre los invitados cuando el homenajeado dijo que era petrista, y muchos decidieron llevarse el regalo, doña Juana escondió el licor y Aracelly dijo: “Este pastel lo traje yo, y de ahora en adelante, ni para los ángeles ni para el diablo.”, mientras se alejaba empacando la torta envinada en una enorme bolsa plástica.

    La ilustración de la fallida fiesta grafica lo que está pasando en el país. Unos a favor del gobierno del cambio y otros que se declaran firmes opositores.  Y si no se hace un alto en el camino para aprovechar las críticas, corregir y reorientar la marcha del gobierno, vamos camino a un nuevo paro orquestado por los hoy opositores, otrora cercanos a la ideología de gobiernos precedentes.

    En pocas palabras, los pájaros tirándole a las escopetas. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Se ha dado papaya y la están aprovechando los medios tradicionales que des-informan en el país.

    Resta un alto en el camino. Evaluar, identificar equívocos, incluir ajustes y definir un horizonte a mediano plazo. No todo está perdido en la medida en que unos y otros nos escuchemos. De lo contrario, enfrentamos, el que sufrirá las consecuencias será todo el país. Los golpeados, los más pobres.


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  • A los colombianos nos tienen anestesiados

    A los colombianos nos tienen anestesiados

    El país parece marchar camino al abismo y nos encontramos bombardeados por informaciones encontradas, unas reales y otras inverosímiles, que nos distancian de la realidad.

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sindical


    Solamente en Colombia ocurren fenómenos tan inverosímiles como la de tener a millares de personas pendientes de los escándalos de Karen Sevillano, la Segura o las salidas folclóricas de Omar Murillo—en el reality la Casa de los Famosos–, para desconocer que los embalses del país pasan por su peor momento o que haya quien en medio de su animadversión, culpe al presidente Petro del racionamiento que se avecina en muchas partes.

    La televisión tiene anestesiados a infinidad de compatriotas, que igual, están preocupados por quién corre más riesgo en el Desafío XX. Entre tanto, el país atraviesa uno de sus momentos más críticos por cuenta de la polarización política.

    Todo apunta a lo mismo: sustraernos de la realidad para entrar en un mundo de fantasía, ajeno a lo que nos ocurre, como cuando Macondo sucumbió a la peste del insomnio. La describe Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”.

    Los habitantes perdieron la memoria, pese a que se habían recluido en sus viviendas, en una suerte de cuarentena autoimpuesta para no contagiar a los que aún estaban sanos. La única solución se produjo cuando apareció el gitano Melquíades con un brebaje que les permitía recobrar los recuerdos.

    El racionamiento de agua en Bogotá ha llevado a muchos vendedores ambulantes, a tomar un descanso inevitable que obliga a apretarse el cinturón y, si desean ver un almuerzo completo, fijarse no en la mesa casi vacía de sus casas, sino en alguna fotografía de revista… “Antes fue la pandemia, ahora el racionamiento”, se lamentó José Luis Builes, quien vende almuerzos en una bicicleta de repartir mercados.

    Las insurgencias, los elenos y la segunda Marquetalia, tienen su propio capítulo en esta telenovela de la que los colombianos están ajenos y, como consecuencia del anestesiamiento de la televisión y de las redes sociales, totalmente al margen.

    Quienes profesaban una ideología cercana, en muchas regiones resultan adversarios y dirimen a tiros de fusil sus diferencias de criterio alrededor de cómo debe construirse un nuevo Estado.

    A todo esto, se suma que el presidente Petro está dedicado a defender su gestión, bien sea porque no lo dejan gobernar, porque sigue batallando por las reformas sociales o porque la oposición le inventa mitos como que esconde la cola en sus pantalones deportivos y los cachos de demonio en los sombreros alerones que está usando últimamente.


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  • Es hora de acabar con la ola de violencia en Colombia

    Es hora de acabar con la ola de violencia en Colombia

    En un momento crítico en el que los colombianos no se sorprenden con masacres y la muerte de líderes sociales, anuncio del gobierno nacional resulta alentador.

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sindical


    Las páginas de la novela “Cóndores no entierran todos los días”, escrita y publicada por Gustavo Álvarez Gardeazabal en 1971, recrea un largo período de violencia en Tuluá y sus alrededores, donde las masacres dejaron de ser un hecho inesperado para convertirse en el pan de cada día.

    Invariablemente las víctimas aparecían con un tiro en la nuca y fueron apilándose en el anfiteatro municipal, para –horas después–, reposar bajo la interminable fila de fosas comunes en los cementerios, identificadas con cruces que brotaran de la tierra para recordarles que ser liberal era un delito en tierra de los conservadores.

    Relatos como ese toman fuerza en un momento aciago para Colombia en el que crecen nuevamente los homicidios grupales—el más reciente en el municipio vallecaucano de Toro– y se suman a los crímenes imparables de líderes sociales.

    Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, cuando se desató en el país una ola de muertes sin precedente histórico, al vendedor de quesos de la principal plaza de mercado de Tuluá, León María Lozano, se le atribuyó la orden de acabar con cientos de liberales.

    León María Lozano, incluso en las esferas del alto gobierno nacional.

    Al menos, había un responsable, aunque él comulgaba diariamente en la misa de la iglesia de los salesianos y se reunía en las tardes con Celín y Atehortúa, dos matarifes malencarados que, además de ser sus guardaespaldas, instrumentalizaban las órdenes de matar a los contrarios políticos.

    Hoy día el asunto es a otro precio. Los factores desencadenantes de violencia son múltiples. Desde narcotráfico, pasando por las disidencias de la insurgencia, hasta la bien aceitada maquinaria que no se detiene en su propósito de acabar con líderes sindicales, estudiantiles, indígenas, campesinos y de todas las expresiones organizativas.

    En esa dirección, recibimos con expectativa y esperanza el anuncio del presidente Petro en Samaniego, Nariño, de que una nueva meta de su gobierno, es acabar con estos asesinatos indiscriminados. ¡Dios lo escuche y se acaben pronto los ríos de sangre!

    León María Lozano, el Cóndor, el padre de los “pájaros”


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  • Álvaro Leonardo se está muriendo en el olvido

    Álvaro Leonardo se está muriendo en el olvido

    Es injusto, pero real. Infinidad de periodistas están expuestos a la desprotección y lo más doloroso: condenados al olvido.

    Fernando Alexis Jiménez | Periodista independiente y dirigente sugoviano


    La frase más demoledora que le escuché a Álvaro Leonardo Díaz, cuando nos vimos, fue “Me estoy muriendo en el olvido” Seis palabras que encierran un drama de vida.

    Por supuesto, usted no sabe de quién se trata, de ahí que deba ponerlo en contexto. Es licenciado en educación, profesión que ejerció muy poco porque su vocación real, desde niño, era el periodismo. De ahí que no fuera extraño que convirtiera un computador en un piano de letras del que salían múltiples creaciones periodísticas, en radio inicialmente, y en la redacción del Diario Occidente, de Cali, cuya planta de redactores coordinaba.

    Su forma de escribir, impecable. Riguroso en sus textos. Agradable de leer. Un muy buen reportero, de esa generación en vía de extinción que caracterizó a los periodistas de la vieja guardia.

    Dedicó buena parte de su ejercicio profesional a cubrir la redacción política. Entrevistaba diputados, concejales y voceros de las diferentes vertientes políticas. “Todos se olvidaron de mí, hasta los colegas”, me dijo con un dolor que igual reflejan su rostro y sus ojos, con la mirada de un general cansado de librar mil batallas.  

    No tiene vivienda propia y está a las puertas de que lo saquen de una habitación que ocupa. Carece de seguridad social y, por tanto, al no tener servicio médico, le resulta imposible acceder a un buen tratamiento. Camina hasta seis kilómetros diarios, porque no tiene un peso para transportarse. Y al padecer una enfermedad degenerativa, nadie le da empleo.

    Me pregunto: ¿Es justo que los políticos a quienes entrevistó le hayan dado la espalda? ¿Tiene lógica que hoy carezca de lo más mínimo para sobrevivir? ¿Es ese el destino final para un periodista que dejó sus mejores años detrás de noticias y crónicas?

    Preguntas sin responder que se elevan como una nube gigante alrededor de Álvaro Leonardo Díaz, periodista y amigo. Jamás deja de lado una sonrisa, por encima de las circunstancias.


    NOTA IMPORTANTE: El presente artículo forma parte de las columnas semanales que el autor publica dominicalmente en el Diario del Sur, periódico de amplia circulación en el suroccidente colombiano, así como en edición digital.


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